La fascinación del populismo

Israel Covarrubias

Fragmento

Título

Introducción

El regreso del populismo al plano político global es un hecho sin precedentes en la historia contemporánea de la democracia. Es el fenómeno político más debatido en los últimos años, por lo que ha llamado la atención de la ciencia política, la sociología política y otras áreas contiguas a los estudios políticos. Por ejemplo, en el congreso de la International Political Science Association (IPSA), la organización mundial de mayor prestigio en el campo de la ciencia política, que tuvo lugar en 2018 en Australia, la sesión plenaria fue titulada “Challenging the Borders of Liberal Democracy: The Global Rise of Populism”, lo que confirma la atención que el fenómeno levanta en la sede académica.

La imagen que evoca nos lleva de inmediato a la identificación de personajes polémicos que están en boca de todos los interesados en la política actual, como Donald Trump, Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdoğan, Viktor Orbán, Beppe Grillo, Matteo Salvini, Marine Le Pen, Evo Morales, Nicolás Maduro, Hugo Chávez, Cristina Kirchner, Alberto Fernández, Rafael Correa, Pedro Castillo, Andrés Manuel López Obrador, entre otros. En un segundo momento, el populismo dibuja una serie de formaciones partidistas, con o sin estructuras territoriales fuertes, vinculadas directamente con algunos de los líderes que las dirigen, como el caso de Podemos y Vox en España, el Movimento 5 Stelle en Italia, el Rassemblement National en Francia, Syriza en Grecia, Morena en México, el Partido Justicialista en Argentina, Perú Libre en el país andino, etcétera. La palabra también indica fenómenos inéditos como el Brexit en Inglaterra, el surgimiento del activismo nativista armado en Estados Unidos y el crecimiento de las formaciones partidistas neofascistas en Europa así como en América Latina. El campo histórico de su desarrollo es amplio, y en parte está concentrado en diversas experiencias nacionales, principalmente en Europa, América Latina, Estados Unidos y en menor medida Asia.

El populismo ejerce una intensa presión en la democracia para empujarla a un terreno político inestable donde juega con maestría. Después de los debates y la atención académica que el fenómeno de la democratización generó en la transición del siglo XX al XXI, es el populismo el que ha adoptado una suerte de centralidad en los estudios sobre el cambio político, particularmente porque, en todos los casos donde tenemos gobiernos populistas, su ascenso al poder fue gracias a elecciones y mecanismos democráticos. De hecho, el populismo acompañó la conclusión de varios de los procesos de democratización que tuvieron lugar hacia finales del siglo XX en diversas latitudes. En efecto, se puede discutir qué tan democráticos, competitivos y pluralistas son los sistemas políticos específicos donde se desarrollan los populismos como para que sea the only game in town y no una opción entre otras. Pero esto es otra cuestión que no abordaremos en este libro. Desde este punto de vista, es un efecto de la particular manera en que se ha desarrollado esa transición de siglo en el ámbito nacional y regional. Si bien es cierto que, por ejemplo, en el caso latinoamericano, distintas experiencias de populismo ya estaban presentes hacia finales de los años noventa del siglo XX en Venezuela, a las que se agregaron Bolivia, Ecuador y Argentina a comienzos de nuestro siglo (por no hablar de los populismos clásicos en la región durante la primera mitad del siglo pasado en Argentina, Brasil, Colombia, México y Perú), no es sino hasta la segunda década del siglo XXI cuando el asunto deviene en un problema de gobierno, sobre todo por el incremento de ofertas partidistas declaradas como populistas, y más aún, después del ascenso y caída de Donald Trump en Estados Unidos, que funciona como un caso límite. Para dar una muestra del gran universo que abarca el fenómeno, hasta el año 2020, solo en la Unión Europea se tenían identificados 52 partidos políticos considerados populistas o neopopulistas en prácticamente todos los países que componen la región.1 De aquí que sea necesario abrir un debate en torno a algunas direcciones que el fenómeno ha generado a nivel global, en un intento por sobrepasar el uso convencional o “de moda” que la palabra convoca en el terreno académico y más allá de él.2 Lo importante es no congeniar con la reacción precipitada de que el populismo es un fenómeno negativo para la democracia. En efecto, es un fenómeno contrademocrático, pero la constatación no explica su permanencia y las rápidas transformaciones que imprime a la primera.

La discusión sobre el populismo como forma política global es, en realidad, el umbral de entrada a un debate mayor que exige una reflexión acerca del significado (qué quiere decir) y el alcance (qué efectos produce para la vida en común) de esta forma política para la democracia. Evidentemente no estamos hablando de la forma democrática heredada del siglo XX, sino de aquella que camina a través de un legado “ruinoso” y discontinuo hasta llegar a nuestro siglo XXI, corroborando que toda herencia política no puede ser posible sin pérdidas.

Para comenzar, el populismo es una suerte de “estado de ánimo” de la experiencia democrática reciente. Sin duda, un estado de ánimo relevante, aunque no sea el único pathos presente en la vida pública de la democracia. Al mismo tiempo existe un estado de ánimo melancólico vinculado simbólicamente a la pérdida biográfica y sistémica que sobreviene luego de habitar los restos de un mundo que ya no es, pero que aún está vinculado con la experiencia y el ánimo que la tercera ola de la democratización produjo en las dos últimas décadas del siglo pasado. En muchos de sus aspectos esenciales, este último es un ánimo anclado al ethos liberal-democrático, el cual funciona bien en los seminarios de estudios avanzados, aunque su realización empírica sea difícil de escampar en las múltiples realidades de lo social en las democracias.

Ahora bien, el problema —si es que existe realmente uno— no son la presencia del populismo en la política actual ni la fascinación que produce, similar a la que provoca el vértigo frente al vacío, sino que, como subrayaré a lo largo del libro, su apertura exige no perder de vista el debate sobre el ángulo irrepresentable de lo político. En realidad, la cuestión con el populismo es lo que produce con la diseminación de sus propósitos. Es decir, preocupa su impacto y la transformación que imprime sobre las formas actuales de legitimación política; así como la exacerbación de la emocionalidad y los sentimientos de frustración, donde fortalece el componente de la intolerancia de los ciudadanos al fracaso en las sociedades democráticas, por los resultados mediocres de la economía y la política; o su efecto en el diseño radical de las políticas públicas a través del “legalismo discriminatorio”, donde encontramos el ataque político al sistema legal para modificar radicalmente el andamiaje constitucional del Estado, con el objetivo de alcanzar determinad

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