Cleptocracia

Jenaro Villamil

Fragmento

Título

Introducción

México vive una de las jornadas políticas más intensas, inciertas y polarizadas de los últimos años. La sucesión presidencial de 2018 no es el punto de arranque de un cambio, sino el desenlace de una historia que este país y su sistema político han vivido en las últimas cuatro décadas. ¿Continuará o cambiará el núcleo de la élite que ha gobernado el país desde la “toma del poder” de la tecnocracia en la década de los ochenta? ¿Seremos capaces de derribar el inmenso muro que separa a la sociedad civil mexicana de una clase política desgastada, desprestigiada, inmersa en una escandalosa decadencia? ¿Qué papel jugarán los factores externos, en especial los grupos de poder económico, político y militar de Estados Unidos, que nos ven como una extensión de su hegemonía? ¿Qué viene después de la elección presidencial: el reacomodo típico de los grupos que han dominado o la reestructuración de un sistema desgastado?

Son preguntas, hasta este momento, sin respuestas. Nadie a ciencia cierta puede pronosticar el desenlace de la elección presidencial y menos de los conflictos posteriores.

Hay tres grandes coaliciones en disputa, con un candidato presidencial aventajado en las encuestas y en la percepción pública: Andrés Manuel López Obrador, aspirante del Movimiento Regeneración Nacional (Morena), un partido con escasos tres años de existencia, pero con un largo historial de militancia en la centro-izquierda de muchos de sus integrantes; además, dos bloques que provienen del desarreglo y reacomodos al interior del bipartidismo del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido Acción Nacional (PAN): José Antonio Meade Kuribreña, el ejemplo más claro de la continuidad de la élite tecnocrática bipartidista, excolaborador en los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, con un claro respaldo del núcleo dirigente a nivel político y económico; y Ricardo Anaya, joven figura política que en su ascenso como diputado federal, dirigente nacional del PAN y aspirante único a la candidatura presidencial de un frente electoral con el menguado Partido de la Revolución Democrática (PRD) y el Movimiento Ciudadano (MC) desplazó a las fuerzas anteriores que dominaron su partido en 12 años de gobierno, rompió el arreglo que tenía con el gobierno peñista desde el Pacto por México y ahora pretende ser la opción viable de una oposición que no genere “miedo”.

Las diferencias ideológicas y programáticas no son muy claras entre estos tres candidatos. Tras los resultados electorales en Estados Unidos, en noviembre de 2016, el reacomodo de las fuerzas políticas internas y la creciente molestia social ante la corrupción, los tres disputan un imaginario “centro-derecha” que propone erradicar del país la herencia de gobernantes caracterizados por su compulsión al robo.

La diferencia principal entre cada una de estas opciones radica en la capacidad de liderazgo de cada uno y en la posibilidad o no de cada una de estas coaliciones de reconstruir un sistema político, desgastado por una prolongada decadencia que tiene su peor síntoma en la cleptocracia generalizada; sin distinción de partidos, regiones, niveles de gobierno (desde los municipios, gubernaturas, hasta la presidencia de la República) y poderes (se extiende por el Poder Judicial, el Congreso y el Ejecutivo federal), y en un clima de violencia social que va más allá de los saldos negativos de una “guerra” contra el crimen organizado que no ha ganado nadie.

MAFIA Y CLEPTOCRACIA

La cleptocracia no es sinónimo de “mafia del poder”. López Obrador ha popularizado este término para referirse a la élite de sus adversarios políticos y empresariales que se han coludido para frenar su triunfo en la presidencia de la República desde 2006. El político de origen tabasqueño no ha errado propagandísticamente al colocar la disputa político-electoral en el terreno sistémico y no sólo ideológico. Es decir, hay una disputa entre quienes desean mantener un statu quo, dominado por una corrupción a gran escala, y otros que desean cambiar esta situación que ha llegado a niveles de hartazgo y malestar social generalizados.

Sin embargo, el diagnóstico es incompleto. La “mafia del poder” no es un grupo de individuos, empresas o partidos que se apropian del sistema político y necesitan ser expulsados o relevados. La “mafia del poder” es el sistema. Participar bajo sus reglas implica, de una u otra manera, contemporizar con ella. No es un asunto de “buenos” contra “malos”, es un problema de estructura, de arquitectura, de un sistema que sólo se sostiene bajo cimientos endebles. Un cáncer que ha invadido todo el cuerpo político e institucional. Corroe, corrompe, debilita cualquier anticuerpo democrático.

En la definición clásica, una mafia es “una forma de monopolio de la violencia que sustituye a los poderes del Estado y se encarga de mantener ‘el orden’ o la pax mafiosa más allá de la ley”. La mafia “interviene generalmente a través de ‘acuerdos entre amigos’ o, si no, en los casos más difíciles a través de la eliminación violenta”.1

La mafia contemporánea se ha transformado en una multitud de organizaciones de dimensiones trasnacionales que intervienen en cualquier relación de la vida política, económica, financiera o social, pero no buscan ocupar el liderazgo de los partidos y de las instituciones. No buscan suplantarlos, sino someterlos a sus dictados. La mafia “captura” a los servidores públicos, empresarios, líderes sociales, intelectuales y representantes políticos, siempre y cuando el Estado funcione adecuadamente.

A diferencia de la “mafia del poder”, el término cleptocracia define una dinámica distinta: es la institucionalización del robo. La “mafia del poder” es descriptiva; la cleptocracia, prescriptiva. La “mafia del poder” captura al Estado; la cleptocracia se vuelve el Estado. La cleptocracia, a diferencia de la mafia, transforma lo que son bienes públicos en bienes privados —discontinuos, aleatorios e inestables—, distribuidos por un gobierno sin legitimidad e ilegal. La cleptocracia domina toda la ecuación del juego, al grado de dinamitarlo por completo. La corrupción, en la cleptocracia, no es la excepción, sino la regla, y no es una práctica ajena a la institucionalidad, sino el hecho que explica su funcionamiento.

Etimológicamente, cleptocracia proviene del griego clepto (robo) y kratos (gobierno o dominio); es decir, “el gobierno de los ladrones”. Es la institucionalización del robo a costa de una constante simulación de legalidad. Es un cáncer que ha hecho metástasis sobre todo el cuerpo institucional, al grado de que es prácticamente imposible contar con anticuerpos judiciales, fiscales autónomos, mecanismos de rendición de cuentas reales, no simulados.

La cleptocracia es una clásica degeneración de un sistema “puro”, ya sea de orden autoritario, democrát

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