Salud cósmica

Jennifer Racioppi

Fragmento

Salud cósmica

   

Prefacio

Antes de que nacieran la Tierra, el Amor, la Muerte, la Noche, el Día o la Luz, existía Caos. Descrita como una diosa, como una “nada informe” y como una “mezcla de elementos”, Caos parió a dos hijos: Érebo, “la profundidad insondable donde radica la muerte” y Nix, la Noche.

A pesar de estar rodeada de un aterrador abismo, neutro y eterno, la Noche depositó un huevo nacido del viento en los brazos de Érebo. Con el tiempo, surgió el Amor y le dio orden y belleza a la interminable confusión reinante.

Entonces, el Amor creó la Luz y, junto con ella, al radiante Día. Y, al fin, después de un larguísimo tiempo, surgió la poderosa Tierra, también conocida como Gea. Receptáculo físico de terreno firme, Gea poseía una personalidad igual de poderosa que se transmutaba y cambiaba, que interactuaba y reaccionaba. Era, y sigue siendo, todopoderosa, pero tierna; formidable, pero frágil.1

Ella, junto con su linaje, sigue viviendo a nuestro alrededor y también en nuestro interior. Ella y sus ancestros siguen formando parte de ti, de mí, de todos nosotros.

Por demasiado tiempo se nos ha enseñado a criticar y ocultar nuestro caos, pero al hacerlo olvidamos el inmenso poder que tiene para transformarnos a nosotros, a nuestra salud y a nuestras vidas, así como al mundo en que vivimos. Aunque el caos pueda parecer peligroso e imponente, como seguramente lo fue el tiempo de Caos misma, al ignorar nuestro propio caos, desaprovechamos la oportunidad de darle vida al amor, la luz, el resplandor y a una inimaginable y diversa abundancia. Atenuamos nuestra propia magia de forma innecesaria. Ahora que iniciemos este viaje te pido que, como Caos misma, te resistas a la tentación de ocultar y rechazar tu estilo único de caos y que lo recibas como una invitación sagrada a tu propia salud cósmica.

Salud cósmica

   

Introducción

Incapaz de ponerme de pie, me arrastré hacia el teléfono y marqué al 911. Al cabo de algunos minutos, mi cuerpo de apenas 44 kg de peso estaba sujeto a una camilla y las sirenas de la ambulancia empezaron a resonar por las calles de la ciudad mientras anunciaban mi vertiginosa carrera hacia la sala de urgencias. El intolerable dolor abdominal que me había doblegado algunos minutos antes simplemente no cedía. También era tortuosa la ansiedad en mi interior y que consumía la poca energía que me quedaba.

Era un acalorado día de julio en la costa de Nueva Jersey, tan solo seis semanas después de mi cumpleaños 18. Mientras mis amigos disfrutaban del sol de verano en la playa, yo pasaba mis días, que no tardaron en convertirse en meses, dentro y fuera del hospital. Débil, agotada y nada preparada para enfrentarme al viacrucis venidero, me debatía entre una oscura niebla de dolor agonizante, un sopor que jamás lograba aliviar mi fatiga incapacitante y una terrible depresión que solo empeoraba durante mis periodos de insomnio.

Mi diagnóstico y su gravedad me parecían innegables y aterradores. Un agresivo cáncer ovárico estaba causando estragos en mi joven y frágil fisionomía. O eso me dijeron.

En algunos sentidos, el diagnóstico me hacía todo el sentido del mundo. Después de años de cólicos brutales, depresión crónica y disfunción menstrual, años durante los cuales mi médico me dijo en repetidas ocasiones que era “una adolescente normal con desequilibrios hormonales normales”, sentí cierto grado de alivio ante la validación de mis intuiciones. Como sospeché durante tanto tiempo, no era tan solo una “adolescente normal”. Llevaba años de tomar una combinación de medicamentos antidepresivos y píldoras anticonceptivas, pero nunca cesó el sufrimiento extremo que me provocaba mi ciclo menstrual, que en ocasiones me obligaba a quedarme en casa y faltar a clases, renunciar a las actividades atléticas que tanto amaba y dejar de lado el caos social de la vida adolescente. Mis síntomas eran todo menos típicos. Eso siempre me había quedado claro y ahora, al fin, parecía que también le había quedado claro a mis médicos.

Y se trataba de cáncer, algo increíblemente abrumador. Cuando empecé a entrar y salir de distintos hospitales y a someterme a un sinfín de procedimientos y cirugías, no pude prever qué tan volátiles, pero reveladores, se volverían los desafíos a mi salud. Todavía no estaba enterada de que después de pasar por una intervención quirúrgica para extirpar el tumor del tamaño de una bola de boliche de mi ovario izquierdo, cambiaría mi diagnóstico inicial. Un año después me enteré de que, en lugar de tener cáncer ovárico, tenía cáncer endometrial.

Extirparon el cáncer y, junto con él, también los ovarios, el útero, el cuello de la matriz y las trompas de Falopio. Sin haber cumplido los 20 años, me vi obligada a someterme a una histerectomía radical y a enfrentarme al hecho de que jamás tendría hijos biológicos. La mañana después de la cirugía, el médico me entregó una pastilla ovalada y me dijo que tendría que tomarla a diario durante los próximos 30 años. Esa pastilla contenía los estrógenos que mi cuerpo ya no era capaz de producir. A pesar de los suplementos hormonales sintéticos, la ausencia de los órganos reproductivos que debían proporcionarme estrógenos naturales forzó a mi cuerpo a entrar en la menopausia, literalmente, de un día para otro.

¿Quién, a los 20 años, piensa en los síntomas e implicaciones de la menopausia? No estaba preparada en lo más mínimo para lo que estaba por venir. Aterrada y agobiada, me sentí completamente sola.

Ahora, al mirar atrás, me doy cuenta de que no estaba sola. Incluso en el momento más bajo de todos, nunca lo estuve. Muchísimas de las mujeres con las que trabajo en la actualidad tienen sus propias historias de trauma, enfermedad, aflicción y depresión. Por años (que en ocasiones se convirtieron en décadas), llevaron vidas abundantes en muchos sentidos, pero marcadas por ese mismo y profundo dolor espiritual y por los insistentes, pero acallados, susurros provenientes de su interior: algo está mal… esto no está funcionando… escúchenme, por favor, escúchenme.

Como sucedió en mi caso, muchas mujeres pasaron por la experiencia de que sus conocimientos intuitivos se vieran invalidados en repetidas ocasiones por figuras de autoridad externas. Muchas de ellas, al igual que yo, llevaron su salud a los extremos, solo para darse cuenta de que vivir una vida que nutra sus cuerpos y almas, y que tanto tiempo añoraron, si

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