Un soplo en el río

Héctor Aguilar Camín

Fragmento

El error de la luna

1

Había helado tres noches seguidas sobre el Valle de México, como solía helar hace un siglo, antes de que nuestros afanes civilizatorios secaran el valle y raparan sus bosques, rompiendo el equilibrio húmedo de sus inviernos, convertidos ahora, por el smog, los coches y el asfalto, en una falsa primavera eterna que no sabe de fríos, pero tampoco de florecimientos. Antonio Salcido había venido a la ciudad a tramitar asuntos de la política sanitaria en el Noreste, donde era, desde hacía un año, delegado federal. Luego de probarse en la academia como investigador biológico y médico, Salcido había vuelto a su ciudad natal, Reynosa, para intentar una vida práctica pegada al terruño y el hacer, pero las puertas de su ánimo no habían terminado de cerrarse sobre él con la convicción de haber acertado. No estaba en paz con el demonio de su vocación, manso y sano dentro de sí mismo, ligero al fin para salir al mundo. Como siempre que venía a la ciudad había llamado a su amigo Salmerón para reincidir en la modesta alegría de verse que puede ser la amistad. No habían podido verse por la apretada agenda de Salcido y la única posibilidad de encontrarse había sido que fueran juntos a un festejo campestre que tenía Salmerón y al que no podía faltar por una razón inaplazable, ahora olvidada. Salcido aceptó acompañarlo al festejo y fue así como a las doce del día de un domingo, en la primera mañana radiante que siguió a las heladas, salieron juntos en el coche de Salmerón rumbo a Tlaxcala, cegados por la claridad de un cielo azul que no se había visto en la capital durante la última década.

Era el diez de diciembre de 1989. Quien haya entrado ese día en la calzada Zaragoza, única salida de la capital hacia Tlaxcala, lo recordará toda la vida. Apenas doblaron hacia el río de coches que era la calzada, los tomó por el cuello la visión del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, los volcanes totémicos de México, invisibles durante los últimos años para los habitantes de la ciudad, por el smog, pero de pronto nítidos, suspendidos en el cielo, con sus enormes faldas nevadas. Gritaron al verlos, como debieron gritar los primeros testigos de su altura soberana, y callaron después, agradecidos por el tráfico que les dejaba ver y volver a el regalo inesperado de la mañana. Subieron la primera cuesta de la autopista, escoltados siempre por los volcanes en el cielo, hasta que en una curva que miraba a un campo de maizales y margaritas, Salcido dijo:

—Párate aquí. Tenemos que pisar esta tierra.

Salmerón detuvo el coche y bajaron. Se sentaron en una roca fría a orillas del camino y dejaron que el aire helara sus mejillas y alzara sus cabellos, como si fueran una extensión del campo de margaritas de la media montaña. Estuvieron un largo rato sin hablar y luego, sin hablar, volvieron al coche. Salmerón retomó la carretera. Salcido dijo finalmente lo que había venido a decir:

—Ayer se cumplió un año de la muerte de Rayda.

Hubo un silencio de tres curvas.

—No fui hasta el final con ella —siguió Salcido—. No fui a recoger su cuerpo cuando lo trajeron hace un año. Llevo un año dándole vueltas. Sé que hice bien en no ir, pero sé que no.

La historia de Rayda era un hoyo negro en la amistad los amigos. Había muerto en circunstancias dramáticas que Salmerón ignoraba del todo salvo que, cuando murió, Salcido había encontrado ya una nueva pareja. En una visita anterior Salcido había repartido puros por el nacimiento de su primer hijo con la sustituta de Rayda.

—¿Sientes que abandonaste a Rayda cuando ya estaba muerta? —preguntó, cautamente, Salmerón—. Hasta donde sé, ella te abandonó primero.

—Así es. Pero ella murió y yo sigo aquí. Y siempre estamos pidiéndole perdón a nuestros muertos por estar vivos.

—¿Le pides perdón a Rayda por estar vivo?

—No sé lo que pido. Rayda es como esos volcanes: siempre está ahí. Puedo verla o no, pero siempre está ahí. Entre más lo pienso, más me parece un asunto en el que no tuve que ver. Como quien se casa con alguien que va a tener cáncer de páncreas ¿Quién puede evitar eso? Alguien desarrolla una pulsión tanática y se va. ¿Cómo evitarlo? Es una pedantería hablar de pulsión tanática, ya lo sé. Pero es lo que sucedió. Basta ver los síntomas.

—¿Los síntomas de Rayda?

—Los tuvo todos. —dijo Salcido—. Nuestra vida juntos fue una colección de síntomas. No sabría por dónde empezar. Si tuviera que hacer su historia clínica, te diría: Raquel Idalia Valenzuela, hija predilecta de su tierra. La bebé más hermosa del estado en 1951. La campeona de equitación de menores de trece años en El Paso, 1962. La mejor estudiante de su generación, ganadora de la beca estatal para estudiar medicina en México, 1971. La hija consentida de Clemente Valenzuela, criador de caballos del Noreste. Clemente perdió tres veces su fortuna apostando, y tres veces la rehízo, hasta que le dio una embolia. Así nos conocimos Rayda y yo. Venía a pasar las noches con su padre enfermo al hospital. Yo las pasaba con el mío, que también estaba internado. No parecía estar tan grave, pero fue el que se murió. El día que sacaron de la habitación el cadáver de mi padre, yo me senté en la cama y me fui de mí. Cuando regresé, Rayda estaba a mi lado, con una mano sobre mi hombro. Dijo, fíjate lo que dijo: “Él ya no puede sentir nada. Pero si pudiera, le gustaría saber que no sufres por él”. Me sorprendió que no fuera creyente. Yo no sólo era creyente, sino que estaba camino al seminario de los jesuitas. Hasta allá fui a dar. Al año me salí. Ya sabes esa historia: me harté del seminario y de mis compañeros de seminario, todos hijos de ricos empeñados en redimir a los pobres. Una pasión muy jesuita. Me vine a la ciudad de México a estudiar medicina. No quería nada de religión, pura fisiología. ¿Y a quién me encuentro el primer día de prácticas en el anfiteatro de la facultad de medicina?

—A Rayda, desde luego —dijo Salmerón—. Pero estabas hablando de síntomas. ¿Cuáles síntomas?

—Que estudiara medicina era un síntoma. Verás: Rayda iba un año adelante de mí cuando nos encontramos en la universidad, el año que perdí en el seminario. Pero todavía era incapaz de soportar los cadáveres. Para ser médico hay que tener estómago. Y el estómago se te forma en el anfiteatro, cortando cadáveres. Tienen un olor que no se te olvida nunca. Estableces una relación macabra con ellos. Acaban siéndote familiares. Yo me divertía con eso, me burlaba. San Ignacio de Loyola estableció como norma de los jesuitas el criterio de obediencia perinde ac cadaver. Lo cual quiere decir: “Sé como un cadáver: Déjate hacer como un cadáver”. Yo me acercaba a los fiambres del anfiteatro y les decía: “A ver, mi amigo: Perinde ac cadaver”. Me parecía divertido. Rayda nunca pudo soportar los cadáveres. Ni las heridas. Lipotimizaba a la vista de una hemorragia. Se ponía a punto de desmayo. Le pasa a mucha gente cuando le sacan sangre. Bueno, el síntoma de Rayda es ése: ¿qué andaba haci

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