0. El significador
La vida después de la vida no es vida. A las doce de la noche la linda Lucía se despidió con un beso, alegremente, llena de vitalidad. Con cariño, vi irse a esa muchacha simpática, inteligente, pero sobre todo solar: irradiaba vitalidad y ponía a todos de buen humor. La discreción la distinguía y por eso nos llevábamos tan bien. Empezó a trabajar en los estudios un año antes con nosotros como asistente de edición y resultó muy efectiva; hacía las cosas tan bien que a veces yo le aplaudía, en broma pero en serio, y le decía ¡bravo, bravo, te luciste, Lucía!, o, si no, ¡Lucía hizo la luz! Amaba el cine y sus conocimientos llegaban a la erudición, aunque, claro, aún le faltaba mucho para que el rollo de datos se transmutara en ideas propias.
Unos meses después de que empezara a trabajaba con nosotros nos quedamos a deshoras en la edición urgente del capítulo de una serie; ni a ella ni a mí nos extrañó y mucho menos molestó acabar haciendo el amor en el sofá, lo cual repetimos encantados con alguna periodicidad; de hecho, cada vez que editábamos juntos horas extras. Lo tomábamos muy deportivamente, con humor, oportunos gestos de afecto y sin alterar el trabajo o nuestras vidas personales, es decir, nuestros matrimonios. A mí me gustaba toda ella, pero en especial su pubis de vello abundante, castaño, con pequeños, delicados y coquetos ricitos, naturally curly pubic hair; la vulva, rolliza, casi rubicunda, cerraba totalmente la puerta de la vagina y su sexo era una linda boca vertical.
Permanecí en el sofá un rato más, tendido, gozando el reposo y el silencio repentino que se hizo en los Estudios de Edición de la Exquisita Orquesta de los Mil. Finalmente me desperecé, me vestí y apagué las luces, pero me detuve al ver que afuera, en el estacionamiento, helaba casi como en Los salvajes inocentes. Con sólo ver la escarcha a través de los cristales del portón se me iba el calorcito. Me animé a enfrentar el frío y salí del estudio. Era peor de lo que creía. Los vientos me hicieron correr para llegar a mi auto Chacagua, que se hallaba al fondo del estacionamiento, casi vacío en la madrugada, y que me parecía El tren del escape.
Ya oprimía los botones del control remoto para abrirlo, cuando una camioneta deportiva apareció a gran velocidad por la calle, en una impecable y muy filmable toma panorámica, y de pronto frenó en seco; con un gran chillido de llantas derrapó ciento ochenta grados y casi se estrelló contra la caseta videofónica de la esquina. Se detuvo a milímetros. No se me iba la impresión que siempre me dejan esos inesperados, estridentes y espectaculares incidentes automovilísticos.
Un hombre salió del auto al instante, con las manos en el cuello y las quijadas como si no aguantara el dolor. Era de mi estatura y complexión. Inexplicables sensaciones de angustia crecieron en mí. Los pasos veloces y trastabillantes de ese hombre que sufría, agonizaba de hecho, eran los de la fatalidad, mientras yo, paralizado con la mano en la puerta de mi auto, lo veía, intrigado e incómodo. Llegó exactamente hasta mí, perdió el paso y yo, por reflejo, estiré los brazos para sostenerlo. El hombre, congestionado de dolor, sudaba sin parar y tenía los labios azulosos, pero la estupefacción superó sus dolores momentáneamente al verme. Yo, tan pasmado como él, observé que, bajo la luz escasa de los faroles lejanos y en un frío de muerte, nuestras facciones, el cabello, la estatura y la complexión eran prácticamente iguales. Aterrorizado, quiso decir algo, pero de súbito perdió el sentido. Pensé que venía muy mal, obviamente enfermo porque no olía a alcohol, y en sus delirios creyó verse a sí mismo cuando llegó a mí. Fue demasiado. Ya no pudo hablar, sus ojos se blanquearon, la boca se le torció con un rictus de pasmo y horror, y se derrumbó en mis brazos.
Cuando salí del estupor de ver el parecido tan extraordinario entre los dos, me di cuenta de que había muerto. Su corazón ya no latía, no tenía pulso. Pero si somos iguales, cómo puede ser. No había sangre ni rastros de golpes, así es que pensé: le dio algún ataque que lo mató finalmente al creer que se encontraba consigo mismo, o sea: conmigo; si no, se había o lo habían envenenado o una sobredosis de drogas de repente lo aterró y buscó dónde curarse, pero no llegó a tiempo. En todo caso, estaba bien muerto. Logré sacudirme la fascinación un tanto ominosa de ver que fuéramos tan parecidos y de que mi sosías llegara a morir exactamente en mis brazos. Eso quería decir algo. Pero qué.
De pronto me fulminó la idea de cambiar identidades.
No pude resistir un impulso poderosísimo y, sin pensarlo, le quité toda la ropa, hice yo lo mismo, a pesar del frío, y después me puse la suya, con rapidez; a él lo vestí con la mía, lo cual me costó un trabajo enorme porque se había vuelto como fardo y me costaba trabajo moverlo y meterle cada prenda. Cuando terminé, perlado de sudor, el frío quemaba más. Por suerte, ese hombre llevaba un buen abrigo, lo que era un consuelo. Le puse mis cosas con todo lo que llevaban dentro: cartera con identificación oficial, tarjetas, algo de efectivo, mi pluma fuente de oro, un encendedor, cigarros negros cubanos, pastillas para la digestión y un par de condones. Después le coloqué en la mano las llaves de mi coche y en el bolsillo las del estudio de edición, de mi oficina y de la casa. Lo dejé caer según yo como si le hubiera sobrevenido el síncope cuando abría el auto.
Lo observé unos instantes más, suspendido, ah qué oportuno abrigo, hasta que de pronto reaccioné y corrí a la cabina, junto a la camioneta que aún estaba andando. Apagué el motor, guardé las llaves y, cuidándome de que la minicámara de la caseta no me registrara, con voz forzada notifiqué a la policía que había un muerto junto a un Chacagua en el estacionamiento de los Estudios de Edición de la Exquisita Orquesta de los Mil, sí, así se llamaba, yo pasaba por ahí casualmente.
Muéstrese e identifíquese, me ordenaron.
Me perdonan, pero yo no tengo nada que ver en esto y no quiero meterme en problemas.
Colgué. Qué estoy haciendo, me dije. Un poder inexpugnable me dominaba en medio de una sensación grave, ominosa, de peligro extremo, pero también melancólica, no exenta de un placer oscuro. Para bien o para mal, había desencadenado mecanismos inescrutables. Respiré profundamente el aire helado varias veces para quitarme esas ideas. Mi cuerpo no quería pensar, sino actuar.
Subí en la camioneta de mi fallecido doble. El abrigo era calientito, pero en las pantorrillas y la cara el frío calaba. Revisé lo que tenía en mis bolsillos; es decir, en los del muerto. En una carterita de piel fina había tarjetas e identificaciones a nombre de León Kaprinski. También una placa y credencial de las Fuerzas Federales de la Paz, la ex Procuraduría de Justicia. Ah caray. Eso no pintaba nada bien. Pero mi doble, sosías o doppelgänger, no era policía. No llevaba armas, salvo poderosas tarjetas de crédito ilimitado. Una de ellas me llamó la atención; era de las mini, ultradelgadas, pero con una pequeña perforación fluorescente en la esquina inferior izquierda y una banda casi igual a las magnéticas de antes. Nunca había visto una así. Supuestamente la había expedido el banco BLL, que en su casa lo conocían, pero la amparaba la conocida red internacional PASS. Vi la foto avejentada de una mujer muy hermosa, de aire europeo. La miré intensamente un buen rato como si quisiera descifrar algo. Mi doble también tenía un videófono celular y un encendedor de oro pequeñito, varios miles de euros en efectivo sujetos con un clip de oro y varias tarjetas-llave.
En las credenciales de Kaprinski descubrí su dirección y hacia allá me dirigí en su camioneta, una Hot Roamer X3 último modelo, comodísima, potente, lucidora y llena de todo tipo de pequeñas y complacientes estupideces. Costaba más de medio millón de euros. Desde muchos años antes yo circulé en buenos autos, como mi Chacagua, que para nada me hacían ver mal, pero esos lujos me hacían consciente de que ahora era otro, con una vida, una historia y el karma correspondientes, que yo, acicateado Por Las Fuerzas del Destino, oh mísero de mí, intercambié en un impulso invencible, posiblemente catastrófico. Sentí el inquietante y a la vez excitante sentimiento de que me metía en la vida de otro, como un transmigrar de las almas, la cúspide de la intrusión y el voyeurismo.
León Kaprinski vivía en San Ángel, en la empedrada y estrecha calle de Frontera, en lo que resultó un condominio horizontal bien custodiado, con un jardín con altos muros cubiertos de hiedra, construcción estilo colonial. Al llegar me entró el temor de que quizá Kaprinski estaba casado o vivía con alguien. Pero mi intuición y el hecho de que hubiera salido a buscar auxilio en plena madrugada me sugirieron que era pájaro solitario. Al entrar, el guardián del condominio reconoció la camioneta.
Buenos días don León, dijo, y yo comprendí que ya amanecía.
En la espaciosa estancia había arcos, nichos y cuadros de Augusto Ramírez enmarcados con exquisitez. Estaban de moda y costaban un dineral después de que el gran pintor se suicidó emasculándose muy Cuesta abajo. Muebles neutros, sobrios y elegantes; alfombras mullidas, objetos de arte en mesitas de madera fina. También lo último en electrónica de imagen y sonido, pantallas y bocinas incrustadas en la pared, como cuadros, un panal de aparatos y el correspondiente tejado de antenitas para recibir señales remotas. Al fondo se hallaba el comedor. Una cocina muy bien puesta. Mi doblegánguer vivía a todo lujo y su casita parecía decorada e iluminada bajo la dirección de Stanley Kubrick.
Hola, ya llegué, dije con voz un tanto insegura, como de pésimo actor, por si alguien esperaba a don León. ¡Ya vine!, grité, pero no hubo respuesta porque no había nadie. Un poco más confiado, me fui por un pasillo. Vi un estudio con libros, papeles, minicomputadora y toda su parafernalia. ¿A qué se dedicaba don Sosías Kaprinski? Lo averiguaría después, en ese momento no había tiempo. Una recámara un tanto fría, bien puesta, sin duda escasamente ocupada, para visitas, y otra enteramente vacía, alfombrada eso sí, lo cual la vestía de alguna forma. La recámara principal tenía una inmensa cama redonda, espejos distribuidos en paredes, puertas y en el techo, con evidentes criterios de voyeur. Ahí también había pantallas decorativas de distintos tamaños que, si no proyectaban películas y programas, eran cuadros abstractos o eróticos en movimiento lentísimo, sensual. En el baño, inmenso, todo de mármol negro, destacaba una gran tina de hidromasaje. Para llegar a él había un vestidor.
Kaprinski tenía un guardarropa interminable, y a mi medida, a juzgar por el abrigo, traje, corbata y zapatos negros que me quedaron como segunda piel. Todo finísimo. Me revisé en el espejo y no me vi tan tirado a la calle, pero era yo, es decir, quien me hubiera tratado me reconocería, ya no digamos mis hijos y mi esposa-viuda. Tenía que disfrazarme de alguna manera si quería, como eran mis planes, asistir a mi velorio y a mi entierro, aunque fuera de lejos. Ardía en deseos de presenciar lo que ocurriera, a pesar de que sin duda no sería nada en especial, un velorio más, otro entierro y ahí nos vemoles. Comprendí entonces que por muy específica que hubiera sido mi vida, en verdad la muerte igualaba a todos. Quizás alguien, mi familia, lamentaría mi deceso, y aun así sería un ceremonial más, incómodo según la sensibilidad de cada quien, pero era otra porción de las formas de vida. Nacer, morir; la mente eterna en eterno devenir.
Busqué en la habitación, y lo que creí puerta de un clóset lo fue de un cuarto. Muy especial. En qué andaba metido don León. Armas en abundancia, desde pistolas y pequeños lanzamisiles hasta finos, incluso delicados, cuchillos. También instrumentos de tortura, látigos y ropa de piel con metales al estilo Sade-Masoch. ¡Ah! Un ropero con todo tipo de disfraces: sotanas, uniformes, overoles, trajes de payaso, de gran gala, espaciales, de buzo, harapos de pordiosero y muchas cosas más. Bajo ellos se hallaban pelucas, bigotes y barbas postizas. Cada vez me intrigaba más Kaprinski. ¿Para qué quería todo eso? ¿Tenía el Síndrome de Buñuel, es decir, disfrazarse por el gusto de hacerlo? Había otra puerta, seguramente de un clóset, pero ya no le hice caso.
Me resultó divertido probarme cosas, como actor, o más bien, con la coquetería de la muerte. Finalmente elegí una peluca pelirroja, con cejas abundantes, bigote y barba ad hoc. Y anteojos de carey, oscuros y alargados como ojo de chino. Me veía bastante grotesco y decidí acabar de hundirme en personaje comic relief de Sherlock Holmes con un traje que me quedaba grande, y un cojín para simular una pancita, como la de Michel Piccoli después de tanto tragar en La gran comilona. Me veía diferentísimo, ciertamente anacrónico, como alguien que se disfraza mal, y estuve seguro de que se divertirían de mi ridiculez pero nadie sabría que yo era el fallecido. Ande yo caliente, ríase la gente, como dijo Roman Polanski. Logré controlar la risa al verme en el espejo, y observé que también había otra computadora con sus aparatos satélites, un proyector de cine, otro equipo de video, cámaras, tripiés y lámparas para iluminar con toda su parafernalia. Me resultaba un enigma espantosamente familiar.
Tomé un directorio telefónico, revisé las funerarias, hablé a casi todas hasta que me informaron que el velorio sería en la agencia Balcones de la Eternidad y el entierro en el Panteón de México.
Llegué a la funeraria, un miserable y frío edificio, supuestamente de lujo, mezcla de sucursal de banco y nueva basílica; ese horror me hizo pensar que en el dizque Panteón de México no enterraban. Casi todos los cadáveres se cremaban y, los que no, eran zambutidos con todo y ataúd en agujeros en las paredes de condominios funerarios en los que se hacinaban los restos de numerosos muertos. Yo nunca me preocupé por arreglar nada de la muerte, ni de mi esposa ni mía, y en ese momento lo lamenté por las molestias, trámites, burocracia, empleados indiferentes, gastos de locos y ritos sociales cuya vigencia y operancia nadie cuestionaba, un señor fastidio que sólo tenía sentido si distraía las penas de los dolientes. Lamenté no haber dispuesto un sitio más digno, con calidez, incluso ¡con vida!, para ser enterrado al compás del rocanhop. Pero mi sorpresa fue enorme al ver el anuncio de que las exequias de Onelio de la Sierra tendrían lugar en Camino de Santa Teresa número 44, es decir, ¡en mi casa! Helena la Milagrosa sin duda lo arregló. Esto me dio un gusto pueril. Cómo puede uno dar tanto valor a los detalles, me decía, pero no se me borraba la satisfacción.
En los derredores de mi casa había muchos autos. Alguien estuvo activo marcando teléfonos (seguramente Elio) porque había una pequeña multitud. Entré sigilosamente con mi disfraz de personaje holmesiano, pero tanta gente me ocultaba. De cualquier manera me fui a un rincón de la sala y traté de borrarme lo más que pude. Helena, mi viuda, lucía despiadadamente hermosa con su vestido negro zapoteco y con su expresión de definitiva severidad. No iba a alentar hipocresías, small talk, chismes o lugares comunes. Suspiré, porque eso se me hizo un invaluable acto de amor, aunque, ¿no podría sonreír leve, discretamente, de vez en cuando? Qué bella era, Helena de mi vida, qué estupidez había cometido al morirme y al perderme el incomparable placer estético de despertar con ella, en medio de su aroma enervante y su calor; las vibras podían ser duritas, un desafío incesante, pero nada como abrir los ojos después de las noches pobladas de misterios y contemplar esa belleza. Quería abrazarla, fundirme en ella, besarla intensa, desoladoramente, porque algo se desgarraba en mí sin remedio, qué he hecho, Dios mío, me decía, aterrado; la realidad, despiadada y desnuda, era que Onelio de la Sierra había muerto y mi viuda lo había confirmado. Una razón esencial de mi vida era ella; la amaba tanto, me dije, tratando de convencerme, que no quería obstruirla de ningún modo, lo cual por otra parte no era el caso, ya que ella siempre hizo lo que le pegaba la gana. De cualquier manera, porque te amo tanto, me dije como declamador sin maestro, te dejo ir. Me perdí entre la gente gracias a mi disfraz de la Liga de los Pelirrojos, pero también a mi habilidad innata para pasar inadvertido cuando me lo proponía, me borraba en medio de la gente por lo general con la actitud fastidiada de quien espera a alguien que no llegará y cuyo ánimo no es el mejor en ese momento.
Ahí estaban también mis hijos, Héctor, Elio, Lupe y Santa. Primero había sentido una gran curiosidad por ver sus reacciones, pero luego supuse que si a mis hijos en verdad les dolía mi muerte, no me gustaría presenciarlo. No quería que sufrieran, además de que el más mínimo atisbo a sus almas me dolía intensa y fascinantemente. Eran puertas franqueables, pero que no se debían abrir a riesgo de quedar tuerto como en Las mil y una noches. En algún momento pensé que en verdad éramos una sola entidad; para bien o para mal en ellos estaba yo, aún presente a pesar de que los cuatro eran adultos y vivían por su cuenta; contemplarlos sin filtros era como verme a mí mismo sin defensas, sin lentes atenuadoras; todavía me costaba mucho enfrentarme a mí mismo. Aun muerto.
Como padre estuve cerca de ellos, aprendí a “subirme en el tren de los hijos” y compartimos mucho juntos; con Héctor porque fue nuestro primogénito y con él reaprendimos la vida; con Elio por las afinidades, nos entendíamos sin palabras, intuitivamente, aunque en lo físico se parecía a su madre, es decir, era muy guapo; con las gemelas Lupe y Santa, las menores y ciertamente muy especiales, independientes al máximo, ah cómo quería a mis niñitas. De repente me entró una tristeza abismal al darme cuenta de que ya no conviviría nunca más con ellos; en los últimos años se separaban cada vez más de nosotros, como debía ser, pero seguíamos ligados. Yo sabía que era un proceso necesario, aunque mis instintos no se sometían tan fácilmente. La sangre tiene algo dominante, posesivo, que se debe vencer. Quizá, pensé con una frialdad que me sorprendió, he hecho esto precisamente porque siempre quise saber qué sería de ellos después de mi muerte. Me cautivaba la idea porque también era una trampa a las leyes de la vida y una especie de prueba: tener una mínima idea, bastante empírica, de los efectos más inmediatos de mis acciones. Me acerqué a ellos sin darme a notar entre el gentío. Oí que Elio contaba a sus hermanos que Helena lo llamó tan pronto supo que yo había muerto. Él la acompañó a reconocer el cadáver.
…Fue un ataque cardiaco, por arterioesclerosis, eso nos dijo el forense. Mi papá tenía la cara con un gesto terrible, como de terror. Chance fue el espanto de ver que se moría cuando menos lo esperaba. Me impresionó gacho. Mi mamá observó el cuerpo con extrañeza, no sé, como si inconscientemente dudara, se quedó pensativa, en realidad casi absorta, ya saben cómo se va en momentos, ¿no?, y uno de los agentes tuvo que preguntarle: Señora, ¿es su esposo? Sí, sí es, respondió mi mamá sin mirar el cuerpo. Por alguna razón yo también sentía algo raro, pero en eso mi mamá se inclinó sobre el cuerpo de mi jefe, le besó los labios con suavidad, pero de pronto saltó hacia atrás, aterrada, como si la boca del cadáver hubiera disparado el aguijón de un alacrán. Como que mi mamá se desprogramó con tal rapidez que se quedó en el vacío. ¡Está muerto!, exclamó de repente. Pero eso era absurdo, claro que mi papá había muerto, ahí estaba su cadáver con ese rictus de estupor que lo hacía verse muy raro.
Entonces yo, que oía todo a escondidas, pensé que algo en mi mujer dudó de mi muerte, supongo que por sus talentos de bruja. En segundos pensé: Helena sabía que el muerto no era yo, pero decidió que esa nueva situación, que ella no provocó, ocurrió por algo; no había que interferir, como siempre decía Jung: aun en esos casos extremos. Elio contaba que, al verme, él se soltó a chillar; Helena nunca lloró, pero su profunda seriedad de alguna manera lo preocupaba más.
Mis hijos se veían despejados porque no se habían desmañanado como su madre. En momentos compungidos, pero la mayor parte del tiempo como siempre; evidentemente la conciencia de la muerte tiene muchas capas, y ellos apenas estaban en la superficie: Helena, en cambio, no parecía querer salir de Los Hondos Abismos; es lo indio en ella, pensé, llega al fondo mucho antes que los demás, lo malo es cuando se clava y no quiere salir, como ahora… ¿Había una sonrisa sardónica en ella? Parecía perfectamente correcta, estar en todo, y a la vez en una solitaria terraza del sufrimiento.
Cuando creí que no se notaba tanto me asomé al ataúd. El cadáver estaba bi
