La conspiración de la fortuna

Héctor Aguilar Camín

Fragmento

La conspiración de la fortuna

1

En el juego de la vida, o del destino, la gente no llega tan lejos como augura su talento, sino como permiten sus limitaciones. Somos tan grandes como nuestros límites, del mismo modo que nuestro cuerpo vive hasta que muere la más débil de sus partes esenciales. Un límite frecuente de los talentos grandes es su conciencia desbocada y altiva, eso que la teología cristiana llamó soberbia y los antiguos resumían diciendo que los dioses ciegan a quienes quieren perder.

Voy a contar la historia de mi amigo, Santos Rodríguez, y de las cosas que perdió dos veces, como si una no bastara para cegar el pozo de su movimiento, su luz de meteoro llevado a las alturas por su propio impulso y arrojado desde ahí por un mandato independiente de su voluntad, aunque soñado oscuramente por ella.

Lo conocí muy joven, en su primer cuarto de siglo, antes de los puestos y el dinero. Ya era un imán en cuyo campo de atracción crecía la fiesta. Cantaba como un dios amigable organizando coros, susurrando las letras a cantantes sordos cuyas caídas tonales reparaba con la llave clara de su voz. Podía pasar horas contando historias o diciendo chistes de todos los colores, según los escuchas: verdes hasta la grosería, blancos hasta la inermidad. Había venido como jefe de la planta de ingenieros que construía la presa al final de la cañada donde iba a quedar sumergido mi pueblo, con su iglesia de torres gemelas y la única cruz de mármol de su cementerio, erguida sobre los despojos prematuros de mi madre. La muerte siempre es prematura, lo sé, pero la de mi madre llegó antes de que yo supiera incluso que la muerte podía ser. Lo mismo, si se juzga por los daños, le pasó a mi padre, quien sabía algo más que yo de esas cosas y le cayeron también encima como a un niño.

Mientras terminaban nuestra tumba de agua, las cuadrillas de la presa fueron la fortuna pobre de mi pueblo y la desgracia millonaria del pueblo vecino. Por alguna razón que ignoro, en el pueblo vecino prosperaron los burdeles y las cantinas, y en el mío nada más los casamientos. Nuestras fieles muchachas, ignorantes de varón, supieron lazar sin complacer a los solteros briosos que venían del campamento los fines de semana, haciéndolos oficiar de novios mansos en las salas de sus casas, antes de que fueran a desforrarse como toros bravos en las alcobas del pueblo vecino.

Cuando lo conocí, Santos Rodríguez brillaba igual en ambos pueblos, entre las muchachitas tiernas que pasaban sonrojándose por la plaza de armas del mío, y entre las fuereñas que fregaban sus almas, cuerpo a cuerpo, en los pabellones del pueblo vecino. Mi amigo fue presentado en mi pueblo por el señor cura, pastor de todos los frenos, y en el pueblo vecino por la madrota de la zona de tolerancia, regenta de todos los deseos. Mostró así, desde entonces, que era un hombre para todas las estaciones, como el célebre utopista, salvo que su reino era sólo de este mundo. Supe entonces de mi terruño lo que más tarde de mi tierra toda, a saber, que si el país donde nací hubiera sido un animal, la mayor parte del tiempo habría sido un armadillo y, en las excepciones del tiempo, un colibrí. Mi amigo podía ser esas dos cosas, amurallado y sabio como el armadillo, diligente y sutil como el colibrí. Por eso tuvo con mi patria chica la sintonía secreta que más tarde tendría con la grande.

Los pueblos jóvenes se hacen a mano. Así seguía haciéndose el nuestro, aunque su memoria se empeñara en ser larga. Su pasión por no cambiar, por acumular el pasado sobre los hombros orgullosos de sus hijos, le había dado prestigio de pueblo viejo, capaz de mirar de frente, sin temor, el paso de los siglos. Pero el país venía de una revolución, su hambre de futuro era tan joven como nosotros, y se abría ante nuestras ansias como una mazorca que podía desgranarse con la mano.

Santos y yo nos conocimos en la zona roja del pueblo vecino, al cual, con orgullo despectivo, mis paisanos llamaban el Pueblo de las Putas. Yo iba a la zona en busca de una güera de rancho a la que había convertido en la ilusión de algo parecido al amor, por el hecho de buscarla siempre a ella y dejar en sus manos más dinero del que pedía. Las muchachas ofrecían sus cuerpos mercenarios y sus besos sin precio, pues los besos no se compraban con la paga, dentro de unas barracas de madera clavadas con simpleza militar en las afueras del pueblo. Las tablas mal ayuntadas de los cuartos dejaban pasar los gemidos universales de la casa. Aun en esas filas de recintos promiscuos triunfaba el espíritu de propiedad. Las muchachas tendían a repetir el cuarto donde ejercían hasta volver ese lugar de gozo y oprobio parte de su intimidad, de su vida doméstica. Por la mañana o en las primeras horas de la tarde, cuando el negocio aún no abría, era posible ir por el traspatio y verlas en el cuarto donde se hubieran aquerenciado.

Yo solía venir por los amores de mi güereja antes de que la fiesta empezara en la barraca. La buscaba en el cuarto penúltimo de la hilera izquierda, sobre cuya ventana caían las ramas de un pirú centenario. Fui aquella vez un jueves santo, después de la comida. Oí sus risas de niña desde el pasillo. Al correr la sábana que hacía las veces de puerta, la vi perdida en las magias de casino de un desconocido. El desconocido la hacía tomar una carta de la baraja, que abría como un abanico entre sus dedos. Ella veía la carta, la guardaba en su memoria y volvía a ponerla en el mazo. El desconocido dejaba caer entonces sobre la cama, como un puñado de pétalos, todas las cartas de la baraja menos la escogida. La mostraba después como una mariposa prendida del índice y el pulgar a mi güereja, que estallaba en risas de niña rendida.

Hicieron dos veces la suerte antes de darse cuenta de que los veía, y cortaron su juego con prisa culpable, como sorprendidos por un marido celoso. El tahúr dijo entonces, jugando las barajas en su mano:

—Permítame disculparme: no vine a verla a ella, sino a verlo a usted. Y permítame presentarme. Mi nombre es Santos Rodríguez. Soy ingeniero residente de la presa.

Explicó luego, con su sonrisa de un millón de pesos:

—Sé que usted es la mitad de la opinión pública de esta región. Lo necesito más que a nadie desde que me destetaron.

—Lo que quiera del diario, en el diario —dije—. Este no es el lugar para esas cosas.

—Lo que no pueda hablarse en las sombras bienhechoras de un congal, no puede hablarse en ninguna parte —dijo Santos Rodríguez—. Por eso vine a verlo a usted aquí, no al periódico.

Yo era el precoz responsable del diario de la región, propiedad de un viejo hacendado, primo del obispo, lo cual quería decir, en el país de aquellos años, que el dueño de mi periódico era el rival civilizado del gobierno en público y su salvaje enemigo en privado. El diario era, por así decir, la conciencia del estado, el sitio donde la gente que contaba aprendía lo que debía pensar, aunque no lo pensara, y lo que tenía que respetar, aunque no le infundiera respeto.

Yo no trabajaba en el diario por convicción política o religiosa, sino porque era el único medio donde podía ejercer el

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