Lo que los monstruos nos hicieron

José Mariano Leyva

Fragmento

Lo que los monstruos nos hicieron

1901

He olido la muerte varias veces. Su aroma nada tiene que ver con rosas como creen los católicos. Nada de hedores santos. Tampoco es cercano al agrio olor de la carne rancia, o de un músculo que comienza a pudrirse en el instante en el que se desliga del hueso a tiras. La muerte, siento decirlo, huele a excremento y a orina. Tiene el mismo olor que el miedo. La muerte siempre da miedo. Peor cuando se muere debido a un acto violento. En ese momento, el pavor provoca incontinencias. La persona que sabe que está a punto de morir realiza el acto más primitivo: defecar u orinarse. Eso y, si tiene oportunidad, estalla en un grito que deja de ser humano y se convierte en terror puro. Es el miedo que viene antes de desaparecer por completo. Por siempre.

Sin embargo, el olor que desprendía la muerte a investigar era diferente.

Me enfrenté a un asesino que, con un solo acto, logró hacerse de dos víctimas: la mujer que tenía los miembros separados del cuerpo, y el investigador, que por seguir los rastros del crimen, destazó su propia vida.

Desde que llegué a aquel tugurio, flotaba en el ambiente la presencia del terror, pero también de la culpa.

—Ya está en un mejor sitio —me dijo con la mirada hacia abajo y las manos entrelazadas, un asistente. Pero le dije que yo no creía en la vida después de la muerte. Lo que creo es que la religión es el refugio de nuestros abuelos para huir del pánico a la muerte. Una creencia de sociedades poco civilizadas. El día de hoy, por fortuna, contamos con la ciencia, con la tecnología, con la modernidad. No resulta tan acogedora como la vida después de la muerte, pero es la verdad.

Sin embargo, coincidía con la idea de que la víctima ya estaba en un sitio mejor: cualquier lugar, incluso la muerte, era mejor que ser desmembrada en aquel cuarto oscuro que hedía a orina y a excrementos humanos. Los últimos minutos de vida de aquella mujer debieron hacerle rogar que la muerte llegara lo más pronto posible.

La masacre se había llevado a cabo en un antro de siete piezas que estaban dispuestas en los bajos de un edificio. Los cuartos que estaban por debajo de la calle eran tremendamente oscuros. Estaba en el barrio de San Sebastián, que sólo contaba con aquel edificio, el resto eran jacales, y la muerte había ocurrido justo en ese lugar: no eran buenas noticias. La zona estaba repleta de léperos y turbas de pillos. De críos andrajosos y desarrapados que tenían sus juegos en las vías públicas. De comerciantes chinos y de tabernas sin licencia. Era posible oler el opio que llegaba directo de la Nao de China. Ver a las mujeres disolutas y dispuestas con su rebozo terciado, las enaguas almidonadas y los botines altos, capaces de realizar todo por unas monedas, aunque fueran de níquel. Mujeres cuyo final ya había vislumbrado el maestro Zola. Mujeres con desenlaces de Naná.

Ya desde el túnel de entrada al prostíbulo se percibían fétidos aromas: a encerrado, a polvo, a una humedad colmada de hongos y moho. Un poco más adelante llegaba aquel aroma a muerte. A pesar de ser mediodía, adentro, la oscuridad fingía una noche cargada de libertinajes e indecencias. Las escaleras de la entrada bajaban hacia el mundo hipogeo. Hacia las actividades que no se realizan con iluminación por lo vergonzosas que son. Por supuesto, la luz eléctrica no había llegado a ese recinto. Las llamas de unas velas, grandes como cirios, conferían a ese sótano un aire eclesiástico. El calor y el olor a cera tostada recordaban a una iglesia. Pero ahí no se hacía nada santo. Eran otros demonios los que se exorcizaban.

La primera habitación estaba repleta de mujeres vestidas con corsés llenos de manchas y grasa. Las enaguas antes blancas, ahora tenían un gris polvoriento. El asistente anunció a la concurrencia entre solemne y asustado:

—Ya está aquí el gendarme.

—No soy gendarme —repliqué.

—Perdone usted —respondió con abochornada velocidad—, ¿el señor es...?

—Científico.

La cara del asistente expresó incógnita. Pero no había tiempo para aclaraciones.

—Todas ustedes —dije, dirigiéndome al conjunto—, van a salir de aquí en orden y sin tocar nada. Afuera las esperan los verdaderos gendarmes.

El desfile inició, una señora más sucia que la otra. Una vez que ya estaban arriba, y creyendo que aquel sitio estaba vacío, escuché que de cuartos vecinos salía una gavilla de hombres más avergonzados aún. Era el mediodía de una jornada laboral, y esos caballeros se dedicaban a dar rienda suelta a sus pasiones más deleznables. Sentí cómo mis mejillas se calentaban, pero no sabía si era por el enojo o por la vergüenza. Ambos sentimientos competían por ser el más rotundo. Ninguno fue capaz de verme a la cara. Su caminata hacia la salida era la repetición de una misma imagen que incluía manos en los bolsillos y cabezas gachas, como si buscaran un sótano más profundo todavía donde esconder su culpa.

—¡Qué vergüenza! —dije mientras el último hombre salía, pero no sólo me refería a ellos: en ese momento, la pena era un virus que todos nos estábamos contagiando como una peste.

Con el espacio vacío disminuyó el hedor, pero no la sordidez. Las paredes manchadas y sebosas también tenían huecos que simulaban ventanas primitivas. Con un suspiro comencé mi inspección. Fui hacia una de las piezas contiguas. Era una estancia más amplia que la recepción y tenía un mobiliario excéntrico: mantas de terciopelo tiradas por el piso y dos camas gemelas. En cada esquina se levantaban columnas de madera torcidas al estilo salomónico que, para colmo, estaban doradas con una pintura barata que ya se estaba descarapelando. Sobre los cuatro pilares se extendía un cielo raso de terciopelo verde. Observé que la manta cedía ante el peso de algo. Extendí mi mano y me topé con un paquete de varias fotografías. Un lujo de la técnica más flamante aplicado a una de las aberraciones más antiguas.

Primera. Una mujer con un antifaz negro, sentada en una silla de madera. Las piernas completamente descubiertas. Sin ninguna seda para disimular las carnes. Su vulva apenas cubierta por el vello parcialmente rasurado. Con un corsé de tela negra parecida al cuero. Los brazos y los hombros igual de desnudos que las piernas. En la mano una fusta para caballos. La postura quiere ser desafiante, pero su cara, a pesar de estar cubierta, muestra miedo. Su mirada está quebrada.

Segunda fotografía. La misma mujer con una pijama infantil, recostada boca abajo sobre las piernas de un caballero en jacquet. Ella con el pantaloncillo abajo hasta las rodillas. Él, atizando azotes en el trasero de la mujer.

Un poco hastiado, dándome cuenta de que la perversión es la antesala de la rutina, pasé con rapidez el resto de las fotos: un hombre lamiendo los botines de una mujer muy obesa (que no era la misma que la anterior). Dos mujeres con guantes de boxing y los rostros bañados en pintura roja. Una anciana de carnes flácidas cargando en su regazo a un señor vest

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