La empleada

Freida McFadden

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

Si salgo de esta casa, será esposada.

Debería haber puesto tierra de por medio mientras aún estaba a tiempo. Se me ha pasado la oportunidad. Ahora que los agentes de policía se encuentran en la casa y han descubierto lo que les aguardaba en la planta de arriba, no hay vuelta atrás.

Dentro de unos cinco segundos, me leerán mis derechos. No sé muy bien por qué no lo han hecho aún. A lo mejor intentan engañarme para que les cuente algo que no debería.

Ya pueden esperar sentados.

El poli de cabello negro entreverado de gris se ha acomodado junto a mí, en el sofá. Remueve su baja y robusta figura sobre la piel italiana de color caramelo quemado. Me pregunto qué tipo de sofá tendrá en casa. Seguro que no costó una suma de cinco cifras, como este. Apostaría a que es de algún color hortera como el naranja, está cubierto de pelos de mascota y tiene más de un descosido. Me pregunto si estará pensando en el sofá de su casa y lamentándose de no tener uno como este.

O, lo que es más probable, estará pensando en el cuerpo sin vida del desván.

—A ver, repasemos los hechos una vez más —dice el poli, arrastrando las palabras con su acento neoyorquino. Antes me ha dicho cómo se llama, pero se me ha ido de la cabeza. Los agentes de policía deberían llevar chapas identificativas de color rojo chillón. ¿Cómo si no se supone que vas a acordarte de su nombre en una situación de alto estrés? Este es inspector, creo—. ¿Cuándo ha encontrado usted el cadáver?

Me quedo pensando un instante, no muy segura de si es el momento indicado para pedir un abogado. ¿No deberían ofrecerme uno? Ya casi no me acuerdo del protocolo.

—Hace como una hora —respondo.

—¿Con qué motivo ha subido ahí?

Aprieto los labios.

—Ya se lo he dicho. He oído algo.

—¿Y…?

El agente se inclina hacia delante, con los ojos muy abiertos. Tiene una áspera sombra de barba, como si se hubiera olvidado de afeitarse esta mañana. La lengua le asoma entre los labios. No soy idiota; sé exactamente lo que quiere que diga:

«He sido yo. Soy culpable. Llévenme presa».

En vez de eso, me reclino en el respaldo del sofá.

—Ya está. Es todo lo que sé.

La decepción se refleja en el rostro del inspector. Mueve la mandíbula adelante y atrás mientras rumia sobre los indicios encontrados en esta casa. Se pregunta si son suficientes para ceñirme las muñecas con esas esposas. No está seguro. De lo contrario, ya lo habría hecho.

—¡Eh, Connors!

Otro agente lo llama. Interrumpimos el contacto visual y dirijo la mirada hacia lo alto de las escaleras. El otro poli, mucho más joven, está ahí, de pie, con los largos dedos aferrados a la parte superior de la barandilla. Su rostro exento de arrugas está muy pálido.

—Connors —repite el policía más joven—. Deberías subir… enseguida. Tienes que ver esto. —Incluso desde la planta inferior, alcanzo a apreciar cómo le sube y le baja la nuez de la garganta—. No te lo vas a creer.

Primera parte. Tres meses antes

PRIMERA PARTE

TRES MESES ANTES

1. Millie

1

MILLIE

Háblame de ti, Millie.

Nina Winchester se inclina hacia delante en su sofá de piel color caramelo, con las piernas cruzadas para revelar lo justo las rodillas, que asoman bajo la sedosa falda blanca. No sé mucho de marcas, pero salta a la vista que toda la ropa que lleva Nina Winchester es brutalmente cara. Me dan ganas de alargar el brazo para sentir el tacto de la tela de su blusa color crema, aunque eso reduciría a cero mis posibilidades de ser contratada. En honor a la verdad, no tengo ninguna posibilidad, de todos modos.

—Bueno… —empiezo, eligiendo las palabras con cautela. A pesar de todas las veces que me han rechazado, lo sigo intentando—. Me crie en Brooklyn. He trabajado para muchas personas ocupándome de tareas domésticas, como puede ver en mi currículum. —Mi currículum cuidadosamente retocado—. Me encantan los niños. Y también… —Paseo la vista por el salón, en busca de algún juguete para perros o un arenero para gatos—. ¿Y también los animales?

La oferta de empleo en internet no decía nada sobre mascotas, pero más vale ir sobre seguro. ¿A quién no le caen bien los amantes de los animales?

—¡Brooklyn! —A la señora Winchester se le ilumina el rostro—. Yo también me crie ahí. ¡Casi somos vecinas!

—¡Exacto! —confirmo, aunque nada más lejos de la realidad. En Brooklyn hay un montón de zonas muy codiciadas donde la gente paga un riñón por una diminuta casa adosada. No me crie en ninguna de ellas. Nina Winchester y yo no podríamos ser más diferentes, pero si le hace ilusión considerarme su vecina, con gusto le seguiré el juego.

La señora Winchester se recoge detrás de la oreja un reluciente mechón de cabello rubio dorado. La melena, con un estiloso corte bob, le llega a la barbilla y le disimula la papada. Tiene treinta y muchos años y, si llevara un peinado y un atuendo distintos, su aspecto sería de lo más vulgar. Sin embargo, se vale de su considerable fortuna para sacarse todo el partido posible. Eso no deja de tener su mérito.

Yo he adoptado un enfoque totalmente contrario respecto a mi apariencia. Aunque la mujer sentada ante mí debe de llevarme unos diez años, no quiero que se sienta amenazada. Por eso, he elegido para la entrevista una falda larga de lana gruesa que adquirí en una tienda de ropa de segunda mano y una blusa blanca de poliéster con mangas abullonadas. Llevo la cabellera rubia trigueña recogida hacia atrás en un austero moño. Incluso me he comprado unas enormes e innecesarias gafas de co

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