Roomies

Rosie Danan

Fragmento

g-2

Capítulo 1

corazones 

Cuando el hombre de sus sueños se pasó una mano por la cara, increíblemente atractiva, y dijo: «Tengo que decirte algo, pero no quiero que te dé un ataque», Clara Wheaton consideró, por primera vez en su vida, la alarmante posibilidad de que le diera la patada alguien con quien ni siquiera había logrado salir.

Maldijo a sus terribles antepasados mientras fulminaba con la mirada el ambientador de piña que colgaba del espejo retrovisor del jeep Wrangler de Everett Bloom.

Daba igual la de veces que les hubiera dicho a las amigas de su madre en Greenwich la mentira de que «seguía nuevas oportunidades profesionales». Se había mudado a la otra punta del país porque una parte de ella creía que cabía la posibilidad de ganarse el corazón de Everett después de catorce años suspirando por él.

—He alquilado mi habitación este verano —dijo con unas palabras firmes y a la vez amables, como le hablaría alguien a un niño al revelarle que Papá Noel no existe.

—¿Has… alquilado tu habitación? —preguntó Clara despacio, comprendiendo lo que eso quería decir mientras pronunciaba cada sílaba—. ¿La que me ofreciste hace dos semanas?

Si él no hubiera estado conduciendo y su madre no le hubiera hecho memorizar el protocolo de Emily Post en su adolescencia, habría arremetido contra él.

Había incumplido el contrato de alquiler de su apartamento para marcharse de Manhattan, había dejado a su familia y amigos y había rechazado unas prácticas de comisariado en el Guggenheim. Todo por… ¿nada?

Incluso comparándolo con generaciones de escándalos legendarios de la familia Wheaton, esta caída en picado a la desgracia batía el récord.

Las palmeras junto a las que pasaban por la autopista se burlaban de ella, un sello distintivo de los finales felices de Holly­wood que se le escapaba entre los dedos.

Ni siquiera había deshecho las maletas… Una pasta salada sin digerir que había comprado en el aeropuerto aún flotaba por algún lugar de su diafragma. ¿Cómo podía estar Everett despidiéndose ya de ella?

—Oye, no, no. No he alquilado tu habitación. —Su característica sonrisa relajada apareció en su rostro, la misma de la que ella se había enamorado desde el instante en que su familia se mudó a la casa de al lado hacía todos esos años—. He alquilado el dormitorio principal. Nos han ofrecido al grupo salir de gira en el último momento. No es que sea una pasada, pero seremos los teloneros de una banda de blues de las afueras de Santa Fe con un sonido muy guapo, y Trent ha comprado una furgo chulísima para llevar el equipo…

Aquella forma de hablar la transportaba directa al instituto. ¿Cuántas veces después de su escalada social en secundaria había cancelado Everett sus planes con ella para ir a ensayar con el grupo? ¿Cuántas veces desde entonces la había mirado por encima del hombro en vez de a los ojos cuando ella intentaba hablar con él?

Era increíble que tuviera dos posgrados de universidades de la Ivy League para terminar haciendo el imbécil de esta manera.

—¿Quién ha alquilado la habitación? —Clara interrumpió la descripción detallada del guardabarros vintage de la furgoneta en la que iban a irse de gira.

—¿Qué? Ah, sí, la habitación. No te preocupes. Es un tío supermajo. Josh no sé qué. Lo encontré en internet hace unos días. Muy chill. —Movió una mano en dirección a la chica—. Te va a encantar.

Clara cerró los ojos para que no viera que los ponía en blanco. Por muchas veces que se hubiera planteado hasta dónde llegaría para por fin conseguir el cariño de Everett, jamás se había imaginado aquello.

Everett giró el coche hacia una calle que lucía con orgullo un paso de peatones arcoíris.

—Oye, te llevo a casa y te doy mis llaves y eso, pero luego me tengo que ir enseguida. Se supone que tenemos que estar en Nuevo México el viernes.

Apenas se entreveía ya una disculpa en sus palabras.

Clara se fijó en sus dedos, los que a menudo imaginaba pasando por su pelo en una tierna caricia, que retomaban el golpeteo frenético en el volante. Buscó algún rastro de su mejor amigo de la infancia bajo aquella distante apariencia, por no decir algo peor.

El dolor le quemaba el esternón. En algún momento, algún antepasado Wheaton debió de haber desafiado al destino, maldiciendo a sus descendientes, que ahora pagaban las consecuencias. Solo eso explicaba por qué la única vez que Clara se había atrevido a dar un salto de fe se había dado ese planchazo espectacular.

Inspiró hondo para llenarse los pulmones. Tenía que haber un modo de salvar aquella situación.

—¿Cuánto tiempo estarás fuera? —Si había aprendido una cosa de su familia irresponsable, era el control de daños.

—Pues no sé. —Everett aparcó el jeep junto a una casa estilo hispano que necesitaba desesperadamente una nueva capa de pintura—. Al menos unos tres meses. Tenemos conciertos hasta agosto.

—¿Seguro que no puedes esperar unos días a marcharte? —Odiaba ese tono suplicante que se colaba en su pregunta—. No conozco a nadie más en Los Ángeles.

Una cara del pasado, borrosa a través de la perspectiva del recuerdo adolescente, se le pasó por la cabeza antes de apartarla.

—Todavía no tengo trabajo aquí. Mierda, ni siquiera tengo coche.

Intentó reírse para relajar el ambiente, pero lo que le salió sonó más como un gruñido.

Everett frunció el entrecejo.

—Lo siento, Ce. Sé que te prometí que te ayudaría a instalarte, pero esto es una gran oportunidad para el grupo. Lo entiendes, ¿verdad? —Alargó la mano para apretar la de ella—. Mira, esto no tiene por qué cambiar el plan que hicimos. Todo lo que te dije por teléfono sigue siendo verdad. Este paso, venirte a California, salir del control de tu madre… Te va a ir muy bien.

Levantó la mano para chocar los cinco, un gesto familiar desde hacía mucho tiempo. También podrían haber estado en clase empollando para la selectividad. A regañadientes, Clara completó la petición sobreentendida.

—Los Ángeles son unas vacaciones de la vida real. Relájate y diviértete. Regresaré antes de que te des cuenta.

¿Que se divirtiera? Quería gritar. La diversión era un lujo para la gente que tenía menos que perder, pero como generaciones de mujeres Wheaton antes que ella, Clara se resignaba a echar humo en silencio y evitar la confrontación.

Si una amiga le hubiera dicho hacía una semana que iba a mudarse a la otra punta del país e iba a dejar una buena vida que la mayoría de la gente querría por la oportunidad de estar con un tío —aunque fuese un tío especialmente guapo—, Clara habría invertido una cantidad significativa de energía en intentar detenerla. «Es una locura», le habría dicho. Siempre es fácil verlo en la vida de los demás. Nadie en Greenwich conocía las consecuencias de un impulso desafortunado mejor que una Wheaton. Por desgracia, como el alcohol de grano, el amor no correspondido se hace más potente con el tiempo.

Everett sacó sus bolsas d

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