Te esperaré en Venus

Victoria Vinuesa

Fragmento

g-1

MIA

Nací con una fecha de caducidad corta. Imagino que esa es la razón por la que mi madre se marchó dos días después de mi nacimiento. Y como morir antes de saberlo no es una opción que esté dispuesta a considerar, no me queda más remedio que preguntárselo yo misma… aunque eso signifique cruzar el Atlántico y convertirme en una especie de fugitiva.

En cuanto oigo el repiquetear de los tacones de Katelyn, mi madre de acogida, alejándose por el pasillo y el chirrido de la puerta de entrada al abrirse y cerrarse, corro a mi habitación y busco debajo de mi cama. Sí, aquí sigue, mi maleta vintage, la que compré en un mercadillo hace un año. Las banderas que esconde su desgastado cuero verde me hablan de lugares increíbles que ni siquiera puedo pronunciar, lugares que nunca podré visitar. Pongo la maleta sobre la cama y, después de saquear mi mitad del armario, coloco en ella todas mis posesiones: dos pantalones, tres camisetas, mi chaqueta de la suerte y dos jerséis; algo de ropa interior, mis tres diarios, los rotuladores y mi más preciada posesión: la cámara. Me levanto y cojo la bufanda de lana rosa que tengo colgada detrás de la puerta como si fuese un adorno de Navidad. Me acaricio la mejilla con su suave tejido y, aunque sé que ya estamos en primavera y que nunca más la volveré a usar, me resulta imposible dejarla aquí, sola, abandonada. En cuanto la descuelgo de la puerta, noto que una sombra se desplaza por la habitación. Me vuelvo de golpe y me topo con mi aterrado reflejo mirándome desde el cristal de la ventana. Primero grito como una histérica y después me echo a reír aliviada. Se nota que soy nueva en esto del «fugitivismo».

Me gusta pensar que mi corazón eligió ser original, diferente de los demás, y que por eso nací con tres cardiopatías congénitas. Antes no me importaba, porque tenía un plan. Era un plan perfecto: en exactamente un año y dos días, al cumplir los dieciocho, viajaría a España y encontraría a mi madre. Un amigo de mi clase de fotografía, Noah, iba a acompañarme. Pero ahora, mi plan se ha vuelto totalmente impracticable.

Esta vez me han tenido en el hospital dos semanas enteras. Los médicos me han dicho que no puedo seguir retrasando la operación, pero yo no estoy de acuerdo, nunca lo estaré. No lo entienden, pero tampoco se lo explico. Supongo que forma parte de haber nacido con una fecha de caducidad corta, no temo a la muerte. Solo temo a las operaciones, a las intervenciones en las que te abren el corazón, sin tener a nadie a quien le importes a tu lado, sin tener a nadie a quien le importe que tengas el corazón roto en primer lugar. Lo siento, pero eso no es para mí.

Los Rothwell nunca me permitirían viajar y mucho menos a otro continente, lo que significa que en el momento en que me suba a ese avión el domingo, me convertiré en una especie de fugitiva. Además, solo me quedan dos días para encontrar alguien que quiera y pueda acompañarme. Mi corazón empieza a golpearme las costillas con fuerza. Y aunque en el hospital me han advertido que solo debo tomarme las nuevas pastillas en casos de emergencia, me trago una a toda prisa. No puedo arriesgarme a sufrir una nueva recaída, ahora no. Cierro la maleta y repaso mentalmente la lista de documentos que debo llevar: la autorización parental para viajar sola (falsificada): en la mochila; el certificado de nacimiento: en el bolsillo de la chaqueta; el pasaporte falso: escondido en el forro de la maleta; el pasaporte de verdad… ¡El pasaporte! Madre mía, casi lo olvido.

Me subo a la silla y desde allí paso al enclenque escritorio mientras rezo para que no se destartale del todo. Estiro el brazo y rebusco por encima del armario. Noah, que según el plan inicial iba a acompañarme en el viaje, lo escondió aquí para que mi familia no me lo pudiese confiscar. De puntillas, estiro el brazo aún más y voy palpando la parte alta del armario: nada, aparte de pelusas de polvo de un tamaño que asustan. Vale, me agacho sobre el escritorio y hago una montaña con mis libros de bachillerato que ya no necesitaré. Me subo en ellos con cuidado y estiro el brazo hacia el fondo. Cuando por fin empiezo a sentir la rugosidad del pasaporte en la punta de mis dedos, la puerta de la entrada chirría y luego se cierra dando un gran portazo. ¡Madre mía! Cojo el pasaporte a toda prisa y hago el recorrido en el orden inverso: libros, escritorio, silla, suelo. Unos pasos ruidosos avanzan a toda prisa. No logro identificar a quién pertenecen. Cierro la maleta y la tiro al suelo. Mientras la empujo bajo la cama con los pies, la puerta se abre de sopetón.

—¡Mia, Mia, no te vas a creer lo que ha pasado en el colegio! —grita Becca mientras irrumpe en la habitación como una exhalación. Becca no es solo mi hermana de acogida más pequeña y mi compañera de habitación, sino también mi persona favorita del mundo.

—Becca, me has dado un susto de muerte —digo, y respiro aliviada.

Tras tirar su mochila al suelo, cierra la puerta con el talón y se dirige hacia mí a toda prisa.

—Me he saltado la clase de recuperación. Tenía que contártelo todo. —Y empieza a hablar como si no hubiese un mañana—. ¿Te acuerdas de ese niña, la que me llamó tonta en cuarto? Pues hoy ha suspendido un examen de Lengua. Y…—Se queda petrificada al ver el pasaporte en mi mano. Me mira con sus pequeños ojos grises cargados de súplica y me pregunta—: ¿Vas a irte?

—Ya lo hemos hablado —le digo en el tono más tranquilo que logro fingir—, ¿recuerdas?

Niega con la cabeza y el brillo húmedo de sus ojos me deja claro que no, que no recuerda nada. Becca nació con un problema cognitivo y algunas cosas simplemente se le escapan. Supongo que por eso compartimos esta habitación en esta familia que no es la nuestra. Sus padres decidieron deshacerse de ella cuando su problema comenzó a notarse demasiado. Solo tenía cinco años. Cojo su suave y pecosa carita entre mis manos y le sonrío. Eso siempre la tranquiliza.

—Me voy a fotografiar las auroras boreales, ¿recuerdas? Es nuestro gran secreto, no se lo puedes contar a nadie, jamás.

Y entonces cruzo los dedos, me los llevo a los labios y asiento, nuestra señal, la que aprendí en St. Jerome, el centro de acogida en el que crecí. Becca sonríe, tan emocionada que me duele mentirle, pero hace años que entendí que algunos secretos solo están seguros si no son pronunciados. Además, ¿cómo decirle que no voy a volver? Pero supongo que da un poco igual, porque la atención de Becca ya está enfocada en otra parte: la calle.

—¡Mira! —dice mirando a través de la ventana—. ¡Es ese chico, el del equipo de fútbol! ¡El que mató a Noah!

Sus palabras despiertan unas lágrimas que logro reprimir.

—Becca, no digas eso —le digo frunciendo el ceño. No es la muerte de Noah lo que me entristece, sino el sufrimiento de los que nunca le olvidarán—. Fue un accidente. —Me pongo a su lado y veo al chico saliendo de la casa de enfrente. No puedo ni imaginarme cómo debe de sentirse. En realidad sí puedo, pues no he dejado de pensar en ello desde que ocurrió. ¿Cómo logrará vivir con ese peso?

Se llama Kyle y, aunque era el mejor amigo de Noah, no nos conocemos. Mis padres de acogida solo me permiten salir para las visitas médicas, ir a la iglesia, las clases de fotografía y algún paseo matutino. Josh, el chico que vive en la c

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