Agua para elefantes

Sara Gruen

Fragmento

Indice

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Prólogo

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Veintiuno

Veintidós

Veintitrés

Veinticuatro

Veinticinco

Nota de la autora

Agradecimientos

Notas

Sobre la autora

Créditos

Dedicatoria

Para Bob, que sigue siendo mi arma secreta.

Cita

Pensé lo que decía y dije lo que pensé…

¡Un elefante es fiel al cien por cien!

THEODOR SEUSS GEISEL

Horton Hatches the Egg, 1940

PRÓLOGO

PRÓLOGO

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Sólo quedaban tres personas bajo el toldo blanco y rojo del puesto de comida: Grady, el cocinero y yo. Grady y yo estábamos sentados a una mesa de madera desgastada delante de sendas hamburguesas sobre platos abollados de hojalata. El cocinero se encontraba detrás del mostrador, rascando la parrilla con el canto de la espátula. Había apagado la freidora un rato antes, pero el olor de la grasa seguía flotando en el aire.

El resto de la explanada, en la que hacía poco bullía una multitud, ahora estaba vacío salvo por un puñado de empleados y un pequeño grupo de hombres que esperaban a ser conducidos hasta la carpa del placer. Miraban nerviosamente de un lado a otro, con los sombreros bien calados y las manos metidas hasta el fondo de los bolsillos. No quedarían decepcionados: en algún lugar detrás de la gran carpa, Barbara esperaba dispuesta a desplegar sus encantos.

Los demás lugareños, palurdos como los llamaba Tío Al, ya se habían repartido entre la tienda de las fieras y la gran carpa, que vibraba con música frenética. La banda recorría su repertorio con su habitual volumen ensordecedor. Yo conocía la rutina de memoria: en aquel preciso instante, la formación de la Gran Parada salía ya y Lottie, la trapecista, ascendía por el poste de la pista central.

Miré a Grady fijamente, intentando procesar lo que estaba diciendo. Él miró alrededor y se acercó más a mí.

—Además —dijo mirándome con intensidad a los ojos—, me da la impresión de que en este momento tienes mucho que perder —levantó las cejas para añadir énfasis a la frase. El corazón me dio un vuelco.

Una ovación atronadora estalló en la gran carpa y la banda atacó sin preámbulos el vals de Gounod. Me volví instintivamente hacia la carpa de las fieras, porque era la señal para empezar el número de la elefanta. Marlena estaría preparándose para montar a Rosie o ya sentada en su cabeza.

—Tengo que irme —dije.

—Siéntate —dijo Grady—. Come. Si estás pensando en largarte, puede que pase algún tiempo antes de que vuelvas a ver comida.

En ese momento la música paró en seco. Se oyó una alarmante colisión de metales, vientos y percusión, trombones y pícolos formaron un alboroto, la tuba soltó un pedo y el tañido hueco de unos platillos salió disparado de la carpa, voló sobre nuestras cabezas y se perdió en el olvido.

Grady se quedó paralizado, encorvado sobre su hamburguesa con los meñiques rígidos y los labios tensos.

Miré a ambos lados. Nadie movía un músculo, todos los ojos estaban orientados hacia la gran carpa. Unas cuantas hebras de heno rodaban perezosas sobre la tierra pisoteada.

—¿Qué es eso? ¿Qué pasa? —pregunté.

—Shhh —me hizo callar Grady.

La banda volvió a tocar, interpretando Barras y estrellas.

—¡Dios! ¡Mierda! —Grady tiró la comida sobre la mesa y se levantó de un salto, derribando el banco.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —le grité, porque ya se alejaba de mí corriendo.

—¡La Marcha del Desastre! —aulló por encima de su hombro.

Me volví apresurado hacia el cocinero, que estaba luchando con su delantal.

—¿De qué demonios habla?

—La Marcha del Desastre —dijo mientras se arrancaba el delantal por encima de la cabeza—. Significa que algo ha salido mal… Muy mal.

—¿Como qué?

—Podría ser cualquier cosa: un incendio en la carpa, una estampida, cualquier cosa. Dios santo. Los pobres palurdos seguramente ni se han dado cuenta todavía —se agachó para salir por debajo del mostrador y se fue corriendo.

El caos… Los vendedores de golosinas saltaban los mostradores, los trabajadores salían de las tiendas, los peones cruzaban a la carrera la explanada. Todas y cada una de las personas relacionadas con El Espectáculo Más Deslumbrante del Mundo de los Hermanos Benzini corrían hacia la gran carpa.

Diamond Joe me adelantó corriendo a lo que sería el equivalente humano del galope tendido.

—¡Jacob… es la carpa de las fieras! —gritó—. Los animales están sueltos. ¡Vamos, vamos, vamos!

No me lo tenía que decir dos veces.

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