El cazador de fantasmas (Crónicas de la Prehistoria 6)

Michelle Paver

Fragmento

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1

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Torak no quiere entrar en el silencioso campamento.

El fuego se ha apagado. Entre las cenizas está el hacha de Fin-Kedinn. El arco de Renn, pisoteado, asoma en el barro. Unas cuantas huellas dispersas constituyen el único rastro de Lobo.

Hacha, arco y huellas están diseminados por lo que parece nieve sucia. Cuando Torak se acerca, se eleva un enjambre de polillas grises. Esboza una mueca y las espanta, pero cuando se aleja, vuelven a posarse para alimentarse.

Al llegar al refugio, se detiene. Los troncos de la entrada están pegajosos. Torak capta un olor familiar, dulce y empalagoso. No se atreve a entrar.

El interior está oscuro, pero vislumbra una gruesa capa de polillas grises y, debajo de ella, tres formas inmóviles. Su mente rechaza lo que ve, pero su corazón sabe qué es.

Retrocede. Cae. La oscuridad se cierne sobre él...

Con un jadeo, Torak se incorporó hasta sentarse.

Estaba en el refugio, acurrucado en el saco para dormir. El corazón le palpitaba con fuerza contra las costillas. Le dolían las mandíbulas de tanto apretar los dientes. No se había dormido. Sentía los músculos rígidos por la tensión de la vigilancia constante. Pero había visto esos cuerpos. Era como si Eostra hubiese penetrado en su mente para retorcerle los pensamientos.

«Es lo que quiere que veas —se dijo—. No es verdad. Ahí está Fin-Kedinn, dormido en el refugio. Lobo, Pelaje Oscuro y los lobeznos están a salvo en su guarida. Y Renn se encuentra con el Clan del Jabalí. No es verdad.»

Algo le correteó por la clavícula. Lo aplastó con el puño. La polilla gris dejó una mancha polvorienta y un tufo a podrido.

Al fondo del refugio, otra polilla se posó en los labios abiertos de Fin-Kedinn.

Torak pataleó hasta salir del saco y reptó hacia su padre adoptivo. La polilla alzó el vuelo, describió un círculo y revoloteó hacia el exterior para internarse en la noche.

Fin-Kedinn gimió en sueños. Se estaba sumiendo en una pesadilla, pero Torak sabía que no debía despertarlo. Si lo hacía, las malévolas imágenes perseguirían al líder de los Cuervos durante días.

Su propia visión se aferraba a él como el sucio polvillo de las polillas. Se puso las calzas, el jubón y las botas antes de salir del refugio.

La Luna del Endrino proyectaba largas sombras azules en el claro. Alrededor, el aliento del Bosque flotaba entre los pinos.

Unos perros levantaron la cabeza al pasar Torak, pero el campamento estaba en silencio. Había que conocer tan bien como él el Clan del Cuervo para saber hasta qué punto andaban mal las cosas. Los refugios se apiñaban como uros asustados en torno a la larga hoguera que ardía durante toda la noche. Saeunn había rodeado el claro con teas de enebro montadas en estacas con la intención de espantar a las polillas.

En la horqueta de un abedul, Rip y Rek se habían posado con la cabeza bajo el ala. Dormían plácidamente. Hasta entonces, las polillas grises sólo habían molestado a las personas.

Ignorando las protestas de los cuervos, Torak los agarró y fue a sentarse junto al fuego con los cuerpos emplumados y soñolientos en los brazos.

En el Bosque bramó un ciervo.

De pequeño, a Torak le encantaba oír los bramidos del ciervo rojo en las brumosas noches de otoño. Acurrucado en el saco para dormir, contemplaba las brasas e imaginaba minúsculos y enardecidos venados entrechocando las cornamentas en valles ardientes. Se sentía seguro, sabiendo que Pa mantendría la oscuridad y los demonios alejados.

Pero con el tiempo había descubierto que no era así. Tres otoños antes, en una noche como ésa, se había agazapado entre los restos de un refugio para ver morir desangrado a su padre.

El ciervo dejó de bramar. Los árboles crujieron y gimieron en sueños. Torak deseó que alguien se despertara.

Echaba de menos a Lobo, pero si aullaba para llamarlo perturbaría el campamento entero, y por otra parte no se sentía con ánimos para recorrer el largo camino hasta la manada. «¿Cómo he llegado a este extremo? —se preguntó—. Me da miedo internarme solo en el Bosque.»

«Empieza así —le había explicado Renn media luna antes—. Siempre envía algo pequeño, que aparece por la noche. Algo de lo que no puedes librarte. Y las polillas grises son sólo el principio. El miedo aumentará. De eso se alimenta; es lo que le proporciona fuerza.»

A lo lejos se oyó el ulular de un búho real.

Torak recogió un palo y atizó el fuego con furia. No podía soportarlo mucho más. Estaba listo: tenía el carcaj bien provisto de flechas y las yemas de los dedos doloridas de coser las prendas de invierno. Había afilado tanto las hojas del hacha y el cuchillo que podrían partir un cabello a lo largo.

Ojalá supiera dónde encontrarla, pero Eostra se había ocultado en su guarida en la Montaña. Como una araña, había cubierto el Bosque con su tela. Como una araña, captaba el más mínimo temblor en la hebra más lejana. Sabía que él saldría a darle caza. Quería que lo intentase. Pero todavía no.

Torciendo el gesto, Torak trató de ensimismarse en el resplandor de las brasas. Despertó al oír una voz pronunciar su nombre.

Los troncos se habían derrumbado. Los cuervos estaban de vuelta en su árbol. No había soñado esa voz: la había oído. Le resultaba familiar, dolorosamente familiar. Sin embargo, era imposible.

Se levantó con el cuchillo en ristre. Al llegar al círculo de teas de enebro que rodeaba el campamento, se detuvo. Entonces enderezó la espalda y pasó entre ellas para internarse en el Bosque.

La luna resplandecía. Los pinos flotaban en un mar blanco de neblina.

Más allá, ladera arriba, entrevió algo que desaparecía.

Su respiración se volvió rápida y entrecortada. Le daba miedo seguirlo, pero debía hacerlo. Empezó a trepar, rasguñándose las manos al abrirse paso en la maleza.

A medio camino, se detuvo a escuchar. Sólo se oía el rítmico gotear de la niebla.

Algo le hizo cosquillas en la mano del cuchillo.

En la base de su pulgar, una polilla se alimentaba en una minúscula mota de sangre.

—Torak... —lo llamó una voz susurrante entre los árboles.

El miedo penetró en el pecho del joven y le oprimió el corazón. No era posible.

Siguió trepando.

A través de la neblina que se arremolinaba, vislumbró una figura alta, de pie junto a un peñasco.

—Ayúdame... —musitó.

Torak se precipitó hacia ella.

La figura se fundió con las sombras.

No había dejado huellas; sólo una rama que se mecía levemente. Sin embargo, detrás del peñasco, encontró los restos de un fuego. Los troncos estaban fríos, cubiertos de ceniza. Se los quedó mirando. Los habían dispuesto formando una estrella. No podía ser. Sólo él y otra persona hacían esa clase de fuegos.

«Mira detrás de ti, Torak.»

Se volvió en redondo.

A dos pasos de distancia, alguien había clavado una flecha en la tierra.

Torak reconoció las plumas de inmediato. Supo quién había hecho esa flecha. De

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