Kintsugi del alma

Lesslie Polinesia

Fragmento

Kintsugi del alma

Somos seres cuya alma solo evolucionará tras el aprendizaje, y a lo largo de la vida, muchas veces sin saberlo, atraemos a otros que nos ayudarán a entender qué es lo que venimos a trabajar. Cuando las cosas no salen como esperamos, vemos la experiencia como un obstáculo; sin embargo, cada vez que suceda y no tengamos un aprendizaje, nuestra energía nos volverá a poner en una situación similar, incluso en una más fuerte. Lo que me queda claro es que tenemos la voluntad de elegir cómo pasar cada reto que se nos presenta. Con frecuencia nos preguntamos por qué nuestros amigos o pareja llegan en momentos específicos, y en otros queremos saber por qué nos alejamos de nuestros seres queridos; en el primer caso es porque tenemos una conexión más allá de lo espiritual, y en el otro es porque estamos vibrando en frecuencias distintas; eso no está mal, porque no hay nada de malo en evolucionar y no ser siempre la misma persona. Evolucionar es parte de la vida, es un aprendizaje que no termina y para ello también hay seres que solo nos acompañan en instantes específicos.

Por eso hoy quiero compartirte mi historia. Todos venimos a este mundo a algo. Quizá mientras nos llenamos de experiencias no tenemos claro cuál es la finalidad de todo aquello que la vida nos pone en el camino, no sabemos cuál es nuestro propósito y muchas veces no entendemos el porqué de las cosas. Con el tiempo me he dado cuenta de que el mío es amar y ser feliz. Durante años busqué el amor, lo di a manos llenas, esperé que me amaran con la misma fuerza y entrega con que yo amaba, a veces funcionó, otras no, pero jamás he dejado de pensar que a eso vine: amar es lo que define quién soy. Estar en la búsqueda constante de mi plenitud más que de mi felicidad, porque la felicidad es efímera y la plenitud es un estado mental donde pasamos más tiempo en equilibrio con nosotros mismos.

En cada situación siempre hay dos perspectivas, dos puntos de vista que nacen desde el origen de cada quien, sus creencias, su educación, sus sueños y la manera en que muestra sus sentimientos y se relaciona. Nadie es perfecto, somos producto de tantas cosas que nos definen que no hay verdades absolutas porque cada quien vive las historias de forma diferente. Cada quien decide cómo amar, cómo hablar de ese amor y también cómo sanar. Si hoy estoy aquí es porque estoy lista para contarte mi historia, para que sepas que, aunque a veces nos da miedo decir en voz alta lo que estamos viviendo, no estamos solas.

Como muchos, idealizaba el amor, pensaba que amar era darlo todo, fui infiel conmigo misma por aferrarme a esta construcción social, por no leer las letras chiquitas. En esas letras tan diminutas te dicen que quizás el amor dolerá, pero no te explican que conforme creces te ilusionas con una fantasía, idealizas un amor que no existe, te llevas decepciones porque normalizas conductas que son todo menos amor, y piensas que esas falsas creencias te llevarán al amor del cuento de hadas o al felices para siempre. He aprendido que el amor es estar en tu centro, en la plenitud de ti misma, en ser genuina contigo, fiel a ti, a tus ideales, tus pensamientos y valores, es amarte como nadie más podría hacerlo. Es aprender, evolucionar, agradecer cada momento bueno o malo, valorar las enseñanzas, perdonar los errores humanos y nunca perder la capacidad de amar.

Esta es una historia de amor y quizá también de desamor y dolor, pero es más una historia de aprendizaje y descubrimiento: el de darme cuenta de que el amor verdadero existe, y es conmigo misma.

Kintsugi del alma

CAPÍTULO
1

Kintsugi del alma

Nunca nadie te dice que de repente, de un día para el otro, tu vida puede cambiar de forma radical, que ya no serás la misma, que el suelo puede moverse bajo tus pies o el aire producirte la sensación de que vas a volar, o que una burbuja se rompe y es probable que te caigas a una velocidad que no imaginabas, porque es eso lo que pasa cuando estás enamorada. Y el amor no se planea, simplemente sucede, te lleva a situaciones que nunca te pasaron por la mente, sientes todo con mayor intensidad, te cuestionas, aprendes a vivir de otra manera y poco a poco descubres que la vida se trata de eso, de aprender.

Nos hemos acostumbrado a condicionar el amor: si me das, te doy. Y no es así, se trata de ponernos en primer lugar para recibir el amor más puro y compartir desde ahí, sin pedir imposibles o algo que aún no existe porque la otra persona no ha encontrado el suyo en sí misma. Hay reciprocidad, es cierto, pero tenemos que saber distinguir entre eso y la exigencia, únicamente porque queremos de vuelta lo que ya dimos. Querer y amar son actos que vienen desde uno y, si se comparten, qué bien, y si no, no pasa nada. También sucede que cuando damos amor de forma desinteresada y desde lo más profundo de nosotros, el amor regresa, quizá no de la misma manera o como uno desearía, pero vuelve. Y estos regresos se dan cuando menos lo esperas, cuando ya bajaste los brazos después de tanto esfuerzo, el día que te abrazas a ti porque te amas y eres capaz de descubrir la felicidad de forma diferente.

Mi historia se dio más o menos así, perfecta en su imperfección; me hizo quien soy ahora. Me llenó de aprendizajes difíciles y hermosos, porque la vida se trata de eso.


La alarma de mi teléfono sonó, ¿en qué momento se me hizo tan tarde? Intenté empacar lo más rápido que pude, siempre soy la más puntual y organizada de los tres, y por ese rasgo de perfección a veces se me va el tiempo. Quería que todo saliera perfecto, eran nuestras vacaciones, aquellas serían las más especiales porque celebraríamos la vida de una de las personas a quienes más amo, mi hermana, y por fin nos merecíamos un descanso en medio de tanto caos e incertidumbre en el mundo durante los últimos meses. Revisé que todo estuviera en orden, desde mi boleto de avión hasta las playlists para las actividades que habíamos planeado, entonces salí corriendo para subirme

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