Ladrona de guante negro (Trilogía Stella Nera 1)

Anastasia Untila

Fragmento

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Prólogo

Milán, Italia

No se sentía cómoda. No quería estar ahí, pero las puertas siempre se encontraban cerradas; todas las habitaciones, todas las ventanas… Como si fuese una pequeña cárcel, un infierno de paredes pintadas en colores pastel para aquellos niños que habían perdido a sus padres. Niños huérfanos y abandonados por la decisión de un destino cruel.

Y Aurora, con tan solo cinco añitos cuando aterrizó en el Orfanato della Misericordia, sentía que se estaba ahogando en un mar infinito y que, por más que lo intentara, no lograba salir a la superficie. Aquello despertó en ella un sentimiento que nunca había experimentado y cada noche, mientras observaba los demás rostros dormidos, se preguntaba cuántos segundos harían falta para que la madre superiora, la más despiadada de las monjas, parara de respirar y se ahogara en ese mismo mar negro, frío y sin vida.

Dejó que el tiempo siguiera su curso. Ahí, rodeada por un ambiente que la consumía, no se percató de que ya había pasado un año desde que lo había pisado por primera vez. Pronto fueron dos, incluso tres. Tres años hasta que encontró la manera de salir para acariciar esa libertad que tanto ansiaba. Aprendió a escaparse sin ser vista y a regresar a su cama en medio de la oscuridad, como si nunca hubiera pasado nada.

Hasta que una noche la descubrieron.

Y el castigo fue atroz.

Las monjas la habían destrozado tanto por dentro como por fuera. Rota, vacía… Una criatura desamparada a la que deberían haber cuidado, pero a quien acabaron arrebatándole la infancia.

«Quiero irme a casa», pensó la pequeña de ojos verdes en la noche de su décimo cumpleaños mientras dejaba escapar la única lágrima que se había permitido soltar, la que encerró toda su tristeza para que no siguiera afectándola. Quería regresar, volver con sus padres, pero, nadando en su vaga memoria, se golpeó contra la realidad al percatarse de que ya no tenía casa y tampoco padres. No tenía nada, a nadie, y ya llevaba cinco largos años viviendo en el silencio de aquel lugar. Los pocos recuerdos que conservaba los había enterrado sin remordimiento dejando que ese nombre con el que habían empezado a llamarla formara parte de ella. Permitieron que en esa niña de diez años creciera la más oscura de las tormentas y se reflejara la amenaza que habitaba en su mirada, lo que provocó que creara una identidad que, sin saberlo, pronto se convertiría en su salvavidas, un escudo negro, sombrío, mortal…, que la protegería del mundo. Aurora no iba a seguir encerrada, pero tampoco pensaba someterse ante aquellas señoras de ropas ri­dículas, aunque sonriera haciéndoles creer que sí, pues de eso trataba la supervivencia: de procurar que su corazón siguiera latiendo a pesar de encontrarse vacío.

Después de aquel castigo que la marcó, dejó transcurrir el tiempo necesario para que bajaran la guardia y una noche, tras asegurarse de que todo el mundo se encontraba en el más profundo de los sueños, volvió a escaparse de esas cuatro paredes. Deambuló por las oscuras calles de la ciudad italiana sin una pizca de miedo y cuando se acercó a ese callejón, como si esa misma oscuridad la estuviera llamando, se escondió al observar a un grupo de hombres vestidos de negro. No sabía qué hacían, pero intuía que no era nada bueno.

No retrocedió, no hizo nada; permaneció oculta hasta que uno de ellos se dio cuenta de su presencia. Cualquier corazón habría empezado a bombear con frenesí, pero el de Aurora siguió tranquilo.

—Sal de ahí, principessa —le pidió uno de los hombres, y no dudó en regalarle una sonrisa llena de encanto, aunque cargada de maldad. Una sonrisa elegante que la invitó a acercarse. El hombre se sorprendió cuando la niña dio un paso hacia él sin dudar—. ¿Qué haces aquí? Sola, de noche… ¿Dónde están tus padres?

Aurora negó con la cabeza y él se limitó a esbozar otra mueca, una mera curvatura de los labios que escondió un pensamiento fugaz, pues el tipo con quien se encontraba hablando dirigía una de las organizaciones ilegales que controlaban el territorio italiano. A Giovanni Caruso, el capo de la Stella Nera, le bastaron unos pocos segundos para darse cuenta del potencial que encerraba su mirada y ahí mismo, en ese callejón negro que apestaba a humedad, se asignó la misión de entrenarla y convertirla en un activo para él.

—¿Estás sola? —preguntó agachándose para ponerse a su altura. Los demás miembros del grupo no se movieron, aunque tampoco dudaron en estirar el cuello para oír lo que fuera que su jefe le estuviera diciendo a esa niña de pelo negro.

Giovanni esperó una respuesta que no llegó, aunque vio que la niña elevaba ligeramente la barbilla.

—Es peligroso que merodees por aquí —añadió. El italiano volvió a sonreír ante el silencio—. ¿Cómo te llamas?

—Me llaman Aurora —se limitó a decir, y no dudó en torcer la cabeza sin dejar de mirarlo.

—Aurora —repitió acariciando ese nombre que daba la sensación de pertenecer a la realeza—, ¿te gustaría venir conmigo?

La niña de larga melena y ojos verdes no se lo pensó dos veces cuando asintió con la cabeza y le dio la mano al capo, que se convertiría en su mentor y en las puertas hacia la libertad que siempre había anhelado. Aurora no volvió a pisar el orfanato. Las monjas tampoco se molestaron en denunciar su desaparición y pronto se olvidaron de ella, como si nunca hubiera existido.

Con el paso de los años, Giovanni la moldeó a su capricho potenciando sus habilidades dormidas además de corregir la inestabilidad que habitaba en su interior. Al menos eso creía él, pues a Aurora nadie la podía dominar, y si actuaba siguiendo sus órdenes era porque resultaba la única forma de sobrevivir. Solo hacía falta que se presentara el momento adecuado para recuperar ese control que había congelado. Un momento que, tarde o temprano, llegaría. Bastaba que fuera paciente, que mantuviera esa impulsividad dominada hasta que ella misma rompiera las cadenas.

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1

Milán, Italia

Noviembre de 2017

A las ocho de la mañana la ciudad parecía ser esclava del tiempo. En realidad, a las ocho de la mañana todas parecían serlo.

Aurora frenó su andar deteniéndose en mitad de la calle y observó los rostros cansados a su alrededor: personas que necesitaban volar para no perder el metro, otras que se habían levantado con el pie izquierdo y algunas presas de la rutina laboral, aunque la gran mayoría intentaba no perder la máscara de felicidad que se habían colocado nada más abrir los ojos.

Las ignoró a todas.

No se tomaría la molestia de apartarse hacia un lado, pues había dejado de afectarle lo que la gente pensara de ella. Tampoco sentía lástima ni afecto, incluso se había olvidado de lo que significaba el amor. Al fin y al cabo, esos sentimientos no le servían de nada en ese mundo donde su alma desolada deambulaba por las oscuras calles siguiendo las órdenes del capo, la persona que la había

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