Eso hay en el Arenal.
¡Oh, gran máquina Sevilla!
¿Esto es solo maravilla?
Es a Babilonia igual.
L OPE DE V EGA
Los jueces de este mundo, todos varones,
no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa.
T ERESA DE J ESÚS
(eliminado por el padre García de Toledo por considerarlo apología de las mujeres)
La verdad se edifica a partir de un cúmulo de verdades fragmentarias.
J ORGE V OLPI
Una nota previa
A lo largo de los tiempos, han sido muchos los escritores con la enorme fortuna de hallar un manuscrito que los transportara a una historia fascinante. Ya le ocurrió en el siglo VII antes de Cristo al rey Josías de Judá con el Deute ronomio, o a Lucio Septimio hace mil setecientos años con las crónicas sobre la guerra de Troya narradas por Dictis Cretense. En la recta final de la Edad Media sobrevino otra ráfaga de buena suerte para todos aquellos que tropezaron con textos sobre increíbles aventuras caballerescas en cuevas y sepulcros, desde el Amadís de Gaula hasta el Cristalián de España . Sin olvidar, cómo no, la de carambolas que hubieron de acaecer para que las peripecias de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha llegaran a manos de Miguel de Cervantes y, con ello, a las nuestras. También Umberto Eco gozó de esa fortuna al hallar Le manuscrit de Dom Adson de Melk o, apenas unos años antes, Camilo José Cela al toparse con las memorias de Pascual Duarte en una farmacia almendralejense. Por no hablar de aquellos en cuyas manos cayeron atadijos de epístolas extraordinarias, como las Cartas marruecas a las que tuvo acceso José Cadalso tras la muerte de su amigo.
Cómo iba yo a imaginar, una modesta escritora de novela negra contemporánea, que pudiera el destino depararme tamaña dicha. A mí, que no me ha tocado nunca ni el peluche de la tómbola, no hablemos ya de los boletos vendidos por los estudiantes para sufragar su viaje de fin de curso o de una mísera pedrea en la lotería de Navidad.
Pero halladas por una azarosísima casualidad estas páginas en el Colegio de Gramáticos de Cuerva —edificio abandonado al que mi curiosidad temeraria me había llevado a introducirme en aras de comprobar el estado ruinoso que arrastró a la Lista Roja del Patrimonio el lugar donde ya se impartían clases de gramática hace cuatrocientos años—, una intuición poderosa —y algo cleptómana, para qué engañarnos— se adueñó de mí. No dudé en guardarlas en mi mochila y salir pitando hasta la casa rural donde me hospedaba. Solo allí, en la privacidad previamente apoquinada de una habitación individual, me atreví a abrir el manuscrito. Estaba fechado en el siglo XVIII , mas el transcriptor aseguraba haber realizado una copia fiel de un manuscrito del XVI . Esto fue determinante, pues la escritura paleográfica de tal época hace legibles los textos para una muy selecta minoría, de la cual no puedo jactarme de formar parte.
Así, a pesar de encontrarse el legajo en un estado de con servación paupérrimo y tener un estilo muy alejado del de nuestros días, era al menos inteligible. Mi entusiasmo creció al comprobar que el relato transcurría en la época dorada de mi ciudad natal, y se convirtió en absoluto fervor cuando fui descubriendo los hechos que refería. En los días que permanecí en aquel hospedaje, salí del dormitorio únicamente para comer —más por no desaprovechar la media pensión que ya tenía pagada que por genuina necesidad, tal era mi embeleso— y volví de nuevo a recluirme. Me volqué en la historia con la misma pasión con que otras veces lo hice con amores de carne y hueso. Dormí pegada a ella, me desveló en las madrugadas y la retomé sin saciarme nunca, la admiré de la mañana a la noche, me llevó a querer saber más y más de ella y, en última instancia —y quizá es aquí donde comienzan las diferencias—, a querer compartirla con todos.
Durante los dos últimos años me he dedicado con vehemencia a estudiar cada uno de sus personajes y momentos históricos y a crear una versión actualizada del texto. Me he sumergido en la época hasta sentirme dentro de ella como solo esa locura consustancial a algunos escritores permite. Lo he trasladado a un lenguaje fácilmente comprensible, permitiéndome incluso algunos breves excursos solo tolerables desde la contemporaneidad de esta publicación que hoy ve la luz. De otro lado, he considerado útil para la agilidad de la trama trocar algunos términos en desuso por otros reconocibles que no requieran un esfuerzo extraordinario por parte del lector. Si bien he de insistir en que esta historia no me pertenece a mí, como tampoco al transcriptor intermedio, sino a una gran escritora del XVI caída en el olvido. Como tantas. Mi deseo de visibilizarla justamente se sobrepone, por tanto, a la vanidad de otorgarme algún mérito en esta historia.
S USANA M ARTÍN G IJÓN
Sevilla, junio de 2023
Proemio
Mis viejos enemigos no se han dado por vencidos, y hoy sé que la Desnarigada por fin va a aliarse con ellos. En los que serán probablemente mis últimos momentos de paz, concluyo el texto que siempre quise escribir, pero que fui posponiendo año tras año. Los deberes interminables ansí me forzaron a ello, aunque, en honor a la verdad, también lo hizo la grandísima turbación que me mortificó des de que tuve conocimiento de esta historia. Vencer el miedo ha sido una de mis mayores conquistas.
A lo largo de mi vida he tomado la pluma para plasmar hartas cosas. A algunas de ellas me he sentido obligada; con las más, lo he hecho por puro goce. Pero estas páginas son las que debía a mi conciencia, y también a quienes existieron en aquella época y lugar.
Hace dos días me han comunicado mi destierro, y llega la hora de partir. He sido una extranjera demasiado tiempo, vilipendiada y perseguida desde que me encomendé a esta misión. Primero lo fui en esa ciudad populosa del sur donde me encarcelaron, como hicieron también en la metrópoli portuguesa. Mi salud flaquea y, en el caso de que lograra llegar a destino, sospecho que ellos no me permitirían seguir con vida. Moriré en paz y con resignación, tal como me han enseñado. He cumplido con lo que se esperaba de mí de la mejor forma que supe y jamás pretendí nada a cambio. Que no me pidan tampoco más.
Si tan solo me atreviera a desear algo, sería que este legajo no se perdiera entre aquellos que el Santo Oficio depura. Que algún día pueda ser conocido y ansí se haga justicia, aunque se trate de una justicia histórica porque sea lo único que reste ya. Mientras ese día llega, es menester que permanezca oculto.
Una señora de Toledo
Lisboa, octubre de 1603
Primera parte
1
26 de abril del año del Señor de 1562
El calor se abate como plomo derretido sobre la muchedumbre.
Sin embargo, no parece importar a los miles de personas aglutinadas en la plaza. Desde la aristocracia hasta los más desamparados de la sociedad, nadie quiere perderse el espectáculo.
Hace tres jornadas que está llegando el público, tanto que en toda Sevilla no se hallan posadas y muchos han trasnochado a la intemperie. La ciudad está engalanada de punta a punta. Balcones, fachadas y ventanas lucen tapices y colgaduras para festejar la ocasión. Aun así, tan solo los más adelantados entre los pecheros han logrado un buen sitio en el andamiaje. Los palcos están reservados para las autoridades, que comienzan a aparecer con sus comitivas. Ellas no necesitan madrugar; los marqueses, señoras y caballeros muy principales tampoco: tienen su emplazamiento en una grada preparada a tal efecto. Para quien posee los dineros, pero no la condición, se cuece un tejemaneje de subastas en las que más de uno desembolsa sus buenos ducados.
La mayoría de la concurrencia conversa en grupos alegres. Hay quien comisquea altramuces o piñones que ofrecen a voz en grito los vendedores ambulantes. También quien le da de buena gana a las vituallas que ha portado consigo, o quien se ha hecho con una empanada de puerco adobado o un poco de aloja para amenizar la espera.
No faltan las hordas de mendigos, amén de tullidos, ciegos, cojos y mancos, aunque la mitad de las veces tan solo lo son durante el tiempo que se prolonga su exposición pública. Todos, los fingidos y los reales, se lamentan con igual empeño. No cejan en sus plañidos hasta hacer soltar alguna moneda o bien acabar increpando con una sarta de obscenidades que harían escandalizarse al estibador más curtido.
Tampoco escasean los ladronzuelos que hurtan el lienzo o la bolsa al primero que se despista. No en vano la picaresca es la forma de supervivencia de estos tiempos.
Entre toda esa marabunta, un hombre permanece apostado en una esquina con un bebé de piel oscura en los brazos. Tan solo cuando la cría arranca a llorar, se balancea torpemente para acunarla. Su semblante duro y reseco, el ceño fruncido sobre las cejas hirsutas, la barba cerrada, los labios prietos bajo un mostacho tupido y los recios brazos le confieren el aspecto de fulano con el que uno no quiere meterse en problemas. A ello contribuye la faca envainada que cuelga del cinto a la altura de los riñones.
La plaza de San Francisco ya es un hervidero. Lejos de barruntarse el cansancio o el desagrado ante el hedor agrio de la turbamulta, la expectación es creciente. Hace casi dos años de la última celebración y se prevé una jornada memorable.
Los carpinteros se afanan en los últimos retoques. El damasco carmesí resplandece con el boato requerido para la ocasión. En cuanto al tablado, supera los sesenta pies de largo. Al fin se acerca el momento de la conclusión pública y grandiosa de todos los trabajos, que embellecen la ya de por sí elegante plaza, con el majestuoso edificio del Cabildo, su doble galería porticada y su suelo empedrado.
El barullo aumenta de volumen. Por el ala siniestra de la plaza asoma la procesión. Unos minutos después, la cruz verde se muestra expuesta en el estrado. Ahora sí, la función puede comenzar.
Más de treinta hombres y mujeres avanzan en medio de una escolta de soldados del cuerpo especial de la Zarza. Tras ellos, los familiares de la Inquisición, esos informantes al servicio de la causa. Visten distinguidos ropajes negros y portan el estandarte con orgullo. En contraposición, el andar trabajoso de los penitenciados denota el largo encarcelamiento en el castillo de Triana y las torturas sufridas en su cámara de los tormentos. Tras meses de penurias, sus carnes flacas les caen como un disfraz de pellejos que quisiera separarse del cuerpo.
La mayoría han sido acusados de herejes en un auto ejemplar. Todos llevan velas en las manos, y la coroza, ese capirote humillante, les cubre la cabeza como símbolo de castigo.
El público se enfervoriza al ver a los portadores de sambenitos negros pintados con las llamas del infierno. Son los sentenciados a muerte y fuego. Se escuchan abucheos e injurias de todo tipo. Alguien arroja una col podrida que abre la veda. Sigue una nube de frutas y verduras aderezada con palos y algún que otro pedrusco. Una piedra lanzada con puntería va a dar en la frente de un penitenciado, que cae al suelo con la sangre tiñendo su semblante de calavera. Varios familiares de la Inquisición lo levantan y lo llevan a rastras hasta el tablado. Detrás del cortejo de muerte, a caballo con gualdrapas de terciopelo, llegan circunspectos los señores inquisidores, alguaciles, jueces y secretarios. Ya no falta nadie.
Tras el sermón, sigue la lectura de las sentencias. Hay alborozo ante la severidad mostrada para con los herejes luteranos, quienes pasarán por la hoguera, ya sea en carne y hueso o en la simbólica efigie, caso de que hayan logrado huir de la justicia. Los cuerpos de nueve desdichados arderán antes de que caiga el sol. Entre ellos está el componedor de imprenta Sebastián Martínez, sentenciado por sus coplas heréticas. Los condenados en efigie son muchos y muy conocidos al pertenecer la mayoría al monasterio de San Isidoro del Campo: el sevillano Antonio del Corro o los extremeños Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera son algunos de los más abucheados. No se libran las mujeres. Nombres de la talla de Ana de Mairena o María de Trigueros pasarán también por el cadalso, así como la hereje Nali de Villanueva o la vecina de Gibraleón Leonor Gómez con sus tres hijas.
Varias horas después, en un escenario muy distinto, el hombre con el bebé ha presenciado la segunda parte del proceso. Está en el prado de San Sebastián, un llano desde el que se avista la ciudad amurallada.
Los condenados a la hoguera han pasado a manos de la justicia seglar, que ha ejecutado su misión con presteza. Las piras trágicas ya han ardido y tan solo permanecen los restos del naufragio: los postes en que ataron a las víctimas, las capas de carbón impregnado en grasa humana, una costilla calcinada, algún fragmento de tela que el aire ha salvado de la quema, la trenza chamuscada de una mujer, una medalla combada por el fuego. La ceniza sobrevuela por doquier y en el ambiente perdura el hedor inconfundible de la carne quemada.
Si no fuera por un ligero temblor en la mandíbula, el hombre bien podría pasar por una estatua como las que han ardido junto a los penados. No se movió cuando dieron garrote a los arrepentidos, antes de prender las hogueras. Tam poco cuando los cuerpos se transformaron en antorchas hu manas, cuyo resplandor iluminó la tarde. Ni siquiera cuando aquella madre, pertinaz hasta el tablado, comenzó a aullar al contemplar cómo las lenguas de fuego devoraban a sus hijas.
Solo cuando los soldados han recogido los cuerpos reducidos a huesos y pavesas y los han introducido en sacos mugrientos, cuando la mayoría del público ya ha abandonado el lugar y la noche empieza a caer, el hombre emerge de su propia conmoción. Si alguien le hubiera mirado a los ojos, habría visto un dolor inconmensurable. Y un poco más al fondo, en el espacio que ocupan los más velados sentimientos, un atisbo inequívoco de culpa. Habla al bebé con una voz ronca que parece salida del infierno al que hoy han ido a parar varias almas. Ese infierno en el que, así lo desea con todas sus fuerzas, también acabarán los responsables de esto:
—Tu madre ya no está, Damiana. Ahora solo quedas tú.
2
27 de agosto del año del Señor de 1580
Es domingo, día de asueto para Fermín.
Se lo ha ganado tras varias jornadas en el puerto de Sevi lla calafeteando una de las cincuenta y seis naves que partirán hacia las Indias. Como se ha ganado un poco de divertimento, de ahí que sus pasos se dirijan rumbo al lupanar del que solo ha oído alabanzas en boca de otros hombres. Atraviesa el Arenal en dirección a la muralla y camina en paralelo a ella hasta dar con la puerta del Golpe. Es la entrada principal de la Mancebía, llamada así por su pestillo que se cierra con un simple empellón. Allí, junto a un zagal apático que la custodia, encuentra un panel en el que se plasman las ordenanzas redactadas por el Cabildo para el interior de la institución. Inútil, pues no sabe leer. Cuando se dispone a franquear el paso, un hombre de pobladas barbas llega hasta él y lo anima a acompañarlo. El mozo del Golpe no pone objeción alguna; aquel tipo es uno de los hombres con más boticas a su cargo, que así se da en llamar a las casillas donde ejercen las prostitutas.
—En la plaza de la Laguna hallaréis las mejores mujeres. Saben satisfacer los deseos más secretos de cualquier hombre sobre la faz de la tierra.
Con lenguaje untuoso, el barbudo le relata las excelencias de las mancebas. Fermín se deja envolver y paga el precio por adelantado, tal y como establecen las reglas. No se le ocurre mejor forma de gastarse los cuartos embolsados con el sudor de su frente: va a yacer con una de las mujeres con más fama del mayor burdel del reino. Si hay placeres terrenales comparables a los que glosan los religiosos sobre el paraíso, ha de ser aquí. Y él no va a esperar hasta morirse para disfrutar de algunos de ellos.
Una vez que el hombre se despide de él, camina por la calle principal examinando a las muchachas. La mayoría apenas pasa de los catorce o quince años. Todas descocadas, en parte para facilitar la seducción y en parte por el calor atosigante que envuelve la ciudad. Una regordeta apostada en la puerta de una casilla se levanta en cuanto lo ve y trata de llevárselo hacia dentro con zalamerías.
—En El Pecado Original gozaréis como no imagináis.
—¡Boquirrubio, venid p’acá! ¡La Babilonia es el mejor sitio pa pecar de toa Sevilla! —grita otra a la altura de la plaza. Tiene la piel oscura, una larga cabellera morena y está sentada con las piernas abiertas.
—Que no os engañen, lo mejor de la ciudad lo tenéis justo aquí. —La primera se contonea para que quede claro dónde lo encontrará. Luego le guiña un ojo pícaro—: Me llamo Milagros, y os aseguro que no es en balde.
Fermín logra soltarse de su brazo. Tardará mucho en volver a permitirse algo así, y quiere emplear bien los dineros ya esfumados. Observa a la chica atezada que le ha gritado desde la otra casa. No es de las más jóvenes, aunque tampoco es vieja aún. Tendrá unos dieciocho, quizá diecinueve años. Le llaman la atención sus rasgos singulares: ojos almendrados, pómulos prominentes, unos labios muy gruesos y una nariz aguileña que le da aire de ave rapaz. No sabría decir si es guapa, pero desde luego no posee la belleza canónica que uno espera hallar entre las mujeres más cotizadas de la ciudad.
Ella se adelanta sin pérdida de tiempo.
—Damiana, para serviros. —Le dedica su sonrisa más descarada—. En todo lo que gustéis.
Él la repasa de arriba abajo sin recato alguno. El color de su piel le llama la atención, pues nunca se ha amancebado con una mujer tan exótica. Luego voltea la mirada hacia la otra, que aún sigue pendiente de su decisión. Milagros tiene más carne de donde agarrar. Sin embargo, quién sabe qué artes secretas le esperan en cada una de las alcobas.
Está debatiéndose cuando llega a sus oídos el fragor de una agria discusión desde la entrada de la Mancebía. Un griterío confuso de voces masculinas que suben de volumen. Milagros no duda en desaparecer dentro de la casa.
Varios religiosos vestidos de negro acaban de penetrar en el perímetro del muro junto con fieles que portan rosarios y Biblias, pero también látigos y garrotes. Unos cuantos ahuyentan a correazos a un par de tipos que merodeaban las primeras casillas. Otros han entrado en ellas y están arrojando fuera a los hombres que pillan, algunos en situaciones nada dignas. Asustado, Fermín se gira buscando a alguien a quien preguntar. Pero la morena flaca también se ha esfumado.
Damiana va de cuarto en cuarto avisando a sus com pañeras:
—¡A los agujeros! ¡Está aquí el padre León!
Algunas chiquillas salen despavoridas. Otras optan por esconderse, mientras que las más veteranas, acostumbradas a estos lances, permanecen donde estaban. Eso sí, vituperando al cura y a toda su casta. Damiana sigue agitada revolviéndolo todo. La casa es un caos de ir y venir de gentes, pero el cuarto del fondo está vacío y no encuentra a quien más le preocupa.
—¿Alguien ha visto a Violante? —grita en mitad del barullo.
—Con Lucinda —le susurra una moza que está recolocándose la saya tras dejar un servicio a medio terminar.
Damiana va directa a uno de los cuartos que dan a la parte de atrás. En la cama hay una niña que no pasa de los doce años, la edad oficial para ejercer en el prostíbulo. Tiene la melena rubia enmarañada y sus ojos verdosos miran cansados hacia algún punto indefinido en la pared de enfrente.
Una mujer con una cabellera roja como el fuego se encuentra sentada junto a ella. Grande y de curvas anchas, su sola presencia impone, en contraste con la chiquilla enclenque que podría ser su hija. Le da de beber de un tazón con gran ternura.
Damiana interrumpe la escena.
—Violante, está aquí el padre León.
—¡Maldita sea su estampa! ¿Vienen muchos?
—Todo su ejército de chiflados.
—Recristo.
—Trae, yo se lo daré a Luci. ¡Tú recógelo todo!
La pelirroja obedece y se pone en pie con gesto nervioso. Antes de salir del cuarto, se gira hacia Damiana.
—Hay que esconderla. Si la pillan, la obligarán a dejar la Mancebía.
—Lo merezco. Es la cólera divina —gimotea Lucinda con un hilo de voz.
Damiana contempla a la chiquilla, su rostro gentil y perfecto ahora agotado por la enfermedad. Ha tenido mala suerte, ni dos meses desde que el dueño de la botica la desvirgó y ya ha pillado el mal de bubas.
—¿Te ves con fuerzas para salir de la piltra?
La niña asiente con un cabeceo y Damiana la ayuda a ponerse en pie. Justo entonces, Violante regresa. Se apresura a coger a Lucinda del otro brazo.
—¿Qué pasa con tus potingues? —pregunta Damiana.
—A buen recaudo. Ese cura del demonio no podrá encontrarlos.
Ella asiente, no exenta de preocupación. Violante es la curandera de la botica. Una curandera extraoficial, porque a las mujeres solo pueden atenderlas los médicos que inspeccionan la Mancebía de tanto en tanto, galenos que las tocan con desprecio o lascivia, o ambas cosas a la vez, y por cuyas revisiones les descuentan el equivalente a varios ser vicios. Eso sí, si caen enfermas, tienen la obligación de de jar de ejercer, que es lo que les da para manducar. Si no cobran, ni siquiera pueden pagar el real diario que les exigen por la ropa de cama donde duermen y donde los hombres vienen a desfogarse de sus frustraciones cotidianas. Tampoco tienen permitido contraer deudas. Y eso significa no dejar de prostituirse ni un solo día. Por eso las chicas se ponen en manos de Violante, una bruja buena que salva a muchas de la peor de las suertes, incluida la de la temida preñez. Y por eso la cubren: si alguien se fuera de la lengua, las autoridades inquisitoriales no tardarían en condenarla.
Ahora las tres salen por una puerta trasera que da a un corralón y desde ahí enfilan hacia la calle Pajería, paralela al muro que las aísla de las mujeres decentes. En un recodo oculto por unos matorrales, alguien se ha encargado de horadar un agujero en la amalgama de tierra y ladrillo. El vestido de Violante se engancha y se le hace un jirón.
—¡Por Belcebú! A fe mía que el padre León me lo pagará.
—Calla, vas a ir al averno —murmura Lucinda.
—Y a ese me lo llevo por los huevos.
La niña la mira con reproche, demasiado débil para replicar, y deja que Damiana la ayude a traspasar el muro. Una vez que sus dos amigas están del otro lado, la morena las despide con apremio.
—No regreséis hasta que todo se calme.
—¿Y tú?
—Me quedo. —Damiana sonríe con gesto desafiante—. Quiero escuchar lo que ese condenado cura tenga que decirnos.
3
La celda ocupa poco más de dos metros cuadrados.
En la misma calle Pajería, a pocos metros de donde Damiana ha dejado a sus dos amigas, una joven de su edad se encuentra absorta leyendo entre cuatro paredes recalentadas por las altas temperaturas.
Su confesor le ha proporcionado un libro bajo cuerda. Gracias a ese gesto filantrópico, este es uno de los escasos momentos en que puede abstraerse de su monótona existencia. Ahora su mente está en Constantinopla, donde Floriseo ha viajado para salvar a la bella reina de Bohemia, cercada por sus enemigos. Y eso después de haber sido él mismo cautivo cuando la reina Lacivia lo tuvo encantado mediante ligadura amorosa. Pero, a pesar de ser prisionero, su calabozo estaba lleno de riquezas. Imagina tapices primorosos, alfombras tupidas, puertas y ventanas de roble con decoraciones geométricas y, por supuesto, una cama con dosel del que caen cortinajes de seda para cobijar lo que, producto del encantamiento, sucede en su interior. Nada que ver con su celda, que cuenta por todo mobiliario con el jergón de paja, la cruz de madera en la pared y el corcho en el que arrodillarse a rezar.
Y es que el convento de las carmelitas descalzas tiene su sede en este inmueble destartalado donde un grupo de mujeres ha consagrado su vida a Dios. Sor Catalina es una de ellas. Puede ser una vida elegida, pero no por ello fácil. A las cinco sonaron los tres golpes de tablilla para comenzar las oraciones, y desde entonces no ha tenido un instante de asueto. Ahora, tras el frugal almuerzo, por fin dispone de unos minutos de recreación para sumergirse en un mundo mucho más emocionante.
En el fondo, la reina tiene buen corazón. Prueba de ello es que se ha apiadado de los familiares de Floriseo y ha resuelto liberarlo. Se siente conmovida. Lacivia le ha recordado a su amiga de la infancia, esa niña testaruda y soñadora que fantaseaba con las más grandes empresas mientras comían lo poco que hubieran podido conseguir gracias a la venta de objetos robados. Esa que después la repudió y no quiso volver a saber de ella. Como siempre que la recuerda, un aguijón se le clava por dentro en una amalgama de ternura, dolor y tristeza.
El tañido de la campana la saca de su ensimismamiento. Toca a nona, la hora de la misericordia. Con un suspiro resignado, sor Catalina esconde el libro bajo el jergón y se arrodilla para rezar.
4
28 de agosto del año del Señor de 1580
La noche comienza a caer en la zona portuaria.
Hay un hormigueo de gentes retirándose. Pescadores que vuelven con las últimas capturas del día, arrieros con sus carretones cargados de vituallas, barqueros que llevan y traen gentes de Triana, todos desaparecen al tiempo que lo hacen los rayos del astro rey. En breve, la estampa cotidiana dejará paso a los amigos de meterse en baraja, los concienzudos escurridores de jarros y los tahúres sabedores de todos los engaños.
Es la hora en que las cantoneras se mezclan con los marineros que trabajan en los almacenes de pertrechos navales, quienes ven en ellas una forma propicia de acabar la jornada. Algunos, sin monedas para pagar sus servicios, se arriesgan a robar en las naves. Se las ven con las mujeres más desesperadas de todas, prostitutas ilegales que se ofrecen fuera de los límites de la Mancebía. Cualquiera de ellas aceptará el pago en especie a fin de tener algo que trocar por la comida del día.
Fernando lleva escondida una malla de pescador bajo el jubón raído. Su sonrisa desdentada le confirma a la ramera que ha obtenido lo que quería. Ella le hace una seña disimulada hacia las casillas del fondo, donde podrán hacer el intercambio libremente.
Al introducirse en el chamizo, un hedor penetra las fosas nasales de Aldonza hasta clavársele en el cerebro. Es intolerable incluso para su nariz, tan acostumbrada a la putrefacción del río y los desechos de los muladares. Piensa en algún perro a medio devorar por las ratas. El sol ha atizado sin piedad todo el día, y eso acelera la descomposición de forma vertiginosa. Pero, en cuanto se habitúa a la penumbra, su vista le confirma que no hay perro alguno.
Delante de ella, el cuerpo desnudo de una mujer. Solo que, donde debería estar la cabeza, lo que hay es una masa informe sanguinolenta. Una masa con un par de ojos fijos en sus cuencas, sin párpados que puedan ocultarlos, y una mandíbula expuesta alrededor de franjas de músculos rosados. Es una imagen tan espeluznante que Aldonza ya sabe que no se borrará jamás de su memoria. Quizá por eso, para tratar de conjurar el horror, chilla con todas sus fuerzas.
Fernando huye de allí sin mirar atrás. En la carrera, la malla le resbala y acaba tropezando en ella y enredándose como un atún de almadraba más.
5
29 de agosto del año del Señor de 1580
Gaspar ha podido escapar del palacio de su señor.
Aunque por su condición de zambo debería ser un hombre libre, la realidad es que con sus dieciocho primaveras sigue en la casa donde sirve su madre, una esclava negra que tuvo la mala fortuna de desposarse con un indio fallecido al poco de preñarla.
Aprovechando un recado, ha ido a ver cómo van los preparativos del próximo viaje a las Indias. Decenas de barcos atestan el Betis, conformando un asombroso bosque de mástiles que apenas deja ver las aguas. Está a punto de zarpar la segunda flota anual, conocida popularmente como Los Galeones, por esos impresionantes buques armados, o bien como la Armada de la Avería, al estar financiada gracias al seguro marítimo del mismo nombre. A él le fascina el hormiguero en que se convierte el puerto en esas fechas; si la estampa cotidiana ya es de por sí dinámica, todo se acentúa en los días previos a la partida. El trajinar de ir y venir a las naos, los trabajos con estopa y brea para acondicionar la madera, las recuas de mulas que transportan las mercancías, todo ello impregnado del nerviosismo de quienes pronto se sumirán en la gran aventura de sus vidas.
Sin embargo, Gaspar percibe una confusión inusual en torno a la nave capitana. La muchedumbre se apelotona en derredor y un rumor de voces angustiadas llega hasta los oídos del joven zambo, que se aventura entre el gentío. A medida que se acerca resulta más difícil avanzar, pero los gritos de quienes han logrado situarse en primera fila lo espolean a fin de saciar esa curiosidad morbosa tan propia del ser humano.
Un hombre que también trata de abrirse paso lo empuja sin cuidado. El tipo es ancho de hombros, bastante más alto que la media y lleva una barba bien recortada que no disimula del todo la profunda cicatriz de la mejilla. A Gaspar le basta con un vistazo a su porte y sus vestimentas para percatarse de que no es un fisgón más. Una camisa valona y un coleto de ante le diferencian de la mayoría casi tanto como lo hace su tamaño.
El grandullón corta el paso a un muchacho menudo que va contracorriente. Tiene una perilla rubia y un cabello lacio y grasiento que le llega hasta los ojos.
—¿Dónde vas, Fermín?
—Vuelvo a mi aldea.
—¡Por mis barbas que no! Partimos al cabo de dos jornadas.
—Ya me lo avisó mi madre, nunca debí haber venido en año bisiesto.
—Déjate de supersticiones, patán. Necesitamos calafates en el viaje.
—Antes de ayer tuve que salir huyendo de unos frailes y ahora esto —se lamenta Fermín—. No pienso esperar a que el Señor me dé un tercer aviso.
—El Señor mandará en la iglesia, pero en la Soberbia mando yo.
—Ese buque está maldito.
—Vive Dios, Fermín. Un hombre serio no presta oí dos a burlerías.
—No es ninguna burlería, don Eugenio. Id a verlo con vuestros propios ojos.
Gaspar observa la escena boquiabierto. Don Eugenio. Ese fulano no es otro que Eugenio de Ron, el piloto mayor a cargo del rumbo de la flota y uno de los hombres más admirados en toda Sevilla. Dirige la Soberbia, la nave capitana en la que él mismo sueña con embarcarse si algún día consigue el anhelado pasaje a las Indias. De nadie podría aprender tanto como de él.
Fermín ha logrado esquivarlo y continúa su escapada entre la multitud. El rostro de don Eugenio ha enrojecido de puro enojo. Le grita a su espalda:
—¡Ya aclararemos esto!
Luego sigue abriéndose paso, y Gaspar se pega a su espalda para avanzar más fácilmente. El apiñamiento hace que el calor se reconcentre, y ya ha roto a sudar. Precisan aún de varios minutos rebasando cuerpos pegajosos para llegar al pie del imponente buque de guerra.
Cuando lo hacen, la mirada del joven se dirige hacia el mismo punto en el que se enfocan todos los ojos: el mascarón de proa. Por un momento le parece que le han dado una nueva mano de pintura a la talla que preside el tajamar del barco. Pero hay algo escabroso en la imagen, algo que le pone a uno tiesos los pelos de la nuca. Al observarla mejor, el estómago le da un vuelco. No es pintura, recristo, sino sangre. Sangre humana. Porque, sobre la faz esculpida del león, alguien ha superpuesto el rostro arrancado de una mujer. La piel desollada y una cabellera roja le otorgan al guardián de la embarcación un aspecto sobrecogedor.
Eugenio de Ron observa el mascarón al mismo tiempo que Gaspar. Las piernas le flojean y trata de apoyarse en una mujer, pero ella se zafa con la agilidad de un raterillo de mercado.
A Gaspar le cuesta digerir lo que está sucediendo a su alrededor. La imagen aterradora de ese rostro que un día debió ser bello y que alguien ha descarnado a punta de navaja, la profanación del barco que implica ultrajar su mascarón y, casi más increíble aún, el piloto mayor de la Real Armada lívido como una damisela.
Todo el mundo conoce la importancia de los mascarones de proa para los marineros, amuletos protectores de los peligros de la mar. Todo el mundo sabe también que los pelirrojos atraen la mala suerte. Y que siempre es mejor no viajar en año bisiesto. Motivos suficientes para provocar el pánico de tripulantes incultos y agoreros. Pero Eugenio de Ron no es hombre de supersticiones, como él mismo acaba de reprobarle al joven calafate.
Lo que nadie sabe, y Eugenio de Ron se cuidará mucho de que así siga siendo, es que ha reconocido en esa piel desollada el rostro de la mujer con la que yació hace dos noches. Y muchas noches antes de esa noche.
6
Damiana descorre las cortinas de uno de los cuartos.
Un viejo arrugado embiste a una de sus compañeras, pero está demasiado preocupada como para que eso la frene.
—Isabel, ¿has visto a Violante?
La otra niega entre acometida y acometida. Damiana insiste.
—Necesito encontrarla.
—Ayer no la vi en todo el día.
—Luci tiene calentura, está delirando.
—Ponle un trapo mojado en la frente. A mí me funcionaba…
El viejo arrea un guantazo a Isabel en plena mejilla.
—¡Callaos ya, zorras! No pago para escucharos chismorrear.
Damiana da un paso adelante.
—¡Eh! No podéis hacer eso.
El tipo se detiene, cada vez más crispado.
—¿Es que tú también quieres?
—No osaréis.
Se cruzan miradas pendencieras. Al fin, el viejo decide dejarlo estar, pero entonces ve que ha perdido la concentración y ya no puede seguir con Isabel. Damiana se da cuenta al instante.
—¿Se os ha puesto floja, abuelo?
El viejo se anuda los pantalones y se separa de Isabel.
—Esto no quedará así —dice disfrazando de furia su humillación.
—¿Vuesamercé me va a atravesar con su puñal? —se burla Damiana.
—Ten cuidado, perra negra. A ver si vas a acabar como la pelirroja.
Tal vez sea la media sonrisa perversa que se ha dibujado en el rostro del hombre, tal vez los ojos entornados o el tono con que ha hablado, pero el caso es que un estremecimiento recorre el cuerpo de Damiana.
—¿Qué habéis dicho?
—Nada, tú sabrás. —Otra vez esa sonrisa de lado.
Ella se le encara.
—Os he preguntado qué habéis dicho.
Ahora sí ha desbordado la paciencia del hombre, que sostiene su mirada al tiempo que extrae una navaja de detrás de su cinto.
Pero Damiana tiene demasiada calle como para dejarse sorprender por algo semejante. Antes de que le dé tiempo a blandirla, ya se la ha arrebatado con un gesto ágil y es ella quien la empuña.
—¿Me lo vais a decir ahora?
—Devuélveme eso, furcia.
La joven mantiene en alto la faca durante unos instantes. Luego, resignada, baja el brazo. No puede permitirse bravuconerías con los clientes.
—Os la devuelvo. Y vos os largáis y no volvéis por aquí.
El viejo la mira con un rencor renovado. Agarra su arma de malas maneras y sale del cuarto, pero ha dado solo unos pasos cuando se vuelve.
—Ha aparecido la cabellera de una pelirroja en el puerto. La cabellera y el pellejo, desollada como una gallina para el guiso. —Recupera la sonrisa al ver la reacción aterrorizada de Damiana—. Dicen que era una bruja que puteaba por aquí. No hay muchas así, ¿verdad?
Damiana ha echado a correr en dirección a la calle Pa jería, hacia el mismo agujero que atravesaron sus compa ñeras dos días atrás. Una vez franqueado el muro que separa a las izas y rabizas del resto de la sociedad, se escurre entre las callejuelas camino a la puerta del Arenal. Tarda en reparar en las miradas de desprecio de algunas mujeres: ha olvidado ponerse del revés la toca amarilla con la que debe cubrirse al salir del lupanar. Cuando no quiere que la identifiquen la usa por el otro lado, que ella misma ha tejido con astucia en un apagado tono parduzco. Pero lo único importante ahora es asegurarse de que no son ciertas las palabras de ese miserable. De que a su amiga no le ha pasado nada. A la mujer que la salvó de un futuro mucho más desgraciado en las casillas ilegales fuera de la muralla, la que la colocó en la botica de mayor postín. La madre de todas las chiquillas de esa Mancebía, que pone en juego su propia vida para curar a las demás. La única persona en quien confía en este mundo infeliz. Violante no. Violante no, por favor. Lo repite en su fuero interno una y otra vez, como si acaso no supiera ya que Dios no acostumbra a atender los ruegos de una mujer como ella.
Ya en el puerto, va de cabeza hacia la zona más concurrida. Se mueve aprisa entre el gentío y no tarda en ver un grupo de alguaciles y corchetes al pie de uno de los barcos. Que la justicia ande cerca nunca es buena señal. En su desesperación, choca con un chico zambo que va de vuelta. Tiene buen porte, piel más oscura que ella, pelo rizado azabache y un cuerpo atlético de los que pocas veces acaban en su catre.
—Pardiez, a ver si mira vuestra merced por dónde va.
—Miradlo vos, si no sois ciego.
Él se queda sin saber qué replicar. En parte sorprendido por la afrenta, en parte embelesado por la bravura. Pero Damiana no tiene tiempo ni cuerpo para cuitas. Prosigue su camino entre el vulgo. El inclemente sol de mediodía y la visita del jefe de alguaciles con toda su gurullada han disuelto la muchedumbre, de modo que a ella no le cuesta llegar hasta el punto en cuestión.
Se habría arrancado los ojos antes que presenciar la escena que tiene delante. Ni siquiera los corchetes se han atrevido a retirar la piel apergaminada que sigue adherida a la cabeza de león, a estas alturas atestada de moscas entusiastas. Los cabellos, pringosos por la sangre seca, bailan con el viento. Un grito desgarrador se abre paso entre el barullo. Cuando las cabezas viran hacia ella, Damiana cae en la cuenta de que sale de sus propias entrañas.
7
30 de agosto del año del Señor de 1580
—In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.
Sor Catalina está sentada en el confesionario. Tras la abertura enrejada, un cura que anda mediada la treintena. Con su barba y cabellera espesas y un rostro de facciones finas, es un hombre apuesto a pesar de la sotana. Acaba de imponerle a la religiosa la penitencia para expiar sus culpas y, una vez cumplido el trámite, la santigua y procede a extraer un libro de debajo de su escapulario.
—¿Qué me habéis traído, padre?
Abre la puerta de rejillas lo justo para que sor Catalina pueda alcanzarlo. Ella lo apresa con devoción, acaricia sus cubiertas de pergamino y lee el título en un susurro:
— Cristalián de España.
—Supuse que ya habríais terminado con el anterior.
—Vuestra paternidad me conoce bien.
A don Pedro de León se le dibuja una sonrisa que ella no alcanza a ver.
—Aún me pregunto cómo sacáis tiempo con tanto trabajo aquí.
—Me lo quito del sueño, y no podía tenerlo mejor empleado. —Sor Catalina se da cuenta de su incorrección y la enmienda—: Aparte de rezar, claro.
—Por supuesto. —El clérigo ríe con indulgencia—.Creo que esta historia también será de vuestro agrado.
Sor Catalina hojea el manuscrito con mimo.
—Padre, no sé cómo agradecéroslo.
—Debemos fomentar el cultivo de la mente. Dios nos la dio para algo, ¿no es cierto?
—Pero si mis hermanas se enterasen… Están convencidas de que las artes intelectuales conducen al pecado de la soberbia.
—No así la priora, quien únicamente os ha de importar. La llaman la monja letrera por algo.
Sor Catalina asiente. La abadesa de las descalzas sevillanas es, junto con la fundadora Teresa de Jesús, la principal razón que la decidió a entrar en esa orden. Dos mujeres cultivadas y que pregonaban la disminución de los privilegios para las monjas con mayor dote.
—Ojalá pudiera leer los poemas que escribió cuando estaba en Malagón.
—Menea la pluma con mucha gracia, pero la poesía mística de vuestra priora en nada se parece a esos libros de caballerías que a vos tanto os placen.
Sor Catalina se sonroja. Aunque el propio Pedro de León se preste a conseguirle esas obras, sabe que no está bien visto.
—No os inquietéis, hija. María de San José es una mujer inteligente y sensible.
—Vuestra paternidad tiene razón.
—Pedídselos algún día, le agradará. Y seguid estudiando los libros sagrados. Estos son solo… para los ratos de ocio.
—Sí, padre.
—Ahora he de irme. Quiero pasar por el hospital para galeotes antes de confesar a los presos de la Cárcel Real.
Ella disimula su pena. Las conversaciones con el padre León son una de las pocas cosas que la estimulan en su vida de recogimiento y oración.
—La gracia del Espíritu Santo vaya con vuestra paternidad.
—Amén, hija.
Cuando ella ya se está alejando, su confesor la reclama de nuevo.
—No olvidéis la penitencia de ayuno.
—Padre…
—Veinticuatro horas, sor Catalina. Bien sabéis que una mujer de Dios ha de dar ejemplo de virtud; no puede permitirse el pecado de la gula.
La monja asiente con gesto resignado y el padre León se encamina a la salida de la iglesia. En sus labios luce una expresión benévola, con un punto soñadora. Aún persiste cuando, ya en la calle, casi se da de bruces con una moza de piel oscura que se dirige hacia el convento. Juraría que la ha visto antes. Viste sin lujos, con saya, jubón y mantilla. Quizá sea una criada o una esclava enviada con algún recado. Y la forma en que ha desviado la mirada… Diría que ella también lo conoce a él. Arruga la frente. Quien evita a un cura es porque tiene algo que esconder. Pero, de otra parte, ¿hay alguien que no tenga secretos? Incluso él, que Dios lo perdone.
Aparta a esa mujer de sus pensamientos y acelera el paso, pues el sol está ya muy arriba. Siempre se entretiene demasiado con sor Catalina. Tendrá que darse prisa si quiere ayudar a servir la sopa boba, único alimento del día para los enfermos de la caridad.
—Tenéis visita, hermana.
Sor Guadalupe la ha asustado. Estaba ya de vuelta en su celda, observando el nuevo libro. Lo coloca tras de sí justo a tiempo de que ella no pueda verlo.
—Mi confesor acaba de irse.
—Otra visita. En el locutorio.
Sor Catalina la mira desconcertada. A ella jamás va nadie a verla salvo el padre León. No tiene familiares, ni en Sevilla ni en ninguna otra parte del mundo, y tampoco es lo suficientemente importante como para que ninguna de las señoras se digne a conversar con ella. Ella es solo una monja que logró tomar los hábitos gracias a la dote que dejó una viuda en herencia. Su velo blanco la distingue de la mayoría de las hermanas, tocadas con una tela negra que recuerda que sus familias aportaron una dote mayor. Algunas la miran por encima del hombro a causa de ello, y sor Guadalupe no es una excepción. A pesar de llevar también ella el velo blanco, la trata con el desdén con el que un sirviente trata a otro de su misma escala, reservando toda su simpatía para quienes ostentan un rango mayor.
—¿Estáis segura de que es para mí?
—¿Acaso hay otra sor Catalina en este convento?
—No… Claro… Ahora mismo voy.
Pero la profesa permanece en la puerta de su celda.
—No hace falta que me acompañéis, sor Guadalupe.
La escucha de otras hermanas en las visitas está reglada para garantizar que se ciñan a los asuntos espirituales, pero es habitual permitir cierta intimidad a las religiosas. Al menos, la priora solía hacer la vista gorda. Aunque eso era antes de que la juzgaran por iluminada. Desde que ha vuelto, no parece fiarse de nadie.
Sor Catalina no tiene la menor idea de quién puede haber ido a verla; pero, justo por eso, prefiere averiguarlo a solas. De ahí que le mantenga la mirada fija a sor Guadalu pe, una mirada que advierte de que no se dejará amilanar. La
