El secreto de la empleada

Freida McFadden

Fragmento

Prólogo

Esta noche me van a asesinar.

Los relámpagos destellan en torno a mí, iluminando el salón de la pequeña cabaña en la que estoy pasando la noche y donde mi vida pronto llegará a un final abrupto. Apenas alcanzo a vislumbrar las tablas del suelo y, por unos instantes, me asalta la imagen de mi cuerpo despatarrado sobre ellas, encima de un charco de sangre que se extiende formando un círculo irregular que cala en la madera. Me imagino con los ojos abiertos, mirando al vacío, la boca ligeramente entreabierta y un hilillo rojo resbalándome por el mentón.

No. NO.

Esta noche no.

En cuanto la cabaña vuelve a sumirse en la oscuridad, me alejo de la comodidad del sofá, a ciegas, con los brazos extendidos ante mí. Es una tempestad violenta, pero no tanto como para provocar un corte de corriente. No, eso ha sido obra de otra persona. Una persona que ya ha arrebatado una vida esta noche y cuenta con que la mía sea la siguiente.

Todo empezó con un simple trabajo de limpieza y ahora podría acabar con alguien fregando el suelo de la cabaña para limpiar mi sangre.

Aguardo a que otro relámpago me ilumine el camino y luego me dirijo con cautela hacia la cocina. Aunque no tengo un plan concreto, la cocina contiene varias armas potenciales. Hay un taco entero de cuchillos ahí dentro, y, a falta de eso, hasta un tenedor podría venirme bien. Con las manos desnudas estoy perdida. Un cuchillo tal vez mejoraría ligeramente mis posibilidades.

Gracias a sus grandes ventanales, en la cocina hay un poco más de claridad que en el resto de la cabaña. Las pupilas se me dilatan en su esfuerzo por absorber toda la luz posible. Me acerco trastabillando a la encimera, pero, tras avanzar tres pasos sobre el linóleo, me patinan los pies, me pego un batacazo y me golpeo el codo con tanta fuerza que se me arrasan los ojos en lágrimas.

Aunque, a decir verdad, ya tenía lágrimas en los ojos desde antes.

Mientras me esfuerzo por levantarme, me percato de que el suelo de la cocina está mojado. Cuando relumbra otro rayo, bajo la vista hacia mis manos. Ambas palmas están manchadas de rojo. No he resbalado sobre agua o leche derramada.

He resbalado sobre sangre.

Me quedo un rato sentada, haciendo inventario de las partes de mi cuerpo. No me duele nada. Sigo intacta, lo que significa que la sangre no es mía.

Al menos por el momento.

«Mueve el culo. Espabila. Es tu única oportunidad».

Esta vez consigo ponerme de pie. Llego frente a la encimera y exhalo un suspiro de alivio cuando mis dedos entran en contacto con la superficie dura y fría. Busco a tientas el taco de cuchillos, pero no lo encuentro. ¿Dónde estará?

Y entonces oigo las pisadas que se acercan. Como está tan oscuro, no estoy del todo segura, pero diría que ahora hay alguien en la cocina conmigo. Se me eriza el vello de la nuca cuando un par de ojos se clava en mí.

Ya no estoy sola.

El corazón se me cae al estómago. He cometido un error de cálculo fatal. He subestimado a una persona extremadamente peligrosa.

Y ahora pagaré el precio más alto por ello.

PRIMERA PARTE

1

MILLIE

Tres meses antes

Después de pasarme tres horas fregando, la cocina de Amber Degraw está como una patena.

Teniendo en cuenta que, por lo que he visto, Amber sale a comer siempre por los restaurantes de la zona, todo este esfuerzo parece innecesario. Si tuviera que jugarme dinero, apostaría a que ella ni siquiera sabe cómo encender su horno de lujo. Tiene una cocina enorme y preciosa repleta de electrodomésticos que estoy bastante segura de que no ha usado ni una vez. Entre ellos hay una olla multifunción, una arrocera, una freidora de aire y una cosa que se llama «deshidratador de alimentos». Parece algo contradictorio que alguien que tiene ocho tipos de hidratantes en el baño disponga también de un deshidratador, pero no seré yo quien la juzgue.

Bueno, sí, la juzgo un poquito.

A pesar de todo, he restregado con cuidado todos y cada uno de estos aparatos sin estrenar, limpiado la nevera, guardado varias decenas de platos y fregado el suelo hasta dejarlo tan brillante que casi me reflejo en él. Solo me falta guardar la última tanda de ropa para que el penthouse de los Degraw quede impecable.

—¡Millie! —La voz jadeante de Amber me llega desde fuera de la cocina, y me enjugo el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Millie, ¿dónde estás?

—¡Aquí! —grito, aunque es bastante obvio. El apartamento (formado por dos viviendas adyacentes integradas) es grande, pero no tanto. Si no estoy en el salón, lo más seguro es que esté en la cocina.

Amber entra flotando en la cocina, tan elegante e impecable como de costumbre, con uno de sus muchísimos vestidos de diseño. Este tiene un estampado de cebra con un vertiginoso escote en V y unas mangas que se estrechan hacia las delgadas muñecas. Lleva unas botas con rayas blancas y negras a juego y, aunque está tan despampanante como siempre, una parte de mí no sabe si dirigirle un cumplido o cazarla en un safari.

—¡Aquí estás! —dice con un deje acusador en la voz, como si yo no estuviera exactamente donde debería.

—Estaba terminando —contesto—. En cuanto saque la ropa de la lavadora, me…

—De hecho —me interrumpe Amber—, voy a necesitar que te quedes.

Me retuerzo por dentro. Además de limpiarle la casa a Amber dos veces por semana, realizo otras labores para ella, como hacer de niñera de Olive, su hija de nueve meses. Trato de ser flexible porque me paga estupendamente, pero no se le da demasiado bien avisarme con antelación. Tengo la sensación de que aquí solo se me informa sobre mis funciones de niñera cuando resulta estrictamente necesario. Y al parecer no lo es hasta veinte minutos antes.

—Tengo que ir a hacerme la pedicura —dice con la misma gravedad que si estuviera comunicándome que se va al hospital para realizar una

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