En los labios del agua

Alberto Ruy Sánchez

Fragmento

I. Antes de que todo cambie, contar esta historia

I. Antes de que todo cambie, contar esta historia

La noche que guardas en la mano, la noche que abres para acariciarme, me cubre como un manto navegable.

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Voy hacia ti, lentamente. En la noche, el brillo de tus ojos me conduce. Veo tu rostro en ese sueño. Veo tu sonrisa. Me dices algo que no entiendo. Te ríes. Entonces me lo explicas con las manos, tocándome. Dibujas tu nombre en mi vientre, como un tatuaje, con letras por ti inventadas, que son caricias. Voy hacia ti, con infinita paciencia, como si un inmenso mar entero fuera la medida de este viaje. Voy de la orilla de mi cuerpo al tuyo. Tu sonrisa es mi viento favorable.

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La noche en el hueco de tus manos canta como el mar, con furia. Llenas mi espalda con las huellas de un oleaje que entra suave y arañando se retira.

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Entras en mis oídos dibujando caracoles marinos: dentro llevo ya tus tormentas, tus ciclones, tus abismos. Tus voces bajan ya por mi garganta. Entras también en mis ojos con tu mirada: los tuyos tienen el color cambiante del agua. Entras en mi pecho con el tuyo: la piel protesta haciendo remolinos. En la orilla más baja de mi vientre tus caderas dejan, una y otra vez, la curva más violenta de tus olas: bañas mis playas, las golpeas y las devoras. Tu espuma y la mía se mezclan, como mis labios y los tuyos.

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Tu cuerpo de agua canta. Sus voces me llevan en su corriente. En la noche de tus manos visito todos tus sueños. Déjame contarte con las manos los míos.

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Hace nueve años que vivo con esta historia quemándome la lengua. La he tenido más guardada que un secreto: es más difícil de decir que uno de esos momentos dolorosos de la vida, todavía frescos e hirientes.

Pero hoy sucedió algo que me empujó finalmente a hacerlo. Como cuando un clavo saca otro clavo. Esta mañana, una lluvia escandalosa y repentina golpeó las ventanas del cuarto donde yo dormía. Era como si el agua, arrojada con fuerza por una de las manos hechiceras del viento, hubiera convertido los indiferentes rectángulos de vidrio en alborotados tambores que me despertaran para anunciarme la llegada de un inesperado visitante.

Su música indecisa me despertaba sin brusquedad, mezclándose con las últimas imágenes de mis sueños. Detrás de la lluvia, a lo lejos, escuchaba la voz dulce de Maimuna, con su tono profundo, diciendo mi nombre, llamándome hacia ella. Luego me daba cuenta de que la música de vidrio no era producida por la lluvia sino por sus uñas tocando alegres mi ventana. No había visto a Maimuna en muchos años porque vive en otro continente. Pero en ese sueño que estaba más marcado de realidad que todos mis sueños anteriores, su voz acariciaba mi nombre. Me pedía que le contara todo lo que me había pasado en Marruecos, hacia donde yo estaba a punto de embarcarme la última vez que nos vimos. “Escríbemelo, me decía, es probable que cuando lo hagas volvamos a vernos”. Como si escribiendo esta historia yo hiciera pases mágicos o pronunciara las frases que pudieran transformar mi realidad.

Y se iba, dejándome de nuevo en el vacío. Tal vez el mismo vacío que ahora intento llenar con palabras y deseos, con imágenes tejiendo una historia, con sueños que extiendo en la superficie del día.

Hasta ahí su visita no hubiera pasado de ser un sueño cualquiera. Pero antes de irse, sobre el polvo de la ventana llovida, Maimuna me había dejado la huella de su mano extendida, como diciéndome “adiós, me voy pero sigo aquí contigo”.

Al despertar por completo, lo primero que hice fue correr a la ventana y, estoy seguro, alcancé a ver nítidamente la huella de su mano antes de que la lluvia la borrara. Pensé, por supuesto, que alguien podría haber dejado ahí esa huella mientras dormía y que en mi medio despertar había seguido mezclando evidencias y delirios. Pensé también que, en todo caso, la aparición de Maimuna en mi sueño, su petición, la huella de su mano, imaginadas o existentes, eran de cualquier modo evidencias de mi necesidad de contar finalmente esta historia.

No es la primera vez que intento hacerlo. La última fue hace varios años. Estaba todavía en Marruecos, en un hotel de Mogador que daba por una ventana a la plaza y por otra al mar. Había pasado la noche con una mujer que ocupaba de golpe todos mis deseos y todos los planes de mi vida. Me había despertado un rayo de sol que se coló entre las rendijas de la ventana. Eran ya las nueve de la mañana. Desperté buscándola. No estaba a mi lado. Había dejado una nota diciéndome que regresaría a las seis de la tarde. Tenía varias cosas urgentes que solucionar. Como desde el día anterior me lo había advertido, su nota no me alarmó. Pero las nueve horas de espera me parecían una eternidad. No tenía ganas de salir, ni tenía sed, ni hambre, nada. Sólo quería verla de nuevo, estar con ella, preguntarle y contarle todo.

Abrí la ventana, me llené del aire marino de la mañana y comencé a observar la agitación creciente de la Plaza del Caracol. No muy lejos de donde yo estaba, el contador ritual de historias, el halaiquí, comenzaba a desplegar sus ademanes y a reunir a su público. Varios círculos atentos se formaban a su alrededor, uno cada vez más grande después de otro, como si su repentina presencia entre la gente que ya poblaba la plaza fuera una piedra tirada en la superficie del agua.

Vestido de raso azul y rojo, con el turbante blanco brillante, el halaiquí extendía cada historia ante los ojos asombrados de su público como si desdoblara un gran mapa en el aire. El placer de contarlas y de escucharlas era evidente. Hasta mi ventana llegaba esa sensación de embrujo placentero, esa especie de humedad envolvente que viajaba con su voz. Una bruma cálida de palabras creciendo en círculos concéntricos. Más de una vez me había dejado seducir por estos contadores que sabían más historias de la gente, y las sabían mejor que muchas bibliotecas y archivos.

Me invadieron entonces, de golpe, las ganas de contar esta historia, hasta donde iba entonces, y con el sentido que me parecía tener: era el relato de una búsqueda, un recorrido extraño que me conducía hacia la mujer con la que me preparaba a entregarme totalmente desde ese día. Muchos de los hechos me parecían todavía confusos pero tenían un orden que permitía tal vez relatarlos. Quería, como el halaiquí, invocar a todas las fuerzas sobrehumanas que quisieran venir en mi ayuda para contar algo de lo mucho que no puede ser dicho sin equívocos.

Comencé a poner las piezas de mi rompecabezas en palabras y me di cuenta de que tenía que hacerlo rápido. Tenía que apurarme. Las nueve larguísimas horas de espera eran de pronto demasiado cortas para contar esta historia. Y era seguro que a partir de esa tarde todo de nuevo se acomodar

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