Qué raro que me llame Federico

Yolanda Reyes Villamizar

Fragmento

1

¿De dónde vienen los bebés? Del deseo, quiso decirle, mientras leían el libro, como cada noche, él inclinado sobre las ilustraciones, con la cabeza de motas negras tan cerca de su brazo, y ella pensando cómo lo había imaginado de distinto. Paloma iba a llamarse, pensó en aquel vestido de bailarina que tuvo el impulso de comprar imaginándola: imaginando en femenino, piel dorada, ojos de miel y rizos de oro, pasó la frase en un instante, y ella la espantó como si fuera una de esas cajas de las que salta un payaso de resorte, para concentrarse en las palabras que leía. Papá y mamá se encontraron un buen día, se gustaron y decidieron que querían pasar juntos mucho tiempo, ¿así de simple, así de fácil?

Federico pasó la página, como era siempre en el ritual: tú pasas la página y yo te leo. Fue deslizando el dedo por esas hormiguitas, como le dijo la primera vez cuando estuvieron por fin solos, los dos juntos en esa habitación de hotel, y ella entendió desde las tripas qué era tener un hijo y cómo era eso de quererlo. Ya los papás del cuento se habían desnudado y estaban en la página de los detalles técnicos: El espermatozoide se unió al óvulo y esa semillita comenzó a crecer en la barriga de mamá, leyó mirando la cabeza de su hijo y su dedo que recorría de nuevo las hormiguitas de palabras: mañana tenía que cortarle las uñas, ni un día más con esas garras, pero mañana era otro día y cada día traía su afán. Entonces se dio cuenta, por un temblor imperceptible de rodilla, de que al niño no le interesaba llegar hasta el final del cuento.

—¿Sigo leyendo, o tienes sueño?

—Como tú quieras, mamá.

—¿Y qué quieres tú?

—Pues me da igual —le contestó, pero pasó la página, sin muchas ganas, y ella siguió leyendo hasta el final, que era una imagen del bebé recién nacido en brazos de sus padres. Final feliz, al menos en los cuentos.

—¿Cómo te pareció?

—Muy bueno.

Muy bueno no es una respuesta, pensó decirle y se contuvo. Le habría gustado aclarar también que los bebés venían de muchas partes, pero quizás no era tan cierto. De un óvulo y un espermatozoide, así ella no supiera por qué se habían juntado aquellos dos, ni en cuáles circunstancias.

—Mañana volvemos a leer El hotel de cinco cucarachas —bostezó Federico y estiró las piernas en su cama, y ella no tuvo más remedio que salir a refugiarse en las noticias.

Chubascos aislados en toda la península para mañana, 21 de octubre de 1996, anunció la presentadora, y ella se acordó de que tenía que comprarle ropa de invierno: el próximo fin de semana, sin falta, y dos tallas más pequeña. Vio en la pantalla un bote de inmigrantes, y si alguien le hubiera preguntado de qué país habían llegado y cuándo pensaban deportarlos habría tenido que recurrir a las respuestas evasivas de su hijo cuando repasaban las lecciones y él parecía venir desde otro mundo… ¿Qué mundos visitaba? La imagen se quedó dándole vueltas: dos niños negros, el bebé en brazos de una socorrista, y el otro, ¿o era niña?, de dos años o tal vez tres, cómo saberlo. Desnutrición aguda, decía el corresponsal del telediario, pero ella solo vio los ojos, negros como la pez: ojos de asombro, ¿o era miedo? Los ojos brillantes en las caritas demacradas. Los ojos son los mismos así cambien las caras, pensó en los ojos de Federico el primer día, como dos ventanas que miran al mar, y vio su foto mirándola desde la mesita, con esas voces sonando en el televisor a miles de kilómetros.

Al otro lado del pasillo sintió al niño levantarse. Oyó sus pasitos hacia la cocina, el sonido de nevera y de cajones y el roce de pijama deslizándose en la caja de cartón. Había pensado que ya era hora de deshacerse de ella porque Federico llevaba más de dos meses sin usarla, pero la psicóloga le había advertido que solo él podía tomar la decisión. ¿Y si nunca decidía? Por los ruiditos de ratón comegalletas se dio cuenta de que su hijo necesitaba de nuevo vivir un rato entre su cueva de cartón, y volvieron otra vez esas imágenes: los ojos clavados en un punto fijo, la fuerza que había hecho para llevarla hacia esa caja que estaba ahí en la calle y la forma como se había metido, casi reptando, en un segundo. Fue la primera pataleta que hizo en público mientras ella trataba de convencerlo, primero por las buenas: apareciendo y desapareciendo, jugando al escondite, como cualquier mamá que encuentra y desencuentra al hijo, a pesar del viento helado y del presentimiento de estar bordeando un juego peligroso. Que es hora de cenar y que hace frío y que es de noche, le dijo a medida que el presentimiento se mezclaba con las sombras, pero ninguna frase funcionó. Fingió que cerraba la puerta del edificio y lo dejó escondido y regresó después de un minuto que parecía la eternidad y lo vio ahí acostado, hecho un ovillo, y descubrió que sus palabras no podían atravesar los muros de cartón y dobló el cuerpo como pudo para sacarlo y lo agarró de un brazo y él comenzó a gritar: mamá mala, tonta, fea, no te tiero, mientras los vecinos pasaban con sus prisas y sus compras haciéndose los ciegos y los sordos. Entonces supo que había llegado ese momento de poner límites a los chantajes infantiles, según le habían anunciado sus amigas y las revistas sobre crianza que ahora devoraba, pero él gesticuló con pies y manos, encerrado entre su caja, y le gritó tú no eres mi mamá, directo al centro del dolor, y ella se aferró con las cinco uñas al brazo de su hijo y vio que a él le dolía, pero no tanto como a ella, y él repitió la frase en un aullido: tú no eres mi mamá, tú no, no eres, y apareció el viejo del noveno con su perro y le hizo un gesto, como diciendo yo me encargo. ¿Pero qué pasa?, le preguntó a Federico, mientras el perro le daba vueltas a la caja. ¿Quieres hacer una fortaleza de piratas? A ver cómo convenzo yo a tu madre y a ver cómo me ayudas tú, porque así con esos gritos… Entonces Federico asomó la cabeza por una rendija y le explicó que ahí era, que esa era Bobotá. El viejo guiñó un ojo y ella no tuvo más remedio que subir por la escalera con esa caja de lavadora que ahora volvía a saltar de los recuerdos, y la imagen regresó: el viejo, el niño y ella cargando la casita, con el perro detrás, y esos tres días que siguieron con Federico viviendo en Bobotá. Sacaba frutas y galletas y se iba a comer dentro de su cueva, con el osito y el camión amarillo del Día del Abrazo. Quizás era un recuerdo de su otra vida, le dijo la psicóloga, y recomendó dejarlo jugar sin asustarse para que el niño pudiera elaborar ese recuerdo. Hacía varios meses que Federico no necesitaba comer dentro de la caja, hasta ese día. De dónde vienen los bebés, pensó en el libro, ¿de dónde vienes, amor mi niño?, y vino García Lorca a la memoria, y sintió otra vez un aguijón con los misterios de su hijo y con todo lo que ella jamás podría quitarle y tampoco podría darle jamás, cómo lidiar con los fantasmas. Los pasos sonaron por el corredor y oyó que Federico se deslizaba entre la cama. La idea era no hacer nada. Dejarlo estar ahí, sin hacer nada.

Instantánea en El Dorado

Cuand

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