Silvio y el supercofre explosivo

Silvio Gamer

Fragmento

cap-1

No era una mañana cualquiera en la vida de Silvio, era ¡EL MEJOR DÍA DE LA HISTORIA!

Y tenía que enterarse todo el mundo; ¡por eso acababa de saltar de un helicóptero en llamas y estaba cayendo en picado! ¿Era suficiente para llamar la atención? Esperaba que sí.

—¡HOOOOOOY ES EL DÍAAAAAA, GENTEEE! —gritó de alegría antes de…

¿Desintegrarse por el camino? ¿Estrellarse contra el suelo y hacerse papilla? ¡ERROR! Silvio lo tenía todo bajo control; estiró de una cuerda en su mochila y, ¡PLAF!, desplegó un paracaídas enorme que llevaba impreso el dibujo de un cofre.

¿Un cofre normal y corriente y aburrido de los de toda la vida? ¡ERROR × 2! Pero las explicaciones tendrían que esperar, porque Silvio estaba a punto de hacer un aterrizaje asombroso.

El viento le dio una sacudida. ¡Guau, guau, guau! Controlado.

Ya veía la pista de aterrizaje que había instalado cerca de su casa. ¡Solo quedaban unos metros!

¡Yuuujuuuuuu! ¿Era ya el momento de celebrar su éxito con un bailecito aéreo?

—Oh, yeah! Oh, yeah! ¡Viva Silvio! ¡Eres imparable!

Su canción era tan pegadiza y su baile tan adictivo que las cuerdas del paracaídas decidieron sumarse a la fiesta.

—PERO ¿QUÉ?

En menos de cinco segundos, Silvio acabó tan enrollado con las cuerdas que aquello parecía un plato de espaguetis volador. ¿Y qué hay peor que ser un plato de espaguetis volador?

¡PAAAAAAAAAM! Ser un plato de espaguetis estrellado.

¡Silvio se comió todo el suelo! Comprobado: la tierra sabía fatal. Cero de cinco estrellas.

—¡Puaj! —Escupió unas cuantas piedrecitas y varios montones de hierba mientras se quitaba el paracaídas de encima—. El aterrizaje ha sido… ¡un éxito total!

Porque, oye, no siempre se daba uno semejante golpazo sin romperse ni un solo hueso. Y es que… ¿Ya lo había dicho? ¡ERA EL MEJOR DÍA DE SU VIDA! ¿Por qué? Muy sencillo, muy épico, MUY LOCO:

La competición más extrema del mundo, en la que solo podían participar las criaturas más poderosas (sí, sí, aunque no lo pareciera, ¡Silvio era una de ellas!) para ganar. Además, el ganador se llevaba nada más y nada menos que ¡el Supercofre Explosivo! Un cofre único, capaz de contener y hacer realidad cualquier cosa que se le ocurriera a su dueño.

Y Silvio era un experto en cofres. Había encontrado de todo tipo: enormes, antiguos, brillantes, ¡incluso algunos que eran trampas o tenían un fondo infinito! Pero el Supercofre Explosivo era muy exclusivo, ¡casi nadie había tenido el honor de ver uno en directo!

—¿Silvio? ¡¿SILVIO?! —lo llamó su vecino, el señor Vecino.

No se había inventado el nombre, prometido. ¡Ni siquiera era un chiste! De hecho, era una de las muchas manías del señor Vecino: se le presentó así, diciendo que había pocas cosas que le gustasen en esta vida, ¡incluido su propio nombre! Era un viejo cascarrabias bastante loquito al que le molestaba TODO. ¡Hasta el vuelo de una mosca!

¿Silvio organizaba una carrera de obstáculos con camiones gigantes? El señor Vecino se quejaba. ¿Silvio encendía cinco toneladas de fuegos artificiales a la vez? El señor Vecino se quejaba. ¿Silvio invitaba a sus amigos para jugar a que el suelo era lava, pero con lava real? El señor Vecino se quejaba.

A ver, no hacía cosas tan molestas, ¿no?

—¿Qué ocurre ahoraaaaaa? —le preguntó Silvio poniendo los ojos en blanco.

—Pues que bla, bla, bla, BLA, BLA, BLAAA, BLAAA…

Si a Silvio ya le costaba escuchar las quejas del señor Vecino un día normal, hoy ya era casi imposible prestarle atención. Porque… ¿qué era eso que había sobre el tapete de su casa? ¡Una carta! Pero no una carta normalucha (porque estaba claro que nada era normalucho en la vida de Silvio). El sobre tenía una ilustración del Supercofre Explosivo, así que solo podía significar una cosa…

—Acabaré llamando a la policía, ¡aviso! —insistió el señor Vecino mientras agitaba su bastón—. O mejor, te daré una buena paliza, Silvio. ¡Todavía estoy en forma! ¡Verás las estrellas!

Bla, bla, bla y MÁS BLA. Silvio rompió la solapa de la carta y extendió el folleto que había en su interior. Luego leyó a toda velocidad el mensaje que había en el reverso:

«Silvio, has sido convocado a la Edición Especial del Supercampeonato. No llegues tarde. Tampoco leas en alto la ubicación a la que debes acudir… YA».

Y no lo hizo, porque el lugar donde se llevaba a cabo el campeonato era ¡ultrasecreto! Por eso era necesario que te invitaran para poder acudir.

—¡Brutal! ¡Voy a estar fuera una temporadita, señor Vecino! —le comunicó Silvio.

—¿Toda la eternidad?

—Eso le gustaría, ¿eh? ¡Pero no tendrá esa suerte! Cuide de mi casa y riégueme las plantas, por favor.

—¿Te refieres a las carnívoras que a veces se comen a mis ovejas? ¡Les voy a prender fuego! —lo amenazó el anciano de nuevo.

—Venga, le harán compañía y así no me echará de menos.

¡No había tiempo que perder! El señor Vecino siguió refunfuñando mientras Silvio reunía todo un arsenal.

¡Debía acudir al Supercampeonato bien equipado! Nadie conocía a ciencia cierta los detalles de la competición, pero todos habían escuchado los rumores: que las pruebas eran una locura, que los participantes estaban mamadísimos, que era extremadamente complicado sobrevivir… ¡Espadas! ¡Escudos! ¡Comida! ¡Calzoncillos limpios y sin agujeros! Necesitaba de todo para ganar el Supercofre Explosivo.

¡Estaba más que listo para aquella nueva aventura!

—¡Hasta luego, señor Vecino! —se despidió y emprendió el camino hacia la ubicación que indicaba la invitación.

—¡Hasta nunca, Silvio!

Era broma, seguro. Muy muy muy muy en el fondo, el señor Vecino lo apreciaba, aunque le costara taaaaaanto reconocerlo.

—Ganaré el Supercampeonato y conseguiré el Supercofre Explosivo —se animó a sí mismo—, ¡cueste lo que cueste!

Y es que Silvio llevaba toda la vida entrenándose para aquel momento…

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