Te escribí mañana

Gustavo Rodríguez

Fragmento

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Cinco

Cuando ahora voy a un restaurante de carnes, puedo notar que la mayoría de gente pide su corte en término medio o tres cuartos. En la época en que ayudaba a mis papás en su negocio, la mayoría de los pedidos eran bien cocidos. Es como si, en estos últimos tiempos, nos hubiéramos acostumbrado más a la sangre.

En el televisor que mi papá había colocado en el salón para que los clientes pudieran ver las eliminatorias del Mundial, a veces se sintonizaba el noticiero de la noche y, entre bocados salpicados de kétchup y chimichurri, la gente perdía la mirada en las noticias políticas, las novedades del próximo Mundial España 82 y alguno que otro chisme del espectáculo.

Los asesinatos por narcotráfico y los atropellos violentos no aparecían tanto en los titulares como lo hacen hoy.

Aquella noche en la caja del restaurante, por ejemplo, distraía mi mirada con las tiernas escenas de Topo Gigio dándole besitos al conductor del programa, una escena que hoy le parecería cursi a cualquier niño que juega Grand Theft Auto.

Quizá porque, en ese episodio, Topo Gigio iba vestido de visitante galáctico, recordé la segunda carta que me había acabado de llegar. Como la llevaba conmigo, aproveché un momento de poca afluencia y la volví a leer:

Me preguntas quién soy y debo ser directo contigo.

Soy tú dentro de treinta y cinco años.

Por lo tanto, puedes considerarme como un visitante del futuro que sabe por lo que estás pasando.

En mi mundo ya no eres Manongo, sino el señor Manuel.

Ya no estudias, trabajas. Los veranos son más cortos, los amores son más espaciados y cada vez tienes más recuerdos que planes.

En este tiempo ya no enviamos cartas como la que tienes en las manos. Nos enviamos los mensajes de otra forma.

Pero, si hay algo que permanece inalterable, son las ganas de sentirnos amados.

Es verdad que la letra era redonda y bien cuidada, como lo era la mía, pero no era igual. Era como una prima lejana, con uno de esos parentescos con los que hay que esforzar la vista. Quién sabe si, con los años, la letra de uno pueda cambiar así.

De pronto Coque entró al restaurante. Venía con su chaqueta nueva, marca Lacoste, que le había traído su madrina de Miami y que tanto orgullo le daba.

—Vengo carnívoro —me dijo, como siempre, y luego saludó a mi papá a lo lejos.

Mi papá y yo cruzamos miradas benévolas. Coque nos visitaba a menudo para que le invitáramos algún churrasco, y mi papá aceptaba siempre que le diéramos algún corte que estuviera al límite de su frescura.

—A esa edad los muchachos tienen estómago de fierro —decía.

Y tenía razón, porque nunca me enteré de que a Coque le cayera mal alguna de esas cenas gorreadas con simpatía.

Esa vez que a mi amigo le trajeron su carne humeante, mi papá me autorizó a dejar la caja para acompañarlo a su mesa. Daba gusto verlo comer —cortaba cada pedazo con saliva en los ojos y, antes de pinchar cada trozo, lo untaba con mostaza—, pero en ese momento yo solo me dedicaba a estudiarlo para ver si, por algún poro, asomaba la mentira. Hubo un momento en que empezó a hablarme de la última historieta que estaba leyendo —Zolmar, el viajero en el tiempo— y no aguanté más.

—No te hagas, Coque. ¿Cuánto le has pagado a mi empleada?

—¿Pagado?

—Sí, cuánto…

—¿Para darle un piquito? No te ofendas, pero está bien fea…

Coque se creía bromista, pero la verdad es que a veces sus chistes no daban gracia.

—No, para que me deje esas cartas…

—¿Qué cartas?

—Las del futuro.

—¿De qué hablas, cuñao?

Me quedé en silencio. Una voz molesta dentro de mí me aconsejó no insistir.

—Nada, nada —le dije, con una sonrisa fingida.

—¿Quieres un poco? —me preguntó, mostrándome el trozo que aún le quedaba.

Negué con la cabeza. Mi estómago nunca fue tan recio, la verdad.

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Seis

Me parece bien que desconfíes de la veracidad de estas cartas.

La duda es un rasgo mayor de inteligencia. Aquellos que creen en todo lo que escuchan o leen sin cuestionar están condenados a ser manipulados con facilidad, como les ocurre a esos animalitos que caen en trampas ingenuas para luego ser degollados.

Lamentablemente, son pocas las pruebas que puedo darte para que me creas.

Las cosas por las que pasarás no han ocurrido todavía, ¿cómo podrías identificarte con ellas?

Pero tal vez pueda decirte algo que ya debe estar rondando ahora por tu cabeza: que piensas estudiar Ingeniería.

Desde ya, te adelanto que no terminarás la carrera.

Con esto no estoy diciendo que no la estudies: ¡hazlo si te nace! La gente inteligente sabe sacarle provecho a todo. Aunque no te ganes la vida con ella, habrá cosas muy interesantes que aprenderás en el proceso y que te serán importantísimas.

Sin embargo, la vida es muy corta para pasártela trabajando en algo que no te gusta.

Si vamos a pasar un tercio de la vida haciendo un trabajo, amar ese trabajo nos hará un tercio más felices.

Ya que he hablado de amores, quizá ahora pueda darte una prueba de que te conozco como se conoce uno mismo: sé quién es tu chica preferida.

No hablo de Laura.

Hablo de la que duerme bajo tu cama.

En ese momento bajé el papel, rojo de vergüenza. No necesité abrir el cajón bajo mi cama para saber que allí descansaba, escondida, la revista Gente con la Miss Playa de 1982 en su carátula. Nancy Baroni, veinte años, 85-61-90, rubia y de ojos color chancaca. Un bikini rojo, un ombligo en medio de dos paraísos y los bordes del papel cuché arrugados de tanto manoseo. Me había enamorado de ella a través de los ojos o, mejor dicho, me había enamorado de la épica de las posibilidades truncas, como el músico pobre que admira un violín Stradivarius a través de una vitrina. Laura, en cambio, era para mí el tierno aguijón de los sueños que sí son alcanzables.

Entonces, escribí:

Digamos que te creo, yo del futuro.

Ayúdame a conquistar a Laura.

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