Holly

Stephen King

Fragmento

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17 de octubre de 2012

1

Es una ciudad antigua, y ni ella ni el lago a orillas del cual se construyó se conservan ya en muy buen estado, pero aún quedan zonas bastante agradables. Los habitantes de toda la vida posiblemente coincidirían en que el barrio más bonito es Sugar Heights y, dentro de este, la calle más bonita es Ridge Road, que traza una suave curva descendente desde la universidad, el Bell College de Artes y Ciencias, hasta Deerfield Park, tres kilómetros más abajo. En su recorrido, Ridge Road pasa ante muchas casas magníficas, algunas propiedad de profesores de la universidad y otras de algunos de los profesionales más prósperos de la ciudad: médicos, abogados, banqueros y ejecutivos situados en lo alto de la pirámide. En su mayor parte, son residencias victorianas con la pintura impecable, ventanas en voladizo y mucha decoración de pan de jengibre.

El parque donde acaba Ridge Road no es tan extenso como el que se encuentra en pleno centro de Manhattan, pero casi. Deerfield es el orgullo de la ciudad y debe su extraordinario aspecto a la legión de jardineros que lo mantienen. Sí, es cierto que el lado oeste, lindante con Red Bank Avenue y conocido como los Matorrales, está descuidado. Es ahí donde a veces, de noche, rondan individuos que buscan o venden drogas, y donde se produce algún que otro atraco, pero los Matorrales abarcan poco más de una hectárea de las trescientas totales. El resto del parque es una extensión de hierba y flores por cuyos senderos pasean los amantes y en cuyos bancos los viejos leen el periódico (hoy día cada vez más a menudo en dispositivos electrónicos) y las mujeres charlan, en ocasiones mientras mecen a sus bebés en cochecitos caros. Hay dos estanques, en uno de los cuales en ocasiones se ve a hombres o niños manejar barcos teledirigidos. Por la superficie del otro se deslizan de aquí para allá cisnes y patos. Además, hay una zona de juegos infantiles. Tiene de todo, a decir verdad, salvo una piscina pública; de cuando en cuando el ayuntamiento estudia la idea, pero siempre la posterga. El coste, ya se sabe.

Esta noche de octubre es cálida para la época del año, pero la llovizna ha disuadido a todos los corredores menos al más tenaz. No es otro que Jorge Castro, profesor de escritura creativa y literatura latinoamericana en la universidad. Pese a su especialidad, nació y se crio en Estados Unidos; Jorge se complace en decir que es tan norteamericano como la «pie de manzana».

Cumplió los cuarenta en julio, y ya no puede engañarse pensando que aún es la joven celebridad que alcanzó un éxito fugaz de ventas con su primera novela. A los cuarenta, uno debe dejar de engañarse con la idea de que aún es joven para algo. Si no —si uno suscribe bobadas como que «los cuarenta son los nuevos veinticinco», propias de la teoría de la autorrealización—, pronto descubrirá que su declive ha empezado. Al principio solo un poco, pero luego un poco más, y de repente, al cumplir los cincuenta, se dará cuenta de que la barriga le sobresale por encima de la hebilla del cinturón y guarda pastillas contra el colesterol en el botiquín. A los veinte, el cuerpo perdona. A los cuarenta, el perdón es provisional en el mejor de los casos. Jorge Castro no quiere plantarse en los cincuenta y encontrarse con que se ha convertido en un gordo fachoso más, como tantos hombres en el país.

A los cuarenta, uno tiene que empezar a cuidarse. Debe conservar la maquinaria en buen estado, porque aquí no es posible entregar el vehículo usado en la compra de uno nuevo. Así que Jorge bebe zumo de naranja por las mañanas (potasio), seguido casi a diario de copos de avena (antioxidantes), y consume carne roja sola una vez por semana. Cuando le apetece un tentempié, acostumbra a abrir una lata de sardinas. Son una buena fuente de omega 3. (¡Y están muy ricas!). Hace ejercicios sencillos cada mañana y corre a última hora del día, sin excederse pero oxigenando esos pulmones de cuarenta años y dándole un buen meneo a ese corazón de cuarenta años (frecuencia cardiaca en reposo: 63). Jorge quiere aparentar cuarenta años cuando cumpla los cincuenta y sentirse como si los tuviera, pero el destino juega malas pasadas. Jorge Castro no va a llegar siquiera a los cuarenta y uno.

2

Su rutina, que mantiene incluso en noches de llovizna, consiste en correr desde la casa que comparte con Freddy (que podrán ocupar, como mínimo, mientras él siga en el puesto de escritor residente), a menos de un kilómetro de la universidad, hasta el parque. Allí hace estiramientos de espalda, bebe un poco del agua vitaminada que lleva en la riñonera y vuelve a casa al trote. La lluvia arrecia, y no hay otros corredores, paseantes o ciclistas entre los que zigzaguear. Los peores son los ciclistas, empeñados en que tienen todo el derecho del mundo a ir por la acera en lugar de circular por la calzada, pese a que disponen de un carril bici. Esta noche tiene toda la acera para él solo. Ni siquiera ha de saludar a las personas que podrían estar tomando el aire nocturno en sus viejos porches antiguos y señoriales; el mal tiempo los ha obligado a quedarse a cubierto.

A todos menos a una: la vieja poeta. Pese a que a esa hora, las ocho, la temperatura se mantiene por encima de los diez grados, está arrebujada en una parka, porque apenas llega a los cincuenta kilos (su médico siempre la reprende por el peso) y acusa el frío. Más que el frío, acusa la humedad. Sin embargo, ahí sigue, porque esta noche tiene un poema al alcance de la mano, si es que logra meter los dedos por debajo de la tapa y abrirlo. No ha escrito ni uno desde mediados del verano y necesita ponerlo en marcha antes de que se oxide. Necesita «visualizar», como dicen a veces sus alumnos. Más importante es el hecho de que este podría ser un «buen» poema. Quizá incluso un poema «necesario».

Tiene que empezar por la forma en que la niebla se arremolina en torno a las farolas frente a ella y luego avanzar hacia aquello que concibe como «el misterio». Que lo es todo. La niebla crea halos en lento movimiento, plateados y hermosos. No quiere utilizar «halos», porque es la palabra previsible, la palabra perezosa. Casi un tópico. Aunque «plateados»… o tal vez «de plata»…

Interrumpe sus pensamientos un instante para observar a un joven (a sus ochenta y nueve años, alguien de cuarenta parece muy joven) que pasa por la otra acera acompañado del chacoloteo de sus pisadas. Sabe quién es: el escritor residente que considera a Gabriel García Márquez el no va más. Con ese cabello largo, el bigotito y la perilla, recuerda a la vieja poeta a un personaje encantador de La princesa prometida: «Me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate para morir». Lleva una chaqueta amarilla con una banda reflectante a lo largo de la espalda y un pantalón de correr ri­dículamente ajustado. «Corre que se las pela», habría dicho la madre de la vieja poeta. O «como si tocaran a rebato».

«A rebato» la lleva a pensar en campanas, y vuelve a posar la mirada en la farola que tiene justo enfrente. Le viene a la cabeza: «El corredor no oye la plata por encima de él, / estas campanas no repican».

No encaja porque es prosaico, pero por algo se empieza. Ha conseguido meter los dedos bajo la tapa del poema. Tiene que entrar en casa, coger su cuaderno y ponerse a garabatear. No obstante, continúa ahí sentada un momento, contemplando la rotación de los círculos de plata en

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