Julia Navarro: «Los niños siempre pierden las guerras de los padres»
Tras 35 años de carrera periodística, Julia Navarro descubrió su pasión por escribir ficción con «La hermandad de la Sábana Santa», su primera novela, publicada en 2004. 20 años después de su debut como novelista, Julia Navarro es una de las autoras más reconocidas del panorama literario español tras haber cautivado a millones de lectores con las nueve novelas que ha publicado hasta la fecha. En su último título de ficción, «El niño que perdió la guerra» (editado por Plaza & Janés, como el resto de su obra), la periodista y escritora explora las vidas de los niños de la Guerra Civil española. Con Pablo como protagonista, un chico de 5 años hijo de republicanos al que adopta una mujer rusa en la primavera de 1939, el libro reflexiona sobre los populismos, la identidad y el amor familiar. Pero esta no es solo la historia de Pablo y de sus madres, tanto la adoptiva como la biológica, sino la de todos aquellos menores que abandonaron su hogar y a su familia con la esperanza de algún día volver. Y es también la historia de las personas migrantes que buscan una nueva vida en lugares donde no siempre se les trata como merecen y la de todas las madres que se sacrifican por el bienestar de sus hijos (como la abuela de Julia Navarro, que estuvo a punto de abandonar a su hija -la madre de la autora- para así garantizarle un futuro). El periodista y escritor Juan Cruz Ruiz conversa con ella para LENGUA, un diálogo en el que la novelista confirma el compromiso social y político de su literatura.
Por Juan Cruz Ruiz
Julia Navarro. Crédito: Juan Manuel Fernández.
Este libro arranca de lo peor de la historia contemporánea de España y del mundo. Cuando aquí estaba empezando la Guerra Civil y en Europa se preparaba una guerra más grande, igualmente dura e implacable. La de España, ya se sabe, fue entre hermanos, y tuvo unas consecuencias civiles, morales, humanas, devastadoras. El exilio forzado -de adultos, de viejos, de niños- fue uno de los elementos más graves de una contienda que se cuenta aún como si fuera una herida de hoy.
En este libro, El niño que perdió la guerra (Plaza & Janés, 2024), de Julia Navarro, parece hablarse de aquel pasado. Pero hurgas, le preguntas, y se descubre enseguida que su prosa y su historia abrazan precisamente su propia vida, la de sus antepasados, la de este país que se debate aún entre la tentación del olvido y la imposibilidad de acabar con una memoria que nos durará siempre.
El periodista le confesó a la autora que estuvo a punto de llorar en muchos de los episodios en los que ella cuenta el sufrimiento de sus propios ancestros, como síntoma que le da paso a la ficción… He aquí la historia de la que se puede decir, como cuando leíamos los libros más emocionantes de Albert Camus, que todo gran libro, como los del autor de El extranjero, lleva dentro una autobiografía.
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Juan Cruz Ruiz: Has hecho un libro rabiosamente contemporáneo tratándose de una historia que ocurre hace más de 80 años.
Julia Navarro: La historia, al final, siempre se repite. Circunstancias distintas, personajes distintos, paisajes distintos... Pero la historia tiene la manía de repetirse. A lo largo del tiempo, el totalitarismo, las pulsiones autoritarias, han estado ahí. A veces se pintan de rojo, azul, amarillo, pero se pinten del color que se pinten el resultado siempre es el mismo: cercenar la libertad. Evidentemente cada época es distinta y las caras del autoritarismo y de las dictaduras son diferentes, pero el fondo es el mismo. Me preocupa lo que estoy viendo a mi alrededor. Si ahora cogemos un mapamundi y empezamos a buscar países democráticos de verdad, no encontramos tantos, desgraciadamente.
Juan Cruz Ruiz: En este caso estás hablando de la esperanza de la República en España, quizá de la esperanza de la Unión Soviética; aquí se impuso el fascismo, en la Unión Soviética el autoritarismo y las ilusiones se fueron al garete hasta hoy mismo.
Julia Navarro: Creo que muchas ilusiones y muchas esperanzas se quedaron ahí reprimidas, siempre pensando que esto se tiene que arreglar, que esto tiene que tener una salida. Pasaron las décadas y aquello no tuvo remedio: ni lo nuestro, ni lo de los otros. Se dice que la historia hay que conocerla para no repetirla… Yo creo que la historia hay que conocerla. De lo que no estoy segura es de que por conocerla no se repita. Ahora a las pulsiones totalitarias de derechas y de izquierdas en el mundo las llamamos neopopulismos. Es como si nos asustara volver a utilizar las palabras que utilizábamos antaño, pero son lo mismo. Cuando escuchas los discursos de Vox, de la AFD (el partido de extrema derecha alemán), la música es la misma, a lo mejor la letra que le ponen intenta modernizarse y utilizar otros términos pero, al final, es lo mismo.
Juan Cruz Ruiz: Pero en España, en Argentina, en América Latina, en Europa, en Estados Unidos... Todo parece como recrear una época que fue infeliz y muy dura.
Julia Navarro: Y fue muy infeliz, muy dura y, sobre todo, fue una época en que la libertad saltó por los aires. Fue un atentado absoluto contra la libertad, por eso ahora lo disfrazamos. Es el auge de los neopopulismos de derechas y de izquierdas, cuyos objetivos son los mismos. De todas maneras, además de lamentarnos de lo que está sucediendo, quizá deberíamos preguntarnos por qué sucede. Y ahí sí creo que la respuesta está en que la crisis del 2008 no tuvo una respuesta adecuada por parte de los partidos democráticos tradicionales. Es lo que ha llevado a mucha gente a intentar buscar soluciones en partidos políticos que no tienen la solución; al revés, puede que si gobernaran todavía sería más desastroso. Muchas veces la desesperación de la gente al no ver futuro, salidas, y que no les den respuestas, termina siendo un caldo de cultivo para estas ideologías. La crisis de 2008 fue muy dura en todas las partes del mundo, pero acordémonos de lo que sucedió en España: familias de chicos de 30 y 40 años con hijos, mujeres también jóvenes que ya se habían independizado que de repente tenían que volver a casas de los padres porque no podían vivir, porque habían perdido su trabajo, su futuro. Esto es un caldo de cultivo para que alguien les diga: «Yo tengo la solución». Algunos se inclinan a creer que hay una solución que no tienen, y si gobernaran sería todavía más terrible: sembrarían el caos, además de que vendría un recorte de las libertades. Tenemos que preguntarnos también por qué. Las cosas no suceden por generación espontánea.
Juan Cruz Ruiz: En El niño que perdió la guerra has contado una historia que parece de hoy en los sentimientos y en la escritura, pero también en lo que pasa, porque estamos en varias guerras a la vez.
Julia Navarro: Yo no puedo sustraerme al mundo y a la sociedad en la que vivo. Esa manera de recordar lo que pasó también es una forma de reflexionar sobre el presente y a mí me preocupa el presente. La mirada al pasado me sirve para analizar el presente y, sobre todo, para alertar de lo que está pasando. En todos mis libros, quizá en este más es más evidente, están todas mis obsesiones: la obsesión de que no volvamos a estar hechos un bocadillo entre dos ideologías totalitarias, la preocupación por los fenómenos migratorios desde un punto de vista humanitario… La historia de la humanidad es una historia de migración. El que crea que sus antepasados han estado siempre en el mismo sitio se equivoca. Todos somos migrantes y todos descendemos de migrantes. Me preocupa cómo se está tratando a esas personas que están dejando sus casas, sus países, intentando sobrevivir y tener una vida mejor. Me avergüenza como se trata a los migrantes.
«Vivimos el auge de los neopopulismos de derechas y de izquierdas, cuyos objetivos son los mismos. De todas maneras, además de lamentarnos de lo que está sucediendo, quizá deberíamos preguntarnos por qué sucede. Y ahí sí creo que la respuesta está en que la crisis del 2008 no tuvo una respuesta adecuada por parte de los partidos democráticos tradicionales».
Juan Cruz Ruiz: A finales de los años 80 y a principios de los 90, en España nos burlamos de los sudacas, de los negros y también de los pobres. Ser pobre ahora es estar bajo sospecha.
Julia Navarro: Sí, como si la gente eligiera ser pobre. Desde hace unos años colaboro con la ONG Entreculturas, de la Compañía de Jesús. He conocido a muchos emigrantes y a muchas personas que trabajan a pie de calle con ellos. Ninguno me ha dicho que ha llegado hasta aquí para conocer España, por ejemplo. Todos me hablan de la guerra, de la violencia, del hambre, de la miseria de sus países. Nadie deja atrás su familia, sus paisajes o su infancia si no es porque necesita huir de algo terrible. La primera respuesta que deberíamos dar tendría que ser la humanitaria y tratar a los que vienen con la dignidad que merecen todos los seres humanos, sin excepción. Sin embargo, de repente vemos que la última encuesta del CIS dice que para un número importante de españoles los inmigrantes empiezan a ser un problema. Algo estamos haciendo mal, sobre todo la clase dirigente, si los ciudadanos perciben a los que vienen como un problema. Me escandaliza que el gobierno y la oposición utilicen a los inmigrantes como arma arrojadiza. Tenemos un problema humanitario al que hay que dar una respuesta humanitaria y digna.
Juan Cruz Ruiz: El personaje principal de tu libro es un niño emigrante: Pablo. ¿Por qué elegiste un niño como víctima de esta historia?
Julia Navarro: Porque los niños siempre pierden las guerras de sus padres; ha ocurrido en el pasado y está ocurriendo en el presente. Pablo ha perdido la guerra de sus padres y se ha encontrado en una situación en la que no hay marcha atrás. Los niños que fueron a Rusia no podían volver, los que fueron a otros países sí pudieron tener ese retorno. He conocido a algún anciano que ha sido un niño de la guerra; ellos tuvieron la esperanza de volver a su casa, con su familia, de volver a su país, nunca pensaron que se iban para siempre. Hoy en día me pregunto cuántos niños vienen agarrados de las manos de sus padres, absolutamente asustados y seguramente soñando que algún día van a volver. Es terrible cuando se encuentran con la evidencia de no poder hacerlo. Siempre tengo el impulso de ponerme en la piel de los otros para entenderlos y pienso en mí: qué me pasaría si mañana me tuviera que ir al otro extremo del mundo, aprender otro idioma, a moverme con otros códigos de conducta, cambiar de cultura... Me costaría muchísimo.
Juan Cruz Ruiz: Pues tu generación no, pero la de tus padres y abuelos lo hicieron y se fueron, por ejemplo, aparte de a Rusia, a México, a Argentina, a Venezuela... Lugares de los que ahora no se habla como países que recibieron.
Julia Navarro: Fueron lugares que acogieron con una gran generosidad a aquellos españoles que estaban huyendo del fascismo y de los estragos de la guerra, y creo que España tiene una deuda con todos ellos. Me emociona mucho cuando voy a Argentina o estoy en México y se me acerca alguien y me cuenta que sus padres y sus abuelos llegaron allí huyendo de la Guerra Civil. Me llena de emoción y de agradecimiento hacia estos países que acogieron de esa forma generosa a los españoles que no solo huían de la guerra, sino también de las consecuencias que hubiese tenido para ellos quedarse en España, ya que habrían terminado en las cárceles franquistas. No me canso de repetir que España tiene una deuda importante con América Latina.
Julia Navarro. Crédito: Juan Manuel Fernández.
Juan Cruz Ruiz: España se ha hecho también gracias a las literaturas que vienen de ahí. ¿Cómo es posible que no haya tenido una generosidad de vuelta? ¿Por qué los españoles nos hemos creído el espejo del mundo?
Julia Navarro: Yo no soy tan dura a la hora de hacer ese juicio. Creo que hemos recibido razonablemente bien en unos años en los que a lo mejor había más bonanza económica, aunque es verdad que, en algunos sectores de la sociedad, no en toda, podía haber esa mirada un poco altiva hacia el que venía de fuera, los sudacas. Es cierto que en esos años se hablaba de los latinoamericanos como los sudacas, pero quizá también faltaba el conocimiento de la historia. En nuestro país no estudiamos bien lo que significó para los españoles haber sido acogidos unas décadas antes en América Latina. Creo que los planes de estudio de nuestra democracia han adolecido de estudiar en serio la historia, la pasada y la reciente. Me costaría saber cuál ha sido el peor ministro de Educación que hemos tenido porque, poco a poco, han ido vaciando de contenido el currículum escolar y han ido desapareciendo asignaturas que yo considero fundamentales como Historia, Literatura, Filosofía, Arte e incluso Historia de las Religiones. A Josefina Aldecoa, cuyo colegio era laico, le pregunté por qué daban Historia de las religiones y me dio una respuesta que en un primer momento me hizo reír, pero luego me hizo reflexionar: «Pues, mira, porque si tú no estudias las religiones, cuando vas a un museo no puedes entender nada, y puede que un chico que no haya estudiado nunca Historia de las religiones vea un San Sebastián pintado por Veronés o Tiziano y crea que es un señor al que le han atacado los indios y le han llenado de flechazos». Esa respuesta parecía una butade y sin embargo escondía una enorme verdad. Si no tienes un conocimiento previo, no sabes ni lo que estás viendo, ni lo que estás leyendo, ni siquiera lo que estás viviendo. Ese desconocimiento es lo que ha hecho que muchas veces haya habido esa mirada de incomprensión hacia los que venían porque, seguramente, no han estudiado ni nadie les ha explicado esa generosidad de América hacia España.
España no se puede entender sin América, pero América tampoco se puede entender sin España.
«Siempre tengo el impulso de ponerme en la piel de los otros para entenderlos y pienso en mí: qué me pasaría si mañana me tuviera que ir al otro extremo del mundo, aprender otro idioma, a moverme con otros códigos de conducta, cambiar de cultura... Me costaría muchísimo».
Juan Cruz Ruiz: En este libro hay un viaje iniciático de un muchacho que no sabe adónde está yendo; una familia desestructurada en un país que se está rompiendo. ¿Qué pasó para que este fuera el asunto? ¿Por qué te preocupó ese niño?
Julia Navarro: Me preocupó ese niño porque recuerdo que, cuando era pequeña, en casa me contaron que mi abuela llevó a sus hijos a Cehegín, Murcia, donde había una colonia de hijos de republicanos, cuyo destino final iba a ser llevarlos fuera. Y siempre recuerdo que mi abuela, aunque había dejado allí a sus hijos más mayores, decidió que no, que a sus hijos no se los iban a llevar a ninguna parte y a pesar de las dificultades fue a traérselos en medio de la Guerra Civil. Aquello me impresionó muchísimo porque yo pensaba que, si se hubieran llevado a mi madre, que era muy pequeñita, de unos dos años, qué habría pasado. A lo mejor yo no existiría, yo no tendría madre o yo sería distinta. Esto siempre lo tuve como en mi imaginario, en esas asociaciones infantiles: qué habría sido de mí si a mi madre se la hubiesen llevado a Rusia. ¿Yo habría nacido allí? ¿Qué habría pasado? Me preocupaba. Y luego, el impulso de mi abuela cuando casi en el último momento dijo: «No, yo voy a por mis hijos». Supongo que esa memoria estaba ahí y, de alguna manera, la trasladé a Pablo, solo que a Pablo sí se lo llevaron. Y Rusia. Leí un poema, Réquiem de Anna Ajmatova, que me produjo una sacudida. A partir de ese momento busqué todo lo que se podía leer de ella, me interesé por su biografía y, al leerla, me dejó absolutamente encogida. Pensar que Stalin no se contentaba con perseguirla, sino que persiguió a todas las personas que ella quería, para intentar doblegarla... Me parece de una crueldad infinita. Ella llegó a decir que le traía mala suerte a las personas que la rodeaban. Realmente no les traía mala suerte, sino que era la víctima de un demente que quería doblegarla y lo hacía con una crueldad absolutamente brutal. «No solamente te persigo a ti», parecía decirle, «sino que me voy a ensañar con todos aquellos a los que quieres: tu familia, tus amigos, la gente que te rodea». Han sido estas dos historias. Al final echas mano de lo que lees, de lo que has escuchado y de lo que has vivido para contar historias.
Juan Cruz Ruiz: Has escrito la historia de dos lugares que luego van en paralelo: la dictadura de Franco y la dictadura de Stalin, y la consecuencia de Stalin, que es Krushchev. ¿Qué descubriste que no supieras o que no intuyeras de ambas dictaduras?
Julia Navarro: Mi conclusión es que todas las dictaduras son iguales, aunque se manifiesten con distintos grados de crueldad a la hora de perseguir a sus oponentes. El objetivo de todas es cercenar la libertad de los ciudadanos y que los dictadores siempre temen más a la palabra que a las armas. La palabra, el arte, todo aquello que pueda llevar a la reflexión, que pueda tocar el alma de los ciudadanos, los artistas, los creadores, los poetas, los filósofos... están en la primera línea de sus enemigos a batir. Lo hizo Franco y lo hizo Stalin, pero luego se siguió haciendo. Hablamos del estalinismo como si hubiese sido un régimen que cambió cuando Stalin murió. No, seguramente se suavizó el régimen, pero como aquí se suavizó el régimen en los últimos años de Franco, pero España no era una democracia. Y Rusia nunca fue una democracia: se siguió persiguiendo a la gente, se siguió encarcelando a los artistas... A lo mejor con menos brutalidad que en la época de Stalin, pero siguió siendo un régimen totalitario y un régimen dictatorial.
Juan Cruz Ruiz: ¿Qué huella dejó Franco en este país? ¿Cómo ha tratado España de zafarse de esa figura?
Julia Navarro: Cuarenta años de dictadura no pasan en vano. Dejan una huella en la organización del país, en la cultura, en las familias…, es inevitable. Yo soy una defensora de la Transición y del pacto. Siempre digo que la Transición no la hicieron los políticos, sino que fue la sociedad española la que empujó a la clase política de ese momento a dar unos pasos en otra dirección. Como se decía en la película Solos en la madrugada: «No podemos seguir así otros 40 años mirando a esos 40 años». Es decir, la sociedad española lo que quería era mirar al futuro y formar parte del futuro. Esa fue la Transición. ¿Era un pacto de olvido? No, no era un pacto de olvido. Era un pacto de poner un punto aquí, porque ahora tenemos que construir la democracia, tenemos que construir un país en el que podamos habitar y estar todos, y creo que eso se hizo razonablemente bien. Es muy fácil decir ahora lo que habría que haber hecho. Se hizo lo que se pudo hacer y como se pudo hacer, y se hizo razonablemente bien. Igual con los que hoy dicen que habría que haberlo hecho como ellos insinúan no habríamos logrado consolidar una democracia ni tener una constitución. ¿Eso significa que hay que olvidar el pasado? No, el pasado hay que conocerlo. Si no conocemos de dónde venimos no sabemos ni por qué hemos llegado hasta aquí, ni sabemos quiénes somos, y tampoco vamos a saber quiénes vamos a ser. Pero yo creo que la Historia hay que dejarla en manos de los historiadores, no la pueden hacer los políticos porque siempre hacen una historia de parte y eso no es Historia. Luego todos tenemos nuestra propia historia. Yo tengo mi propia historia familiar. Mi abuelo pasó años en la cárcel, tengo tíos abuelos que tuvieron que irse al exilio, pero es mi memoria familiar, la mía, otros tienen otra. Por tanto, dejemos que sean los historiadores los que de una forma objetiva nos cuenten exactamente lo que pasó, por qué pasó, y no dejemos que nos lo cuenten los dirigentes políticos, me da igual que sean de derechas o de izquierdas.
Julia Navarro. Crédito: Juan Manuel Fernández.
Juan Cruz Ruiz: ¿Qué papel juega entonces en ese ámbito el escritor, el novelista?
Julia Navaro: El novelista tiene derecho a utilizar su propia memoria familiar, sus lecturas y sus conocimientos, para plasmarlos en un libro. A veces los libros que tienen un contenido histórico ayudan a acercarse a determinados períodos históricos, pero eso no significa que lo que cuenta el novelista sea la verdad. Es su verdad, es su experiencia, son sus lecturas, son sus recuerdos. Pero si quiero que me cuenten realmente lo que pasó los que tienen que mirar en las dos direcciones. Yo sé lo que le pasó a mi familia y tú sabes lo que le pasó a la tuya, pero también hay otras personas que pueden tener el mismo dolor y contarte experiencias realmente terribles. Eso fue lo que decidimos en la Transición: Esto ya ha pasado, no significa que lo vayamos a enterrar, porque el pasado nunca se puede enterrar, el pasado siempre está ahí, pero es que vamos a construir el futuro porque si no construimos el futuro, ¿qué hacemos? ¿Nos volvemos a dar de bofetadas?
Juan Cruz Ruiz: Imagino que todo el que lea la novela tendrá su momento culminante de emoción o de abrazo con respecto a lo que ocurre. ¿Cuál es el momento culminante para ti? ¿Cuáles son los picos sentimentales o vitales?
Julia Navarro: La novela tiene muchos picos. Por ejemplo, el padre de Clotilde podría haber sido mi abuelo, ese republicano perplejo perseguido, esa tercera España, el azañista, sobre todo era una buena persona y creo que mi abuelo nunca terminó de entender qué les había pasado a él y a toda la familia. Mi abuela formaba parte de una familia de izquierdas, una familia socialista, pero él era azañista y fue la familia de mi abuela la que sufrió más los estragos de la guerra y sus consecuencias. Pero, para mí, el momento más bonito de la novela es el final, cuando Pablo e Igor se encuentran, el amigo ruso y su hermano español.
Juan Cruz Ruiz: ¿Te lo inspiró algún hecho que conocieras?
Julia Navarro: No, no, fue viniendo y fue cuando me dije que, si tenía que terminarlo, no podía hacerlo con tanto dolor, con tanta tragedia, con un punto final para todos ellos. Tenía que haber un punto y aparte. Me gustan más los puntos y apartes que el punto final. Tiene que haber algo. Esos lazos de las emociones, de los sentimientos, de la amistad, se tienen que mantener de alguna manera.
Juan Cruz Ruiz: En su niñez, Pablo se ve sometido a un viaje que su padre había concebido y luego había sostenido su tutor, un viaje a la esperanza. Sin embargo, la esperanza después se transformó en un gulag.
Julia Navarro: En un infierno. Y hay que decirlo: la revolución fracasó porque convirtió todo un país y las esperanzas de millones de personas en un infierno. En el debate entre Sartre y Camus, estoy con Camus, de la parte de alguien que como él dice: «Yo era comunista, pero tengo que denunciar lo que está pasando», por más que Sartre dijera que eso favorecía a la derecha. Es un mal de nuestro tiempo: me tengo que callar lo que hacen los míos porque eso favorece a la derecha. Pues no, no me callo, porque estoy haciendo una dejación del uso de la libertad. No creo que esté favoreciendo a nadie. Lo que está favoreciendo es que se consoliden situaciones que no son aceptables. Siempre es más difícil decir no a los tuyos que decir no a los de enfrente, y es una decisión ética, a veces complicada. Pero decir «me tengo que callar porque si no me callo, esto puede a favorecer a los otros» es una trampa que hacen siempre los gobernantes y los ciudadanos.
Juan Cruz Ruiz: ¿Dónde ves hoy esa dicotomía? ¿Dónde es más evidente?
Julia Navarro: Creo que es mucho más evidente en la izquierda. Los pobres de la derecha están ahí que no saben por dónde andan. No Vox que, desgraciadamente, sí saben lo que quieren, pero al PP lo veo absolutamente perdido.
Juan Cruz Ruiz: ¿Con qué consecuencias?
Julia Navarro: Siempre es bueno tener una alternativa creíble y sólida. Las democracias tienen que tener garantizadas las alternancias. Si un gobierno, sea de derechas o de izquierdas, no tiene enfrente nada, merma la calidad de la democracia. Tiene que haber alternativas porque si no, podemos terminar deslizándonos hacia una autocracia… Si lo que tienes enfrente es inane, la tentación de los poderosos es seguir acumulando poder siempre.
«Si no tienes un conocimiento previo, no sabes ni lo que estás viendo, ni lo que estás leyendo, ni siquiera lo que estás viviendo. Ese desconocimiento es lo que ha hecho que muchas veces haya habido esa mirada de incomprensión hacia los que venían porque, seguramente, no han estudiado ni nadie les ha explicado esa generosidad de América hacia España».
Juan Cruz Ruiz: Se dice en el libro: «Rusia era un charco de mentiras». ¿Qué consecuencias tuvo la mentira para los españoles?
Julia Navarro: Hay toda una generación, en los años 30 y 40, que lógicamente quiere que el mundo cambie. En aquellos momentos vivían en un mundo absolutamente injusto, de explotación de la clase trabajadora, gente sin derechos, sin ninguna perspectiva de futuro. Claro, la revolución era absolutamente atractiva, porque, además, era casi un compromiso ético: «Esto no es posible, esto hay que cambiarlo». Hubo muchísima gente que creyó que la revolución realmente iba a traer una sociedad mejor. El problema es que no lo trajo. A Rusia, el faro donde la revolución había triunfado, la convirtieron en la antesala del infierno. Pero entiendo que la gente en los años 30 y siguientes militara con entusiasmo en el marxismo y el comunismo porque era una puerta abierta a, supuestamente, la justicia y la esperanza de un mundo mejor. No se puede juzgar a la gente que creyó en aquello porque fracasara, es que era lógico apostar y empujar por aquellos ideales.
Juan Cruz Ruiz: Al tiempo que Pablo volvía del gulag, en Chile había un golpe de Estado militar que acababa con Allende, en Argentina se producía algo parecido, en Uruguay igualmente, en España se fusilaba gente al amanecer... El mundo estaba muy enfermo. ¿Podríamos decir que ahora todo eso ha mejorado o que seguimos teniendo iguales perspectivas?
Julia Navarro: En América Latina encontramos países en los que no hay ni un rastro de libertad. Estoy pensando en Nicaragua, Venezuela, Cuba... Es inquietante lo del Salvador o lo que está pasando en Ecuador. Hay un caldo de cultivo extraño en América Latina, están pasando cosas cuyas perspectivas no son muy halagüeñas. Al mismo tiempo estoy pensando en Chile, en Gabriel Boric, uno de los gobernantes de izquierdas más cabales, y en esa izquierda ética. Él llegó con grupos de jóvenes, ganaron las elecciones y cuando él ha considerado que se ha equivocado en algo lo ha cambiado; es un gobernante profundamente demócrata. Ojalá los gobernantes de izquierda se parecieran un poco más a Boric. Creo que ni el régimen de Nicaragua, Venezuela o Cuba son regímenes de izquierdas.
Juan Cruz Ruiz: ¿Y Argentina?
Julia Navarro: Argentina lleva décadas buscándose a sí misma y no termina de encontrarse. Es muy difícil entender lo de los argentinos, lo del peronismo de derechas, de izquierdas, de centro, del radicalismo... Yo reconozco mi estupor, me cuesta mucho entenderlo políticamente. Ha habido momentos en los que los presidentes o líderes parecían más cercanos a los cánones de la política en Europa, pero creo que Argentina es un caso aparte. Me apasiona Argentina, me encanta ir a Argentina, me sorprende siempre el nivel cultural tan importante que tienen los argentinos. Seguramente muchas de las librerías más bellas del mundo estén en Buenos Aires, pero políticamente me pierdo. Cuando voy a Argentina y me hacen alguna entrevista, y además siempre coincido con elecciones, rezo para que no me pregunten por la política. Siempre ando metida en la construcción.
Juan Cruz Ruiz: Quizá quienes no lo entienden, sobre todo, son ellos.
Julia Navarro: Sí, creo que llevan décadas buscándose y no terminan de encontrarse, pero yo escucho a mis amigos argentinos y no hablo porque no entiendo nada de lo que pasa. Luego hay gobernantes que pasan por ser como adalides de la izquierda y yo me digo: «Si esto es la izquierda, que venga Dios y lo vea». Sin embargo, en el caso de Chile, o de Uruguay, un país que sí que ha dado pasos importantes, Mujica fue realmente un faro de cómo hay que gobernar y cómo debe de ser un gobernante de izquierdas. Ni él ni Boric nunca tuvieron la menor tentación totalitaria, fueron demócratas por encima de todo. América Latina también está dando ejemplos en Europa. Nos fijamos lógicamente en lo que es noticia, lo que sucede en Venezuela, en lo de Nicaragua, pero quizá deberíamos fijarnos más en lo que algunos gobernantes están haciendo en América Latina y que para mí son un referente.
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