Lena Dunham en corto: «Famesick», anatomía íntima de la fama, el dolor y la ambición
¿Qué ocurre cuando alcanzar tus sueños empieza a parecerse demasiado a enfermar por ellos? En Famesick, sus memorias (Debate, 2026), Lena Dunham vuelve la mirada hacia una década marcada por el éxito, la enfermedad y las contradicciones de la fama. La creadora de Girls reconstruye el vertiginoso ascenso que la llevó de vender el piloto de la serie a las alfombras rojas, la Casa Blanca y los Globos de Oro, mientras, fuera de foco, su cuerpo comenzaba a quebrarse entre hospitalizaciones, diagnósticos inciertos, dependencias farmacológicas y crisis personales. El resultado es un relato crudo sobre la ambición y el precio íntimo del reconocimiento, pero también sobre los límites, las relaciones y la posibilidad de reconstruirse cuando el éxito deja de ofrecer respuestas. LENGUA publica la introducción de la obra, un texto en el que la autora se pregunta si el dolor es realmente el peaje inevitable de perseguir aquello que deseamos.
Por Lena Dunham

Lena Dunham, durante la gala del Academy Museum of Motion Pictures celebrada en Los Ángeles en octubre de 2022. Crédito: Getty Images.
Me llamo Lena Dunham. Ese es el nombre que me puso mi madre y, como en muchos de los matrimonios mejor avenidos, mi padre tuvo escasa voz y menos voto. Así se llamaba mi bisabuela, una mujer que había emigrado de Rusia con siete hijos —después de enterrar a dos o a tres, según quién lo cuente— y unos brazos rollizos salpicados por quemaduras de andar metiendo y sacando pan del horno. El nombre de mi madre, Laurie, solo compartía la inicial con el de su abuela, nada más. Mi abuela aseguraba que era por una tradición asquenazí, pero esa tradición solo se aplicaba a familiares vivos y Lena estaba ya muerta. Lo cierto es que mis abuelos querían que sus hijas tuvieran nombres estadounidenses imposibles de rastrear, como Susie, Laurie o Bonnie. «Nombres diminutivos», como los llamaba mi madre. «No eran nombres "fuertes". Eran nombres de niñas pequeñas». Laurie se pasó toda la adolescencia furiosa con ese tema, por la certeza de que de haber sido Lena su vida habría estado llena de lujuria y de glamour, mientras que siendo una Laurie clásica y básica se veía relegada al estatus de personaje secundario, a ser mona, como mucho. A mi madre le encantaba el apellido de mi padre, tan blanco y tan tradicional, más antiguo que los propios Estados Unidos; no como el suyo, Simmons, modificado en al menos cuatro ocasiones generación tras generación para disimular sus orígenes. No habría segundo nombre; mi madre los consideraba un poco frívolos. Lena Dunham, sin más. Mi madre me dijo que lo eligió porque sonaba a nombre de alguien que podía llegar a ser estrella de cine o abogada con igual nivel de éxito.
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Ese nombre superó preescolar conmigo; ahí aprendí a escribirlo pronto, aunque no entendía que al palo de la E le salieran solo tres rayitas, así que insistía en ponerle un montón más. Superó también la primaria y la secundaria; ahí se le pegó el casi indeleble tufo de la falta de popularidad, pronunciado por lo general en el contexto de gente que esperaba que alguien no se apuntase a un plan. Y superó el bachillerato y la universidad; ahí lo utilicé para firmar poemas interminables sobre sentimientos abstractos de mal-estar. Todos eran usos naturales: lo típico de crecer siendo tú misma. Solo a partir de su entrada en el círculo vicioso de los medios de comunicación (para sorpresa de mis compañeros de clase más antiguos y de mi familia, aunque sobre todo mía) empezó a parecerme ajeno, como un personaje de una película que no hubiese escrito yo. Se convirtió primero en un sello de excelencia, luego en sinónimo de cierto tipo de ridiculez millennial y, al final, en un recurso humorístico percibido más bien como insulto.
«Me cuesta mucho recordar una época en la que estar en mi cuerpo no fuese como remolcar un coche siniestrado por toda la ciudad a medianoche».
Para cuando cumplí veintiséis años ya confiaba en poca gente. Dejé de querer compartir mi nombre, un nombre que de niña explicitaba con orgullo; a cualquiera que quisiera escucharme le anunciaba: «Soy Lena Dunham. No tengo segundo nombre», como si ese mero hecho me convirtiese en alguien interesante. Sin embargo, a esas alturas ya no me fiaba de que la gente fuese a tratarlo con cuidado, ni de que yo pudiera protegerlo.
Y así, en diversos momentos de los últimos diez años me he llamado a mí misma Rose O'Neill, Renata Halpern, Lauri Reynolds, Ruth Stein… Todo un repertorio de nombres falsos que usar para registrarme en un Hyatt, toda una serie de personas que ser para recibir en mi dirección postal unas galeradas o, en el mejor de los casos, un bolso gratis.
No era porque hubiese alguien buscándome, ni porque fueran a acosarme si se descubría mi ubicación (aunque sí he tenido algún que otro roce en la puerta de mi casa con desconocidos para los que mi nombre significaba algo distinto a lo que mi madre tenía en mente —elegancia, estilo, fortaleza— y muy muy distinto a lo que significaba para mí). Era porque, cuando se me presentaba la posibilidad, sencillamente prefería no ser yo. Había escuchado mi nombre completo tantas veces, y en tantos contextos desconcertantes, que había dejado de ser mío. Le pertenecía al mundo, a cualquiera que lo dijese, y se había visto pervertido hasta significar algo muy concreto y no del todo agradable. Ser Lauri para el servicio de habitaciones, Renata en la factura de la tele por cable, Rose en rehabilitación o Ruth en el hospital me aportaba libertad en una vida que, vista desde fuera, parecía ser algo desprolija con ella. Era yo la que se había olvidado de que tenía libre albedrío. Y quizá es que estaba empeñada en eliminarlo.

Lena Dunham posa en el Festival de Sundance de 2015, donde presentó como productora ejecutiva el documental It's Me, Hilary: The Man Who Drew Eloise. Crédito: Getty Images.
Me he pasado buena parte de los últimos diez años enferma; a veces en una cama de hospital, más a menudo en mi propia cama y con mucha más frecuencia en el trabajo o cenando por ahí, fingiendo no sentirme como me sentía. Me cuesta mucho recordar una época en la que estar en mi cuerpo no fuese como remolcar un coche siniestrado por toda la ciudad a medianoche, a excepción de breves destellos de adrenalina durante un rodaje o una cita, o en alguna de esas fiestas del mundo de la moda a las que la gente acude vestida, sin pretenderlo, como críos para una obra de teatro escolar sobre deidades griegas.
Estrictamente hablando, no es una verdad que todo el mundo quiera escuchar. La gente que te aprecia, con quienes te sientes a salvo, sobre todo desea que tu dolor cese, y por eso recurres a expresiones como «una época buena» y «en líneas generales», apoyándote en la idea de que el arco del universo siempre se inclina hacia una realidad mejor. Ante personas que no conoces tan bien, dices cosas como «ha sido un periodo muy bueno» o «lo gestiono sin problemas». Tras algunos errores de cálculo poco agradables, aprendes a regular tu enfoque según las distintas capacidades de asimilación. Como resultado, en la mayoría de los casos acabas verbalizando la verdad —el miedo a cómo será el futuro, y a si habrá un futuro siquiera— en mitad de noches de insomnio, para que solo la escuche la almohada.
También me he pasado los últimos diez años siendo famosa. Igual que mi enfermedad, esa fama ha variado en intensidad y en calidad: ha habido días buenos, periodos aceptables y épocas muy muy malas. A nadie le da pena que seas famosa, al contrario de lo que ocurre cuando estás enferma. En gran medida la fama se considera una condición de privilegio que tú misma te has creado: es culpa tuya, y además es algo bueno; quienes no la experimentan creen que incluso las partes malas parecen compensarse con los incentivos.
Al fin y al cabo, los entretenimientos fundamentales de la vida estadounidense (concursos de belleza y de talentos, que te descubran en un centro comercial) se basan en la idea de ser elegido para la gloria.
«(...) En la mayoría de los casos acabas verbalizando la verdad —el miedo a cómo será el futuro, y a si habrá un futuro siquiera— en mitad de noches de insomnio, para que solo la escuche la almohada».
Solo mi padre, que ha abordado las reacciones a mi persona y a mi obra con una repulsa ostensible —que confunde a sus amistades pero a mí me fascina—, parece comprender e incluso aplaudir que mi relación con la fama, con la mala prensa y a veces con la infamia haya sido a menudo tóxica. El motivo no radica en el tipo de atención que he recibido (aunque en buena parte ha sido desagradable), sino en que yo no empecé en esto buscando ser una celebridad. Por el contrario, estoy aquí por un impulso casi inagotable de autoexpresión que se manifiesta como una adicción al trabajo y, además, como una obsesión monotemática que en realidad es lo opuesto a una hábil gestión de la fama. Mi padre es, asimismo, la única persona que de verdad comprende lo enferma que he estado. Él me ha recogido del suelo, literalmente. Me ha cepillado el pelo cuando me era imposible levantar los brazos por lo inflamado que tenía el abdomen. Habiéndose pasado muchos días sentado junto a mi cama en el hospital, vestido con traje y zapatillas de deporte, con las piernas cruzadas a la altura de la rodilla y The New York Times crujiéndole entre las manos callosas, ha sido testigo de la monotonía de la enfermedad y también de los súbitos picos del drama existencial. La tensión se te hunde, aparecen las enfermeras y una hora después estás tomándote un frappuccino del Starbucks. A veces sales del hospital curada, pero otras sales y vas de cabeza a un programa de desintoxicación. La vida pasa que arrasa, chica.
«No creo que estés muy cómoda así», me dice mi padre cuando tengo las almohadas hechas un gurruño, y entonces reajusta el paisaje que conforma mi cama antes de dejar la puerta entreabierta por si lo llamo. He experimentado otros tipos de devoción, pero solo él ha logrado hacerme sentir que algo tan malo —el hecho de que mi cuerpo se volviese en mi contra muchos años antes de lo debido y en sincronización con el público— podía ser la historia más importante de mi vida.
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