Todos los relatos

Italo Svevo

Fragmento

UNA LUCHA

UNA LUCHA

Una mujercita que vive sola y recibe con libertad en su casa es propiedad de quien quiera tomarla. Así pensaban al menos Arturo Marchetti y Ariodante Chigi, el primero célebre poeta de N.; el otro, igualmente célebre, pero como actor, esgrimidor, cultivador del deporte. Precisamente así pensaban la primera tarde en que fueron admitidos en casa de Rosina, hermosa rubita que acababa de llegar a N. Fácil había de ser la conquista, pero a nuestras dos celebridades se la dificultó su presentación simultánea.

Ya la primera tarde, Rosina se comportó de un modo que no resultara injusto para ninguno de los dos. No cabe duda de que había advertido la facilidad de palabra y la elocuencia del poeta, su agudeza, la belleza de su rostro, sin pelo, por desgracia, aunque provisto de dos ojos azules, tan expresivos como su palabra, pero también hizo su efecto en ella la masculina apostura del moreno Ariodante, sus serenos, pero enérgicos gestos, su sana y hermosa voz. Las virtudes de uno iban en detrimento del otro.

Salieron al mismo tiempo de la casa de Rosina y en la calle, antes de separarse, el poeta, sin poder resistir la tentación de averiguar las intenciones de su gigantesco rival, le preguntó: «Simpática, ¿verdad?»

«Pues sí, ¡simpática!», repitió Ariodante con indiferencia. «Pero camina un poco curvada y es una lástima; si mantuviera su rubia cabecita más alta, causaría mejor impresión».

Esa observación crítica alivió el corazón de Arturo: «Parece que no le gusta; como es una persona que ha seducido a tantas, una mujer más o menos no le descabala las cuentas».

En cambio, el pobre Arturo se había pasado la vida leyendo y escribiendo. Hasta los treinta y cinco años, cuando moría su juventud, no se había decidido a introducir el nuevo elemento —la mujer— en su vida. Hasta entonces la había soñado como el ideal, la finalidad de la vida; se preservaba para ese fin, quería poder ofrecer a su mujer un corazón joven, intacto. Esa mujer soñada —soñada como suya— debía ser una persona del todo especial y debía tener una cabecita digna de llevar la corona de laurel que él quería colocarle, pero esa mujer no apareció y, cuando le pareció que la había encontrado, ella rechazó la corona de laurel ofrecida y prefirió flores artificiales de metal o puro carbono cristalizado. Ya se había cansado de esperar y se acercó a Rosina pensando: “Al menos quiero divertirme: si encuentro algo mejor, la dejo; si no, hago con ella la novela de mi vida”.

Para sorpresa suya, también el día siguiente se encontró con Ariodante junto a Rosina. Parecía que el gigante estuviera totalmente desocupado para dedicar su tiempo a una mujer que tan mal caminaba.

Arturo supo encontrar un instante propicio para lanzar su declaración; quería adelantarse a Ariodante. Sus palabras tuvieron el ardor de una antigua pasión, mientras que iban dirigidas a una mujer que había conocido el día anterior, pero no era la mujer la que le había inspirado aquel amor, era un amor antiguo que se derramaba sobre una mujer.

La mujercita pareció emocionada; después de haberse dejado convencer por el elocuente Arturo de que un amor podía nacer, crecer y agigantarse en veinticuatro horas, cometió la vulgaridad de interrumpir al poeta diciendo, mientras señalaba a Ariodante: «También él me ha dicho hoy casi las mismas cosas». No se podía plantear el asunto con mayor claridad; habría sido lo mismo que decirle:

«Yo lo amo a usted, pero también él me ama».

Arturo enrojeció y conviene confesar que el sentimiento más intenso que de momento experimentó fue el de consternación. Sabía que Ariodante era un hombre que con sus gruesos puños podría aplastarlo de tal modo, que el único rastro de su pasado por la Tierra que quedaría serían sus versos editados e inéditos. Se mantuvo muy reservado toda aquella tarde y Rosina, que lo advirtió, se mostró más dulce con él por miedo a haberlo ofendido. Él acogió sus gentilezas cohibido y sin quitar ojo a Ariodante a fin de prevenir agresiones imprevistas, pero éste no se movía; charlaba y miraba a los dos jóvenes con la afabilidad de un gran perro que se deja tirar de las orejas por niños, por saber que no pueden hacerle demasiado daño.

Volvieron a encontrarse juntos en la calle, Arturo trémulo en la obscuridad, hasta el punto de que Ariodante lo advirtió. Tuvo la delicadeza de preguntarle si padecía de los nervios y, al despedirse de él, le aconsejó que bebiera mucho vino y montara a caballo. Arturo se quedó tranquilizado. “Es muy fuerte”, pensó, “pero no violento”.

Nunca había oído hablar de que Ariodante hubiera dado palizas, pero, al informarse el día siguiente, se enteró de un bofetón que había asestado y del que el abofeteado había tardado un mes en recuperarse. Le contaron que Ariodante se había herido en un pie, que le pisó por descuido un amigo suyo, quien en una cena quería chocar su vaso con el suyo. Con el dolor, Ariodante primero le tiró a la cara el líquido que aún tenía en el vaso y después el propio vaso y al final le dio aquel famoso bofetón.

“Hay que mantenerse alejado de esos pies”, pensó el poeta y creyó poder abandonar cualquier otra preocupación. Sabía en teoría que el principal elemento para el éxito en el amor es el valor y que cualquier vacilación equivale a una renuncia.

Iba varias veces al día a casa de Rosina y casi siempre encontraba en ella a Ariodante, por lo que ya no volvió a tener valor para preguntarle si le gustaba aquella mujercita. El gimnasta siguió mostrándose muy cortés con él, le dejaba hablar e invitaba incluso a Rosina a escuchar, pero también quería participar y Arturo se veía obligado a oír, a su vez, y admirar proezas, marchas forzadas, rasgos de fuerza muscular. Lo hacía del mejor grado, por su cortesía natural, por miedo y también porque esperaba que, como a él, las palabras de Ariodante aburrieran también a Rosina, pero Ariodante siguió pareciendo al poeta una gran muralla colocada entre Rosina y él: estando presente el otro, Arturo debía volver a tragarse las hermosas frases ya preparadas y éstas, al encontrar cerrada la válvula de seguridad y volver al punto de donde procedían, enardecían la mente que las había producido. Cuando el poeta notó que su amor se había vuelto apasionado, advirtió también, por haber estudiado filosofía, que se trataba de un amor airado: amaba a Rosina porque allí estaba Ariodante.

Esperó y creyó poder vencer en la lucha en que se había empeñado.

Sabía hablar, sabía conmover, se encontraba casi ejerciendo su oficio: ¿por qué no había de vencer frente a Ariodante, que era la ineptitud en persona? Pensaba que Rosina no era poco perspicaz y, en virtud de la extraña ilusión que los amadores se hacen sobre el valor intelectual de su amada, exageraba —cierto es— el de la suya, pero no se engañaba con la idea de que ella hubiera de ser, por sus propias inclinaciones, más favorable a él que a Ariodante. Rosina disfrutaba con la conversación, con las agudezas, con los calembour, demasiado f

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos