Cazadores

Marcelo Lillo

Fragmento

Hielo

HIELO

El jueves mamá no pudo más. Los pies se le amorataron y perdió la conciencia. Vino el médico y dijo que era normal, que después de algunos meses de buena cara al final el cáncer muestra la auténtica.

Cuando el médico se fue mi mujer y yo nos miramos. Ella sonrió derrotada y yo levanté las cejas.

–¿Le podremos comprar un ramo de flores? –preguntó después.

Yo estaba cesante hacía casi un año y, excepto por algún trabajo de horas o días, no había encontrado nada estable.

–Más que eso. Un par de coronas bien bonitas.

Mi mujer y yo nos volvimos a mirar. Desde que mamá enfermó administrábamos nosotros su montepío y apenas nos alcanzaba para comer y pagar las cuentas.

–Tengo una plata ahí –dije–. Poca. La había escondido para esto.

–¿Alcanzará?

–No sé cuánto vale una corona.

Esa misma tarde hablé con una persona de la funeraria. Me hizo media docena de preguntas y dijo que no me preocupara porque la institución encargada del montepío pagaría los gastos del entierro de mamá, que para eso le habían descontado todos los meses durante muchos años. Yo ya lo sabía. Y también que los de la funeraria tramitarían todo.

Subí. Mi mujer estaba con mamá. La miré como diciéndole ¿y?

–Se le helaron las manos –dijo ella.

–¿No ha dicho nada? ¿No ha abierto los ojos?

–No.

Mi mujer salió y volvió con unos guantes de lana que usaba en invierno. Se los puso a mamá; eran de un color amarillo chillón. La pieza estaba en penumbras, la tarde culminaba, alguien se moría, pero los guantes rompían toda esa atmósfera. Era cruel pensarlo, pero alegraban el ambiente. Se lo dije a mi mujer.

–Estás loco –dijo ella.

–No puedo evitar pensarlo.

Estuvimos con mamá hasta pasada la medianoche, luego apagamos la luz. No habíamos comido desde el almuerzo, pero igual nos lavamos los dientes. Acostados, prendí la televisión. La miramos con el volumen casi al mínimo, haciendo zapping todo el rato.

–¡Chit! –dijo de pronto mi mujer.

Apreté un botón y en la pantalla apareció la palabra MUDO.

–Se queja –dijo ella, y levantó un poco la cabeza para escuchar mejor. Se sentó en la cama después–. ¿La oyes?

Permanecimos en silencio.

–Es como un ronquido –dije.

–Un lamento.

Desnudos fuimos a verla. Mamá se quejaba con la boca cerrada, sin palabras igual que la televisión. Sus manos ahora se agitaban como si quisieran agarrar algo, como una guagua en su cuna; un ser de manos amarillas que pretendía tomar su móvil. Era cierto entonces que la vejez o la muerte te volvían niño. Mi mujer le acomodó las frazadas y le metió los brazos bajo éstas antes de volver a la televisión muda.

–Déjala así –dijo, recostándose.

–¿Sin audio? No vamos a entender nada.

–No tengo ganas de entender nada.

Pasamos la noche levantándonos y acostándonos. Mamá volvía a sacar los brazos y sus manos volvían a querer algo. El quejido varió con las horas; de lamentos aislados, en la madrugada se tornó una letanía sorda. Mi mujer y yo nos servimos café abajo. El sueño interrumpido nos había dejado un frío que nos recorría la espalda.

–¿Está limpio tu terno? –preguntó ella luego de un silencio en que nos dedicamos a mirarnos las manos.

–No lo he usado desde el casamiento de tu sobrina.

–¿No estaban rotos tus zapatos?

–Estaban –dije sin ganas, y la miré–. ¿Y tu traje de dos piezas?

Movió la cabeza. Apoyaba el mentón en la mano y tenía los dedos estirados como si sostuviese un cigarro. Nunca había fumado. Miró hacia fuera, las ciruelas que empezaban a brotar, creo; o el cielo azul por encima de los techos de los vecinos. Dos patios más allá había ropa tendida, toda blanca.

–¿Te acuerdas de la mujer de anoche? –dijo, todavía mirando más allá–. La de los helados.

–Ajá.

Sonrió, sus ojos volvieron a la cocina y con ambas manos se agarró el pelo y lo estiró hacia atrás. Se mantuvo así un rato, un raro ejercicio de placer. Había hecho desaparecer sus arrugas de la frente. Después lo fue soltando de a poco.

–Yo desperté igual que ella –dijo mientras su pelo se derramaba sobre la mesa–. Te lo juro. Se me hacía la boca agua por un helado. Un helado bien helado, de esos que te hacen picar la garganta. ¿Los has comido? –No respondí. Su pelo cubrió la taza–. Cuando éramos chicas mi hermana y yo los comíamos, eran helados de agua, con colorante. Frutilla, piña… Eran unos verdaderos hielos. Nos gustaba eso, pero no nos gustaba el verano… Cosas de cabras tontas. Me acuerdo que el día que murió mi abuela salimos las dos a buscar helados de esos. Recorrimos casi toda la ciudad, quiosco por quiosco, y no los pudimos pillar. Pensamos que habían dejado de hacerlos o que la fábrica había quebrado. –Se calló un momento y me miró–. Nunca se nos ocurrió pensar que estábamos en invierno. Mi hermana se puso a llorar. Imagínate, llorando en la calle por un helado. –Echó violentamente la cabeza para atrás y el pelo se ordenó solo–. Eran tan ricos.

El café se había enfriado.

–Sabes hacer toda una historia de eso.

–Quería decirte que desperté así. Eso es todo. –Apartó la taza–. Antojada como la mujer de la televisión, como cuando era chica. No sé si me entiendes. –Estiró el brazo y me revolvió el pelo.

Cerca del mediodía apareció la madre de mi mujer, asustada. Subió inmediatamente y estuvo un largo rato con mamá, hablándole al oído mientras le sostenía la mano enguantada. Mi mujer y yo mirábamos desde la puerta, y de vez en cuando mi suegra volvía la cabeza y nos miraba a los dos.

–Está respirando cada vez más despacito –dijo finalmente, y se separó de mamá–. Venga, escúchela.

Fui. La frecuencia de circulación del aire se alargaba cada vez más. Algo se estaba cerrando dentro de ella.

–Pobrecita –dijo mi mujer.

Murió pasadas las cuatro. Con mi mujer lloramos en silencio y después le acercamos un espejo a la boca. Sonó el teléfono, pero no contestamos. Le amarramos la mandíbula y comenzamos a vestirla. El teléfono volvió a sonar. Decidimos ponerle zapatos. Mi mujer le pasó una peineta por el pelo. Llamé a la funeraria; quedaron de venir con el furgón y el ataúd en quince minutos. No dijeron sentido pésame.

–¿Y su anillo de casada? –preguntó ella–. ¿Se lo sacamos o no?

Miramos la mano muerta.

–Voy a llamar a mi mamá y a mi hermana –dijo al rato–. Vamos a tener que colocar un aviso en el diario.

Mamá se fue en una urna burdeos. Con mi mujer estuvimos llamando a conocidos hasta casi las s

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