Mi hermosa apostadora (Apostando al amor 1)

A.S. Lefebre

Fragmento

mi_hermosa_apostadora-2

Prólogo

Londres, 1835

Sebastián bajó del carruaje junto a su amigo Andrew. Ambos entraron al club de juegos Fortune. Habían salido en busca de un poco de diversión y, para ellos, la mejor diversión era ver la cara de los pobres perdedores frente a ellos cuando les ganaban a las cartas. Llevaban la capa un poco empapada ya que, cuando habían llegado al lugar, llovía.

—Está bastante lleno a pesar del mal tiempo —comentó Sebastián observando el lugar detalladamente.

El club Fortune se había convertido en uno de los clubes de juegos más populares en el último año, ya que contaba con un excelente ambiente y tenían derecho de admisión. Sebastián y Andrew habían regresado a Inglaterra hacía solo unos días; habían decidido conocer el lugar por la popularidad de la que gozaba.

—Debe ser tan popular como dicen, y muchos no pierden la oportunidad de apostar, ganar o perder, así como nosotros, que buscamos un poco de diversión —le contestó Andrew mientras se quitaba la capa.

Ambos jóvenes dejaron su capa y sombrero en el recibidor, donde uno de los empleados los recibió para guardarlos mientras ellos se adentraban en el poco iluminado club. Ambos dieron un sutil recorrido con su mirada y, luego de haber observado detalladamente las mesas y los caballeros ahí presentes, tomaron una copa. Mientras decidían a qué mesa acercarse, detuvieron su atención en una esquina, un poco menos iluminada que el resto del salón debido al lugar donde se situaba. Allí había más hombres de los que normalmente había alrededor de una mesa de juego. Algunos se retiraban molestos por la fortuna que habían perdido, y otros esperaban su turno para probar su suerte. Incluso había algunos de pie observando. Sebastián sintió gran curiosidad, y se acercó para observar más de cerca qué sucedía y cuál era el motivo de tal alboroto. Observó una figura un poco inusual: un muchacho delgado, de apariencia joven. Curiosamente, era el único que llevaba sombrero en el lugar, por lo cual no se le podía observar muy bien su rostro. Tenía la cabeza gacha, observando con atención las cartas.

Vio al muchacho sonreír al mismo tiempo que les ganaba a los allí presentes; lo que más le llamó la atención de él es que poseía una gran cantidad de fichas. Al parecer, había ganado a todos los que se habían atrevido a jugar contra él. Los había despojado de una fortuna o, al menos, de mucho dinero. Sebastián pensó en aprovechar la oportunidad de si podía encontrar, en esa mesa, el dinero para la nueva inversión que tenía pensada. Ese había sido uno de los motivos por los cuales había asistido allí, además de divertirse y de conocer el lugar. Un par de caballeros, luego de haber sido despojados de su dinero, se retiraron. Sebastián le hizo señas a su amigo, para sentarse y probar su suerte. Ambos eran excelentes jugadores y muy pocas veces se iban con las manos vacías. Muy por el contrario, Sebastián había encontrado en el juego una forma fácil de conseguir dinero extra e invertir.

—Veremos qué tan bueno eres, muchacho —desafió Sebastián al muchacho dibujando una sonrisa burlona en sus labios.

El muchacho levantó el rostro. Para su sorpresa, llevaba un antifaz negro, a través del cual Sebastián notó un destello en el color esmeralda de sus ojos. Su curiosidad aumentó.

—¿Puedo saber quién eres, muchacho? —le preguntó Sebastián mirándolo a los ojos.

El muchacho le mantuvo la mirada.

—¿Viene a apostar o a curiosear? —le cuestionó entre dientes tomando las cartas de la mesa que acababan de repartir.

Sebastián tomó su baraja con una sonrisa; miró al joven.

—¡Bien, empecemos! —exclamó mientras le hacía señas a un mesero para que le llevara una bebida. Su amigo Andrew estaba sentado junto a él; había dos caballeros más esperando a quien diera la primera jugada. Sebastián había creído que ese muchacho no era tan bueno, pero había podido ganar todo lo de la mesa en la primera jugada. Luego de un par de copas de coñac, y para su enfado, el muchacho ya les había ganado cinco jugadas seguidas. Pero él seguía decidido a darle pelea. Por el contrario, su amigo, con el mayor honor, se retiró luego de que el muchacho le ganó en tres jugadas seguidas.

—Ya retírate, Sebas, es lo mejor —le aconsejó su amigo, pero Sebastián hizo caso omiso.

—No perderé una fortuna así de fácil, y lo sabes —le retrucó Sebastián, lo que hizo que el muchacho hiciera su mejor jugada y le ganara.

***

Cuando por fin Sebastián se disponía a retirarse, algo llamó su atención. Miró detalladamente al muchacho, y descubrió algo muy interesante. ¿Era idea suya o era una mujer a pesar de que su antifaz le cubría la mitad de su rostro? Tenía facciones muy femeninas; su mirada no era la de un hombre, ya que poseía unas largas, oscuras y delicadas pestañas. Detrás de su mirada codiciosa, había en sus ojos un destello único que lo tenía cautivado, principalmente su color. Su sonrisa muy coqueta y sus labios, demasiado carnosos y femeninos, comparados con lo de cualquier hombre. El tono rosa pálido que tenían hacía juego con el color pálido de su piel. No era frecuente que otros hombres se fijaran en esos detalles, y mucho menos en esos lugares, donde solo se fijaban en las cartas. A eso había que añadirle la escasa iluminación.

Sebastián esbozó una sonrisa al no poder creer lo que estaba pensando. ¿Una mujer? No, eso no podría ser posible; sacudió su cabeza y tomó el último trago de su vaso y lo miró con consternación.

—De momento lo dejare aquí —le anunció a su amigo, levantándose de la mesa con un gesto de despedida. El muchacho asintió con la cabeza, a modo de respuesta.

Caminó nuevamente por el salón con su amigo, buscando a algún desdichado y una buena mesa para recuperar lo perdido, mientras que en su mente no dejaba de pensar en el misterioso muchacho, ¿o muchacha? Pero eso era imposible: las mujeres no jugaban. Además, el muchacho era muy buen jugador, incluso mejor que ellos. Era casi imposible lo que estaba pensando. A pesar de ello, quiso averiguar más.

—Andrew, ¿sabes quién es ese muchacho? —le preguntó a su amigo mientras apoyaba un hombro en la pared observando el lugar.

—La verdad, no. He escuchado que, desde hace unos días, va una o dos veces a la semana a los diferentes clubes, y nadie ha podido ganarle. A más de uno le ha hecho perder una gran fortuna.

Sebastián se acercó muy discretamente a su amigo y le susurró:

—Llámame loco, pero te puedo asegurar que es una mujer.

—¡Realmente estás loco! —exclamó levantando un poco la voz. Sebastián le hizo un gesto para que hablara más bajo—. Jamás una mujer podría jugar así, y atribuye a eso que las mujeres no juegan.

—Lo sé, mi querido amigo —aceptó mientras una sonrisa se dibujaba en su boca—, pero una cosa te diré: de aquí no me iré hasta que me asegure de lo contrario. Vas a arrepentirte de haberme llamado loco.

Andrew soltó un bufido.

***

Luego de haber estado un par de horas en otras mesas de juego, Sebastián y su amigo Andrew habían recuperado lo perdido contra el misterioso muchacho enmascarado, demostrando que eran buenos jugadores. Hasta habían ganado el triple de lo invertido. Mientras Sebastián enredaba sus dedos

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos