Shanna

Kathleen Woodiwiss

Fragmento

PRIMERA PARTE

1

Medianoche, 18 de noviembre de 1749 Londres

La noche ceñía a la ciudad en una oscuridad fría y brumosa. Pesaba en el aire la amenaza del invierno. Un humo acre irritaba las fosas nasales y la garganta porque en todos los hogares los fuegos eran alimentados y atizados para combatir el frío, traído por el mar, que penetraba hasta los huesos. Nubes bajas dejaban caer finas gotas de humedad que se mezclaban con el hollín arrojado por las incontables chimeneas de Londres antes de depositarse en una delgada película sobre todas las superficies.

La inhospitalaria lobreguez ocultaba el paso de un carruaje que rodaba por las calles estrechas como si huyera de un terrible desastre. El vehículo se sacudía y equilibraba precariamente sobre el empedrado y sus ruedas lanzaban a los lados agua y lodo. En la calma que seguía al paso del coche, el sucio líquido volvía a acumularse lentamente en charcos como espejos negros, quebrados por la caída de gotitas o surcados por nítidas ondulaciones. El cochero, ominosamente corpulento, embozado en su capote, tiraba de las riendas y profería juramentos contra los dos caballos rucios, pero su voz se perdía entre el pesado resonar de los cascos y el ruido de las ruedas sobre las piedras irregulares. El estrépito retumbaba en la noche con mil ecos que parecían venir de todas partes. La forma oscura del carruaje cruzaba raudamente los sectores débilmente iluminados por las farolas de las fachadas barrocas frente a las que pasaba. Desde lo alto, gárgolas agazapadas en los aleros hacían muecas sardónicas y soltaban una baba de hilos de lluvia por sus bocas de granito, como si tuvieran hambre de la presa que pasaba debajo de sus nidos de piedra.

Shanna Trahern se reclinó contra los mullidos cojines de terciopelo rojo del carruaje, buscando un poco de seguridad contra la alocada velocidad. Poco le preocupaban las tinieblas más allá de las cortinillas de cuero y, en realidad, cualquier otra cosa que no fueran sus propios pensamientos. Iba sola, silenciosa. Su rostro estaba desprovisto de expresión, aunque de tanto en tanto la linterna del carruaje iluminaba el interior y revelaba el fulgor vidrioso de sus ojos azul verdoso. Ningún hombre habría encontrado en esos ojos una traza de calidez o un indicio de ternura. La cara, tan arrebatadoramente joven y hermosa, era indiferente. Sin el habitual público de ansiosos admiradores no había necesidad de presentar una imagen encantadora o graciosa, aunque era raro que Shanna Trahern se empeñase en ello más allá de lo que duraba un capricho momentáneo. Si estaba de humor podía subyugar a cualquiera, pero ahora su mirada mostraba una severa determinación que habría arredrado hasta el espíritu más heroico.

Estoy maldecida, pensó apretando los labios. Si estuviese bendecida por el cielo no estaría haciendo esto. ¿Qué otra mujer se aventura por las calles en una noche así, para aliviar su tormento? Su mente discurría por senderos bien trillados. ¿Qué cruel capricho del destino me hizo nacer bajo las ramas de la fortuna de mi padre, en una sombra donde todo se marchita? Si yo fuera pobre podría conocer a un hombre que me amase por mí misma.

Suspiró y una vez más analizó sus razonamientos en busca de un fallo. Ni su belleza ni las riquezas de su padre la habían ayudado. Tres años en los mejores colegios de Europa y Gran Bretaña la habían aburrido hasta el hartazgo. Los así llamados colegios para damas se ocupaban más de modales cortesanos, modas y las diversas y tediosas formas de labores de aguja que de las técnicas de escritura o de hacer números. Allí se había visto perseguida por su hermosura y expuesta a la avidez de jóvenes libertinos que buscaban extender sus reputaciones a expensas de ella. Muchos sintieron el aguijón del desdén de ella y, descorazonados, se alejaron malhumorados. Cuando se supo que ella era la hija de Orlan Trahern, uno de los hombres más ricos, todos los jóvenes en situaciones apuradas vinieron a buscar su mano, petimetres a los que ella no pudo soportar más que al resto y desbarató cruelmente sus sueños con palabras afiladas.

Su decepción con los hombres motivó el ultimátum de su padre. Empezó cuando ella regresó de Europa: él la regañó por no haber encontrado marido.

—Con todos esos potros jóvenes y vehementes a tu alrededor, muchacha, ni siquiera has podido conseguir un hombre con un apellido para que tus hijos sean aceptados.

Las palabras hirieron el orgullo de Shanna y arrancaron lágrimas a sus ojos. Indiferente a su desazón, el padre continuó:

—¡Maldición, muchacha! ¿Para qué he acumulado una fortuna, si no para mis descendientes? Pero si por ti fuera, no llegaría más allá de tu tumba. ¡Diantre, quiero nietos! ¿Te has propuesto convertirte en una solterona que rechaza a todos los hombres que se le acercan? Tus hijos podrían ser poderosos en la corte si tuvieran un título que los ayudase. Necesitarán sólo dos cosas para tener éxito en este mundo y ser aceptados por la realeza. Yo les doy una: riqueza, más riqueza de la que se puede gastar en toda una vida. Tú puedes darles la otra: un apellido que nadie se atreve a cuestionar, un apellido con un linaje puro. Un apellido así puede hacer tanto como las riquezas para abrir puertas. Pero sin otro apellido que Trahern, ellos serán poco más que mercaderes. —Su voz se elevó con ira—. Tengo la desgracia de haber traído al mundo una hija tan bella como para elegir entre las estirpes más azules, capaz de hacer que barones, condes y hasta duques se peleen por tenerla. Pero ella sueña con un príncipe azul que pueda estar a la altura de su pureza.

El error de Shanna fue responder a su padre bruscamente y con palabras acaloradas. Pronto se enzarzaron en una tormentosa discusión que terminó abruptamente cuando él golpeó la mesa con el puño. La cólera de él relampagueó y ardió dentro de ella.

—Tienes un año para terminar con tus fantasías —rugió él—. Tu período de gracia termina cuando cumplas veintiún años. Si para entonces no te has casado con un miembro de la aristocracia, yo designaré a un mozo suficientemente joven para que te dé hijos, y ése será tu marido. ¡Y así tenga que arrastrarte al altar encadenada, me obedecerás!

Shanna quedó atónita, sumida en un incrédulo silencio ante esa amenaza, pero supo que él hablaba en serio. Una promesa de Orlan Trahern jamás dejaba de cumplirse.

Su padre continuó en tono más pausado.

—Puesto que estos días estamos enfadados uno con el otro, no te obligaré a soportar mi presencia. Ralston zarpa para Londres por negocios míos. Irás con él, y también con Pitney. Sé que con Pitney puedes hacer lo que quieras, lo has hecho desde pequeña. Pero Ralston cuidará de que no hagáis travesuras ni os metáis en problemas. Puedes llevar a tu doncella Hergus. El segundo día del próximo diciembre termina tu plazo y regresarás a Los Camellos, con o sin esposo. Y si no has encontrado marido para entonces, el asunto quedará en mis manos.

Orlan Trahern había

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