Presidentes sin pedestal

Fragmento

Presidentes sin pedestal

Introducción
Historia sin pedestal

En los últimos años se ha vuelto común que los pueblos indignados tumben estatuas de los héroes del pasado que les han empezado a parecer odiosos. Y cuando digo “los últimos años” me refiero a los cuatro o cinco mil que han pasado desde los primeros ejemplos de estas prácticas. Por lo menos desde los tiempos de los asirios, en la Alta Mesopotamia, unos 2.500 años antes de Cristo, ya se construían monumentos que venían con esta advertencia: “el que derribe mi estatua, que tenga dolor por el resto de su vida”. Muy mala conciencia debían tener estos líderes del mundo antiguo si sospechaban que, poco tiempo después, sus homenajes en piedra serían arruinados por turbas vengadoras (no digamos “vandalizados”, porque todavía no habían aparecido los vándalos, el pueblo germano que saqueó Roma varias veces y de donde viene el nombre que usamos para referirnos a quienes destruyen el patrimonio urbano). Cuando alguien impone su efigie en grandes dimensiones sobre otro pueblo o grupo, siempre habrá inconformes que esperen la oportunidad de derrocar los símbolos del dominador. En el largo juego de poderes y contrapoderes que es la historia, el ganador recibe la estatua y el perdedor la tumba.

Todas las sociedades de la Antigüedad tuvieron esta costumbre: egipcios, griegos y romanos. Estos últimos le dieron nombre latino y categoría jurídica (que, aparte de los caminos y la guerra, era lo que hacían mejor). La llamaron damnatio memoriae, o sea, condena de la memoria o castigo al recuerdo. Esto quería decir que la memoria de un emperador podía ser sancionada si el Senado decidía que su reinado merecía el olvido. En ese caso, todas las estatuas, los perfiles y monumentos del gobernante eran destruidos. Por supuesto, esto no quería decir que su nombre fuera borrado de la historia. Si así hubiera sido, no sabríamos nada de Calígula, Nerón, Cómodo, Geta, y muchos otros emperadores, cuya memoria fue machacada por sus antiguos súbditos, pero cuya historia llegó hasta nosotros; porque, repito, castigar el recuerdo no equivale a borrar el pasado1.

En la Edad Moderna, las revoluciones, los golpes de Estado y cambios de hegemonías políticas, que son las nuevas versiones de los viejos derrocamientos e invasiones, usualmente se vieron acompañados también de la destrucción de los monumentos del régimen anterior. Poner y quitar estatuas es un acto político, un pulso de fuerzas entre posturas ideológicas en disputa. Según la famosa definición del francés Ernest Renan, una nación es un grupo de personas que recuerdan y han olvidado las mismas cosas, así que se comprende que los nuevos gobiernos quieran olvidar algunas figuras del pasado a la hora de forjar una nueva identidad nacional. En la larga partida de bolos de la historia, ningún palitroque queda de pie a largo plazo.

También en Colombia ha habido destrucciones de viejos símbolos para instaurar nuevos poderes. Qué fue la Conquista sino un gran tornado de iconoclastia en el que los invasores europeos destruyeron millones de piezas precolombinas por considerarlas herejías, o para convertirlas en frías barras de metales preciosos. Tres siglos después, la Independencia también trajo la remoción de los escudos de España que decoraban las ciudades americanas, así como muchos otros símbolos del derrotado poder imperial. Y en los siglos que siguieron no se han salvado de la destrucción las representaciones de muchos presidentes, héroes y líderes republicanos. No hay sino que recordar que aquí no solo les damos balazos a los hombres sino a sus fotografías, como le pasó al caudillo liberal Rafael Uribe Uribe, contra quien un furioso espectador vació su pistola cuando lo vio en la película El drama del 15 de octubre, estrenada en 1915 y una de las primeras hechas en Colombia.

En ejemplos más recientes vimos cómo muchos se entregaron a una especie de furia iconoclasta durante el paro nacional de 2021, cuando cayeron en varias ciudades las estatuas de Antonio Nariño, Francisco de Paula Santander y Misael Pastrana, entre otros. El mismo Santander ya había sufrido en 1976 el desprecio de los estudiantes de la Universidad Nacional, quienes se negaron a aceptar que una estatua del “Hombre de las Leyes” estuviera en el centro de la plaza que lleva su nombre en el campus universitario. Por eso, la removieron y prefirieron llamar a este espacio Plaza Che Guevara, en homenaje al líder de la Revolución cubana, cuya imagen fue borrada, a su vez, en 2016 por un grupo de jóvenes que cuestionó la pertinencia de su legado para la Universidad y propuso que se le dedicara el sitio al humorista político Jaime Garzón, asesinado en 1999. Luego apareció otro colectivo que defendió al Che y lo volvió a pintar. Y no faltará en el futuro alguien que lo quiera quitar de esa pared. Todo un ejemplo de las memorias hegemónicas y emergentes que se pintan y se despintan como si se tratara de una secuencia cómica de la Pantera Rosa.

En las destrucciones memoriales de Colombia es curioso comprobar que, si el vandalismo ha tocado muchas veces a símbolos del poder político, casi nunca ha afectado a íconos religiosos, pues ni las estatuas de la Virgen ni de Jesucristo han sufrido menoscabo, a no ser por los recurrentes terremotos que las han mandado al suelo en nuestra historia. En general, hemos sido muy respetuosos con las representaciones de la divinidad, lo que demuestra que tenemos menos miedo a los patrones que a los santos patronos. Al parecer, la evangelización fue todo un éxito por estos lados. Tampoco han sido tocadas las esculturas que no tienen forma humana, como el Homenaje a López Pumarejo de la escultora Feliza Bursztyn, quien en 1967 recordó al expresidente con unos tubos de metal que más parecen los barrotes de las bóvedas del Banco López que su figura humana. Este monumento, aparte de las críticas que recibió por lo atrevido de su diseño, nunca ha sufrido ningún ataque por homenajear a un hombre poderoso del pasado (como sí le sucedió a otro bronce de López que había sido ubicado en la misma universidad). Pensándolo bien, este habría sido un método efectivo para evitar la destrucción de muchas estatuas desde la Antigüedad: si el homenaje se hace con una pieza de arte abstracto, nadie se tomaría el trabajo de intentar demolerla porque no sabrían ni siquiera a quién se le estaría rindiendo tributo con esas raras imágenes.

Después de que uno de estos símbolos ha sido depuesto, usualmente la siguiente acción es erigir otra construcción, pero de signo contrario. Si se tumba la estatua de un tirano invasor, esta se puede cambiar por la de un gobernante local; si el pulverizado es un conquistador español, el reemplazo ideal es un héroe indígena, y si es un hombre poderoso el que se quiere olvidar, qué mejor que una mujer para ocupar su lugar. Podría parecer que al sustituir una estatua por otra opuesta se está realizando una operación que abre un nuevo ciclo histórico, pero la verdad es que se está prolongando la misma costumbre de glorificar grandes figuras del pasado, aunque esta vez sea

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