Diario de una bordadora

Srta. Lylo

Fragmento

cap

A mi linaje femenino

 

A mí, el bordado me salvó.

No vengo de una familia de mujeres tejedoras ni artesanas: podría jurar que ni mi mamá ni mis abuelas bordaron jamás.

Muchas mujeres aprenden a tejer, coser o bordar en sus casas cuando son niñas. A veces es el primer juego que juegan. A veces, sin darse cuenta de todo lo que les transmiten otras mujeres de la familia, van forjando una técnica —y con suerte un estilo— con toda la naturalidad del mundo.

¡A mí eso no me pasó!

Yo empecé a bordar a los treinta y cinco años sin nunca haber tenido nada que ver con el asunto, simplemente porque ya no sabía qué hacer con mi vida. Empecé a bordar para sobrevivir a la bomba que explotó entre mis manos cuando me dijeron que no podía ser madre de forma natural y que tendría que hacer tratamientos de fertilidad si quería tener alguna remota posibilidad de serlo.

Después seguí bordando porque descubrí que, al hacerlo, el tiempo se detenía y mi cabeza y mi cuerpo eran libres: bordando, mi realidad triste cambiaba.

Pero no me convertí en bordadora para que el bordado me salvara, sino porque sucedió algo que nunca antes habría imaginado: bordar me hizo feliz.

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