Mi vida más allá de Auschwitz

Félix Poznanski

Fragmento

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 Mi infancia

Toda mi familia vivía en Polonia. Algunos, pocos, lograron salir a tiempo, pero la mayoría murió en el Holocausto.

La familia de mi padre era de Varsovia y la de mi madre de Gabin, una ciudad ubicada a unos 90 km. de la capital.

Por lo atropellado de nuestras vidas, no conversamos mucho del pasado con mi papá. Se llamaba Henri, nació el 8 de agosto de 1910 y quedó huérfano a los cuatro años. Perdió a su padre en la Primera Guerra Mundial. Nunca supe cuál fue el destino de su madre y hermanos, pero papá contaba que logró sobrevivir viviendo de casa en casa, donde tenía que cumplir con obligaciones difíciles para un niño tan pequeño como recoger madera o cuidar de los animales. ¡Y todo por un plato de comida y un lugar donde dormir! A los doce años tomó la decisión de irse a Francia forzado por las condiciones económicas y por un claro antisemitismo que iba más allá de agresiones físicas. Muchos judíos, por ejemplo, tenían restringido el acceso a las universidades. En aquellos años, Francia se convirtió en el destino de muchos polacos. Alemania no era una opción y Francia, además de quedar relativamente cerca, era un país democrático.

Viajó como polizón en un tren de carga. Al llegar, trabajó cerca de la Costa Azul, en los manglares. Sólo sé que era una labor muy dura, pero él estaba acostumbrado a sobrevivir.

Con doce o trece años ingresó a una escuela pública, donde además de educación recibía un plato de comida. Posteriormente se trasladó a París y se dedicó al comercio de textiles: compraba y vendía prendas de vestir. Más tarde llegaría a abrir una pequeña fábrica de tejido de punto.

Un día, caminando por las calles de París, se encontró casualmente con una joven que conocía desde Varsovia; se llamaba Teresa Manczyka.

Tu est Henri?

Tu est Teresa?

Y desde ese momento nunca más se separaron.

Mamá era cuatro años mayor que mi padre, nació en 1906. Teresa era costurera y se había trasladado a la capital francesa por las mismas razones que Henri. En París se reencontraron y se casaron poco tiempo después por lo civil. Ninguno de los dos era practicante de la religión judía.

Mi mamá provenía de una familia numerosa, creo recordar que tenía siete hermanos. Había quedado huérfana de padre, quien murió de asma antes de que ella naciera, por lo que su madre tuvo que hacerse cargo de toda la familia. Por desgracia, una vez finalizada la guerra, no volvió a saber nada de los que se quedaron, así que siempre creyó que habían muerto todos en el Holocausto.

Yo nací en París el 6 de julio de 1934, pero me inscribieron en el Registro Civil justo al año siguiente, por lo que en mis documentos tengo un año menos. Es curioso que mucho tiempo después yo también registrara a mi hija con un año de retraso.

Me contaba mi mamá que, mientras ella cosía, me colocaba en el cochecito frente a la ventana para que tomara el aire y recibiera los rayos del sol; con un pie me mecía y con el otro presionaba el pedal de la máquina, aquella máquina marca Singer que formaría parte de nuestra familia por mucho tiempo.

De paseo con mis papás.

Mis padres, Teresa y Henri, y yo.

Cuando tenía cuatro años, en 1938, nos trasladamos a Sedán, ciudad fronteriza con Bélgica, donde vivía un primo de mamá. Él convenció a mis padres de que tendríamos más y mejores oportunidades por el comercio con Bélgica y Luxemburgo. En Sedán se dedicaron a la compraventa de ropa, incluso mi mamá dejó la costura y ayudaba a mi papá.

Mi vida transcurría sin mayores contratiempos; me acuerdo de que tenía un cuarto lleno de juguetes de madera y que papá me llevaba todos los días a la escuelita pública. Muchas veces, de vuelta a casa, papá se detenía en el negocio del herrero. Lo recuerdo claramente porque me enfurecía que me confundiera con una niña por mi largo cabello. Ellos solían hablar de política y de los rumores sobre una posible invasión alemana. En aquel momento nadie podía imaginar lo que estaba por suceder y cómo la vida de todos daría un giro dramático.

Y así fue. El 10 de mayo de 1940 el ejército alemán cruzó el río Mosa justo por Sedán, iniciando con ello la ocupación de Francia. Sé que para ese entonces mi padre ya se había enrolado en el ejército francés. Formaba parte de la Legión Extranjera, una rama de la milicia que incorporaba en sus filas a reclutas de distintas nacionalidades; eran los soldados de infantería conocidos como legionnaires. Papá estaba en primera línea y tocaba el tambor para alentar a los combatientes, hasta que se producía el enfrentamiento.

Junto a mis padres.

En Sedán a la edad de 6 años.

En Sedán a los 6 años vestido con la ropa que me hacía mi mamá.

Yo en 1940.

Papá visitándonos en Sedán en uno de sus permisos.

Mi papá en la parte inferior derecha con sus camaradas de la Legión Extranjera el 11 de noviembre de 1939.

Mi padre con sus compañeros de infantería.

En cuanto la Luftwaffe comenzó a bombardear la ciudad, recogimos algunas pertenencias, entre ellas la máquina de coser, y junto a mi mamá y un primo lejano de nombre Michel, iniciamos la huida. Éste era el hijo del primo mayor de mi mamá, el que los había convencido de irse a Sedán.

Estaba próximo a cumplir los siete años. Escapamos en pleno bombardeo. Todos queríamos ir hacia el sur. La gente iba por las carreteras con colchones, carretillas… y a medida que avanzábamos podía ver por la ventana del auto cuerpos mutilados a lo largo del camino. Mi primo aceleraba lo máximo posible para alejarse del alcance de las bombas. La ciudad y los alrededores quedaron totalmente destruidos.

Fue un viaje largo y tortuoso. Michel tenía que parar a cada rato porque el motor se recalentaba. En el trayecto me enfermé de bronquitis y sufrí una crisis de asma. Estaba muy mal y mi mamá tomó la decisión de parar en Limoges. Nos refugiamos en una casa vieja y fue a buscar ayuda. Regres

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