El arcoíris de Alondra

Christel Guczka

Fragmento

El arcoíris de Alondra

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DE NUEVO ESTOY CASTIGADA. Esta vez mi maestra no pudo entender que si me salté la barda del patio trasero fue para rescatar la pelota con la que estábamos ganando el partido de fut durante el recreo. No pasó ni un minuto desde que se voló el balón para que me esperara tras la reja, con tremenda carota: «¿Cuándo te portarás como una niña?», fue lo que me dijo mientras mis amigos me miraban a lo lejos.

Luego de recibir el reporte que tengo que regresar mañana, firmado por mis papás, me mandó a mi banca a resolver todo un capítulo del libro de ecuaciones. Al menos no me llevó al salón de maestros para estar vigilada, como cuando tuve el mal tino de torcerle el brazo a un chico de sexto cuando me levantó la falda o la vez que se me ocurrió participar con un papel masculino en la obra de teatro escolar.

Ya imagino la impresión de mamá cuando se entere de este nuevo castigo y me repita los buenos modales de una señorita. Sin embargo, papá esperará el mejor momento para escuchar mi versión de los hechos y me recordará que quizá no siempre les agrade a los otros, pero que lo más importante es que me cuide en todo sentido.

Aunque abro el libro en la página diecisiete e intento concentrarme en las multiplicaciones, no tengo cabeza para eso. Escucho los gritos emocionados de mi equipo y no puedo evitar asomarme por la ventana para disfrutar el juego a lo lejos. De pronto, unos pasos se acercan por el pasillo. Corro hasta mi pupitre y comienzo a pensar una explicación lógica para la maestra, quien seguramente viene a revisar mis avances. Entonces se abre la puerta y, cuando estoy a punto de dar mi discurso sobre la dificultad de los ejercicios, aparece un chico de cabello rubio ensortijado, con pecas en las mejillas, arrastrando su morral. Apenas me dirige una mirada veloz antes de sentarse en la primera banca libre que encuentra y sacar una libreta en la que empieza a dibujar.

¿Un compañero nuevo a la mitad del año escolar?, esto sí que es extraño. De modo que intento romper el hielo.

—Hola, soy Alondra, ¿tú cómo te llamas? —sin embargo, el silencio es su única respuesta. Ni siquiera voltea a verme—, ¿de qué escuela vienes? —pero nada. Es como si yo no existiera, sólo parece importarle lo que traza en el papel.

De pronto, la chicharra suena; el recreo ha terminado y poco a poco van entrando mis compañeros a ocupar sus lugares.

—Bien, niños, todos sentados —nos ordena miss Valeria—. Hoy tenemos a un nuevo alumno en el grupo: Aimar Rivera Bracho.

Los cuchicheos no se hacen esperar: «Se me hace que lo reprobaron en su otra escuela y por eso está aquí», «A lo mejor es sobrino de la directora, porque se saludaron con mucha familiaridad», «¿No será que es un espía que la maestra trajo para vigilarnos?», «¡Qué guapo está!», puf… lo único que yo pienso es que es el niño más insoportable que he conocido.

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10 y 11
avión

«Lloras como niña», «maricón», «pórtate como hombrecito», son algunas de las frases que escucho cuando muestro mis verdaderos sentimientos. Y no entiendo por qué no puedo asustarme, darle un beso de cariño a un amigo o no ser lo suficientemente fuerte para hacer cosas que otros dicen que debo hacer «como niño». ¿Lo que hacen las niñas es malo?

Mateo dice que las niñas son unas chillonas. Pero él también llora cuando le duele la panza .

Thiago insiste en que a las niñas les gusta jugar con muñecas. Pero él también lo hace con su nueva colección de superheroínas.

Mi tía dice que traer el cabello largo es femenino. ¿Entonces nuestro maestro de Música, por traerlo así, se comporta como niña?

Dicen que sólo las niñas se ponen vestidos. Pero la otra vez pasaron en la tele que, en otros países, no está mal que los hombres y los niños se pongan faldas.

Parece que ser niña o niño en cada par te del mundo es diferente. Lo que yo entiendo es que niñas y niños podemos compartir los mismos sentimientos, actividades, ropa, gustos, temores o habilidades sin dejar de ser lo que somos.

Lucio Cáceres (diez años)
Córdoba, Argentina

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El arcoíris de Alondra

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A MÍ ME DAN MIEDO LAS ENFERMEDADES, no me gusta pensar que mis padres me faltarán un día… y es que mamá está en una lista de espera para cambiar de corazón. El doctor nos ha dicho que el suyo es frágil y en cualquier momento se podría detener. Pero papá me ha dicho que a lo único que debo temerle es a contagiarme de ideas rígidas que limiten mi vista, mis oídos y mi sentir.

He intentado imaginarme quién sería el ideal en la familia para regalarle su corazón a mamá, pero lo cierto es que hay pocas opciones. El tío Moy, de tan viejito, apenas nos recuerda; mi prima Hilda está por casarse y muy lejos de aquí, y ni qué decir de mi padrino, que tiene dos niñas más chicas que yo y nos visita poco. La última que se me ocurre es la hermana de papá, he convivido tan poco con ella que hasta me cuesta trabajo decirle tía. Lo único que apenas recuerdo de ella es su voz cuando habla por teléfono a la casa para felicitar a papá en su cumpleaños o a mí en el mío. Pero no siempre la escucho, menos aun cuando es mamá quien le contesta y, con cualquier frase cortante, le cuelga antes de que la llamada llegue a su destinatario. Nunca he sabido por qué le cae mal, la tía Sara es amable y sé que quiere mucho a papá, al igual que él a ella.

Sara es unos años más joven que papá y, al parecer, eran muy unidos hasta que mis padres se casaron y ella se fue a vivir a un pueblo cercano.

A lo mejor si mamá y ella comparten corazón, sea más fácil que se vuelvan amigas.

Aunque si

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