Dime qué escondes

Roald Dahl
Karen M. McManus

Fragmento

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1
BRYNN

—¿Cuál es tu crimen favorito?

La chica que está sentada a mi lado en la amplia zona de recepción lo pregunta en un tono tan animado y exhibe una sonrisa tan radiante que estoy segura de haberla oído mal.

—¿Mi qué favorito? —pregunto.

—Tu crimen —contesta, todavía sonriente.

Vale. La he oído bien.

—¿En general o…? —la tanteo.

—Del programa —dice con una nota de impaciencia en la voz. Con razón. Debería haberla entendido a la primera, teniendo en cuenta que estamos en las oficinas provisionales de Móvil.

Intento recuperar la compostura.

—Ah, sí, claro. Es difícil elegir uno. Son todos tan… —¿Cuál es la palabra correcta en este caso?—. Interesantes.

—Yo estoy obsesionada con el caso Story —dice y, ¡bum!, allá va. Me alucina la cantidad de detalles jugosos que recuerda de un programa que se emitió hace más de un año. Es toda una experta en Móvil, a la vista está, mientras que yo acabo de aterrizar en la crónica negra. A decir verdad, no esperaba conseguir una entrevista para estas prácticas. Mi solicitud fue… poco convencional, por decirlo de manera suave.

La desesperación infunde valor y tal.

Hace menos de dos meses, en octubre de mi último año de secundaria, mi vida discurría según lo planeado. Vivía en Chicago, era la jefa de redacción del periódico escolar y había solicitado plaza por adelantado en la universidad de mis sueños, la del Noroeste. Dos de mis mejores amigas pensaban quedarse también en la ciudad y soñábamos con alquilar un piso juntas. Y entonces se encadenó una sucesión de desastres. Me despidieron del periódico, me pusieron en la lista de espera de la universidad y mis padres me informaron de que la empresa en la que trabaja mi padre lo trasladaba de nuevo a la sede central.

Y eso implicaba volver a mi ciudad natal, Sturgis, en Massachusetts, y mudarme a la casa que mis padres le habían alquilado a mi tío Nick cuando nos marchamos. «Será un nuevo comienzo», me dijo mi madre, olvidando muy oportunamente que hace cuatro años yo estaba desesperada por largarme de allí.

Desde entonces busco por todas partes unas prácticas que animen a la Universidad del Noroeste a reconsiderar mi solicitud. Las diez primeras notas de rechazo no eran más que cartas modelo, breves e impersonales. Nadie tenía las narices de decirme lo que pensaba en realidad: «Querida señorita Gallagher: Habida cuenta de que su artículo más visitado como jefa de redacción del periódico escolar era una colección de fotos con toda clase de penes, no la consideramos una candidata apta para este puesto».

Hablando claro, yo no seleccioné ni publiqué las fotos de las pollas. Solo soy la pringada que no echó la llave a la puerta de la redacción y olvidó cerrar sesión en el portátil principal. Pero da igual, porque mi nombre figuraba en la firma del artículo que fue reenviado mil veces y que finalmente acabó en BuzzFeed con el titular «Escándalo escolar en Chicago: ¿travesura o pornografía?».

Ambas cosas, obvio. Después de siete rechazos corteses, se me ocurrió que, si algo así aparece en la primera entrada de Google al introducir tu nombre, no tiene sentido tratar de esconderlo. Cuando me presenté para las prácticas de Móvil, opté por una táctica distinta.

La chica que tengo al lado sigue hablando. Se ha enzarzado en un análisis exhaustivo hasta la saciedad de la saga familiar de los Story.

—¿Dónde estudias? —me pregunta. Viste una cazadora de motorista muy chula con una camiseta de motivos gráficos y vaqueros negros, y me consuela que llevemos indumentarias parecidas—. Yo estudio segundo en Emerson. Un grado en Comunicación Audiovisual con mención en Periodismo, pero es posible que me cambie.

—Yo todavía estoy en el instituto —le digo.

—¿En serio? —Abre los ojos como platos—. Vaya, no sabía que los alumnos de instituto pudieran optar a estas prácticas.

—A mí también me sorprendió —confieso.

Móvil no formaba parte de la lista de lugares posibles para hacer prácticas que confeccioné con ayuda de mi antigua asesora académica. Mi hermana de catorce años, Ellie, y yo nos topamos con esta posibilidad cuando inspeccionamos Boston.com. Antes de que buscáramos Móvil en Google, no sabía que la presentadora, Carly Diaz, se había mudado temporalmente a Boston desde Nueva York para estar cerca de un progenitor enfermo. Móvil no está en boca de todos precisamente, pero es un espacio de crónica negra atrevido y con gancho. Ahora mismo el programa se emite desde una pequeña emisora de televisión pública, pero corren rumores de que alguna de las grandes plataformas le ha echado el ojo.

El artículo del Boston.com se titulaba «Carly Diaz marca y rompe sus propias reglas» e iba acompañado de una foto de ella enfundada en una gabardina rosa fucsia y plantada con los brazos en jarras en mitad de Newbury Street. No parecía de esas personas que te mirarían mal por un descalabro público; más bien de esas que te animarían a asumirlo con orgullo.

—Así pues, ¿trabajas para el periódico de tu instituto? —pregunta la chica.

Eso, tú hurga en la herida, chica de Emerson.

—No, en la actualidad, no.

—¿Ah, no? —Frunce el ceño—. Entonces ¿cómo…?

—¿Brynn Gallagher? —me avisa la recepcionista—. Carly quiere verte.

—¿Carly? —Los ojos de la chica de Emerson se agrandan y yo me pongo de pie a toda prisa—. Qué fuerte. No sabía que hiciera entrevistas en persona.

—Que sea lo que tenga que ser —digo. De repente, la chica de Emerson y sus interminables preguntas se me antojan territorio seguro y le sonrío como si fuera una vieja amiga mientras me cuelgo la mochila al hombro—. Deséame suerte.

Me dedica un gesto de ánimo con los pulgares hacia arriba.

—Tú puedes.

Sigo a la recepcionista por un pasillo corto y estrecho a una gran sala de reuniones con ventanales del suelo al techo que dan a Back Bay. Pero no me puedo concentrar en las vistas porque Carly Diaz se levanta de su silla en un extremo de la mesa con una sonrisa megarradiante y me tiende la mano.

—Brynn, bienvenida —dice.

Estoy tan aturullada que casi le respondo diciendo «de nada», pero me muerdo la lengua justo a tiempo.

—Gracias —digo, estrechando su mano—. Es un placer conocerla.

La palabra «inmensa» acude a mi pensamiento, aunque Carly sería minúscula de no ser por sus tacones de diez centímetros. Sin embargo, irradia energía, como si estuviera iluminada por dentro. Su cabellera oscura es abundante y lustrosa hasta extremos imposibles, lleva un maquillaje impecable y luce un vestido tan sencillo pero elegante que me entran ganas de tirar a la basura todo mi guardarropa y empezar de nuevo.

—Por favor, siéntate —dice Carly a la vez que se acomoda de nuevo en la silla. La recepcionista vuelve discretamente al pasillo—. Sírvete una bebida, si te apetece.

Hay vasos de cristal delante de nosotras, flanqueando una jarra llena hasta el borde de a

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