Isadora Moon 11 - Isadora Moon y la poción rosa

Harriet Muncaster

Fragmento

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Era viernes por la tarde y yo estaba tan contenta sentada en mi pupitre, con Pinky echándose la siesta en mi regazo. La señorita Guinda nos dio entonces una noticia preocupante.

—El lunes por la mañana —dijo— tendréis examen de matemáticas.

Se me hizo un nudo en el estómago.

¡Un examen! Odiaba los exámenes.

—Quiero que paséis el fin de semana repasando las tablas de multiplicar —nos dijo.

Miré a mi mejor amiga, Zoe, que estaba sentada en el pupitre de al lado, pero no parecía nada preocupada. Además, a Zoe se le da bien todo. A mí las matemáticas es la asignatura que menos me gusta de todas, y me cuesta mucho recordar las tablas de multiplicar.

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Estaba desanimadísima mientras guardaba los libros en la mochila para volver a casa.

—¿Qué te pasa? —preguntó Zoe cuando salíamos al patio.

—Estoy un poquito preocupada por el examen —reconocí—. Las hadas vampiros no somos muy buenas en matemáticas.

—¡Te saldrá bien, Isadora! —dijo Zoe, y estornudó en un pañuelo—. De todas formas, las tablas de multiplicar son muy fáciles.

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—¡Para ti! —dije—. ¡A ti se te dan muy bien!

—Es porque las repaso mucho —dijo Zoe—. Mamá me compró un CD especial con canciones sobre las tablas. Y las escuchamos todas las mañanas en el coche. Las matemáticas pueden ser muy divertidas si les das una oportunidad. ¡Juntar números es como resolver acertijos!

Fruncí el ceño.

—Si quieres, te lo presto —dijo Zoe amablemente—. Yo ya me lo sé de memoria.

—Oh, no, no te preocupes —dije rápidamente. La idea de escuchar canciones sobre las tablas me ponía todavía más nerviosa. ¡No me apetecía nada!

Zoe se encogió de hombros.

—Llámame este fin de semana si cambias de idea —dijo—. ¡Oh, mira! ¡Ahí está mi mamá! ¡Adiós, Isadora! —Y después echó a correr por el patio.

Fui caminando lentamente hasta donde estaba la mía, con mi hermanita bebé Flor de Miel. Mi mamá es un hada, y yo sabía que no entendería mucho de exámenes de matemáticas. En la escuela de hadas hay asignaturas muy diferentes: mover la varita, buscar setas y hacer ballet, sobre todo.

—¡Hola, cariño! —dijo sonriendo cuando corrí hacia ella—. ¿Qué tal el día?

—Bien —dije, decidiendo que no tenía sentido contarle lo del examen—. Ha sido el cumpleaños de Bruno. ¡Y ha traído una tarta!

—¡Qué maravilla! —comentó mamá mientras nos poníamos a andar hacia las puertas y salíamos del cole.

—Era de fresa —dije.

Mientras caminábamos, yo continué contándole cosas que habían pasado ese día. Aunque no podía quitarme de la cabeza el examen. No había manera de librarme de él, a no ser que estuviera enferma el lunes. … ¡A no ser que estuviera enferma el lunes!

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Mamá empezó a contarme todas las cosas graciosas que había hecho Flor de Miel, pero yo solo la escuchaba a medias. Mi mente no paraba de dar vueltas. ¿Me atrevería de verdad el lunes a fingir que estaba enferma?

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No… ¡Nunca podría hacer algo así!

… ¿O sí?

En cuanto llegué a casa, fui directa a la cocina para tomar mi merienda favorita: una tostada con mantequilla de cacahuete. Papá ya se había despertado de su sueño diurno. Es un vampiro, así que duerme un montón durante el día. Estaba sentado a la mesa, bebiendo su zumo rojo favorito.

—¿Has tenido un buen día en el colegio, Isadora? —preguntó.

—Sí, gracias, papá —respondí—. Me gustaría saber si puedo llamar a Mirabella.

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—¿Mirabella? —repitió mamá con un poco de desconfianza.

Mirabella es mi prima. Es mitad hada y mitad bruja, y muy traviesa.

A menudo me mete en líos, incluso sin quererlo, pero aun así me encanta pasar tiempo con ella. ¡Es muy divertida!

—No he hablado con ella desde hace tiempo. ¿Puedo? ¿Por favor? ¡Es viernes!

—Bueno… —respondió mamá.

—No veo por qué no —dijo papá.

En cuanto terminé la merienda, fui corriendo al pasillo, donde está la bola de cristal. Mamá movió la varita sobre la bola, murmurando el número de Mirabella, y la bola brilló con una luz rosa.

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La niebla empezó a dar vueltas dentro del cristal y me quedé mirando sus profundidades con mucha emoción.

Sabía que justo en ese momento… ¡estaría sonando en casa de Mirabella! Ojalá estuviera en casa. Después de unos minutos, la niebla se esfumó y de pronto pude ver la cara de mi tío Alvin en el interior de la esfera.

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—¡Ah! —dijo—. ¡Cordelia! Mi querida hermana. ¿Cómo estás?

Mamá y el tío Alvin se pusieron a charlar, y yo me puse a dar saltos con impaciencia, esperando a que acabaran. Al final, mamá dijo:

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