La hechicera (Crónicas de la Prehistoria 4)

Michelle Paver

Fragmento

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La víbora se deslizó por la ribera del río hasta que su estilizada cabeza llegó al agua. Torak se detuvo a unos pasos para dejarla beber.

Le dolían los brazos de llevar la cornamenta de ciervo rojo, de modo que la dejó a un lado y se acuclilló entre los helechos para observar. Las serpientes son sabias y conocen muchos secretos. Quizá aquélla lo ayudara a lidiar con el suyo.

La víbora bebió a sorbitos pausados. Levantó la cabeza y evaluó a Torak, metiendo y sacando la lengua para percibir su olor. Luego se enroscó hábilmente para retroceder y desapareció entre los helechos.

No le había dado ninguna señal.

«Pero no necesitas ninguna señal —se dijo el chico con hastío—. Ya sabes qué tienes que hacer. Díselo sin más. En cuanto vuelvas al campamento, di simplemente: “Renn, Fin-Kedinn, hace dos lunas ocurrió algo. Me sujetaron y me hicieron una marca en el pecho. Y ahora…”»

No. Eso no servía de nada. Imaginaba la cara de Renn. «Soy tu mejor amiga… ¡y has estado mintiéndome dos lunas enteras!»

Apoyó la cabeza entre las manos.

Al cabo de un rato oyó un susurro de hojas, y al alzar la mirada vio un reno en la ribera opuesta. Estaba plantado sobre tres patas y se rascaba con furia la incipiente cornamenta con una pezuña trasera. El instinto le dijo que Torak no estaba cazando, por lo que siguió rascándose. Las astas le sangraban; el picor debía de ser tan tremendo que el único alivio era conseguir que doliesen.

«Eso debería hacer yo —pensó Torak—. Arrancármelo. Para que me duela. En secreto. Así nadie tendrá que saberlo jamás.»

El problema era que, incluso si se atrevía a llevarlo a cabo, de nada serviría. Para librarse del tatuaje, debería realizar el rito apropiado. Se lo había dicho Renn, a quien había acudido con rodeos, utilizando como excusa los tatuajes en zigzag que ella lucía en la muñeca.

—Si no llevas a cabo el rito —le contó su amiga—, las marcas vuelven a aparecer.

—¡¿Que vuelven a aparecer?! —se horrorizó Torak.

—Por supuesto. No puedes verlas porque quedan en el tuétano, pero siguen estando ahí.

De manera que así acababa todo, a menos que consiguiera que Renn le dijese cómo se hacía el rito sin revelarle por qué necesitaba saberlo.

El reno se sacudió con irritación y se internó trotando en el Bosque, y Torak recogió la cornamenta y emprendió el camino hacia el campamento. Era un hallazgo afortunado, lo bastante grande para que todos en el campamento obtuvieran un trozo, e ideal para elaborar anzuelos y martillos para partir sílex. Fin-Kedinn se alegraría. Torak trató de concentrarse en eso.

No funcionó. Hasta entonces no había comprendido cuánto puede un secreto separarte de los demás. Pensaba en ello constantemente, incluso cuando iba de caza con Renn y Lobo.

Estaban a principios de la Luna del Ascenso del Salmón y un viento cortante del este arrastraba un intenso olor a pescado. Al abrirse paso entre los pinos, las botas de Torak aplastaban esquirlas de corteza de árbol desparramadas por los pájaros carpinteros. A su izquierda, el Río Verde parloteaba tras su largo encierro bajo el hielo, mientras que a su derecha una pared de roca se elevaba hasta Cresta Rota. Tenía marcas aquí y allá, donde los clanes habían arrancado con sus cuchillos la pizarra roja que daba suerte en la caza. Oyó el tintinear de piedra contra piedra. Alguien estaba extrayendo pedazos.

«Ése debería ser yo —pensó—. Debería estar fabricándome un hacha nueva. Debería estar haciendo algo.»

—Esto no puede seguir así —dijo en voz alta.

—Tienes razón —contestó una voz—. No puede seguir así.

Estaban agazapados en un saliente a diez pasos sobre él: cuatro chicos y dos chicas que lo miraban con furia. Los del Clan del Jabalí llevaban el cabello hasta los hombros y con flequillo, colmillos colgados al cuello y manto de tieso pellejo. Los del Sauce llevaban tiras de corteza cosidas en espirales a sus jubones y tres hojas negras tatuadas en la frente como un ceño permanente. Todos eran mayores que Torak. Los chicos lucían barbas ralas, y bajo los tatuajes de clan de las chicas, una corta línea roja indicaba que ya habían tenido su primera luna de sangre.

Habían estado extrayendo pizarra: Torak advirtió polvo de piedra en sus pellizas de piel de ciervo. Justo al frente vio una escala de troncos con muescas para afianzar los pies, que habían apoyado contra la pared de roca para subir hasta la cornisa. Pero la pizarra ya no les interesaba.

Torak los miró, confiando en no parecer asustado.

—¿Qué queréis?

Aki, el hijo del líder del Clan del Jabalí, indicó con la cabeza la cornamenta que cargaba.

—Esas astas son mías. Déjalas en el suelo.

—No, no son tuyas —repuso Torak—; las he encontrado yo. —Para recordarles que no estaba indefenso, se ajustó el arco en el hombro y se llevó una mano al cuchillo de pizarra azul, en la cadera.

Aki no se mostró impresionado.

—Son mías.

—Lo que significa que tú las has robado —añadió una chica del Clan del Sauce.

—Si eso fuera verdad —le dijo Torak a Aki—, habrías puesto tu marca en ellas y yo no las habría tocado.

—La puse. En la base. Tú la has borrado.

—Por supuesto que no he hecho eso —replicó con hastío. Entonces vio lo que debería haber visto antes: un borrón de sangre de tierra en la base de cada asta, donde habían dibujado un colmillo de jabalí. Le ardieron las orejas—. No las había visto. Y yo no las he borrado.

—Entonces déjalas en el suelo y lárgate —intervino un chico llamado Raut, que a Torak siempre le había parecido más justo que la mayoría. No como Aki, que andaba buscando pelea.

Torak no tenía ganas de darle ese gusto.

—Muy bien —dijo con firmeza—. He cometido un error. No he reparado en las marcas. Tuyas son.

—¿Piensas que la cosa es tan sencilla? —preguntó Aki.

Torak soltó un suspiro. Se había topado antes con Aki. Un bravucón, no muy seguro de su condición de líder y ansioso por demostrar con los puños que sí lo era.

—Te crees especial porque Fin-Kedinn te acogió, puedes hablar con los lobos y eres un espíritu errante —continuó el Jabalí, con una mueca de desdén. Se rascó el escaso vello de su barbilla, como para asegurarse de que continuaba allí—. La verdad es que sólo vives con los Cuervos porque tu propio clan nunca se ha acercado a ti. Y Fin-Kedinn no confía en ti lo suficiente para hacerte su hijo adoptivo.

Torak apretó los dientes.

Miró alrededor con disimulo. El agua del río estaba demasiado fría para lanzarse a nadar; además, tenían canoas en la ribera. Eso significaba que tampoco podía echar a correr río arriba, ni de vuelta por donde había llegado: se vería atrapado en el sitio donde el Río Verde confluía con el Palo de Hacha. Y no había ayuda a su alcance. Renn estaba en el campamento de los Cuervos

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