Empieza, sigue o déjalo / Start, Stay or Leave

Trey Gowdy

Fragmento

Empieza, sigue o déjalo

INTRODUCCIÓN
Decisiones, decisiones

Sólo recuerdo dos cosas de mi ceremonia de boda. Recuerdo que traté de quitarme los guantes para que mi novia pudiera deslizarme el anillo en el dedo a pesar de que ella me había dicho no menos de mil veces que me lo iba a poner por encima del guante (Dios mío ¡nada le daba risa!). Pero el pesar por esa decisión poco afortunada no duró mucho. El otro recuerdo que tengo de la boda sí me pesó durante décadas y todavía me pesa de vez en cuando.

Al final de la ceremonia, nuestro maravilloso y muy querido pastor dijo: “Ahora les presento al señor y la señora Trey Gowdy. Él ocupará algún día la mansión del gobernador y ella será nuestra primera dama”.

Yo tenía veinticuatro años. Aun me faltaba una semana para presentar el examen de habilitación para el ejercicio de la abogacía, y ni siquiera había tenido mi primer trabajo legal. Pero las expectativas quedaban establecidas. Unas bastante altas. Frente a toda nuestra familia, amigos y conocidos en la iglesia en la que crecimos. Era una expectativa que no imaginaba yo que podía alcanzar. Ojalá hubiera dicho: “Algún día Terri será gobernadora y Trey el primer caballero”.

A eso sí hubiera podido contribuir.

Ese día y durante toda la época que siguió, dejé que otros dijeran cómo se esperaba que fuera mi vida. Tal vez habría que considerarlo como un comentario gracioso e inofensivo, y en efecto lo era. Quizá como una meta a la que aspirar y nada más. Eso debí haber hecho yo, pero no lo hice. Dejé que otros definieran qué era el éxito durante demasiado tiempo en mi vida y pasé muchos años buscando cumplir expectativas ajenas. Ese no es el único ejemplo de cómo dejé que otros trazaran mi rumbo, pero es uno que aún recuerdo treinta años después.

Algunos mueren intentando cumplir expectativas ajenas. Una condena a la que se someten de por vida. Yo estaba en ese camino. Así que quiero hacer una pregunta. La que debí hacerme hace mucho.

“¿Cuál es el estándar según el cual juzgas que una vida está bien vivida?”.

Algunos creen que la vida está definida por su trabajo: su trayectoria profesional, lo alto que han ascendido en una empresa, o lo felices que son con su trabajo. Otros la miden por la calidad de sus relaciones con amigos y familiares. Para algunos, los estudios y un deseo incesante de conocimiento son lo que le da sentido a la vida. O tal vez nuestra historia la cuentan en verdad nuestros álbumes de fotos y las secciones de fotos de nuestros teléfonos, revelando quiénes somos y qué valoramos.

Durante la mayor parte de mi vida, evalué mi importancia por el trabajo que hacía y su calidad. Creía firmemente que los demás podían juzgar que mi vida era “exitosa” si conseguía “tal o cual” trabajo o dominaba “tal o cual” conjunto de responsabilidades. A través del trabajo, pensaba yo, podía demostrarle al mundo mi valor.

Cuando con bastante frecuencia los cargos, los títulos y las responsabilidades no se ajustaban a las expectativas que me había fijado —o que había dejado que otros me fijaran—, mi recurso alternativo eran mis relaciones sociales. Podía recurrir al éxito por asociación ya que muchos de mis amigos eran más notables que yo.

No es la forma ideal de abrirse camino en la vida, pero debo confesar que así me manejé durante más de la mitad de mi existencia.

He llegado a darme cuenta de que algo de mayor alcance es lo que unifica la vida. Hay un vínculo inherente entre los trabajos que aceptas y los que no; las personas con las que entablas amistad y las relaciones a las que les pones fin; los estudios que eliges y las aficiones que persigues. Cada una de esas búsquedas se inicia, se alimenta, se amplía o quizás se interrumpe por las “decisiones” que tomas.

Si crees que la vida se define principalmente por tu trayectoria profesional, piensa en las innumerables decisiones que dan forma a ese recorrido. Tienes que decidir en qué campo quieres trabajar. Tienes que decidir dónde solicitar trabajo y qué oferta aceptar. Tienes que decidir en qué momento dejar un trabajo y cuándo es mejor seguir en él.

Si crees que la esencia de la vida radica en las relaciones que tienes y las amistades que haces, tienes que tomar la decisión de hacerte amigo de alguien o tomar la decisión de aceptar su oferta de amistad. Y en el caso de las relaciones que no elegimos activamente —madre, padre, hermanos o hijos— decidimos cuan cercanos somos a ellos a lo largo de nuestra vida.

Para quienes llegan a la conclusión de que el sentido de la vida se consigue a través de lo que aprendemos —formalmente o no—, y en cómo nos formamos, algunas decisiones preceden a esa educación: en qué escuela estudiar, qué estudiar, cuán aplicados seremos, qué estudiaremos o leeremos después de que hayamos culminado nuestra educación formal.

Las decisiones —esos fundamentos invisibles— son el tema de este libro. Son los ladrillos con que se construye la vida. Tienen que ver con todas las áreas de nuestra vida y trazan su rumbo. Concluí que, si uno domina el arte de tomar decisiones logrará sin duda alguna labrarse una vida bien vivida.

No soy psicólogo ni orientador profesional. No soy estadístico ni adivino. Mis únicas credenciales son medio siglo de decisiones tomadas y no tomadas, y la vida que fluyó a partir de esas decisiones. He hecho algunas de las apuestas más arriesgadas y he sucumbido al miedo. He ganado y he perdido. Incluso he perdido al ganar y he ganado al perder. Tengo arrepentimientos lo mismo que hermosos recuerdos y a veces me cuesta distinguirlos.

A través de todo esto encontré que, las decisiones con más consecuencias en la vida se reducen a tres preguntas sencillas que me gustaría compartir con ustedes: ¿Empiezo? ¿Sigo? ¿O lo dejo?

La experiencia es una maestra maravillosa; solo que el curso que imparte es sumamente largo. ¡Ojalá pudiera volver atrás y tomar las decisiones de los primeros años de mi vida con todos los conocimientos y (posiblemente) la sabiduría que tengo ahora! A veces examino retrospectivamente mi camino sinuoso para distinguir si alguna vez tuve un plan o si las decisiones de mi vida fueron simplemente una serie de reacciones. ¿Elegí mi rumbo o dejé que otros —o más exactamente mi percepción de sus expectativas— tomaran las decisiones por mí?

Empecé a trabajar a los catorce años repartiendo periódicos a las cinco de la mañana en una motoneta. Ahora, media vida después, doy noticias por televisión los domingos por la noche y en pódcast los martes y jueves. Podría decirse que mi vida ha sido una especie de círculo —profesionalmente hablando—, aunque ir a trabajar a las siete de la noche dentro de un estudio de televisión es mucho mejor que empezar el día a las cinco de la mañana en una motoneta perseguido por perros.

¿Cómo se pasa de repartir periódicos a dar noticias, y considerarlo una vida productiva? Muchas, muchas decisiones fueron tomada

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