Crónica de la eternidad

Christian Duverger

Fragmento

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ÍNDICE

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Introducción

Primera parte: Los contornos del enigma

1. Una biografía minimalista

2. Los archivos de Bernal Díaz

La obra

Los archivos administrativos

La correspondencia

Los documentos judiciales

Un relevante aviso de expedición

Los documentos sucesorios

3. Entre lagunas y mentiras: ¿una vida usurpada?

4. El caso Gómara

Gómara, cronista prohibido

Gómara, ¿capellán de Cortés?

El testigo ocular contra el hombre de gabinete

Una lectura imposible

El enigma Jovio

El misterio Illescas

Díaz, aficionado a lo prohibido

5. ¿Una obra apócrifa?

La imposible cultura

La imposible memoria

No soy letrado

Segunda Parte: La resolución del misterio

1. Búsqueda de paternidad

2. Volver hacia una laguna biográfica: los últimos años de Cortés (1540-1547)

3. Cortés escritor. Valladolid: 1543-1546

La estrategia del secreto

La invención del conquistador anónimo

Lo escrito y lo oral: el espejo de Gómara

La génesis de la ‘Historia verdadera’

La Academia de Valladolid

4. La firma de Cortés en la 'Historia verdadera'

5. La vida póstuma del manuscrito

La muerte de Cortés, 1547

Gómara en busca de editor, 1547-1554

La vida del manuscrito en México: la conjura de los tres hermanos, 1562-1567

La vida del manuscrito en Guatemala: Bernal Díaz del Castillo, cronista a pesar suyo, 1568-1575

La vida del manuscrito en España: la edición de Alonso Remón, 1575-1632

El regreso del manuscrito a Guatemala: el tiempo de la clandestinidad, siglos XVII-XIX

6. La encarnación

Epílogo imaginario

Notas

Bibliografía

Referencias cronológicas

Índice analítico

Agradecimientos

Álbum de imágenes

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

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Para Alexa, Fréderic, Alexandre, Clément, Cédric, Delphine, Marine, Juliette, Diane, Arturo, Olivia, Agathe-Ixchel, Cyril-Cuauhtémoc y a Joëlle, para siempre.

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No ay cosa tan entera que no se desminuya; no ay cosa tan sana que no se estrague; no ay cosa tan rezia que no se quebrante; no ay cosa tan guardada que no se corrompa: todas estas cosas el tiempo las acaba y sepulta, sino a sola la verdad, la qual del tiempo y de todo lo que es en el tiempo triumpha.

FRAY ANTONIO DE GUEVARA, Libro áureo de Marco Aurelio, 1528

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INTRODUCCIÓN

En este principio del año de 1529, el invierno ha tomado posesión de Toledo. Un viento helado corre por las callejuelas en declive. El cielo está bajo y cargado. Amenaza con nevar. Es domingo.

La ciudad se apresura en la catedral para asistir a misa mayor. Los fieles esperan, sentados, la llegada del emperador. Desde hace ya seis meses, la Corte ha invadido Toledo, la rebelde, la antigua capital de los comuneros que se habían alzado en contra del joven poder de Carlos V. Un penetrante olor de incienso frío impregna las naves. Un rumor anuncia la llegada del soberano. Rodeado por una especie de guardia pretoriana en la que distinguimos entremezclados consejeros flamencos y miembros de la Grandeza de España, el rey avanza con dificultad. Cojea. Se dice que padece de gota. En un roce de abrigos, el soberano y sus cortesanos se sientan. Se hace el silencio. La misa puede comenzar. Pero en el momento en que un chantre con sobrepelliz entona la primera salmodia, un hombre vestido de negro entra por la puerta lateral y avanza con paso firme hacia la primera fila. Sin ser de gran estatura, proyecta buena prestancia. Irradia determinación.

De los pasillos fluyen murmullos: la asistencia está sorprendida. Algunos se levantan. Pero ¿quién es ese osado personaje que se permite entrar a la catedral después del rey? Helo aquí que se abre paso entre los cortesanos para ir a sentarse en un asiento vacío al lado del conde de Nassau, sentado éste a la izquierda de Carlos V. Ese hombre que públicamente desafía a su soberano es Cortés, el conquistador de México. Una leyenda viviente.

Unas semanas antes, el rey había venido con gran ceremonia en visita protocolaria al domicilio privado de Hernán Cortés de paso por España. Podría sorprendernos ese gesto de reconocimiento por parte de Carlos V. Pero tal era el equilibrio de fuerzas del momento: ambiguo. Heredero de Maximiliano de Austria, de Fernando de Aragón y de Isabel de Castilla, el rey de España encabeza extensísimos dominios. Pero su política es ilegible y puesta en tela de juicio. Sus tropas entraron en Roma en 1527, apreh

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