Cara o cruz: Hernán Cortés

Alejandro Rosas
Úrsula Camba Ludlow

Fragmento

Título

Bullicioso, dicharachero, guapo e inquieto. Sus coetáneos lo describen como un hombre de refranes y proverbios, diestro en el manejo de la espada y extraordinario jinete, pero también buen jugador de cartas y hombre de palabras convincentes. Tenía dos debilidades principales: el ansia de aventura y gloria, y el gusto por las mujeres.

Hijo único de dos extremeños pobres, estudió leyes durante dos años en la Universidad de Salamanca pero el estudio no era lo suyo, así que abandonó la universidad. Pero tampoco había demasiadas opciones para un hombre de su condición (hidalgo y pobre), así que embarcarse para América parecía la mejor salida para hacer fortuna. Pierde una primera oportunidad de embarcarse al Nuevo Mundo por enredarse en un lío de faldas con una mujer casada. Tiempo después, logra hacerse a la mar a los 19 años en una travesía plagada de peripecias que lo llevan a La Española (hoy República Dominicana).

Las principales acciones que aquí relataremos transcurren en un periodo cortísimo de tiempo, de 1518 a 1522. Escasos cuatro años que cambiarán la fisonomía política, económica, religiosa y cultural del mundo occidental para siempre. De hecho, los acontecimientos fundamentales y más trepidantes suceden en tan sólo dos años.

Cortés escribe en sus Cartas de relación a la Corona española sus impresiones de ese mundo prodigioso e inquietante, sus planes y sus justificaciones. Sabe que está ante una empresa de gran envergadura, que el mundo al que se enfrenta poco tiene que ver con los grupos que habitan Cuba y La Española. Sabe también que no hay tiempo que perder y que lo que describe no alcanza a retratar la grandiosidad y maravilla de la civilización a la que se enfrenta.

QUIEN NO SE AVENTURA, NO HA VENTURA

Un mundo sin internet, periódicos, radio ni TV, un mundo en el que una carta o una noticia podían tardar meses o años en llegar a su destinatario, o no llegar, nos resulta difícil de comprender. Un mundo en el que hacerse a la mar era producto de las ansias de aventura o de la más honda desesperación, del más elemental instinto de supervivencia.

Muchos de los hombres que vinieron a América (no eran necesariamente ladrones y asesinos como la Leyenda Negra ha intentado sostener) lo hicieron porque ya no había oportunidades para ellos en España. Los primogénitos heredaban todos los bienes del padre, así que los demás hijos debían buscarse el sustento por su lado o vivir para siempre a la sombra y bajo las órdenes del hermano mayor. Otros huyeron de la miseria, de un amor no correspondido, de una deuda de honor. Y otros, como Cortés, buscaban la fama, la fortuna, la aventura.

Bajo la creencia de que América estaba llena de oro y plata, los hombres se hicieron a la mar sólo para encontrarse con que las Antillas (Cuba y La Española) no tenían nada que ofrecer, al menos no como lo habían soñado. Ni oro ni plata ni riquezas ni mano de obra, ya que la población indígena había perecido a manos de los abusos de los españoles y víctima también de un sinfín de enfermedades para las que no tenía anticuerpos. Volver a España pobres y fracasados no era una opción, había que ir hacia lo desconocido, hacia las fronteras del mundo.

Historiadores señalan incluso que el verdadero descubrimiento de América sucedió tras el encuentro de Cortés con la civilización mexica. Una sociedad que suponía toda una estrategia de negociación y de cooptación, desconocida en América hasta el momento.

A DIOS ROGANDO Y CON EL MAZO DANDO

Comencemos por ubicar a los actores de este episodio tan sensible de la historia de México dentro de su entorno religioso, político y cultural. En el siglo XVI los hombres no separaban el ámbito de lo religioso, de lo político o de la esfera militar, de lo social y de las ideas religiosas.

Es imposible entender la personalidad del conquistador, la actuación de sus tropas o la postura de la Corona española tratando de separar esas esferas del pensamiento. Para los hombres de ese tiempo era perfectamente coherente hacer la guerra en nombre de Dios y derrotar y sujetar a los pueblos que no fuesen cristianos, la experiencia con los musulmanes da cuenta ello. Así el rey estaba representado por la conquista militar, mientras que la conquista espiritual representa el reino de Dios, y ambos son una sola cosa. Hay una polémica persistente entre quienes sostienen que la Conquista española sólo tuvo como motor, o como motor principal, la ambición desmedida, la avaricia, la obtención de oro y riquezas por encima de cualquier consideración moral; mientras que otros, en cambio, ponen como un primer motor la conquista espiritual de las almas de los indios. Separar ambas esferas es imposible. Podrían parecernos irreconciliables a la luz de nuestros códigos y valores. Para los hombres de aquel tiempo, no lo son. Las fórmulas de la época, las Cartas de relación o los relatos de los cronistas aluden al servicio de Dios y del rey, se dirigen a ambas majestades y muestran que son indisociables las esferas del monarca y la de la divinidad. De forma que no se puede analizar la religión o la devoción de manera aislada porque forma parte de un todo que da sentido y coherencia a las acciones y preocupaciones de los hombres de aquel tiempo.

Ya un año después del descubrimiento de América los Reyes Católicos se habían comprometido a enviar a esta tierra hombres de buenas costumbres, “honrados, temerosos de Dios, sabios y experimentados”, para instruir a los habitantes en la fe católica. La Conquista era efectivamente no sólo una empresa militar sino, de forma muy importante, un cometido espiritual. En efecto, las acciones que emprende Cortés están siempre encomendadas a Dios, y algo que llama la atención en su desempeño militar y luego político es la certeza de que la Divina Providencia obra en su nombre y en su favor, es decir, no sólo recibe la protección divina antes de acometer una batalla, sino que es Dios quien determina todo por encima de las voluntades, los descalabros y los esfuerzos.

Puede parecernos inverosímil, pero hay que recordar que uno de los eventos más importantes de finales del siglo XV para los coetáneos no es tanto el descubrimiento de una nueva tierra (América) como la reconquista de los territorios que habían estado durante siglos en manos de los musulmanes. En 1492 la alegría mayor para Isabel y Fernando está en la recuperación del reino de Granada, arrebatado a los nazaríes después de siglos de dominación musulmana, y no en el hallazgo de una nueva ruta para llegar a la India. Ese espíritu de la reconquista en tanto Guerra Santa une los móviles políticos y religiosos en la España de los siglos XV y XVI.

QUIEN SE MUDA, DIOS LE AYUDA

Tratemos de imaginar cómo era ese mundo en el que Cortés se había establecido. La población nativa de las Antillas había sido devastada tanto por las enfermedades como por los trabajos forzados a los que fue sometida. Para los europeos América representaba la promesa de una tierra fértil, de mano de obra abundante que les permitiría hacer

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