Cara o cruz: Francisco I. Madero (El debate de la historia)

Rosa Luisa Guerra Vargas
Edgar Rojano

Fragmento

Cara o cruz: Francisco I. Madero

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La llegada del siglo XX se pintaba en la mente de nuestros antepasados como una hermosa promesa, basta ver las curiosas representaciones que dan cuenta de cómo se imaginaba el futuro. No en vano Julio Verne había poblado la imaginación con ideas de la expansión de los alcances de los seres humanos. Y si somos justos, estamos en las décadas de grandes cambios que alteraban la vida cotidiana: el teléfono, el automóvil, la electricidad para iluminar y convertirse en fuerza motriz, el descubrimiento de la radioactividad, los rayos X; sin descartar cambios menos palpables, pero igualmente significativos: la conciencia de que las enfermedades infecciosas son causadas por diminutos seres y que la higiene es la primera barrera de defensa, ¡y manufactura de vacunas que inicia Louis Pasteur!

En Estados Unidos se ha denominado a este periodo Gilded Age (la época dorada) retratada con gran tino por novelistas como Edith Wharton. Coincide en Francia con el periodo denominado la Belle Époque y en Inglaterra con el periodo eduardiano, subsecuente al largo periodo victoriano. Aunque cada una de estas etiquetas refleja situaciones locales, hay ciertas constantes: contención de manifestaciones de violencia tanto interna como externa; surgimiento de expresiones artísticas muy variadas en la pintura y la literatura; divorcio entre la situación de precariedad económica de grandes grupos sociales frente al crecimiento de enormes fortunas particulares, evidente en la construcción de mansiones emblemáticas; un estira y afloja entre la concesión de derechos a grupos de trabajadores; eliminación del trabajo infantil, huelgas y tensiones sociales incluyendo la discusión del derecho a votar de las mujeres, entre muchas otras.

La versión a la mexicana de ese periodo sería, con sus reservas, el Porfiriato. Tanto los casos citados como el nuestro constituyeron un periodo de estabilidad después de graves enfrentamientos, como ocurrió con la Guerra Civil estadounidense o la guerra franco-prusiana en Europa, y se cierran eventos todavía más violentos. En 1910 sólo algún muy avispado observador hubiera anunciado los desastres por venir. Pocos imaginaron que en esa paz tensa se gestaba la masacre de la Primera Guerra Mundial, y las revoluciones en México y Rusia que estallaron en la segunda década del siglo XX. En el imaginario colectivo se ve a esos periodos con un aire de nostalgia que refuerza la idea de paz que no necesariamente se daba.

En el caso mexicano, la más clara evidencia de esta ceguera social que impedía ver la realidad que estaba por imponerse son las gloriosas fiestas del Centenario. Desde el inicio del siglo se habían ido preparando las fastuosas fiestas. Los países de todo el mundo habían enviado regalos como homenaje a un país que de lejos gozaba de orden y paz, que había superado terribles luchas intestinas, que había recibido a un emperador europeo y lo había devuelto en un sarcófago. Una nación que buscaba su lugar en el “concierto de las naciones”, como se dice por ahí. Una borrachera de ilusión envolvía al país en septiembre de 1910; dos meses después se vería envuelto en una serie de eventos sangrientos que se extendieron en distintas oleadas por más de una década.

Los problemas que aceleraron el estallido social se habían ido acumulando a lo largo de los años. Sin embargo, en 1908 se conjuntaron situaciones conflictivas que afectaron si no de manera severa, sí preocupante a la población menos favorecida. Algunas alteraciones climáticas provocaron pérdidas de cosechas, además se dieron bajas en las producciones mineras y manufactureras, se debilitó la demanda interna y externa. Esta crisis económica favoreció la irritación e indignación entre algunos sectores sociales que ya de por sí estaban inconformes con la situación. Las grietas aparecieron en el gobierno del adusto Porfirio Díaz, apenas superficiales, todavía se veía invencible.

El abuelo, sí, el mismísimo abuelo de Francisco Ignacio Madero, don Evaristo Madero, creía que su nieto era apenas un microbio que buscaba derrotar a un elefante. Seguramente, don Evaristo no leyó La guerra de los mundos de H. G. Wells publicada en 1898 para entender el poder destructivo de esos diminutos seres. Curiosamente, la “infección” que provocó la caída de Porfirio Díaz fue difundida por uno de los miembros de la clase más beneficiada por el Porfiriato. Al momento de su nacimiento, la familia de Madero ocupaba el quinto lugar entre las más ricas del país. A él, que era el primogénito del primogénito y estaba llamado a ser jefe de esa familia, se le dio la educación habitual entre esas grandes fortunas: fue a estudiar al extranjero. Así lo habían hecho los Escandón, los Amor y muchos otros miembros de la élite; cursaban en internados el equivalente a la educación primaria o secundaria, y, por supuesto, los estudios universitarios se realizaban en Europa o Estados Unidos.

Sin embargo, hubo un elemento —y una decisión personal de seguir ese camino— que fue determinante en la vida de Madero: la lectura casual del número de una revista de su papá, a partir de la cual entró al mundo del espiritismo, que fructificó a través de una profunda relación con la palabra escrita. Madero tomó decisiones, emprendió acciones y moldeó su vida para irse separando del destino que su nacimiento le había marcado como heredero y como hacendado-empresario, para recorrer el camino incierto de la política.

UNA LECTURA CAMBIÓ SU VIDA

La relación con la palabra escrita pocas veces es el ángulo desde el cual se reflexione sobre la vida de un personaje histórico. Sin embargo, lo que una persona lee y escribe —o si esas actividades no son parte de sus rutinas— contribuye a formar el criterio e incide en sus decisiones a lo largo de su vida.

Salvo algunas excepciones, los biógrafos no suelen profundizar en qué libros fueron importantes para sus biografiados, a no ser que se trate de escritores, porque se considera lógico que haya influencia en su trabajo. Sin embargo, es un tema relevante en la formación del criterio y de los principios que dan orden a una vida, el sentido amplio del logos griego, como palabra, discurso, razonamiento. Francisco I. Madero, gracias a cuanto se ha estudiado su vida y a los fondos documentales de su escritura, de sus discursos, de su correspondencia, ofrece la oportunidad de hablar precisamente desde la perspectiva de la palabra escrita.

Habría que hacer números, pero es probablemente el miembro del panteón heroico mexicano que más leyó y escribió a lo largo de su vida. Contamos con muchas pistas para pintar un panorama más o menos completo sobre la importancia que la palabra escrita tuvo en su vida y, hasta cierto punto, lo encaminó a su destino trágico.

Hacia 1873, cuando nace Francisco I. Madero, la escuela no estaba tan organizada como hoy en día. El jardín de niños era aún una idea que daba sus primeros pasos en Alemania y faltaban algunos años para que llegara a México. Las escuelas primarias no estaban sistematizadas con programas unificados. Así que como era tradición entre los que podían pagarlo, los chicos apren

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