Una fuerza para el bien

Daniel Goleman

Fragmento

Capítulo 1
Reinventar el futuro

La BBC —British Broadcasting Company— transmite su noticiario a todo el mundo. Las señales de onda corta llegan hasta Dharamsala —la remota ciudad del Himalaya— incluida su parte más alta, McLeod Ganj, donde vive Tenzin Gyatso, el 14° Dalai Lama.

El Dalai Lama comenzó a escuchar la BBC en Tibet durante su juventud y se cuenta entre sus más devotos oyentes. Dado que le otorga gran importancia a su confiabilidad como fuente de información, cuando está en casa la sintoniza siempre a las 5.30 a.m., la hora en que desayuna.

“Escucho la BBC todos los días, y las noticias me cuentan sobre asesinatos, corrupción, abuso, locura”, me dijo el Dalai Lama. La diaria letanía de injusticias y sufrimiento humano lo ha llevado a comprender que la mayoría de las tragedias causadas por el hombre son resultado de una sola deficiencia: la falta de piadosa responsabilidad moral.

En su opinión, nuestra moral debe señalarnos nuestras obligaciones para con los demás como reflejo de lo que desearíamos para nosotros mismos. Pero cualquier noticiario matutino puede servirnos como barómetro de la ausencia de ese timón moral. Las informaciones fluyen como un mar de negatividad que nos invade: niños cuyas casas son bombardeadas; gobiernos que suprimen brutalmente el disenso; devastación de áreas naturales. Oímos sobre ejecuciones sangrientas, invasiones, trabajo esclavo, incontables refugiados, trabajadores que no logran proveerse de vivienda y alimento. El listado de las faltas humanas parece interminable.

Hay en todo esto una rara sensación de déjà vu. Las noticias de hoy replican las del año anterior, la década anterior, el siglo anterior. Estos relatos de infortunio y tragedia solo son las actuales versiones de hechos muy antiguos, los errores más recientes en el curso de la historia.

Si bien podemos enorgullecernos de los progresos realizados durante ese largo trayecto, ante la persistencia de la destrucción y la injusticia, de la corrupción y la inequidad, no podemos sino angustiarnos.

¿Dónde están las fuerzas capaces de construir el mundo que deseamos?

El Dalai Lama nos insta a crearlas. Su perspectiva singular nos ofrece un claro sentido de la orientación equivocada que ha seguido la familia humana y de lo que podemos hacer para comenzar a recorrer una historia mejor que, en lugar de repetir constantemente las tragedias del pasado, enfrente los desafíos de nuestro tiempo con recursos internos para modificar el relato. Él es capaz de imaginar el necesario antídoto: una fuerza para el bien.

Más que cualquiera de las personas que he tratado, el Dalai Lama encarna y promueve esa fuerza. Lo conocí en los años ochenta, a lo largo de las décadas lo he visto en acción docenas de veces, siempre expresando algún aspecto de su mensaje , y ha pasado horas detallando para este libro esa fuerza para el bien que él imagina.

Esa fuerza comienza por contrarrestar las energías de la mente que impulsan nuestra negatividad. Para evitar que el futuro vuelva sobre las huellas del pasado el Dalai Lama nos dice que debemos transformar nuestra mente, debilitando la influencia de nuestras emociones destructivas y fortaleciendo así lo mejor de nuestra naturaleza.

Sin ese cambio interior somos vulnerables a reacciones instintivas como la ira, la frustración y la desesperanza, que solo nos conducen a los mismos infortunados senderos. Pero con este cambio interior positivo podemos encarnar más naturalmente el interés por los demás y actuar con piedad, la esencia de la responsabilidad moral. De esta manera nos preparamos para llevar a cabo una misión más amplia con una nueva claridad, calma y compromiso. Así seremos capaces de afrontar asuntos que parecen inextricables: la corrupción de los dirigentes, la desidia de las elites, la codicia y el egoísmo como principio rector de las acciones, la indiferencia de los poderosos hacia los indefensos.

La visión del Dalai Lama aspira a que una revolución social que comience en nuestra mente evite los callejones sin salida con que se toparon anteriores movimientos en pos de un mundo mejor. Pensemos, por ejemplo, en el mensaje de Rebelión en la granja, la premonitoria parábola de George Orwell. La obra nos habla de la manera en que la codicia y el ansia de poder corrompen las “utopías” que deberían derrocar a los déspotas y ayudar a todos por igual. Y que, por el contrario, recrean los desequilibrios de poder y las injusticias del pasado que habrían debido erradicar.

El Dalai Lama observa nuestros dilemas a través de la lente de la interdependencia. En palabras de Martin Luther King: “Estamos ineludiblemente atrapados en una red de mutua dependencia, atados a la vestidura del destino. Lo que afecta de manera directa a uno de nosotros, afecta de manera indirecta a todos”.

Dado que somos parte de los problemas, algunas de las soluciones están a nuestro alcance. En consecuencia, la fuerza para el bien se encuentra potencialmente en cada uno de nosotros. En la medida y la manera en que nuestras posibilidades nos lo permitan, podemos empezar a movernos en la dirección correcta. Todos juntos somos capaces de crear un movimiento, una fuerza más visible en la historia para delinear el futuro que nos libere de las cadenas del pasado.

El Dalai Lama afirma que las semillas que plantemos hoy pueden cambiar el curso de nuestro futuro compartido. Tal vez los frutos de algunas de ellas puedan obtenerse inmediatamente y otros sean cosechados por las generaciones venideras. Pero si fundamos nuestro esfuerzo conjunto en este cambio interior la diferencia puede ser enorme.

En el transcurso de su vida el Dalai Lama ha recorrido un complejo trayecto que lo condujo a esta visión. A los fines de este libro consideraremos el tramo final, el que comienza cuando adopta el enfoque de un mundo sostenible.

UN PREMIO AL PACIFISMO

El lugar es Newport Beach, California. La fecha, el 5 de octubre de 1989.

El Dalai Lama ingresa en la sala. Un coro de cámaras cliqueantes y el staccato de los flashes lo recibe allí, donde se realizará una conferencia de prensa porque acaba de anunciarse que le han otorgado el Premio Nobel de la Paz.

Han pasado apenas unas horas desde que él se enteró de la noticia, que aún está asimilando. Un periodista le pregunta que hará con el dinero del premio, cercano a un cuarto de millón de dólares.

Sorprendido al saber que el premio incluye dinero, responde: “Maravilloso. Hay en India una colonia de leprosos a la que desearía donar dinero”.

Al día siguiente me dijo que inmediatamente después pensó que también podría hacer donaciones a personas que padecían hambre. Tal como suele recordarnos, él no se ve a sí mismo como el alabado “Dalai Lama” sino como un simple monje que no necesita el dinero del Premio Nobel. Cuando recibe dinero, invariablemente lo dona.

Recuerdo por ejemplo una conferencia con activistas sociales que se realiz

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