Practica el camino

John Mark Comer

Fragmento

Practica el camino

Polvo
(Introducción)

“Estarás cubierto con el polvo de tu rabino”.1 —bendición judía del siglo I

 

 

 

¿A quién estás siguiendo?

Todo el mundo está siguiendo a alguien.

O al menos, a algo.

Dicho de otro modo, todos somos “discípulos”.

La cuestión no es: ¿soy un discípulo?

Sino que es: ¿de quién o de qué soy un discípulo?

Lo sé; lo que acabo de decir es una herejía en el mundo moderno. Queremos creer con mucha fuerza que nosotros —y solo nosotros— planeamos nuestro derrotero, tenemos el timón de nuestro barco, controlamos nuestro destino. Todos aspiramos a liderar, no a seguir.

Pero ¿qué tal te está yendo a ti?

¿Alguna vez has sentido rondar en alguna parte de tu cabeza las siguientes preguntas: “¿Estoy viviendo la vida que deseo en lo profundo de mi corazón?” o “¿Acaso esto es todo?”.

Nací y crecí en la costa oeste de Estados Unidos. Es un secreto a voces que los EE. UU. en general, y mi estado de California en particular, está cimentado sobre lo que los sociólogos llaman “el mito del individuo robusto”. El sociólogo Robert Bellah lo llamaba “individualismo radical” y dijo que era el “rasgo característico de Norteamérica”.2

Y, sin embargo: “Ningún hombre es una isla”, como dijo una vez el poeta John Donne.3 Y ninguna mujer tampoco lo es; en palabras de la columnista del New York Times, Tish Harrison Warren: “Ninguno de nosotros llega a lo que cree por sí mismo. No hay tal cosa como pensadores libres”.4

(Como verás, no soy el único hereje que anda rondando…).

Fuerzas poderosas tienen un interés particular en que creamos el mito (porque de veras es un mito) de que no estamos siguiendo a nadie. Las liturgias culturales que nos adoctrinan a diario —“Sé tú mismo”, “Haz lo que más te guste”, “Di lo que piensas”— pueden rastrearse y llegar a la fuente de una agenda perversa.5 Si “ellos” (sean corporaciones multinacionales, políticos, agentes gubernamentales antidemocráticos, departamentos de mercadeo, influencers que solo quieren tener más seguidores, etc.) pueden hacernos creer que somos una hoja en blanco, que solo seguimos el ritmo interior de nuestro “yo auténtico” en nuestra marcha ascendente hacia la felicidad, entonces pueden mantenernos ciegos ante todas las maneras en que hemos sido “disciplinados1” —formados y manipulados— por sus deseos.

Todo estafador habilidoso sabe que la clave para engañar a su público objetivo es hacerle creer que su plan fue idea suya. Traducción: la clave para hacer que la gente te siga es convencerlos de que no están siguiendo a nadie en absoluto.

Con el crecimiento de los imperios de las redes sociales y sus algoritmos siniestros, esas fuerzas poderosas ahora tienen acceso directo al fluir de nuestra conciencia cada vez que deslizamos el pulgar en la pantalla de nuestro celular. Se nos hace creer que solo estamos viendo anuncios, noticias, retuiteos y el contenido digital aleatorio (basura digital) es, en realidad, la modificación del comportamiento de masa, intencionalmente diseñado para influir en lo que pensamos, sentimos, creemos, compramos, votamos y vivimos. Para citar al filósofo de la tecnología, Jaron Lanier: “Lo que en otra época podría haberse llamado ‘publicidad’ ahora debe entenderse como modificación continua de la conducta a una escala colosal”.6 El “mundo” (como se le llama en el Nuevo Testamento) nos está formando constantemente.

¿Pero en qué cosa nos está formando? Porque todos nos estamos convirtiendo en algo. En eso consiste la experiencia humana: en el proceso de convertirse en una persona. Ser humanos es cambiar, crecer, evolucionar. Ese es el diseño de Dios. La pregunta no es: ¿nos estamos convirtiendo en persona?, sino: ¿en quién o en qué nos estamos convirtiendo? Si planeas el trayecto de tu vida en el curso de las próximas cinco décadas, y te imaginas a ti mismo a los setenta, ochenta o cien años, ¿qué clase de persona ves en el horizonte? ¿La proyección de tu mente te llena de esperanza o de miedo?

Para los que deseamos seguir a Jesús, la realidad con la que luchamos es esta: si no estamos siendo formados intencionalmente por Jesús mismo, entonces es altamente probable que estemos siendo formados involuntariamente por alguien o algo más.7

Así que, otra vez: ¿a quién estás siguiendo?

La pregunta de fondo aquí es: ¿en quién estás confiando? ¿En quién (o en qué) pones tu fe para que te muestre el camino a la vida que deseas?

Estoy convencido de que, contrario a lo que solemos escuchar, vivir por fe no es algo cristiano o incluso religioso; es algo humano: todos vivimos por fe.

La cuestión no es si voy a creer.

El tema es a quién o a qué le voy a creer.

Lo que quiere decir, a quién o a qué le voy a confiar mi vida. ¿Realmente quiero confiar en mí? ¿O en otro ser humano, para el caso? ¿A nosotros, las mismas criaturas que nos metimos en el mismo lío que estamos intentando resolver?

Es muy humano ser atraídos hacia alguien —una celebridad o un gurú o una figura histórica— y desear ser como ellos. Es parte de la forma en que Dios nos diseñó para crecer. Todos tenemos un ideal al que aspiramos, y cuando encontramos una persona o idea que parece representar lo que deseamos, la “seguimos”, o en un lenguaje más cristiano, “creemos” en ellos.

¿En qué crees?8 ¿Cuál es la lumbrera que elegiste, la persona por la que darías todo por pasar algunos días dentro de su órbita?

Dicho de otro modo: ¿Quién es tu “rabino”?

Soy uno de los muchos que han encontrado a Jesús de Nazaret como la luz más radiante que alguna vez iluminó la escena humana. Soy un lector ávido, y a través del don de la literatura, he podido observar las mentes de los mayores pensadores de la historia, y todo ellos tienen rasgos loables (y algunos no tan loables también). Pero cuando más vivo y estudio, más me convenzo de que Jesús no tiene competencia, tanto en la antigüedad como en la actualidad. Considero que no hay otro pensador, filósofo, líder, filosofía o ideología que tenga la coherencia, sofisticación y profunda resonancia interior que tiene Jesús y su Camino, mucho menos su asombrosa belleza.

En nuestra era secular, el aire que respiramos está lleno de escepticismo, hastío, desconfianza de toda autoridad, y la distorsión de la verdad ante el deseo o el sentimiento. Dentro de esta atmósfera cultural todos somos Tomás, el incrédulo.

Pero incluso en los días en que lucho para creer que Jesús fue quien dijo ser (te anticipo: más que un rabino), quiero creer. Quiero que

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