Érase una vez la taberna Swan

Diane Setterfield

Fragmento

cap-2

Empieza la historia…

Había una vez una taberna que descansaba tranquilamente en la orilla del Támesis a su paso por Radcot, a un día a pie del nacimiento del río. En la época en que ocurrió esta historia, había infinidad de tabernas en la parte alta del Támesis y era posible emborracharse en todas ellas, pero más allá de la típica cerveza y de la sidra, cada una de aquellas tascas tenía su particularidad y ofrecía algún otro placer. El Red Lion de Kelmscott era un paraíso musical: los barqueros tocaban el violín por la noche y los queseros entonaban canciones lastimeras en recuerdo del amor perdido. El pueblo de Inglesham tenía el Green Dragon, un refugio de contemplación con aroma a tabaco. Si a alguien le iban las apuestas, su lugar ideal era el Stag, en Eaton Hastings, y si prefería las peleas, no había un sitio mejor que el Plough, justo a las afueras de Buscot. El Swan de Radcot contaba con su propia especialidad. Era donde la gente iba a contar historias.

El Swan era una taberna muy antigua, quizá la más antigua de todas. La habían construido en tres partes: una era vieja, la otra era muy vieja y la tercera, aún más vieja. Los diferentes elementos habían quedado armonizados por el techo de paja que los cubría, el liquen que crecía en las piedras centenarias y la hiedra que trepaba por las paredes. En verano aparecían viajeros de las ciudades unidas por el nuevo ferrocarril, con intención de alquilar una batea o un esquife en el Swan y pasarse la tarde en el río con una botella de cerveza y algo de comer, pero en invierno todos los parroquianos eran lugareños, y se congregaban en la sala de invierno. Era una habitación grande y sencilla ubicada en la parte más vieja de la taberna, con una única ventana picada en la gruesa pared de piedra. De día, esa ventana mostraba el puente de Radcot y el río que fluía por sus tres serenos arcos. De noche (y esta historia comienza de noche) el puente se ahogaba en la negrura, y era preciso aguzar mucho el oído para percibir el sonido bajo e ilimitado de las grandes cantidades de agua en movimiento; solo cuando uno lo conseguía, empezaba a distinguir la extensión de líquido negro que fluía al otro lado de la ventana, entre ondulaciones y giros, iluminado de forma tenue por alguna extraña energía que emanaba del propio río.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo se forjó la tradición de contar historias en el Swan, pero es posible que tuviese algo que ver con la batalla del puente de Radcot. En 1387, quinientos años antes de la noche en que comienza esta historia, dos grandes ejércitos se toparon en el puente de Radcot. Quiénes eran y por qué estaban allí son asuntos muy largos de contar, pero el resultado fue que tres hombres murieron en la batalla (un caballero, un lacayo y un muchacho) y ochocientas almas se perdieron, ahogadas en las marismas mientras trataban de huir. Sí, sí. ¡Ochocientas almas! Eso da para muchas historias… Sus huesos yacen bajo lo que ahora son campos de berros. En los alrededores de Radcot se cultivan berros, luego se recolectan, se meten en cajas y se envían a las ciudades en barcazas, pero aquí no se las comen. Los lugareños se quejan de que los berros son amargos, tan amargos que te devoran por dentro; y además, ¿quién quiere comer hojas nutridas con fantasmas? Cuando una batalla semejante ocurre junto al dintel de tu casa y los muertos envenenan el agua que bebes, es lógico que la relates, una y otra vez. A fuerza de repetirla, es fácil que te aficiones al acto de narrar. Y entonces, una vez superada la crisis, cuando diriges tu atención a otros asuntos, ¿hay algo más natural que aplicar esa pericia recién adquirida a otras anécdotas?

La encargada del Swan era Margot Ockwell. La familia Ockwell había regentado el Swan desde que a la gente le alcanzaba la memoria, y lo más probable es que lo hubiera hecho desde que se fundó el Swan. A ojos de la ley, la mujer se llamaba Margot Bliss, porque estaba casada, pero la ley es algo propio de los pueblos y las ciudades; aquí en el Swan seguía siendo una Ockwell. Margot era una mujer guapa de cincuenta y muchos años. Era capaz de levantar barriles de cerveza a pulso y tenía unas piernas tan robustas que no le hacía falta sentarse nunca. Se rumoreaba que incluso dormía de pie, pero había dado a luz a trece hijos, de modo que sin duda debía de acostarse de vez en cuando. Era la hija de la última encargada, y tanto su abuela como su bisabuela habían regentado la taberna antes, así que nadie veía nada raro en que las mujeres llevaran la batuta en el Swan de Radcot. Las cosas eran así y punto.

El marido de Margot se llamaba Joe Bliss. Había nacido en Kemble, cuarenta kilómetros río arriba, a un tiro de piedra de donde el Támesis emerge a la superficie en un hilillo tan fino que apenas es un retazo húmedo de tierra. Los Bliss tenían los pulmones delicados. Nacían menudos y enfermizos y casi todos dejaban este mundo antes de llegar a ser adultos. Los hijos de los Bliss se volvían más delgados y más pálidos conforme iban creciendo, hasta que terminaban por expirar, con frecuencia antes de cumplir los diez años, y en ocasiones sin llegar siquiera a los dos. Los supervivientes, entre ellos Joe, alcanzaban la edad adulta con poca estatura y más enclenques de lo habitual. El pecho les silbaba en invierno; siempre tenían mocos y los ojos llorosos. Eran amables, tenían una mirada tierna y una sonrisa juguetona siempre a punto.

A los dieciocho años, huérfano y con una constitución no apta para el trabajo físico, Joe se marchó de Kemble a buscar fortuna sin saber dónde ni cómo. Al salir de Kemble, uno puede tomar tantas direcciones como en cualquier otra parte del mundo, pero el río tiene un atractivo poderoso; hay que ser muy perverso y obstinado para no seguir su llamada. Así pues, Joe llegó a Radcot y, como tenía sed, paró a echar un trago. El joven de aspecto frágil con un pelo negro y fino que contrastaba con su palidez se sentó sin llamar la atención, y se dedicó a apurar el vaso de cerveza mientras admiraba a la hija de la tabernera y escuchaba un par de historias. Le resultó fascinante verse entre personas que verbalizaban la clase de relatos que siempre habían habitado en su cabeza, desde que era niño. En un intervalo de silencio, abrió la boca y de ella salió «Érase una vez…».

Ese día, Joe Bliss descubrió su vocación. El Támesis lo había llevado hasta Radcot y en Radcot se quedó. Con un poco de práctica, constató que sabía dar color y vida a cualquier tipo de historia, ya fuese un cotilleo, un hecho histórico, un cuento tradicional, popular o fantástico. Su expresiva cara sabía transmitir sorpresa, tensión, alivio, duda y cualquier otra sensación con la habilidad de un actor. Luego estaban sus cejas. De un negro abrumador, relataban la historia tanto como sus palabras. Se juntaban cuando se avecinaba algo emocionante, se fruncían cuando un detalle merecía una atención concienzuda y se arqueaban cuando un personaje no era lo que aparentaba ser. Si uno observaba esas cejas, si prestaba atención a su complejo baile, descubría toda clase de matices que, de otro modo, le habrían pasado inadvertidos. Pocas semanas después de empezar a frecuentar el Swan, ya sabía cómo fascinar a los espectadores. También fascinaba a Margot, igual que ella a él.

Al cabo de un mes, Joe recorrió casi cien kilómetros hasta un lugar bastante alejado del río, donde contó una historia en un concurso. Ganó el primer prem

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