Cuentos completos de Mark Twain

Mark Twain

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

No hace mucho estaba leyendo Pasando fatigas de Mark Twain cuando sentí curiosidad por su costumbre de incluir historias puramente ficticias en una obra de no ficción, historias que quedaban allí mezcladas solo porque en ese momento las tenía en mente y eran buenas. En Pasando fatigas encontré cinco de esas historias, y me pregunté si en otros de sus textos de no ficción habría más. Pues claro que las había: dos en Un vagabundo en el extranjero, tres en La vida en el Mississippi, y tres más en Viaje alrededor del mundo, siguiendo el Ecuador. «¡Qué costumbre tan curiosa!», pensé. Pero Twain es un cúmulo de costumbres curiosas, tanto en lo personal como en lo literario, y eso puede gustar o no. A mí me gusta. Es precisamente esa falta de convencionalismos, como figura literaria y como ser humano, lo que lo hace tan atractivo a quienes disfrutan con él.

«En rigor, no obstante, esas historias no pertenecen a los libros en los que quedan recogidas —pensé—. Su lugar está entre los otros cuentos, entre los relatos que se reconocen claramente como tales. Deberían quedar recogidas en una recopilación junto con los demás. A ver si lo están.» Y, así, fui a la biblioteca de la Universidad de Columbia, donde descubrí, para mi sorpresa, que no existía ninguna compilación de sus relatos por separado de los ensayos, anécdotas y similares.

He aquí un hombre, un gran hombre, un monumento nacional, podría decirse, que falleció hace más de cuarenta años y aún no se han recopilado sus relatos, y en cambio escritores menores que han muerto hace mucho menos o incluso que están vivos han recibido ese homenaje por parte del mundo editorial y los lectores. ¿Por qué? ¿Se debe a que no es un buen escritor de relatos? Sin embargo, es reconocido por haber escrito algunos maravillosos y creo que en general se le considera uno de nuestros mejores autores de ese género. ¿Se debe a que su producción es tan extensa, variada y popular que sus relatos han quedado eclipsados (por sus novelas y libros de viaje)? ¿O tal vez a que no era un formalista y no publicó sus relatos cortos estrictamente como tales?

A lo largo de su vida los cuentos aparecieron en volúmenes que solo puedo catalogar de misceláneos, puesto que contienen anécdotas, chistes, cartas, reflexiones, etcétera; toda clase de textos de no ficción serios y humorísticos junto con algunos de ficción. Twain era un hombre muy laxo con respecto a los límites. Algunas de sus obras cortas fluctúan entre la ficción y la realidad. Y tenía ideas muy claras sobre el atractivo de las sorpresas. Cuando era editor le pidió a William Dean Howells, su amigo, que preparara una recopilación de relatos de aventuras reales. Howells las dispuso siguiendo un orden, y cuando Twain lo revisó le recomendó con amabilidad que lo mezclara todo, que aportara variedad para que el lector se sorprendiera. El esquema formal le resultaba tan cómodo como un cuello apretado, algo que difiere considerablemente de las ideas francesas que eran populares entonces, y lo siguen siendo. Tal vez sea su falta de convencionalismos, su insistencia en prescindir de la forma, lo que haya dejado sus relatos en la sombra.

Twain no desconocía su rechazo por la forma. No sé si cuando defendía esa postura lo hacía para racionalizar alguna carencia literaria o no. Lo que sé es que era su filosofía. Seis años antes de morir, cuando dictaba fragmentos de su autobiografía, sintió el impulso de explicar la práctica del dictado. Esa explicación ilustra su manera de entender la escritura en general.

En los últimos ocho o diez años he hecho varios intentos de escribir mi autobiografía con la pluma de un modo u otro, pero el resultado no ha sido satisfactorio. Era demasiado literario. Con la pluma en la mano, la narrativa es un arte difícil. La narrativa debe fluir como un arroyo entre las colinas y los bosques frondosos, cuyo curso cambia con cada canto rodado con que topa y con cada estribación pedregosa y cubierta de hierba que se cruza en su camino. Su superficie se rompe, pero el curso no se interrumpe por las rocas y los guijarros del fondo en las zonas poco profundas. Un arroyo que no sigue ni un minuto una línea recta, pero que discurre y discurre con brío, a veces agramatical, a veces en forma de herradura de casi una milla, y, al final del recorrido, vuelve a pasar a un metro del camino que ha atravesado una hora antes. Pero siempre fluye, y siempre cumple por lo menos una ley, a la que es siempre fiel, la ley de la narrativa, la cual no tiene ley. Nada que hacer sino el viaje, la forma en que se hace no es importante, con tal de que se haga.

Con la pluma en la mano el flujo narrativo es un canal; avanza con lentitud, con suavidad, con decoro, con somnolencia, sin imperfecciones, excepto ser una pura imperfección todo él. Es demasiado literario, demasiado remilgado, demasiado bonito; esa forma de avanzar, el estilo y el movimiento no le sientan bien a la narrativa. El curso del canal siempre es una reflexión: es su naturaleza, no puede evitarlo. Su superficie pulida y brillante se interesa por todo aquello que deja atrás en las orillas: las vacas, el follaje, las flores, todo. Y, así, pierde mucho tiempo en reflexiones.

En la obra de casi cualquier otro escritor es fácil decir: «Esto es un cuento, y esto otro no». Tomemos como ejemplo a Joyce, Mann, James, Hemingway, Kafka o Lawrence. No hay dudas: un relato corto pertenece a un género concreto y guarda la misma relación con el conjunto de la narrativa que una acuarela con respecto a la totalidad de la pintura o una canción con respecto a la música. Incluso en el caso de Chéjov resulta fácil distinguir qué es un cuento y qué no. Digo «incluso» porque sus relatos tienen los límites tan bien difuminados, carecen tan claramente de formalismo (aunque no de forma) que entre todos los escritores mencionados es quien podría presentar problemas en ese sentido. Sin embargo, el caso de Twain es distinto por completo. Tengo la sensación de que escribía en primer lugar para satisfacer al lector y no tanto los requisitos del género. Y echaba mano de cualquier cosa que acudiera a su mente y fuera útil para su causa. Por eso encontramos textos en los que no es posible distinguir la realidad de lo inventado.

No solía entretenerse en las sutilezas de la ficción. Esta tiene un estilo propio, que el escritor literario venera. Para él es, en un sentido muy particular, más importante que la realidad: la conforma, la controla. Es inconcebible imaginar a James o a Flaubert incluyendo material de borrador, sin modificar, sin pulir, en su narrativa. Para Mark Twain esas cuestiones carecían de importancia. Simplemente las desestimaba, aunque era muy consciente de su existencia, mucho más de lo que acostumbraba a admitir. Twain contaba con una dosis suficiente del espíritu de la frontera[1] para sentir aversión por la «forma». Daba la impresión de que era un concepto del Este, o, si no, peor: europeo. Henry James viajó a Europa en busca de la forma, para empaparse de ella, de la forma de las sociedades antiguas, del arte antiguo, de los estilos y los edificios antiguos. Twain viajó a Europa para burlarse de ello y hacernos reír. El hijo de la frontera pensó que podía descubrir las situaciones donde la forma carecía de contenido y pasaba a ser un engaño. Sea lo que sea un cuento —y no es este el lugar para tratar de expresar con exactitud en qué consiste o deberí

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