La invasión

Ignacio Solares

Fragmento

I

I

Al yanqui que quiso izar su bandera en
Palacio Nacional el día de la entrada de los
norteamericanos, le mataron de un balazo,
pero por más esfuerzos que hizo la policía no
pudo averiguar quién fue el matador. Pero
espantan por su barbarie los tormentos que le
preparaban al asesino.

GUILLERMO PRIETO

Las campanadas de Catedral estallaban como burbujas de oro en el aire vehemente de aquella mañana del 14 de septiembre de 1847, dándoles la bienvenida a los yanquis que acababan de invadir nuestra ciudad. ¿Qué otra cosa podía esperarse de nuestra Iglesia, de la que Cristo se había marchado, descristianizada? La indignación del pueblo acabó de encenderse en el momento en que un soldado yanqui empezó a izar la bandera norteamericana en Palacio Nacional. El corazón nos dio un vuelco —el mundo entero dio un vuelco. Gritos furibundos, insultos destemplados se entremezclaban con ahogados sollozos y quejidos, y no faltó quien prefirió taparse los ojos dentro de un puchero. Ya estaba ahí, en el aire de la mañana transparente, lo que tanto temimos desde meses atrás, la bandera flameante de las barras y las estrellas, símbolo del abyecto poder que intentaba sojuzgar a todas las naciones y a todas las culturas del siglo XIX.

Paradójicamente, los habitantes de la ciudad presenciábamos el siniestro espectáculo en la Plaza Mayor, en donde debía erigirse un gran monumento a nuestra Independencia, ordenado por Santa Anna apenas cuatro años antes, y del que sólo se construyó el zócalo.

Pero el soldado yanqui que izaba la bandera no logró concluir su propósito porque un certero balazo, que surgió de alguna azotea cercana, lo derribó. Al ver ese cuerpo desmadejarse, como un títere al que hubieran cortado los hilos, y la bandera norteamericana apenas a media asta, la multitud soltó un largo aullido y se lanzó contra los grupos de soldados yanquis, de pie o montados a caballo, que permanecían a las puertas de Palacio. Sus propias armas no podían protegerlos demasiado tiempo porque la gente les caía encima en oleadas crecientes, por más que aún alcanzaran a disparar y a derribar a algunos de los nuestros.

—¡Mueran los yanquis!

Todo mi ser dudaba, pero el miedo pudo más y salí corriendo hacia los portales para abandonar la plaza, torcido, desencajado, la cabeza sumida, pensando hipnóticamente que una de esas balas que intermitentemente escuchaba disparar estaba destinada a mí, que corría hacia ella sin remedio. O que uno de esos cuchillos y una de esas bayonetas que atisbaba destellantes, me aguardaban para poner fin a mi carrera vergonzante. Tropezaba, resbalaba, me empujaban, caía, volvía a levantarme, hacía enredados equilibrios, con una viva sensación de ridículo por huir así y por mi torpeza para pisar firmemente y mantenerme erguido.

En una de esas ocasiones en que caí, alcancé a ver —dentro de una nube de polvo— a un grupo de mujeres que arañaba, mordía, escupía, desnudaba a un soldado yanqui, quien se crispaba y retorcía como si convulsionara.

Otro más parecía ya muerto. Materias blanquecinas y viscosas surgían de entre los mechones de pelo rubio y la cara —una cara brutal que no había apaciguado la muerte— estaba cubierta de sangre. Un par de léperos lo veían fascinados, como a una fiera recién cazada, todavía caliente. Lo movían con el pie una y otra vez, acaso temerosos de que aún pudiera revivir y levantarse.

Todo ocurría como en los sueños. La lucha, los golpes entre los contendientes, los gritos, los disparos, los cadáveres regados, eran imágenes reales, pertenecían al mundo de la realidad real, por decirlo así, pero flotaban en una atmósfera más bien neblinosa.

Estaba a punto de alcanzar los portales, cuando una mano como garra me atrapó por un tobillo. Caí al lado de un yanqui herido que echaba espumarajos por la boca y tiraba manotazos desesperados hacia todos lados, aunque apenas si lograba mover el resto del cuerpo. Quedé tendido boca arriba y el yanqui aún alcanzó a asestarme un fuerte puñetazo en la cara, provocándome un agudo dolor con todas las propiedades de un torrente de colores cegadores. Sin pensarlo demasiado, saqué mi cuchillo de su funda y le asesté una puñalada en el pecho acezante. El yanqui abrió unos ojos enormes, con un fulgor postrero que me regalaba sólo a mí, y las palabras —supongo que insultos— se le removieron convulsas atrás de los dientes, obligando a retraerse a la boca sangrante.

Lo peor del sufrimiento, y en especial del sufrimiento de la agonía, es la soledad que lo acompaña, y aquel pobre yanqui —que quizá ni siquiera sabía bien a bien a qué había venido a nuestra ciudad debió sentirse de veras solo en aquel momento. Pero había que herir de nuevo. El problema era arrancar el cuchillo, hundido hasta la empuñadura. Lo hice con una fuerza innecesaria, provocándome un tirón en el hombro, y con ese mismo impulso lo dejé caer otra vez en la casaca azul, muy sucia y con manchas crecientes de sangre. Los ojos se le pusieron blancos, tragó una última bocanada de aire y descolgó la quijada, echando nuevos y aún más abundantes espumarajos sanguinolentos. Las manos, muy blancas y pecosas, se le apaciguaron, yertas a los flancos. Estuve a su lado hasta que los ojos se le fueron enteramente hacia adentro, hacia lo más profundo de sí mismo. Observé cómo se le afilaban los lineamientos del rostro al igual que las aristas de un pedazo de roca, cómo la piel cobraba un opaco tono de arcilla, un frío de tierra húmeda y un silencio de cosa mineral. Cuán visible me pareció el instante en que se marchó el alma de aquel cuerpo derrotado. Yo lo maté, no había duda. O por lo menos lo rematé. Lloré y me invadió una piedad infinita, como si en la miseria de aquel hombre contemplara la mía propia y la de todos los congregados en la plaza. Creo que estuve a punto de abrazarlo, lo que resultaba ridículo en aquellas circunstancias, y hasta peligroso porque no hubiera faltado el que pensara que estaba yo a favor de los yanquis, y quién sabe cuáles fueran las consecuencias. Le dejé ahí, clavado en el pecho serenado, mi cuchillo —como confirmación de que era yo quien lo había crucificado—, me puse de pie y corrí hacia los portales. El dolor del puñetazo en la mejilla parecía haberse adormecido —dejando sólo como el eco del dolor— y con la lengua podía recorrer la herida en la encía. El sabor de la sangre salada que tragaba sin remedio me mareaba.

—¡Mueran los yanquis!

No era la bandera de las barras y las estrellas la que terminarían por izar en Palacio Nacional los norteamericanos, sino la muerte mism

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