Soy Malintzin

Pedro J. Fernández

Fragmento

Título

cap-1

SUEÑOS DE PIEDRA MUERTA

Comenzamos a morir con el primer aliento de vida. El día que lo entendí, el cielo nocturno tronaba furioso; chocaban entre sí nubarrones sin forma, fríos truenos anunciaban la próxima tormenta que habría de inundar los rincones ocultos de la selva. El viento soplaba en círculos violentos desde lo más alto del cielo, agitando las nubes, las copas de los árboles, las hojas de las ramas más largas, el nido de un águila. El mundo en movimiento estaba lleno de vida, pero al mismo tiempo mostraba su poder de destrucción. Escuché círculos de viento cuando me asomé por la entrada de la casa; un escalofrío subió por mi espalda como si una serpiente de nieve se enredara en mis huesos y los apretara.

Sabía que los dioses estaban inquietos porque sentía su aliento enojado.

—Sería típico del viejo egoísta morirse un día como hoy —escuché la voz de mi madre, la de una mujer que apenas llegaba a los treinta años; usaba el cabello largo, tenía los ojos pequeños como granos de cacao y, en la piel, el color gris de la arena húmeda. Las otras tres concubinas, un poco más jóvenes, se quedaron calladas en una de las esquinas del cuarto. Estaban asustadas, rezaban.

Yo volví al rincón para sentarme en cuclillas; jugaba a preparar las tortillas en un metate de piedra pequeño que me había regalado papá en las últimas fiestas de Tlaloc, dios de la lluvia, lo mismo que un comal más chico que mi cara. Ahí molía la nada y cocía el aire… pasaba tardes enteras imaginando que hacía la comida, platicando conmigo misma sobre lo que me había pasado durante el día.

—¿Bebió el agua hervida con hierbas, como le ordené? —preguntó el Tiempero.

—Desde hace tres noches, pero su pecho sigue muy hinchado. Es un viejo egoísta. Antes del amanecer, el señor que gobierna sobre el lugar de los muertos habrá venido por su espíritu.

—Si bebió el agua, recuperará la salud.

El idioma que usaban era el popoluca, mismo que todos hablábamos en Olutla, el pueblo donde nací. Aunque también sabíamos maya y náhuatl, pues pasaban muchas personas que hablaban esas lenguas para vender o comprar conchas de colores y otros tesoros del mar. Así fue como todos en la casa las aprendimos.

Me detuve, levanté la cabeza. El Tiempero era un hombre arrugado, con el cabello blanco como la espuma que dejan las olas al chocar con la playa. Solía vestir una pieza sencilla de algodón blanco, y papá lo iba a buscar cada vez que se sentía mal, porque él sabía qué hierbas tenían el poder de sanar dolencias de cuerpo y espíritu. Además, decían por ahí, adivinaba el futuro sólo con mirar las estrellas durante largo rato. Hasta sugería que no estaban fijas, sino que se movían muy lento en el cielo, y que eso también definía nuestro destino.

—Será mejor preparar los rituales funerarios. Si no se acercara la tormenta, si las nubes no taparan el cielo, estoy segura de que verías en el futuro titilante que tengo toda la razón. Eres un necio también, ¿para qué levantas tanto la cabeza? Un día de estos olvidarás que la vida está aquí abajo, que en la tierra es donde se vive, se sufre, y se muere. Deja el cielo a los dioses.

El Tiempero sacudió la cabeza mientras soltaba un suspiro.

—Rezaré toda la noche para que encuentres el sosiego que te hace falta. Volveré en la mañana para revisar al enfermo. Verán que tengo razón… si no quieres verme, que me reciba alguna de estas mujeres.

Mientras el pobre hombre hacía a un lado la cortina gris que teníamos a la entrada de la casa, escuché el trueno, como tambor de guerra, seguido de la lluvia potente que caía sin tregua sobre el pueblo.

Ya solos, mamá soltó para sí:

—¡Viejo tonto!

Luego aventó su collar de conchas hacia la esquina en donde temblaban las otras concubinas; una de ellas lo recogió, pues todo lo que venía del mar tenía un gran valor para nosotras.

Yo, asustada, bajé la cabeza. Volví a preparar tortillas imaginarias en el comal de juguete. Tlaloc, dios y señor de la lluvia, debía estar molesto por algo. No era usual que los cielos se abrieran de esa manera, con tanta furia. Cada rayo era sólo el preludio de un rugido terrible.

Cerré los ojos muy fuerte. Al menos el miedo servía para matar el hambre. Con la visita del Tiempero, ni siquiera habíamos cenado. Ay, ojalá hubiera sobrado alguna tortilla del mediodía o un guiso de pescado. A mamá, eso no le importaba. Caminaba de un rincón a otro del cuarto, como si aquélla fuera su prisión, como si tuviera la necesidad de salir corriendo pero tuviera que quedarse ahí. El único lugar al que no se acercó fue precisamente a donde yo jugaba, pues a mi lado estaba papá. Se encontraba recostado bocarriba en su petate. Una manta vieja cubría todo su cuerpo, y sus manos reposaban sobre el pecho inflado. Estaba pálido, sudaba. Desde hacía horas había cerrado los ojos como si durmiera, pero no era así. Más bien tenía tanta fiebre que no podía mantenerse despierto. Sus labios se movían como si dijera algo, pero ningún sonido salía de su boca, ni siquiera una palabra. Respiraba muy rápido. Temblaba.

Yo sólo tenía ocho años. Creía que si rezaba con suficiente fuerza, los dioses escucharían mis plegarias, mis pensamientos ocultos… Toqué a papá. Su brazo se sentía frío. Estaba segura de que podría hablar con él por la mañana, que tal vez el Tiempero no se había equivocado, porque él conocía el mundo a través de las estrellas.

—¡Anda! ¡A dormir, Malinalli! —me ordenó mamá con un grito.

Yo quería quedarme con él, pero no era costumbre que las mujeres durmieran en el cuarto del señor de la casa. Nosotras teníamos el nuestro, más pequeño, al otro lado del patio. Ahí cuidábamos que el fuego del hogar no se apagara, se preparaba la comida y se trabajaba el algodón para la ropa de todos en la casa. Levanté mis juguetes, los apreté contra mi pecho y salí del cuarto.

Mis pies descalzos sintieron la tierra húmeda, las gotas frías cayeron sobre mi frente. Aullaba el viento cual ocelote negro.

Entré a nuestra habitación y las otras hijas de papá estaban ahí. Las otras concubinas entraron detrás de mí, y comenzaron a preparar el espacio para que durmiéramos. Al menos una de ellas se apiadó de mí y me calentó un par de tortillas en el comal para matar el hambre antes de dormir.

No pasó mucho tiempo cuando mamá entró y me vio sentada en el piso.

—¡Te dije que te durmieras! ¿Por qué no me obedeces?

No quise decir nada, así que me recosté en mi petate. Me cubrí con una manta mientras mamá se sentaba frente al fuego del hogar para cuidarlo y para calentarse.

Cerré los ojos.

Poco después comenzó la furia de la tormenta. Primero escuché algunas gotas gruesas chocar sobre las hojas de los árboles. Luego, al aire violento que enfriaba todo el pueblo. Se abrieron los cielos, gr

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Product added to wishlist