Poni

R.J. Palacio

Fragmento

poni-7

1

Mi episodio con el rayo fue lo que inspiró a mi padre a sumergirse en las ciencias fotográficas, y así empezó todo.

Mi padre siempre había sentido curiosidad por la fotografía, ya que nació en Escocia, donde estas artes florecen. Se interesó por los daguerrotipos durante una breve temporada tras establecerse en Ohio, una zona llena de manantiales de sal (de donde se saca el bromo, un elemento básico para el revelado). Pero los daguerrotipos eran una iniciativa cara que generaba muy pocas ganancias, y mi padre no disponía de los medios para dedicarse a ella. «La gente no tiene dinero para recuerdos delicados», pensó. Y por eso se convirtió en fabricante de botas. «La gente siempre necesita botas», dijo. La especialidad de mi padre eran las Wellington de cuero flor hasta la pantorrilla, a las que añadió un compartimento secreto en el tacón para guardar el tabaco o una navaja. A los clientes les gustaba mucho esta ventaja, así que nos las arreglábamos bastante bien gracias a los pedidos de botas. Mi padre trabajaba en el cobertizo, junto al granero, y una vez al mes iba a Boneville con un carro lleno de botas tirado por Mula, nuestra mula.

Pero después de que un rayo me grabara la imagen del roble en la espalda, mi padre volvió a dirigir su atención a la ciencia fotográfica. Creía que la imagen en mi piel era consecuencia de las mismas reacciones químicas que tienen lugar en la fotografía. «El cuerpo humano —me dijo mientras lo observaba mezclando sustancias que olían a huevos podridos y a vinagre de manzana— es un recipiente que contiene las mismas misteriosas sustancias que todo lo demás del universo y está sujeto a las mismas leyes físicas. Si una imagen pue­de conservarse en tu cuerpo por acción de la luz, también po­drá conservarse en el papel si aplicamos esa misma acción». Por eso lo que le interesaba ahora ya no eran los daguerrotipos, sino una nueva forma de fotografía en la que se empapaba papel en una solución de hierro y sal, y luego, mediante la luz del sol, se transfería a ese papel una imagen positiva de un negativo de vidrio.

Mi padre no tardó en dominar la nueva ciencia y se convirtió en un prestigioso profesional del «proceso del colodión», como se le llamaba, un arte que apenas se veía por esta zona. Era un campo que requería audacia, exigía gran experiencia y cuyo resultado eran imágenes sorprendentemente hermosas. Los «hierrotipos» de mi padre, como él los llamaba, no eran tan exactos como los daguerrotipos, pero ofrecían sutiles matices que hacían que parecieran dibujos al carboncillo. Utilizaba su propia fórmula de sensibilizador, que era donde entraba en juego el bromuro, y solicitó la patente antes de abrir un estudio en Boneville, al final de la calle del juzgado. En muy poco tiempo, sus retratos en papel con polvo de hierro causaron furor en esta zona, porque no solo eran infinitamente más baratos que los daguerrotipos, sino que podían reproducirse una y otra vez a partir de un único negativo. Para que fueran aún más bonitos, y por una tarifa adicional, los teñía con una mezcla de huevo y pigmento, lo que les daba un aspecto de lo más realista. Venía gente de todas partes a hacerse retratos. Una elegante dama vino desde Akron para una sesión. Yo ayudé en el estudio de mi padre ajustando el tragaluz y limpiando las placas. Incluso me dejó limpiar varias veces el nuevo objetivo de bronce para retratos, que había supuesto una gran inversión en el negocio y que había que manejar con mucha delicadeza. Nuestras circunstancias habían cambiado tanto que mi padre contemplaba la posibilidad de vender su empresa de botas, porque decía que prefería «el olor de las pócimas de sus mezclas a la peste a pies».

Fue en aquella época cuando la visita al amanecer de tres jinetes y un poni negro con la cara blanca nos cambió la vida para siempre.

2

Mittenwool me despertó de un sueño profundo aquella noche.

—Silas, despierta. Unos jinetes se dirigen hacia aquí —me dijo.

Mentiría si dijera que la urgencia de su llamada hizo que me levantara de un salto de inmediato. No fue así. Me limité a murmurar algo y me di media vuelta en la cama. Entonces me dio un fuerte empujón, cosa que no le resulta nada fácil. A los fantasmas les cuesta moverse en el mundo material.

—Déjame dormir —le contesté de mal humor.

Entonces oí a Argos aullando como un loco en el piso de abajo y a mi padre amartillando el rifle. Miré por la pequeña ventana que estaba junto a mi cama, pero era una noche oscura como boca de lobo y no vi nada.

—Son tres —me dijo Mittenwool colocándose a mi lado y mirando por la ventana.

—¿Papá? —grité bajando la escalera.

Mi padre estaba preparado, con las botas puestas y mirando por la ventana.

—Quédate abajo, Silas —me advirtió.

—¿Enciendo la lámpara?

—No. ¿Los has visto desde tu ventana? ¿Cuántos son? —me preguntó.

—Yo no los he visto, pero Mittenwool dice que son tres.

—Armados —añadió Mittenwool.

—Llevan armas —dije yo—. Papá, ¿qué quieren?

No me contestó. Ahora oíamos el galope, cada vez más cerca. Mi padre abrió la puerta con el rifle en las manos. Se puso el abrigo y se giró para mirarme.

—No salgas, Silas. Pase lo que pase —me dijo en tono muy serio—. Si hay problemas, corre a la casa de Havelock. Sales por detrás y corres campo a través. ¿Me oyes?

—No vas a salir, ¿verdad?

—Ocúpate de Argos —me contestó—. No lo dejes salir.

Sujeté a mi perro por el cuello.

—No vas a salir, ¿verdad? —volví a preguntarle, asustado.

No me contestó, pero abrió la puerta, salió al porche y apuntó con el rifle a los jinetes que se acercaban. Mi padre era un hombre valiente.

Tiré de Argos hacia mí, me dirigí muy despacio a la ven­tana y me asomé. Vi a los hombres avanzando. Como había dicho Mittenwool, eran tres jinetes. Detrás de uno de ellos iba un cuarto caballo, un enorme caballo negro, y a su lado el poni con la cara blanca.

Al ver el rifle de mi padre, los jinetes redujeron la velocidad a medida que se acercaban a nuestra casa. El líder, un hombre con un abrigo amarillo, levantó los brazos en un gesto de paz y detuvo del todo su caballo.

—Hola —le dijo a mi padre a poco más de diez metros del porche—. Puede bajar el arma, señor. Vengo en son de paz.

—Bajen primero las suyas —le contestó mi padre con el rifle pegado al hombro.

—¿La mía? —El hombre se miró teatralmente las manos vacías y después giró la cabeza a izquierda y derecha, y pareció darse cuenta de repente de que sus compañeros llevaban las armas desenfundadas—. ¡Bajadlas, chicos! Estáis causando una mala impresión. —Volvió a dirigirse a mi padre—: Lo siento. No quieren hacerles daño. Es la costumbre.

—¿Quiénes son ustedes?

—¿Es usted Mac Boat?

Mi padre negó con la cabeza.

—¿Quiénes son? Se presentan aquí en plena noche.

El hombre del abrigo amarillo parecía no tener ningún miedo a su rifle. Como estaba oscuro, no lo veía bien, pero creo que era más bajo que mi padre (mi padre era uno de los hombres más altos de Boneville). Y también más joven. Llevaba un sombrero de copa, como los caballeros, aunque por lo que veía no lo era. Parecía un rufián. Con una barba puntiaguda

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