Niña buena, niña mala

Ali Land

Fragmento

Título

2

Nombre nuevo. Familia nueva.

Una nueva.

Versión.

De mí.

Mike, mi papá adoptivo, es psicólogo, se especializa en los traumas, igual que su hija Phoebe, aunque ella los causa, no los trata. Saskia, la madre. Creo que ella intenta hacerme sentir como en casa, aunque no sé, es muy diferente a ti, Mami. Delgada y ausente.

Afortunada; el equipo en el centro me dijo mientras esperaba la llegada de Mike. Los Newmonts son una familia fantástica y viven en Wetherbridge. Guau. Guau. GUAU. Sí, entiendo. Debería sentirme afortunada, pero en el fondo tengo miedo. Tengo miedo de descubrir quién y qué podría ser yo.

También tengo miedo de que ellos lo descubran.

Hoy hace una semana, Mike fue por mí, hacia el final de las vacaciones de verano. Yo llevaba el pelo bien cepillado, recogido con una diadema. Practiqué cómo hablar, si debía sentarme o esperar de pie. Cada minuto que transcurría, cuando las voces que escuchaba no eran las suyas sino las de las enfermeras que bromeaban entre ellas, me convencí de que él y su familia se habían arrepentido. Habían entrado en razón. Me quedé paralizada en mi lugar, esperaba que me dijeran, lo siento, no irás a ningún lado.

Pero llegó. Me saludó con una sonrisa, un apretón de manos firme, no formal, agradable, qué gusto saber que no le daba miedo hacer contacto. Correr el riesgo de contaminarse. Recuerdo que notó que no tenía pertenencias, sólo una maleta pequeña. Dentro, un par de libros, algo de ropa y otras cosas ocultas, recuerdos tuyos. De las dos. El resto se había convertido en evidencia cuando saquearon nuestra casa. No pasa nada, dijo él, organizaremos un viaje para hacer algunas compras. Saskia y Phoebe están en casa, añadió, cenaremos todos juntos, será una bienvenida de verdad.

Nos reunimos con el jefe del centro. Poco a poco, poco a poco, dijo, tómate un día a la vez. Quería decirle que le temo a las noches.

Intercambiamos sonrisas. Apretones de mano. Mike firmó en la línea, volteó a verme y dijo, ¿lista?

La verdad no.

Pero me fui con él de todas formas.

El trayecto a casa en coche fue corto, menos de una hora. Todas las calles y edificios eran nuevos para mí. Todavía había luz cuando llegamos, una casa grande con pilares blancos en la fachada. ¿Todo bien? Preguntó Mike. Asentí, aunque no me sentía bien. Esperé a que abriera la puerta principal, el corazón se me subió a la garganta cuando me di cuenta de que no estaba cerrada con llave. Entramos como si nada, podría haber sido cualquier otra persona. Llamó a su esposa, ya nos conocíamos, nos habíamos visto un par de veces. Sas, anunció, ya llegamos. Ya voy, fue la respuesta. Hola Milly, bienvenida, dijo. Sonreí, eso creí que debía hacer. Rosie, su terrier, también me saludó, me brincó en las piernas, estornudó de alegría cuando le acaricié las orejas. ¿Y Phoebs? Preguntó Mike. Viene en camino de casa de Clondine, respondió Saskia. Perfecto, entonces cenamos en una media hora, dijo. Le sugirió a Saskia que me mostrara mi habitación, recuerdo que la miró y asintió como para animarla. A ella, no a mí.

La seguí a la planta alta, intenté no contar. Casa nueva. La nueva yo.

En el tercer piso sólo están Phoebe y tú, nosotros estamos en el segundo, me explicó Saskia. Te dejamos el cuarto del fondo, tiene balcón y una vista muy agradable al jardín.

Lo primero que vi fueron los girasoles amarillos. De color brillante. Sonrisas en un florero. Le agradecí, le conté que los girasoles eran de mis flores favoritas, parecía satisfecha. Ten la confianza de explorar, hay ropa en el clóset, por supuesto te compraremos más, a tu gusto. Me preguntó si necesitaba algo, respondí que no y se fue.

Dejé mi maleta en el piso, caminé a la puerta del balcón, comprobé si estaba cerrada con llave. Estaba segura. El armario a mi derecha era de pino, antiguo y alto. No lo abrí, no quería pensar en ponerme y quitarme la ropa. Al voltear, vi cajones debajo de la cama, los abrí, pasé las manos por el fondo y los lados, no había nada. De momento estaba segura. Un baño privado, grande, toda la pared derecha cubierta con un espejo. Eludí mi reflejo, no quería recordar. Verifiqué si el seguro en la puerta del baño funcionaba y que no se pudiera abrir desde fuera, después me senté en la cama e intenté no pensar en ti.

Dentro de poco escuché el sonido de pies subiendo las escaleras. Procuré mantenerme tranquila, recordar los ejercicios de respiración que mi psicólogo me había enseñado, pero estaba confundida, así que cuando ella apareció en la puerta me concentré en su frente, fue el único contacto visual que pude lograr. La cena está lista, su voz era como un ronroneo, suave, con un dejo de sarcasmo, tal como la recordaba de cuando nos conocimos con la trabajadora social. No nos pudimos conocer en el centro, no le permitieron saber la verdad ni le dieron oportunidad de preguntar. Recuerdo que me intimidó. Su aspecto: rubia y segura de sí misma, aburrida, obligada a recibir a desconocidos en su casa. Dos veces durante la reunión preguntó cuánto tiempo me quedaría en su casa. Dos veces la callaron.

Papá me pidió que viniera por ti, anunció con los brazos doblados frente al pecho. A la defensiva. En el centro había visto al equipo interpretar el lenguaje corporal de los pacientes, clasificarlo. Observé en silencio, aprendí mucho. Ya pasaron varios días, pero se me quedó grabado lo último que dijo antes de darse la vuelta como una bailarina enojada: Ah, y bienvenida al manicomio.

Seguí el rastro de su aroma, dulce y rosa, hasta la cocina, fantaseando cómo sería tener una hermana. Qué tipo de hermanas seríamos ella y yo. Ella sería Meg y yo sería Jo, mujercitas a nuestra manera. En el centro me dijeron que mi mejor arma era la esperanza, sería lo que me sacaría adelante.

Tontamente les creí.

Título

3

Esa primera noche dormí vestida con mi ropa. La piyama de seda que Saskia había elegido se quedó sin usar, sólo la toqué para quitarla de mi cama. La tela se sintió resbaladiza en mi piel. Ahora puedo dormir mejor, aunque no toda la noche. Desde que te abandoné he mejorado mucho. El equipo del centro me contó que los tres primeros días no dije nada. Me senté en la cama, recargada en la pared. Observando. En silencio. Le llaman shock. Algo mucho peor, quise aclarar. Algo que entraba a mi cuarto cada que yo me pe

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