Un misterio en Toledo

Anne Perry

Fragmento

misterio-3

1

Pitt miró al ministro de Interior con incredulidad. Estaban en una estancia silenciosa y soleada de Whitehall, el tráfico de la calle apenas se oía.

—¿Una santa española? —dijo, esforzándose en mantener un tono más o menos neutro.

—No es española, es inglesa —respondió sir Walter con paciencia—. Simplemente vive en España. En Toledo, tengo entendido. Ha venido a ver a su familia.

—¿Y qué relación guarda eso con la Special Branch, señor? —preguntó Pitt. La Special Branch se había creado inicialmente para que se encargase del problema irlandés y ahora, en la primavera de 1898, su jurisdicción se había ampliado enormemente para abordar cualquier asunto que se considerase una amenaza para la seguridad nacional.

El caos era dueño de Europa mientras el siglo tocaba a su fin. La agitación social se intensificaba y era cada vez más patente. Cada pocas semanas había atentados anarquistas con bomba en uno u otro lugar. En Francia, el caso Dreyfus estaba exasperando los ánimos y apuntaba hacia un clímax que nadie era capaz de prever. Incluso circulaban rumores de que el gobierno podría caer.

Encarar la amenaza de asesinato de un dignatario de visita en Inglaterra era una de las misiones de la Special Branch, pero atender las necesidades de una monja en gira, o lo que quiera que fuese, sin duda no lo era. Pitt abrió la boca para señalarlo pero sir Walter habló primero.

—Ha recibido cartas que contienen amenazas contra su vida —dijo sir Walter, completamente inexpresivo—. Sus opiniones han causado cierta inquietud y... enojo. Por desgracia, las ha manifestado con excesiva libertad.

—Es un asunto policial —dijo Pitt lacónicamente—. Dudo que aquí haya alguien a quien le preocupe lo suficiente para discutir con ella, y mucho menos para alterar el orden público. Y si lo hubiera, sería incumbencia de la policía regular.

Sir Walter suspiró, como si la conversación le resultara tediosa.

—Pitt, esto no es una sugerencia. Quizá piense que muchas personas son apáticas en lo que atañe a los pormenores de la doctrina religiosa y que solo los cristianos más comprometidos discutirán con ella; y suponiendo que lo hagan, usted confía en que como mínimo sabrán comportarse dentro de los límites de la ley. —Enarcó las cejas—. Si es así, es tonto. Hay hombres que discutirán con más pasión sobre religión que sobre cualquier otra cosa. Para muchos, la religión representa el orden, la cordura, la inevitable victoria del bien sobre el mal. Les confirma el lugar que ocupan en la creación. —Sonrió apesadumbrado—. Casi el más alto. La falsa modestia impide que sea el más alto. Ese hay que reservárselo a Dios. —Su sonrisa se desvaneció y su mirada fue más adusta—. Pero si dice algo que ponga en entredicho ese lugar casi en lo más alto, lo estará poniendo todo en entredicho.

Negó con la cabeza.

—Por Dios, hombre, mire cómo nos ha desgarrado la religión a lo largo de la historia. Empiece por las Cruzadas y la Inquisición en España, la persecución de los cátaros y los valdenses, las masacres de los hugonotes en Francia. Hemos quemado en la hoguera a católicos y protestantes. ¿Piensa que no podría volver a ocurrir? Si Dreyfus no fuese judío, ¿cree que ese monstruoso asunto habría surgido alguna vez o que habría alcanzado estas proporciones?

Pitt tomó aire para rebatirlo, pero las palabras se le helaron en la boca.

Estaba terminando el mes de abril. Hacía poco que el presidente McKinley había solicitado al Congreso de Estados Unidos que declarase la guerra a España. Cuba llevaba varios años buscando independizarse de España, y Estados Unidos había comenzado a intervenir en la disputa, viendo una oportunidad para ganar poder y una posición estratégica. Cuando se produjo una misteriosa explosión a bordo del acorazado USS Maine en el puerto de La Habana, la poderosa prensa estadounidense acusó abiertamente a España. El 21 de abril el Congreso había ordenado el bloqueo naval de todos los puertos cubanos, exigiendo que España renunciara al control de Cuba. El 25 de abril, cuatro días después, Estados Unidos declaró la guerra. Era la primera vez que había hecho algo semejante en su breve e idealista existencia. Hasta entonces se había centrado en la expansión interior, había colonizado la tierra, construido, explorado y desarrollado su industria. Ahora, de repente, el país estaba aumentando el tamaño de sus ejércitos y de su armada y buscaba posesiones en ultramar, en lugares tan lejanos como las islas Hawái o las Filipinas.

Este nuevo deseo de expansión exterior podía terminar implicando otras potencias navales, incluso Gran Bretaña, si Estados Unidos así lo deseaba. Si algo iba mal durante la visita de la española, sería muy fácil que España lo malinterpretara. Una idea escalofriante, habida cuenta del estado de las cosas en Europa. Cuatro años antes habían asesinado al presidente Carnot de Francia. El año anterior le había ocurrido lo mismo al primer ministro Cánovas del Castillo en España, donde la violencia había alcanzado cotas abominables.

—Trae consigo a una media docena de sus... acólitos —prosiguió sir Walter, como si no hubiese reparado en que Pitt no le estaba prestando atención.

—Solo Dios sabe qué clase de personas son, pero no queremos que maten a ninguna de ellas en suelo británico. Seguro que comprende lo embarazoso que resultaría para el gobierno de Su Majestad. Especialmente a la luz de nuestra historia con España. Además, tampoco queremos darles excusas para que también entren en guerra con nosotros.

Miró a Pitt detenidamente, como si quizá lo hubiese sobreestimado y fuera a verse obligado a reconsiderar su opinión.

—Sí, señor —contestó Pitt—. Por supuesto que lo comprendo. ¿Existe alguna posibilidad, aunque sea remota, de que la ataquen aquí?

No hizo la pregunta llevado por la incredulidad, sino esperando alguna garantía de que no fuera así.

Sir Walter relajó un poco su expresión, las arrugas en torno a su boca fueron menos severas.

—Probablemente, no —contestó con un asomo de sonrisa—, pero, según parece, esta mujer no cuenta, ni mucho menos, con la aprobación de su familia inglesa. Para empezar, se marchó de resultas de una disputa por una cuestión de principios, tengo entendido. ¡Las familias pueden ser un verdadero infierno! —agregó con cierta compasión.

Pitt hizo un último intento para eludir la tarea.

—Permítame señalar que la violencia doméstica también es competencia de la policía, señor, no de la Special Branch. En este momento nos estamos ocupando de un caso de sabotaje industrial que parece estar orquestado desde el extranjero. Está yendo a peor y es preciso ponerle fin.

La mirada que le lanzó sir Walter fue intensa y brillante.

—Conozco muy bien las atribuciones de la Special Branch. Debo recordarle que son las consecuencias para la nación lo que determina a quién corresponde cada problema, Pitt, y usted lo sabe tan bien como yo. Si no fuese así, créame, no duraría mucho en su cargo.

Pitt carraspeó y habló en voz baja.

—¿Estamos enterados de la naturaleza de esa disputa en la familia de esa mujer, señor?

Sir Walter encogió ligeramente los hombros. Si se percató del cambio de tono en la voz de Pitt, fue lo bastante sofisticado para no demostrarlo.

—C

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Product added to wishlist