Los últimos días de nuestros padres

Joël Dicker

Fragmento

libro-1 libro-2

A mi querida Maminou

y a mi querido Jean.

En memoria de Vladimir Dimitrijević.

libro-3

No vayan a creer que la guerra, ni siquiera la más necesaria, ni siquiera la más justificada, no es un crimen. Pregúntenles a los soldados de infantería y a los muertos.

ERNEST HEMINGWAY,

Introducción a Treasury for the Free World

libro-4

Primera parte

libro-5

1.

Que todos los padres del mundo, a punto de abandonarnos, sepan el gran peligro que corremos sin ellos.

Nos enseñaron a caminar, y ya no caminaremos.

Nos enseñaron a hablar, y ya no hablaremos.

Nos enseñaron a vivir, y ya no viviremos.

Nos enseñaron a convertirnos en Hombres, y ya ni siquiera seremos Hombres. Ya no seremos nada.

Fumaban al amanecer, mientras contemplaban sentados el negro cielo que bailaba sobre Inglaterra. Y Palo recitaba su poema. Al abrigo de la noche, recordaba a su padre.

Sobre la colina donde se encontraban, las colillas teñían de rojo la oscuridad: habían adoptado la costumbre de venir a fumar allí a primera hora de la mañana. Fumaban para hacerse compañía, fumaban para no desesperar, fumaban para no olvidar que eran Hombres.

Gordo, el obeso, olisqueaba entre los matorrales imitando a un perro vagabundo, ladrando para ahuyentar a los ratones de campo entre la hierba húmeda, y Palo se enfadaba con el falso perro.

—¡Para, Gordo! ¡Hoy hay que estar triste!

Gordo se detuvo tras tres reprimendas y, enfurruñado como un niño, dio la vuelta al semicírculo que formaba la decena de siluetas y se fue a sentar al lado de los taciturnos, entre Rana, el depresivo, y Ciruelo, el tartamudo infeliz, secretamente enamorado de las palabras.

—¿En qué piensas, Palo? —preguntó Gordo.

—En cosas…

—No pienses en cosas malas, piensa en cosas bonitas.

Y con su mano grasa y regordeta, Gordo buscó el hombro de su camarada.

Los llamaron desde la escalinata del viejo caserón que se levantaba frente a ellos. El entrenamiento iba a comenzar. Inmediatamente, todos se pusieron en marcha; Palo permaneció sentado un instante más, escuchando el murmullo de la bruma. Volvía a pensar en su último día en París. Pensaba sin cesar en ello, todas las noches y todas las mañanas. Sobre todo las mañanas. Hoy hacía exactamente dos meses que se había marchado.

Había sucedido a principios de septiembre, justo antes del otoño; resultaba inevitable: era preciso defender a los Hombres, defender a los padres. Defender a su padre, al que sin embargo había jurado no abandonar nunca, años atrás, cuando el destino se había llevado a su madre. El buen hijo y el viudo solitario. Pero la guerra los había atrapado y, al elegir las armas, Palo había elegido abandonar a su padre. Ya en agosto sabía que iba a marcharse, pero había sido incapaz de anunciárselo. Sin coraje suficiente, solo pudo reunir el valor necesario para despedirse la víspera de partir, después de la cena.

—¿Por qué tú? —se atragantó su padre.

—Porque si no soy yo, no será nadie.

Con el rostro tan compungido como orgulloso, había abrazado a su hijo para infundirle valor.

Su padre había pasado el resto de la noche encerrado en su habitación, llorando. Lloraba de tristeza, pero le parecía que su hijo de veintidós años era el más valiente de los hijos. Palo había permanecido ante su puerta, escuchando los sollozos. Y de pronto se había odiado tanto por hacer llorar a su padre que se había cortado el torso con la punta de su navaja hasta hacerse sangre. Con el cuerpo herido frente a un espejo, se había insultado y había socavado más aún la carne a la altura del corazón para estar seguro de que la cicatriz no desaparecería nunca.

Al alba del día siguiente, su padre, que deambulaba por el piso en pijama, con el alma hecha trizas, le había preparado café bien fuerte. Palo se había sentado a la mesa de la cocina, con los zapatos y el sombrero puestos, y se había bebido el café, lentamente, para dilatar la partida. El mejor café que bebería nunca.

—¿Has cogido buena ropa? —había preguntado su padre señalando la bolsa que su hijo se disponía a llevarse.

—Sí.

—Déjame que lo compruebe. Necesitarás prendas de mucho abrigo, el invierno va a ser frío.

Y el padre había añadido al equipaje algo más de ropa, salchichón, queso y un poco de dinero. Después había vaciado y vuelto a llenar la bolsa en tres ocasiones; «voy a hacértela mejor», repetía cada vez, intentando retrasar el inexorable destino. Y cuando ya no hubo nada que pudiese hacer, se había dejado invadir por la angustia y la desesperación.

—¿Qué va a ser de mí? —le preguntaba.

—Pronto estaré de vuelta.

—¡Tengo tanto miedo por ti!

—No debes…

—¡Sentiré miedo cada día!

Sí, mientras su hijo no volviese, ni comería ni dormiría. A partir de entonces sería el más infeliz de los Hombres.

—¿Me escribirás?

—Claro que sí, papá.

—Y yo te esperaré siempre.

Estrechó con fuerza a su hijo.

—Tendrás que seguir estudiando —había añadido—. Los estudios son importantes. Si los hombres fueran menos tontos, no habría guerras.

Palo asintió con la cabeza.

—Si los hombres fueran menos tontos, no estaríamos aquí.

—Sí, papá.

—Te he metido unos libros…

—Lo sé.

—Los libros son importantes.

Entonces el padre había agarrado a su hijo de los hombros, con furia, en un desesperado impulso de rabia.

—¡Prométeme que no morirás!

—Te lo prometo.

Palo había cogido su bolsa y había besado a su padre. Por última vez. Y, en el descansillo, el padre lo había vuelto a retener.

—¡Espera! ¡Te olvidas la llave! ¿Cómo vas a volver si no tienes llave?

Palo no la quería: aquellos que no van a volver no necesitan llaves. Pero, para

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Product added to wishlist