El último manuscrito

María Correa Luna

Fragmento

CAPÍTULO I

Viernes

Ana Beltrán tenía el puño apretado, tan apretado que los nudillos se le habían puesto blancos. Sostenía un reloj pulsera que, en el apuro, no había logrado ponerse en la muñeca. Lo sujetaba tan fuerte que no lo notó hasta que el auto en el que la trasladaban llegó a destino y debió estirar la mano para abrir la puerta y bajar. Entonces miró el reloj. Eran las tres de la mañana. Tampoco se percató de que llevaba jeans y botas pero que había olvidado sacarse la camisa del pijama, de que no llevaba suéter y la campera que la abrigaba no era de ella. Se acomodó la correa de cuero del reloj en la muñeca y miró el cielo. No había luna, tampoco estrellas. Era una noche cerrada. Apenas distinguía los contornos de los recintos a su alrededor. Como si esa oscuridad infinita anticipara la escena con la que debía enfrentarse.

Criminóloga de profesión, Ana estaba acostumbrada a recibir llamados de la Policía Forense en horarios poco convencionales, por eso no le sorprendió que su celular sonara en la madrugada. Sin embargo, que el llamado fuera de Marcos Gutiérrez, director de la Editorial Centauro —propiedad de la familia Beltrán—, y que lo estuviera haciendo desde la puerta de su casa, significaba que era algo grave. Gutiérrez, a quien Ana conocía como la mano derecha de su padre desde que tenía memoria y a quien consideraba un sátrapa desde aquel verano nefasto, entró en el departamento y le dio la noticia sin preámbulos.

A partir de ese momento, los sucesos transcurridos entre que salió de su casa, frente al Botánico, y llegó al lugar de los hechos eran parte de una nebulosa. No sabía cuánto tiempo había pasado entre que escuchó de la boca del periodista que habían encontrado a Emerio Beltrán ahorcado en la biblioteca del Zoológico de Buenos Aires y el momento en que llegó al lugar. Sólo quería tratar de recordar cuándo había visitado el zoológico por última vez; incluso frente a la gravedad del asunto, sólo podía pensar que seguramente ya no venderían más los copos de algodón dulce y de color rosa que tanto le gustaban.

Toda la situación le resultaba ajena, como si sufriera un proceso de extrañamiento en el que ella era una observadora más, como en cada caso en el que trabajaba. Ana Beltrán estaba acostumbrada a ver los crímenes más macabros, pero no estaba preparada para ver a su padre colgado.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. No quería pensar. Se acomodó la campera sobre el pecho y dejó que Marcos Gutiérrez la guiara en silencio. Trataba de concentrarse en su respiración, en el frío que sentía en la punta de los dedos, en los pies entumecidos por la helada de la madrugada, en lo insólito de estar caminando por las callecitas internas del zoológico, en medio de una oscuridad inmensa y acompañada por dos agentes de seguridad nacional.

Su mente se desviaba a los copos de algodón y sus pensamientos erráticos se perdían entre el rumor del viento que disimulaba las voces de sus escoltas cuyas linternas no iluminaban lo suficiente como para ver por dónde pisaban. Ella caminaba como un autómata, escuchando su propia respiración mezclada con el murmullo nocturno del parque. Volvió a arroparse con la campera, se frotó las manos contra los jeans y trató de calentarlas. Continuó firme detrás de Gutiérrez y de los dos oficiales que se abrían paso rumbo a la biblioteca.

Marcos Gutiérrez aminoró el paso y se acercó a ella. Se arrimó lentamente y le apoyó la mano izquierda sobre el hombro. Ana levantó la mirada del suelo y agradeció con un leve movimiento de cabeza el gesto. De alguna manera, Gutiérrez quería aliviar la situación. Aunque fuera imposible, al menos quería que ella supiera que contaba con él. Era consciente de que no habían quedado en buenos términos, y que la criminóloga no olvidaba lo sucedido entre ambos. Sin embargo, en ese momento quería dejar los rencores a un lado. Ana también lo comprendió así. Respiró profundo y tomó su mano.

En la oscuridad, la biblioteca, que era una réplica del Templo de Vesta —construcción en honor a la diosa romana del fuego y el hogar—, se mostraba tenebrosa. De estructura circular y erigida sobre dieciséis columnas adornadas por frisos de bronce, no invitaba a entrar. Sobre la inmensa puerta principal, se podía observar una leyenda en latín: Divae Matri Matutae. “Divina protectora inmutable”, susurró Ana antes de dar el primer paso y seguir al oficial que los esperaba en el acceso al recinto. Al tomar conciencia del calor de la mano de Gutiérrez, la soltó y avanzó hacia la entrada. Ana Beltrán no estaba preparada para lo que iba a ver esa noche.

Máximo Zaldívar tomó el teléfono y marcó esperando escuchar una voz conocida del otro lado. Para su sorpresa, atendió el contestador. Dejó un mensaje, cortó y sostuvo con firmeza el celular. Ya era muy tarde, no había posibilidad de escape. Trató de serenarse, volvió a mirar la imagen que había recibido en su Blackberry y sintió ganas de vomitar.

Todo a su alrededor giraba, un frío lento le crispó la espalda. Estaba mareado, le faltaba el aire, transpiraba. Se aflojó la corbata y respiró profundamente. Volvió a marcar, pero esta vez un número distinto. Tampoco obtuvo respuesta. Desbordado por el pánico, dejó que sus palabras salieran solas, sin pensarlas. Al fin de cuentas, después de ver las imágenes de Emerio Beltrán que había recibido, sabía que irían por él.

Sintió náuseas. Tuvo que retroceder un paso y respirar. Dejó que una mano la sostuviera, y escuchó frases sueltas e inconexas que la marearon aún más. Salió de la biblioteca casi a ciegas, sin dejar que el aire entrara en su cuerpo. No quería respirar ni una gota de la atmósfera viciada del Templo de Vesta porteño. Esperó a estar al descubierto para que el aire le pegara en la nariz y como un torrente helado le recorriera las fosas nasales y se perdiera en las infinidades de los pulmones, hasta expandirse y volver a contraerse. Respiró. El aire estaba frío, gélido.

Escuchó a Marcos susurrándole algo al oído, pero no entendió. O no quiso. Dejó que la llevara hasta un banco iluminado por un farol pintado de verde, en medio del parque.

—Respirá.

Ana asintió. “Respirá”, repitió ella para sus adentros y trató de sacarse la imagen de Emerio de la cabeza.

—Ana —insistió Gutiérrez—. Ana…

—Estoy bien —mintió—. Fue… fue la impresión. No me imaginé que…

—Podemos esperar un rato acá, hasta que te recuperes. Pero vamos a tener que volver a entrar. V

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