Prólogo
La lluvia no se llevó el hedor ni mitigó el calor, sino que pareció intensificarlos. La basura se acumulaba en altas pilas en el callejón: cajas, comida podrida, platos rotos y toda clase de desechos que ya nadie quería. La mujer y la niña se habían metido en uno de los cajones más grandes que había junto al montón de basura, para esconderse. La pequeña no sabía por qué tenían que ocultarse, pero compartía el miedo de la mujer.
Ese miedo había estado siempre presente en la expresión de la mujer, en su voz, en la mano temblorosa que sujetaba a la niña y la arrastraba de un pasadizo a otro por la noche, nunca durante el día, cuando podían toparse con otras personas.
La mujer le había dicho que la llamara señorita Jane. La niña creía que debía conocer ese nombre, pero no era así. Tampoco sabía su propio nombre, aunque la mujer la llamaba su «pequeña Danny», de modo que debía de ser ése.
La señorita Jane no era su madre. Danny se lo había preguntado y le había respondido: «No, soy tu niñera.» Pero jamás se le ocurrió preguntar qué era una niñera, porque parecía algo que debería saber. La señorita Jane había estado con ella desde el principio, es decir, el principio de sus recuerdos, que en realidad se remontaban sólo a unos días atrás. Se había despertado tendida junto a la mujer en un callejón muy parecido a ése, ambas cubiertas de sangre, y desde entonces habían estado corriendo y ocultándose en otros callejones.
La mayor parte de esa sangre era de la señorita Jane. Tenía un cuchillo clavado en el pecho y otros cortes tras haber sido apuñalada varias veces. Había conseguido arrancarse el cuchillo ella misma, cuando volvió en sí, pero no se había ocupado de curarse las heridas. Su única preocupación era la niña, detener la sangre que todavía manaba de la parte posterior de la cabeza de Danny... y salir de aquel lugar en el que habían despertado.
—¿Por qué nos escondemos? —había preguntado Danny cuando comprendió lo que estaban haciendo.
—Para que no te encuentre.
—¿Quién?
—No lo sé, hija. Creía que no era más que un ladrón al que le dio por matar a todos para no dejar testigos. Pero ahora no estoy tan segura. Parecía demasiado resuelto a encontrarte. Pero yo te saqué de allí a salvo y te protegeré. No volverá a hacerte daño, te lo prometo.
—No recuerdo que nadie me hiciera daño.
—Tus recuerdos volverán, pequeña Danny, no te preocupes por eso, aunque podemos confiar en que no sea demasiado pronto. Es una verdadera suerte que de momento se hayan borrado.
A Danny no le molestaba no recordar nada anterior a la sangre. Y era demasiado pequeña como para inquietarse por lo que podría suceder luego. Sus preocupaciones eran inmediatas, el hambre y el malestar, y la posibilidad de que la señorita Jane no se despertara de su último sueño.
Al parecer su niñera había imaginado que tal vez encontrarían algo útil entre la basura acumulada a su alrededor, pero estaba demasiado débil para buscarlo. De modo que se habían escondido dentro del cajón de embalaje en plena noche, y la señorita Jane se había pasado todo el día durmiendo.
Volvía a ser de noche y todavía dormía. Danny la sacudió, pero la señorita Jane no se movió. Estaba fría y rígida. Danny no sabía que eso significaba que estaba muerta ni que ése era el motivo por el que olía tan mal.
Finalmente Danny salió del cajón, decidida a aprovechar la lluvia que caía, para que le lavara parte de la sangre seca que tenía pegada. No le gustaba ir sucia y por lo tanto llegó a la conclusión de que no debía de estar acostumbrada al desaseo. Sin embargo, la desconcertaba saber cosas sencillas como ésa sin tener ningún recuerdo que las sustentara.
Pensó que podía hurgar entre la basura, como la señorita Jane quería hacer, pero no sabía qué debía buscar, qué podía considerarse «útil». Acabó por recoger algunas cosas que le parecieron interesantes: una sucia muñeca de trapo a la que le faltaba un brazo, un sombrero de hombre que le protegería los ojos de la lluvia, un plato desconchado en el que podrían comer, el brazo roto de la muñeca...
La señorita Jane había vendido la víspera un anillo que llevaba a cambio de algo de comida. Fue la única vez que se atrevió a salir de día, envuelta en su chal para ocultar las manchas de sangre más visibles.
Danny no sabía si su niñera tenía más anillos para vender, no se le había ocurrido mirarlo. Pero ésa fue la última vez que habían comido. Vio alimentos podridos entre la basura, pero aunque tenía hambre no quiso tocarlos. No por prudencia, sino porque no tenía conciencia de estar desesperada y porque el hedor que desprendían le resultaba muy desagradable.
Probablemente habría acabado por morirse de hambre, acurrucada dentro del cajón junto al cuerpo de la señorita Jane, esperando pacientemente a que ésta se despertara. Pero esa noche oyó cómo alguien hurgaba entre la basura y se encontró con una joven. En realidad era una niña de no más de doce años, pero como era mucho más corpulenta que ella Danny la tomó al principio por una persona mayor.
Así pues, su tono fue respetuoso, si bien algo vacilante, cuando dijo:
—Buenas noches, señora.
La muchacha se sobresaltó al oír su voz.
—¿Qué estás haciendo bajo la lluvia, pequeña? —preguntó con fuerte acento cockney.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—¿Eh?
—Ése es mi nombre: Pequeña Danny.
La chica soltó una risita.
—Seguramente es sólo la última mitad, querida. ¿Vives cerca de aquí?
—No, no lo creo.
—¿Dónde está tu mamá entonces?
—Creo que no tengo mamá —se vio obligada a admitir Danny.
—¿Y tu familia? ¿Y los tuyos? Eres demasiado bonita para que te hayan dejado sola. ¿Con quién estás?
—Con la señorita Jane.
—Ah, ¿lo ves? —exclamó la muchacha alegremente—. ¿Y adónde se ha ido?
Danny señaló el cajón que tenía detrás, lo cual hizo que la chica frunciera el ceño con poca convicción. Aun así echó una ojeada, luego miró más detenidamente y se introdujo en el cajón. Danny prefirió no volver a entrar. Olía mucho mejor fuera, entre la basura.
Cuando la joven salió, respiró hondo y se estremeció. Luego se inclinó para ponerse a la altura de Danny y esbozó una sonrisa.
—Pobrecilla. ¿Era ella lo único que tenías?
—Estaba conmigo cuando me desperté. Las dos estábamos heridas. Dijo que la herida de mi cabeza me había borrado los recuerdos, pero que los recuperaría algún día. Desde entonces hemos estado escondiéndonos, para que el hombre que nos hizo daño no nos encontrara.
—Vaya, eso sí que es una vergüenza. Supongo que podría llevarte a casa conmigo, aunque en realidad no es una casa, sólo una pandilla de chiquillos como tú, sin «naide» que cuide de ellos. Pero nos apañamos como podemos. Todos nos ganamos el sustento, hasta los más pequeños como tú. Los chicos y chicas afanan carteras, hasta que son lo bastante mayores para ganarse unas monedas metiéndose a golfa, que es lo que yo haré pronto si ese canalla de Dagger se sale con la suya.
Dijo esto último con indignación, lo que hizo que Danny preguntara:
—¿Es un trabajo malo?
—El peor, querida, tanto como para coger la sífilis y morir joven, pero a Dagger le importa un bledo mientras cobre buen dinero.
—Entonces no quiero ese trabajo. Me quedaré aquí, gracias.
—No puedes... —empezó a decir la chica, pero luego se arrepintió—. Escucha, me se ocurre una idea. Ojalá lo hubiera hecho yo misma, pero entonces no sabía lo que sé ahora. Ya es «demasiao» tarde «pa» mí, pero no «pa» ti..., no si te toman por un chico.
—Pero soy una chica.
—Claro que sí, pequeña, pero podemos buscarte unos pantalones, cortarte el pelo y... —la muchacha soltó una risita—, no necesitarás siquiera decirles qué eres. Te verán con pantalones y se creerán enseguida que eres un chico. Será como jugar a disfrazarse. Será divertido, ya lo verás. Y te permitirá decidir por ti misma qué trabajo quieres hacer cuando seas mayor, en vez de que te digan que sólo hay un trabajo «pa» ti porque eres una chica. ¿Qué te parece? ¿Quieres intentarlo?
—No creo haber jugado nunca a disfrazarme, pero estoy dispuesta a aprender, señora.
La joven puso los ojos en blanco.
—Hablas «demasiao» elegante, Danny. ¿No sabes hablar de otra forma?
Danny se disponía a responder «no lo creo» otra vez, pero en su lugar sacudió la cabeza, avergonzada.
—Entonces mejor no digas «na», ¿eh?, hasta que sepas hablar como yo. No queremos que tu forma de hablar llame la atención. Yo te enseñaré, ya verás.
—¿Podrá venir con nosotras la señorita Jane, cuando se encuentre mejor?
La muchacha suspiró.
—Está muerta. Demasiadas heridas que no se han cerrado me ha parecido. La cubriré con ese chal grande. No llores. Ahora me tienes a mí «pa» cuidarte.
1
Jeremy Malory ya había estado antes en algunas tabernas de mala reputación, pero aquélla era probablemente la peor. No era de extrañar, puesto que se encontraba en el límite del que era posiblemente el peor suburbio de Londres, un vecindario ocupado por ladrones y asesinos, prostitutas y pandillas de golfillos huérfanos que sin duda estaban siendo adiestrados para convertirse en la siguiente generación de delincuentes de Londres.
De hecho, no se atrevía a adentrarse en el corazón de aquel sector. De hacerlo, probablemente su familia no volvería a saber más de él. Pero aquella taberna, en la frontera misma de esa guarida de malhechores, estaba allí para que los tipos confiados entraran, se tomaran unas copas y les robaran la cartera o, si eran lo bastante estúpidos, alquilaran una habitación para pasar la noche donde se lo quitarían todo, ropa incluida.
Jeremy había alquilado una habitación. No sólo eso: había derrochado su dinero pródigamente, invitando a una ronda a los pocos clientes de la taberna y dando la impresión de ser bastante despistado.
Había creado deliberadamente todas las circunstancias para que le hicieran víctima de un robo. Pero para eso él y su amigo Percy habían ido allí: para capturar un ladrón.
Asombrosamente, por una vez Percy Alden mantenía la boca cerrada. Era parlanchín por naturaleza, y además bastante atolondrado. El hecho de que Percy estuviera tan callado durante aquel insólito paseo daba fe de su nerviosismo. Era comprensible. Si bien Jeremy podía sentirse como pez en el agua en aquel ambiente, al haber nacido y haberse criado en una taberna hasta que su padre dio con él cuando tenía dieciséis años, Percy pertenecía a la sociedad elegante.
Jeremy había heredado más o menos a Percy cuando los dos mejores amigos de éste, Nicholas Eden y el propio primo de Jeremy, Derek Malory, optaron por una vida hogareña y se dejaron domesticar. Derek había tomado a Jeremy bajo su protección cuando éste y su padre, James, regresaron a Londres una vez que James puso fin al largo distanciamiento de su familia, de modo que era bastante normal que ahora Percy considerara a Jeremy su mejor acompañante para las distracciones del tipo menos hogareño.
A Jeremy no le importaba. Después de ocho años de estrecha amistad con Percy, le tenía mucho cariño. Si no le apreciara, seguramente no se habría ofrecido a sacar a Percy del último aprieto en que se había metido, al dejarse desplumar por uno de los amigos jugadores de lord Crandle durante una reunión celebrada el anterior fin de semana. Había perdido tres mil libras, su coche y no una sino dos reliquias de familia. Le habían emborrachado hasta el punto de que ni siquiera se acordaba de ello, pero uno de los invitados se compadeció de él al día siguiente y le contó todo lo ocurrido.
Percy se había sentido muy desgraciado, y con razón. Perder el dinero y el coche era un justo castigo por haber sido tan crédulo, pero las dos sortijas eran algo muy distinto. Una de ellas tenía tantos años que era el sello de la familia, y la otra, bastante valiosa por sus gemas, llevaba cinco generaciones perteneciendo a su linaje. A Percy no se le habría ocurrido nunca ofrecerlas como prenda para una apuesta de juego. Seguramente lo habrían coaccionado, incitado o embaucado de alguna manera para que las pusiera sobre la mesa.
Ahora todo eso pertenecía a lord John Heddings, y Percy se puso fuera de sí cuando Heddings se negó a venderle las sortijas. El lord no necesitaba dinero. Tampoco necesitaba el coche. Debió de considerar las sortijas como trofeos, un testimonio de su habilidad en el juego. O más probablemente un testimonio de su habilidad para hacer trampas, pero Jeremy era incapaz de demostrarlo porque no había estado allí para verlo.
Si Heddings fuese un tipo decente, habría mandado a Percy a la cama en lugar de seguir sirviéndole más copas y aceptar que apostara las sortijas. Si fuese un tipo decente, habría dejado que Percy las rescatara a cambio de su valor. Percy se había mostrado dispuesto incluso a pagar más de lo que valían. A fin de cuentas no era pobre, puesto que ya había entrado en posesión de su herencia al morir su padre.
Pero a Heddings no le apetecía hacer lo que era decente. En lugar de eso se había mostrado irritado por la insistencia de Percy y francamente desagradable al final, amenazándole con daños físicos si no dejaba de molestarle. Esto es lo que había fastidiado a Jeremy lo suficiente como para proponer aquella solución. Al fin y al cabo, Percy estaba convencido de que su madre iba a repudiarle por haberse jugado las joyas. Había estado evitándola desde entonces, a fin de que no reparara en que las sortijas habían desaparecido de sus dedos.
Desde que se habían retirado a la habitación del piso alto de la taberna, habían intentado robarles tres veces. Intentos chapuceros todos ellos, y después del último, Percy empezaba a perder la esperanza de encontrar un ladrón que pudiera llevar a cabo la misión que querían encomendarle. Jeremy tenía más fe. Tres intentos en dos horas significaba que habría muchos más antes de que terminara la noche.
La puerta volvió a abrirse. No había luz en la habitación. Tampoco en el pasillo. Si el nuevo ladrón era experto, no necesitaría luz: esperaría a que sus ojos se adaptaran a la oscuridad. Se oyeron unas pisadas, un poco demasiado ruidosas. Se encendió una cerilla.
Jeremy suspiró y, con un movimiento rápido, se levantó de la butaca en la que montaba guardia junto a la puerta. Lo hizo con más sigilo que el empleado por el ladrón para entrar en la habitación y le cortó el paso. Jeremy era un hombretón, por lo menos comparado con el bajito ratero, pero aun así era lo bastante grande como para propinar una tremenda paliza al pilluelo, quien salió corriendo de inmediato por donde había venido.
Jeremy cerró de un portazo. Todavía no estaba desalentado. La noche era joven. Los ladrones aún harían otras intentonas. Y, si era necesario, retendría a uno de ellos hasta que aceptaran traerle al mejor.
Percy, en cambio, perdía rápidamente la esperanza. Ahora estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada en la pared; la mera idea de meterse entre aquellas sábanas le horrorizaba. Pero Jeremy había insistido en que se acostara, para por lo menos dar la impresión de que estaba dormido, de modo que accedió de mala gana a echarse sobre el cubrecama.
—Tiene que haber un modo más fácil de contratar un ladrón —se quejó Percy—. ¿No cuentan con una agencia para estos menesteres?
Jeremy contuvo las ganas de reír.
—Paciencia, viejo amigo. Ya te advertí que esto probablemente nos llevaría toda la noche.
—Deberíamos habérselo encargado a tu padre —murmuró Percy.
—¿Qué has dicho?
—Nada, muchacho, nada en absoluto.
Jeremy sacudió la cabeza, pero no abrió la boca. La verdad era que no se podía reprochar a Percy que dudara de que Jeremy fuera capaz de manejar aquel embrollo por su cuenta. Al fin y al cabo, Jeremy era nueve años más joven que él, y Percy, atolondrado como era e incapaz de guardar un secreto, nunca había sido informado del verdadero origen de su amigo.
Residir y trabajar en una taberna durante los primeros dieciséis años de su vida habían conferido a Jeremy algunos talentos insospechados: una tolerancia a los licores fuertes que había llegado hasta el extremo de que bebiendo podía tumbar a sus amigos mientras él seguía estando prácticamente sobrio; una forma de luchar que podía recurrir al juego sucio en caso necesario, y una extraordinaria capacidad para distinguir un verdadero peligro de una simple contrariedad.
Pero su educación poco ortodoxa no terminó cuando su padre descubrió su existencia y le recogió. No, en aquella época James Malory seguía distanciado de su numerosa familia y llevaba la vida despreocupada de un pirata en el Caribe, o un «caballero» pirata, como prefería que le llamaran. Y la variopinta pandilla de James se hizo cargo de Jeremy y le enseñó todavía más cosas que un muchacho de su edad no habría aprendido nunca.
Pero Percy no sabía nada de eso. Lo único que Jeremy le había permitido ver era lo que saltaba a la vista, su encanto de pillastre, ya no tan pillastre a los veinticinco años, pero todavía encantador, y tan guapo que no podía entrar en una estancia sin que todas las mujeres que la ocupaban se enamorasen un poco de él. Aparte de las mujeres de su familia, desde luego, que sencillamente le adoraban.
Jeremy se parecía físicamente a su tío Anthony; de hecho, todo aquel que le veía por vez primera le tomaba por hijo de Tony y no de James. Como su tío, era alto y ancho de espaldas, estrecho de cintura y de caderas, y tenía las piernas largas. Ambos poseían una boca grande y una mandíbula fuerte y arrogante, además de una nariz aguileña y elegante, un cutis atezado y un pelo negro y abundante.
Pero los ojos eran el rasgo más revelador, una característica de sólo unos pocos Malory: de color azul purísimo, con párpados gruesos, y de una forma ligeramente almendrada que les daba un aire exótico, enmarcados por pestañas negras y cejas bien marcadas. Solía rumorearse que esos ojos de gitano los había heredado de su bisabuela, Anastasia Stephanoff, de quien la familia había averiguado justo el año anterior que en realidad era medio cíngara. Tanto cautivó Anastasia a Christopher Malory, el primer marqués de Haverston, que se casó con ella al segundo día de conocerse. Pero ésa era una historia que la familia mantenía celosamente en secreto.
Era bastante comprensible que Percy hubiera querido que, en lugar de Jeremy, le ayudara el padre de éste. ¿Acaso su mejor amigo, Derek, no había acudido directamente a James cuando había tenido problemas delicados? Puede que Percy no conociera el pasado filibustero de James, ¿pero quién no sabía que James Malory había sido uno de los calaveras más célebres de Londres antes de hacerse a la mar, y que casi nadie se atrevía a desafiar a James, antes o ahora, tanto en el cuadrilátero como en el campo del honor?
Percy había vuelto a tenderse en la cama para fingir que dormía. Al cabo de unos cuantos murmullos, giros y cambios de postura, se quedó quieto esperando la siguiente intrusión.
Jeremy dudaba en decirle a su amigo que, de haberle encargado aquel asunto a su padre, no habría conseguido nada, pues James se había apresurado a ir a Haverston a visitar a su hermano Jason al día siguiente de que Jeremy recibiera como regalo su nueva residencia urbana. Estaba seguro de que su padre se había ido al campo para pasar allí una semana o dos por miedo a que Jeremy le obligara a acompañarle a comprar muebles.
A Jeremy por poco no le pasa desapercibida la sombra que avanzaba furtivamente por la habitación en dirección a la cama. Esta vez no había oído abrirse la puerta, ni tampoco cerrarse, no había oído nada. Si los ocupantes de la habitación hubiesen estado dormidos, como era de esperar, la aparición de aquel intruso no los habría despertado.
Jeremy sonrió para sí justo antes de encender una cerilla y acercarla a la vela situada sobre la mesa que había colocado junto a su butaca. La mirada del ladrón se fijó en él al instante. Pero Jeremy no se movió, sino que continuó sentado muy tranquilo. El ratero ignoraba que Jeremy era capaz de moverse a la velocidad del rayo para impedirle la huida en caso necesario. Pero tampoco él se movió, pues estaba visiblemente paralizado por la sorpresa de haber sido descubierto.
—Oh, vaya. —Percy levantó la cabeza—. ¿Hemos tenido suerte por fin?
—Eso creo —replicó Jeremy—. No le he oído en absoluto. Es nuestro hombre, o quizá nuestro muchacho.
El ladrón empezaba a sobreponerse a su sorpresa y probablemente no le gustó lo que estaba oyendo, a juzgar por la mirada de recelo que dirigió a Jeremy. Éste no hizo caso. Primero se cercioró de que el caco no llevara ninguna arma. Desde luego, Jeremy llevaba las suyas escondidas, una pistola en cada bolsillo del abrigo, de modo que el hecho de que no viera ninguna no implicaba que el muchacho no estuviera armado.
Este ladrón era mucho más alto que los sinvergüenzas anteriores que habían intentado robarles, y además flaco, probablemente no contaba más de quince o dieciséis años, a juzgar por la tersura de sus mejillas. Su pelo rizado y corto era de un rubio tan claro que parecía casi blanco. Llevaba un sombrero negro deformado que debió de estar de moda varios siglos atrás. Vestía una chaqueta de terciopelo verde oscuro, sin duda robada y de aspecto bastante mugriento, como si hubiera dormido mucho con ella puesta. Debajo asomaba una camisa blanca descolorida con algunos frunces en el cuello, pantalones negros demasiado largos, y no llevaba zapatos. Un chico listo: no era extraño que no hubiera hecho todavía ni el menor ruido.
Un atuendo muy llamativo para tratarse de un ladrón, pero probablemente porque era un joven muy guapo. Y desde luego ya se había repuesto de su sorpresa. Jeremy adivinó al segundo cuándo se movería y llegó antes que él a la puerta, en la que se apoyó con los brazos cruzados sobre el pecho.
Esbozó una sonrisa.
—No debes irte todavía, muchacho. No has oído nuestra propuesta.
El ratero volvía a estar boquiabierto; podría ser por la sonrisa de Jeremy, aunque se debía más probablemente a su rapidez para llegar primero a la puerta. Pero Percy se dio cuenta de su expresión y se quejó.
—Maldita sea, te está mirando como lo hacen las chicas. Lo que necesitamos es un hombre, no un niño.
—La edad es irrelevante, viejo amigo —respondió Jeremy—. Lo que necesitamos es habilidad, por lo que la envoltura con que se presenta no importa demasiado.
El muchacho, sonrojándose, pareció ofenderse y, mirando ceñudo a Percy, habló por primera vez:
—No he visto nunca un ricachón tan lindo, eso es «to» —dijo con acento cockney.
La palabra «lindo» hizo reír a Percy. Pero a Jeremy no le pareció divertido. El último hombre que le había llamado lindo había perdido unos cuantos dientes por ello.
—Mira quién habla, con esa cara de niña —dijo Jeremy.
—La tiene, ¿verdad? —admitió Percy—. Deberías dejarte crecer la barba en esas mejillas, por lo menos hasta que tu voz baje una o dos octavas.
El chico volvió a sonrojarse y murmuró de forma audible:
—No me crecerá... todavía. Sólo tengo quince años, creo. Sólo que soy alto «pa» mi edad.
Jeremy se sentía inclinado a compadecerse del muchacho por ese «creo», que implicaba que no sabía en qué año había nacido, como solía suceder a los huérfanos. Pero había reparado en dos cosas al mismo tiempo. Al principio la voz del chico era aguda, y luego se hizo más grave antes de que terminara de hablar, como si estuviera pasando por esa etapa difícil en la vida de un muchacho en la que su voz empieza a adoptar el tono más grave de la virilidad. Y, sin embargo, a Jeremy no le pareció que ese cambio fuese natural; había sonado demasiado artificial.
Pero lo segundo que advirtió tras una observación más detenida fue que el muchacho no sólo era guapo, sino francamente bello. Lo mismo habría podido decirse de Jeremy cuando tenía esa edad, salvo que la apostura de éste era decididamente masculina, mientras que la belleza de aquel chico era indudablemente femenina. Las mejillas tersas, los labios carnosos, la naricita respingona..., pero había mucho más. La barbilla era demasiado frágil; el cuello, demasiado delgado; incluso la postura resultaba harto elocuente, por lo menos para un hombre que conocía tan bien a las mujeres como Jeremy.
Con todo, Jeremy no habría sacado la conclusión a la que llegó, por lo menos no tan pronto, si su propia madrastra no hubiera utilizado la misma estratagema cuando conoció a su padre. Estaba loca por regresar a América, y al parecer no había tenido más remedio que enrolarse como grumete de James. Desde luego, éste supo desde el principio que no era un chico y, según contaba, se había divertido de lo lindo fingiendo creer que era un muchacho.
Jeremy podía equivocarse en este caso. Existía esa remota posibilidad. Y, sin embargo, rara vez se equivocaba en lo que concernía a las mujeres.
Pero no había ninguna necesidad de desenmascararla. Fuera cual fuese el motivo que tenía para ocultar su sexo, era asunto suyo. Jeremy podía sentir curiosidad, pero había aprendido hacía mucho tiempo que la paciencia daba los mejores frutos. Y además, sólo necesitaban una cosa de ella: sus habilidades.
—¿Cómo te llaman, jovenzuelo? —preguntó Jeremy.
—Eso no te importa.
—No creo que sepa todavía que le vamos a hacer un gran favor —terció Percy.
—Me habéis tendido una trampa...
—No, no, plantéatelo como una oportunidad de trabajo —corrigió Percy.
—Una trampa —insistió el ladrón—. Y no necesito «pa na» lo que podáis proponerme.
Jeremy arqueó una de sus negras cejas.
—¿No sientes ni siquiera una pizca de curiosidad?
—No —dijo el ladronzuelo con obstinación.
—Qué lástima. Lo bueno que tienen las trampas es... que no puedes escaparte a menos que te dejen salir. ¿Tenemos pinta de dejarte salir de ésta?
—Tenéis pinta de haber perdido la chaveta. No creeréis que estoy solo, ¿«verdá»? Vendrán a buscarme si no vuelvo cuando me esperan.
—¿Quién?
La pregunta de Jeremy no obtuvo más respuesta que otra mirada colérica. Jeremy se encogió de hombros, impertérrito. No dudaba de que la muchacha formaba parte de una banda de ladrones, la misma que había estado mandando sistemáticamente a sus miembros, uno tras otro, para robar al confiado burgués que se había metido en su territorio. Pero dudaba de que vinieran a buscarla. Estarían más interesados en hacerse con la gruesa cartera, antes de plantearse rescatarla. Si acaso, supondrían que este intento había fracasado, que la habían capturado, dejado fuera de combate o eliminado, y no tardarían en mandar al siguiente ladrón.
Lo cual significaba que debían dar por concluido el asunto y marcharse, ahora que tenían su presa, de modo que Jeremy dijo en tono simpático:
—Siéntate, jovenzuelo, y te explicaré para qué te has ofrecido voluntario.
—Yo no me he ofrecido vo...
—Lo has hecho. Tan pronto como has entrado por esa puerta te has ofrecido voluntario.
—Me he «equivocao» de habitación —trató de aseverar el ratero—. ¿Vosotros no habéis «entrao» nunca en una habitación por equivocación?
—Desde luego, pero normalmente con los zapatos puestos —dijo Jeremy irónicamente.
Ella volvió a sonrojarse y soltó una palabrota.
Jeremy bostezó. Por mucho que le gustara jugar al gato y al ratón, no quería que aquello durase toda la noche. Y todavía tenían un buen trecho que recorrer hasta la casa de campo de Heddings.
Infundió un tono severo a su voz cuando ordenó:
—Siéntate, o te sentaré yo en esa butaca...
Jeremy ni siquiera tuvo que acabar la frase. La muchacha corrió hacia el asiento y prácticamente se abalanzó sobre él. Era evidente que no quería que la tocara. Jeremy contuvo otra sonrisa cuando se apartó de la puerta para situarse frente a la joven.
Percy, sorprendentemente, aportó un poco de lógica a la situación:
—Digo yo que podríamos explicárselo por el camino, ¿no? Tenemos a nuestro hombre. ¿Hay algún otro motivo para permanecer en este horrible alojamiento un minuto más?
—Tienes razón. Tráeme algo con que atarle.
—¿Qué?
—Algo para atarle. ¿O no te has dado cuenta de que nuestro ladrón no está nada dispuesto a colaborar... todavía?
En aquel momento su ladrón echó a correr desesperadamente hacia la puerta.
2
Jeremy sabía que iba a ocurrir, que intentaría de nuevo huir de ellos antes de que fuese demasiado tarde. Lo había visto en sus ojos un instante antes de que pasara por su lado como una exhalación. Pero él llegó a la puerta antes de que la muchacha pudiera abrirla y, en lugar de apoyarse contra el batiente para impedirle salir, decidió averiguar resueltamente si tenía razón sobre su sexo y desde detrás la rodeó con sus brazos. Estaba en lo cierto. Notó unos pechos femeninos debajo de sus antebrazos, unos pechos comprimidos para ocultar su forma, pero inconfundibles al tacto.
La joven no se quedó inmóvil. Se volvió, y desde luego eso fue todavía mejor, porque él seguía teniéndola abrazada. Lo último que esperaba encontrarse aquella noche era una chica bonita debatiéndose entre sus brazos. Ahora que estaba seguro de que era una chica, se estaba divirtiendo de lo lindo.
—Creo que debería registrarte para ver si llevas armas —dijo Jeremy con voz ronca—. Sí, claro que debería.
—No llevo... —empezó a afirmar ella, pero lanzó una exclamación ahogada cuando las manos de él se deslizaron por su trasero y se quedaron allí.
En lugar de registrarle los bolsillos como había insinuado, Jeremy le dio un suave apretón en cada nalga. Las tenía suaves y tersas, y de repente sintió el impulso de hacer algo más que tocarla; deseaba atraer firmemente sus caderas hacia sí, bajarle aquellos pantalones ridículos que llevaba puestos, pasarle los dedos por la piel desnuda y entrar en su calor húmedo. No podía estar en mejor posición para hacerlo, rodeando con las manos aquel delicioso trasero. Pero ya se estaba poniendo a la altura de las circunstancias, por así decirlo, y no quería que ella notara el efecto que le causaba.
—¿Servirá esto? —preguntó Percy, recordando a Jeremy que no estaba solo con la chica.
Suspirando, Jeremy volvió al asunto que les ocupaba, arrastró a la ladrona hacia la butaca y la hizo sentarse de un empujón. Se inclinó sobre ella, apoyando las manos en los brazos del asiento, y susurró:
—Quédate aquí a menos que quieras sentir mis manos sobre todo tu cuerpo.
Estuvo a punto de echarse a reír al verla inmovilizarse. Pero la mirada irritada que la muchacha le lanzó prometía un justo castigo. Jeremy no la creía capaz de hacer nada parecido, pero probablemente ella sí lo creía.
Cuando miró hacia atrás vio que Percy había rasgado la sábana, encontrándole por lo menos una buena utilidad, y sujetaba en la mano unas cuantas tiras de tela.
—Servirán perfectamente, tráelas —dijo Jeremy.
Hubiera debido dejar que Percy realizara la tarea, pero no lo hizo. Y aunque procuró no tocar a la chica más de lo necesario, era un hombre que adoraba a las mujeres y no pudo contenerse. Le sujetó ambas manos con una de las suyas mientras ataba una tira de tela sobre sus muñecas. Ella tenía las manos calientes y húmedas por el miedo. No podía saber que ellos no querían hacerle ningún daño, por lo que su miedo era lógico. Jeremy podría haberla tranquilizado, pero Percy tenía razón: debían abandonar el lugar antes de que apareciera el siguiente ladrón, de modo que las explicaciones podían esperar.
Luego le puso la mordaza, y no le importó para nada inclinarse sobre ella para atársela en la nuca. Probablemente debería haberle atado las manos a la espalda, pero no tuvo valor para incomodarla más de lo necesario. No se esperaba el puñetazo que recibió en el vientre, aunque no le molestó demasiado porque la situación en la que ahora se encontraba la chica le impedía golpear con fuerza.
Sin embargo, no se fió en absoluto de las piernas de la ladrona. Agacharse para atarle los tobillos le habría situado en una postura idónea para recibir un puntapié que lo habría tumbado, por lo que en vez de eso se sentó en el brazo de la butaca y le levantó ambas piernas apoyándolas en su regazo. Ella soltó un chillido bajo la mordaza, pero luego volvió a guardar silencio y se quedó quieta. Llevaba pantalones y calcetines largos, de modo que no había piel al descubierto que tocar. Pero el mero hecho de sentir esas piernas sobre sus rodillas afectó intensamente a Jeremy, mucho más de lo que debería. Cuando hubo terminado la miró, y había tanta pasión en sus ojos que la muchacha no habría albergado ninguna duda de que él la había descubierto pese a su disfraz... si se hubiera tomado la molestia de mirarle. Pero no lo hizo. Intentaba liberar las muñecas de las ataduras y casi lo había conseguido.
Jeremy colocó una mano sobre las suyas y dijo:
—No lo hagas, o en vez de ser mi amigo quien te saque de aquí lo haré yo.
—¿Qué? ¿Por qué yo? —se quejó Percy—. Tú eres el más fuerte con mucho. No me importa reconocerlo, desde luego que no, sobre todo cuando es tan evidente.
Por más que a Jeremy le encantaría llevar a la chica, tenía que ser prudente de momento.
—Porque uno de los dos tiene que asegurarse de que nadie ponga objeciones cuando nos vean marcharnos con este muchacho. Y si bien tú podrías hacerlo, viejo amigo, dudo que te divirtieras tanto como yo.
—¿Objeciones? —dijo Percy, incómodo.
—No vamos a pasear los tres precisamente cogidos del brazo.
Comprendiendo ahora la situación, Percy dijo abruptamente:
—Tienes razón. No sé en qué estaba pensando. A ti se te da mucho mejor romper crismas.
Jeremy se contuvo para no echarse a reír, pues probablemente Percy no había roto la crisma a nadie en su vida.
No se toparon con demasiada resistencia. Sólo el tabernero se encontraba todavía abajo, un tipo grande y feo que quizás haría retroceder a cualquiera con tan sólo mirarle.
—Eh, vosotros, ¿adónde vais con ese equipaje? —gruñó.
—Este «equipaje» ha intentado robarnos —replicó Jeremy, tratando por el momento de resolver el asunto de forma pacífica.
—¿Ah sí? Entonces matarle o dejarle, pero no le llevaréis a la patrulla. No quiero que ningún poli meta las narices aquí.
Jeremy lo intentó por última vez.
—No tenemos intención alguna de visitar a las autoridades por esta cuestión, amigo. Y este «equipaje» será devuelto por la mañana, y no en peores condiciones.
El hombretón comenzó a rodear la barra pesadamente con la intención de cerrarles el paso.
—Aquí tenemos unas reglas, patrón. Lo que hay aquí se queda aquí, si entiendes lo que quiero decir.
—Oh, lo entiendo perfectamente. Y también tenemos reglas allí de donde vengo. A veces no necesitan explicación alguna, si entiendes lo que quiero decir.
Jeremy no se veía capaz de romper una crisma tan grande como aquélla, por lo que se limitó a sacar una de sus pistolas y a encañonar con ella la cara del tipo. Fue una acción muy eficaz. El hombre levantó los brazos y empezó a recular.
—Chico listo —prosiguió Jeremy—. Ahora podrás quedarte con tu ladrón...
—No es mío —creyó oportuno mencionar el fornido tabernero.
—Da lo mismo —replicó Jeremy, encaminándose hacia la puerta—. Te lo devolveremos tan pronto como hayamos concluido nuestro negocio con él.
Nadie más trató de impedirles que abandonaran el lugar. Y la única persona con la que se toparon a aquella avanzada hora de la madrugada fue una vieja borracha que en cuanto les vio todavía tuvo suficiente sentido común para cruzar al otro lado de la calle a fin de evitarles.
Pero después de recorrer cuatro manzanas cargando con la ladrona atada sobre los hombros, Percy estaba sin aliento. No habían querido que el cochero les esperara cerca de la taberna por motivos obvios, básicamente porque ya no habría estado allí cuando hubieran resuelto marcharse. Dejaron el carruaje a cuatro manzanas de distancia, en una zona más segura y mejor iluminada; les había parecido un lugar razonable, pero quedaba un poco lejos para trasladar a su ratero. Así pues, no es de extrañar que al llegar allí Percy dejara caer su carga en el suelo del coche sin excesiva delicadeza, debido al cansancio.
Subiendo detrás de Percy, Jeremy se dio cuenta de que tendría que volver a tocar a la muchacha para colocarla en el asiento. Había tratado de evitar la tentación dejando que la acarreara Percy. El propio Jeremy hubiera podido cargar con ella y barrer cualquier obstáculo que se interpusiera en el camino. Pero había cedido la tarea a Percy porque ya había comprobado el efecto que le producía tocar a la muchacha. Mirar era una cosa. No afectaba a un hombre que se dejara llevar por las mujeres. Tocar, en cambio, era algo mucho más íntimo, y Jeremy reaccionaba a la intimidad de un modo puramente lascivo.
Y la verdad era que no quería tocar a aquella chica. Era bonita, sí, pero era una ladrona, probablemente criada en el hampa o en lugares peores. Sus hábitos personales debían de estar tan por debajo de los de él que ni siquiera merecía la pena considerarlos.
Pero no le quedaba otro remedio. El pobre Percy estaba sin duda tan cansado como parecía. Sin embargo, antes de que Jeremy pusiera las manos sobre la muchacha, se dio cuenta de que había estado tanto rato contemplando su dilema que el carruaje ya estaba en camino, las afueras de la ciudad ya estaban a la vista y ahora sería sencillo impedir que su presa se escapara. Así pues, se limitaría a desatarla y ella podría acomodarse en el asiento.
Procedió a desatarla, primero los pies, que eran condenadamente bonitos. Luego las manos. No tocó la mordaza. Ahora podía quitársela ella misma, cosa que la chica hizo con celeridad. También le propinó un rápido puñetazo tan pronto como se levantó del suelo.
Era lo único que Jeremy no había previsto, aunque debería haberlo hecho, puesto que ella ya había intentado golpearle antes. Podía esperarse que vociferara y despotricara, que jurara como un carretero, pero que hiciera aquello de lo que un hombre era capaz...
El golpe falló, por supuesto. Jeremy no era lento de reflejos. Y aunque su mandíbula, que era el objetivo inicial, eludió el golpe, el puño de la muchacha le rozó la mejilla e impactó en su oreja, que ahora le escocía.
Pero antes de que Jeremy le diera su merecido, Percy dijo en un tono cortante:
—Si vas a darle una paliza, compañero, hazlo en silencio, por favor. Quiero echar una cabezadita mientras llegamos a nuestro destino.
La ladrona aprovechó el momento para volverse hacia la portezuela. Jeremy extendió un brazo, la cogió por la parte posterior del cuello y la sentó sobre su regazo.
—Inténtalo otra vez y podrás pasarte las próximas horas aquí —le advirtió, sujetándola con los brazos con tanta fuerza que ella no podía moverse.
Cierto que la muchacha no sería capaz de soltarse, pero esto no significaba que dejase de intentarlo. Sin embargo, debatirse en su regazo era probablemente lo peor que podía hacer. Aquella postura resultaba demasiado sensual, provocándole a Jeremy pensamientos lascivos sobre lo que le gustaría hacerle..., no, sobre lo que haría si estuvieran solos. Quitarle la ropa despacio, averiguar cómo ocultaba sus pechos, mordisquearle los hombros mientras se introducía en ella. «Maldita sea.» Si seguía brincando sobre él de aquel modo, tendría que echar a Percy del coche durante un rato.
La chica debió de comprender que sus esfuerzos eran inútiles casi al mismo tiempo que Jeremy se daba cuenta de que ya no podía soportar las sacudidas de aquel trasero sobre sus muslos sin que se hiciera evidente lo que estaba provocando. Ella lanzó un quejido, pero como a él le pareció más de pasión que de frustración la dejó caer como si se hubiera quemado. Por todos los santos, no debería afectarle de un modo tan intenso. Tenía que controlar la situación.
La muchacha había vuelto a caer al suelo, pero se encaramó de inmediato en el asiento situado frente a Jeremy, donde procedió a alisarse las solapas de la chaqueta y a sacudirse el polvo de los mugrientos pantalones evitando mirarle todo lo posible, mientras vigilaba el contraataque que Percy había pronosticado.
Jeremy esperó cinco minutos, aproximadamente el tiempo que le llevó dominar su deseo y cerciorarse de que su voz no lo reflejara. Finalmente estiró las piernas, las entrecruzó, se recostó en el asiento, se cruzó de brazos y dijo:
—Tranquilízate, jovenzuelo. No te haremos ningún daño. Vas a hacernos un favor, y al mismo tiempo te harás rico. ¿Qué puede ser más satisfactorio que eso?
—Que me llevéis de vuelta.
—Eso no es posible. Nos hemos tomado muchas molestias para encontrarte.
—Antes tendríais que haberme pedido permiso..., milord.
Agregó este tratamiento por si acaso, y en un tono de marcado desdén.
La muchacha volvía a mirarle con irritación, ahora que estaba relativamente segura de que no iba a estrangularla. Jeremy había tratado de no mirarle los ojos con demasiada atención, confiando en que la tenue luz de la vela de la taberna le hubiera engañado. Pero la lámpara más intensa del coche y la proximidad fueron su perdición. Los ojos de la ladrona eran sencillamente increíbles y multiplicaban por diez su belleza. Eran de color violeta oscuro, intenso, en llamativo contraste con sus rizos, de un tono rubio casi blanco. Tenía unas pestañas largas, pero no demasiado oscuras. Tampoco lo eran sus cejas, tan sólo un poco más doradas.
Jeremy se esforzó de veras por encontrar algún rasgo masculino en el rostro que tenía delante, pero no había ninguno. No acertaba a comprender cómo alguien podía confundirla con un chico. Y sin embargo Percy la tomaba por un muchacho, uno muy guapito. Supuso que esa confusión se debía a su estatura. A fin de cuentas, era raro encontrar una mujer tan alta, casi tan alta como el padre de Jeremy. Era natural suponer que alguien tan alto fuese un varón.
Intentó también no reaccionar ante ella como lo haría ante cualquier otra mujer hermosa con la que se topara. Pero aquellos ojos... Renunció a seguir luchando. La tendría en su cama, y antes de que terminara la noche. Así sería. Ya no albergaba la menor duda.
Después de rendirse a su naturaleza lasciva, el cambio en Jeremy fue inmediato. Algunos lo llamarían encanto, pero en realidad no era sino pura sensualidad, y verle cuando albergaba pensamientos carnales equivalía a saber que prometía placeres fabulosos.
La chica reaccionó de inmediato a la mirada de él, apartando los ojos, pero no sin sonrojarse. Jeremy sonrió. Ya sabía que no sería una conquista fácil, pero aquel rubor decía mucho. No era más inmune a él que otras mujeres. Sin embargo, Jeremy no pensaba descubrir el pequeño secreto de la joven. Por ahora dejaría que representara su papel masculino... por lo menos hasta que estuvieran solos.
De momento respondiÃ